El otro imaginario

por Bruno Cuneo I 8 Mayo 2024

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El año 2012, el artista Eugenio Dittborn expuso en la Trienal de Arte Contemporáneo de París una pintura aeropostal que debió intrigar a más de un visitante. Sobre una tela con manchas monocromas, aparecía la imagen de un avión-correo francés estrellado de cabeza en la cordillera de los Andes y, un poco más abajo, un soneto de Ronsard en su lengua de origen. Había, por supuesto, una sutil ironía en el asunto. El tema de la Trienal ese año eran los cruces entre arte y etnografía, con su fascinación por lo desconocido y lo lejano, y se esperaba por lo mismo que Dittborn enviara alguna imagen exótica. Muy por el contrario, lo que hizo fue devolverles a los franceses una imagen de su propio exotismo, como si tampoco nosotros pudiésemos verlos a ellos si no es a través de una imagen cliché o estereotipada de su cultura.

Recordé esta anécdota leyendo un olvidado libro del escritor e historiador chileno Miguel Rojas Mix, que murió a fines del año pasado, sin que su partida tuviese demasiada prensa. Se llama Imagen artística de Chile (Ediciones Universitarias, 1970) y trata de las representaciones artísticas ideadas desde la Conquista por los europeos, para “vernos” y “comprendernos”, una sarta de estereotipos o representaciones coaguladas, fundadas casi siempre en una falsa superioridad intelectual, que impide reconocer al otro como semejante y en las que se mezclan elementos tanto reales como fantásticos. El despliegue de esa iconografía, que cubre los tipos humanos, el paisaje, la flora y la fauna nacional, es abundante y también fascinante. Pintores y grabadores, en efecto, no ven nunca lo que ven, sino que lo imaginan a su amaño, y con una imaginación que raya a veces en el delirio, aunque existen excepciones. “Es curioso −comenta al respecto Rojas Mix− que mientras se tejía todo tipo de mitos y leyendas en torno al hombre y los animales americanos y la imaginación se le volvía febril al conquistador frente a cualquier objeto que no pudiera clarificar bien dentro de su estructura habitual de comprensión, cuando se trataba de elaborar los medios que habrían de servir a la política colonialista, describía la realidad con una precisión y un espíritu práctico que espeluznan”. Ameno y riguroso, el libro está plagado de observaciones como estas, ya que por supuesto Rojas Mix no es complaciente con esa iconografía y, al contrario, es más bien iconoclasta. Su conocimiento, dice, debe servir ante todo para cesar de asumir los estereotipos que transmite como naturales; para emanciparse de los signos impuestos y comenzar a valorar los propios.

Se percibe el espíritu de la época en que fue publicado el libro, los albores de la Unidad Popular, en cuya política cultural Rojas Mix participó, por lo que más tarde tuvo que partir al exilio. Se estableció en Francia, fue profesor en varias universidades, entre ellas la Sorbona, y entre muchas otras obras escribió otro libro notable: América imaginaria, aparecido en España el año 1992 (a 500 años del descubrimiento de América) y reeditado aquí el año 2015, en una edición cuidada y generosa: gran formato, tapas duras, papel cuché y cientos de imágenes a todo color que ilustran el texto, pero que funcionan asimismo como un álbum.

Recordé esta anécdota leyendo un olvidado libro del escritor e historiador chileno Miguel Rojas Mix, que murió a fines del año pasado, sin que su partida tuviese demasiada prensa. Se llama Imagen artística de Chile (Ediciones Universitarias, 1970) y trata de las representaciones artísticas ideadas desde la Conquista por los europeos, para ‘vernos’ y ‘comprendernos’, una sarta de estereotipos o representaciones coaguladas, fundadas casi siempre en una falsa superioridad intelectual, que impide reconocer al otro como semejante y en las que se mezclan elementos tanto reales como fantásticos.

América imaginaria debe ser, estoy seguro, una de las investigaciones históricas e iconográficas más exhaustivas que existen sobre un tema que podría resumirse de este modo: los decires, sueños, mitos y fabulaciones de los conquistadores de América sobre la realidad que descubrían e intentaban hacer calzar a machamartillo con sus propias visiones de mundo. El Otro americano, prueban esos decires e imaginaciones, es siempre algo exótico, alógeno, y ese exotismo tiene a su vez una historia, “pasa por distintas épocas en que toma formas diferentes, directamente relacionadas con el modo en que los europeos se veían a sí mismos y la manera en que utilizaban la experiencia de lo nunca antes visto para nutrir sus concepciones filosóficas, científicas, literarias, artísticas”. Rojas Mix distingue varias etapas y formas de ese exotismo, las más tardías de las cuales serían las visiones de América como campo de luchas sociales, como objeto de consumo turístico o como lugar de pobreza y subdesarrollo.

Esto explica, por otra parte, que la legitimación de una obra de arte o literaria latinoamericana en Europa o Estados Unidos esté supeditada a menudo al hecho de que incorpore algunos de estos estereotipos y, lo más grave, es que algunos artistas o escritores lo hacen ingenuamente −o a sabiendas para congraciarse con el público. Sería enojoso citar ejemplos (en el cine y las artes visuales pueden encontrarse varios), y es siempre preferible destacar a los que hacen precisamente lo contrario. Cité al comienzo una obra de Dittborn y otra que se me viene a la mente es South of the Border (2002), la serie de dibujos del artista peruano Fernando Bryce.

Empleando una técnica que llama “análisis mimético”, Bryce reproduce a mano y tinta china las páginas de un panfleto publicado por el Departamento de Defensa norteamericano en 1958, para instruir a los soldados acerca de cómo comportarse en Latinoamérica. El efecto es revelador: si somos descritos allí “en términos fantásticos e involuntariamente cómicos, como pertenecientes a una comunidad exótica, armoniosa y pintoresca” (Bryce), el dibujo opera por su parte como un mecanismo distanciador, que permite percibir esos estereotipos como tales. Los transforma, por así decir, en caricaturas o en las viñetas de un cómic, materia sobre la cual Rojas Mix, valga decir, también era experto.

En Los héroes están fatigados (1997) −un completo ensayo suyo sobre el origen y las transformaciones de este género gráfico− postuló que el cómic había sido un vehículo eminente del American way of life y que había renovado los estereotipos de las iconografías tradicionales, obligándonos a repensar los sistemas de representación vigentes, tanto en Latinoamérica como en el resto del orbe, y también a descubrir que con él vinieron a formarse nuevos estereotipos de nuestra identidad vista desde fuera. Comprender, pero también discutir, la hegemonía simbólica de los imperios fue al parecer una de las líneas centrales de su pensamiento, que vale la pena conocer, comenzar a repatriarlo.

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