Plumas sobre pájaros

por Bruno Cuneo I 22 Abril 2026

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De niño acompañé un par de veces a mi padre a cazar pájaros. Su técnica era antigua y debe haberse perdido: colgaba de un árbol un “trampero” —una jaula de coligüe con dos jaulas exteriores abiertas—, en cuyo interior había un jilguero o un yal que debía atraer con su canto a otro ejemplar de su especie. Cuando este se posaba al interior de una de las jaulas vacantes, activaba un mecanismo que hacía caer una trampilla y lo dejaba encerrado. Él pájaro, como se dice, había “pisado el palito”, pero antes de eso había que esperar mucho rato, contemplar el paisaje en silencio, pelar un palo o aburrirse como uno se aburría antes de que existieran los celulares. Ya en casa, mi padre introducía su presa en una jaula cualquiera y se la entregaba después a unos “pajareros” para que la entrenaran en el canto, con ayuda de unos casetes que contenían trinos de los mejores ejemplares obtenidos en el pasado.

Los pajareros, como se ve, no son lo mismo que los observadores de aves y los ornitólogos. El observador de aves es un aficionado que se limita a contemplarlos en su hábitat, mientras que el ornitólogo es un científico que busca clasificarlos según su anatomía, su hábitat y su comportamiento, para lo cual debe a veces cazarlos, y hasta disecarlos. Al pajarero, en cambio, solo le interesa el canto, elevar a la máxima potencia las capacidades sonoras del animal y hacer que un trino silvestre se convierta en una melodía admirable. Es una forma de domesticación, debo decir, que ahora de adulto desapruebo, porque lo que me atrae de los pájaros es precisamente lo contrario: su resistencia natural a convertirse en animales domésticos o de feria y echarse a volar cuando perciben la cercanía de un amo.

Sobre la práctica de los pajareros nunca he leído un libro que la mencione, ni una nota siquiera. Sobre la observación de las aves, en cambio, existe bastante literatura y un par de libros notables. Uno es El halcón peregrino (1967), del escritor inglés J. A. Baker, una suerte de diario de observación del ave rapaz de ese nombre, escrito con una prosa tan envolvente y poética que uno acaba viendo su propia visión y moviéndose en el mismo paisaje. El otro libro es El hombre y las aves (1920), del naturalista argentino W. H. Hudson, muy admirado por Borges, que antepone a la mirada genérica del ornitólogo, preocupado principalmente de los tipos, una mirada que llama “emocional” y que retiene las impresiones placenteras producidas por la aparición de un pájaro singular en un momento excepcional y reverberante. La felicidad que se obtiene del avistamiento y la escucha de los pájaros, dice Hudson, es “la de preservar impresiones de la naturaleza por largos años o hasta el fin de la vida con toda su frescura original”.

Los pajareros, como se ve, no son lo mismo que los observadores de aves y los ornitólogos. El observador de aves es un aficionado que se limita a contemplarlos en su hábitat, mientras que el ornitólogo es un científico que busca clasificarlos según su anatomía, su hábitat y su comportamiento, para lo cual debe a veces cazarlos, y hasta disecarlos. Al pajarero, en cambio, solo le interesa el canto, elevar a la máxima potencia las capacidades sonoras del animal y hacer que un trino silvestre se convierta en una melodía admirable.

Reviso lo que se ha escrito en nuestro país sobre el tema y no encuentro testimonios literarios de esta envergadura, pero hay algunos libros de poesía que merecen destacarse, como Arte de pájaros (1966), una publicación tardía de Neruda que incluye bellas ilustraciones de Nemesio Antúnez, Mario Carreño, Mario Toral y Héctor Herrera, conocido también como “el Pajarero”, porque pintaba únicamente pájaros dentro de otros pájaros. Neruda fue un gran amante de los pájaros y en este libro escribe tanto sobre pájaros reales (“pajarintos”) como sobre pájaros imaginarios (“pajarantes”), entre los que figura el aborrecible Tontivuelo o Tontipájaro, un pájaro dictador que anticipa con su trino el bando de uno muy real que conoceríamos más tarde: “El tontipájaro feroz / se sienta sobre sus colmillos / y acecha el vuelo de los otros: / ‘Aquí no vuela ni una abeja / sin los decretos que estipulo’”. Juvencio Valle también tiene un libro sobre pájaros, Pajarería chilena (1995), pero el que yo prefiero es uno más reciente de Elvira Hernández titulado Pájaros desde mi ventana (2018), que contiene poemas más oblicuos y también más inspirados, como este ingenioso epigrama: “No todo lo que vuela / es pájaro / a veces lo que piensas / alcanza una pequeña altura”.

“Con urgencia se necesita a don Oreste Plath / o quien le siga…”, escribe Elvira Hernández en otro poema, aludiendo seguramente a un libro de ese autor que aúna el conocimiento ornitológico, la literatura y la sabiduría popular, que es más rica siempre que la de un individuo solo, por más aguda y exhaustiva que sea su mirada. Se trata de El lenguaje de los pájaros chilenos, publicado en 1976 por el ubicuo folclorólogo, cuya obra parece siempre interminable y está animada además por una curiosidad sin límites sobre los asuntos más variados de la idiosincracia chilena. Cada libro de Plath es un verdadero gabinete de curiosidades, y este sobre la fauna aérea local, como otro que poseo sobre las animitas, está repleto de datos curiosos, extraídos en su mayoría de los decires y leyendas del campo, donde se tiene a algunos pájaros por agoreros y señales de tránsito: si un chucao, por ejemplo, canta por el lado derecho de una persona es un signo bueno; si lo hace por la izquierda, es malo. El mismo Plath lo aclara en el prólogo: su acercamiento persigue el mismo fin que el ornitólogo, pero difiere ampliamente en el método: no le interesa tanto la verdad científica, tampoco la desdeña, como construir “semblanzas” de pájaros a partir de las creencias que se han tejido en torno a ellos “en leyendas, cuentos, adivinanzas, dicharachos, canciones, poesías populares y cultas”, un acervo cultural que hoy sobrevive a penas, y del que tal vez, siendo entusiastas, seamos los últimos depositarios.

No sé muy bien por qué escribí sobre este tema, quizás porque me acordé de mi padre cazador mientras observaba a mi hijo menor dibujando pájaros a partir de una guía ilustrada. Se la regalé al mayor hace años y al principio, debo decir, no se mostró demasiado interesado, pero el entusiasmo prendió cuando lo persuadí de que la tratara como trataría un álbum: cada vez que viera un pájaro desconocido debía buscarlo en la guía, hacer un tíquet, y la emoción, le aseguré, sería similar a la de haber conseguido una lámina que le faltaba. Es una técnica que recomiendo, aunque aceptar a medias las iniciativas pedagógicas paternas me parece algo sano, y hasta esencial, para que los hijos maduren por su cuenta, guiados por sus propios intereses y deslumbramientos. Yo mismo no cazo pájaros como mi padre para “sacarles canto”, aunque algo debió quedarme de verlo afanado en eso, porque he intentado hasta hoy, bien o mal, sacar el canto de otro lado.

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