
Al investigar la influencia de las ciencias en la vida y la obra de Edgar Allan Poe, la biografía de John Tresch ayuda a combatir la idea extendida, pero errónea, de él como un artistas dotado y atormentado que desperdició su talento. El libro también ofrece un retrato del panorama científico de Estados Unidos y la configuración institucional de la ciencia que coincidió con la corta vida del escritor.
por Patricio Tapia I 14 Septiembre 2026
Un negro manto de misterio, un oscuro sobretodo como los que él mismo solía vestir, cubre muchos aspectos de la vida de Edgar Allan Poe. Una multitud de biógrafos han adoptado distintos puntos de vista —coloniales y poscoloniales, psicoanalíticos y psiquiátricos, sociales, sexuales, médicos y otros— para echar luz sobre esas dimensiones brumosas, atribuyendo cierta correspondencia entre su vida y su obra. En La razón de la oscuridad de la noche John Tresch agrega un punto de vista más: el científico.
La obra de Poe puede parecer menos cercana a la búsqueda de conocimiento objetivo, sistemático y razonado que a la obsesión, la enfermedad y la locura. En sus más célebres relatos, las víctimas son encadenadas, quemadas, enterradas vivas o atadas a mesas de tortura; los hechores intentan ocultar sus crímenes en las paredes, en habitaciones cerradas, en tumbas, en sus propias mentes trastornadas. Pero esos cuentos de terror son apenas un fragmento de lo que Poe hizo en su fértil y desventurada y corta vida (murió a los 40 años, en 1849). Como escritor desarrolló el relato de terror, pero también creó o dio forma a algunos de los géneros fundamentales de la literatura posterior: fue pionero de la ciencia ficción y, en 1841, con el misterio de la habitación cerrada de “Los crímenes de la calle Morgue”, prácticamente inventó el género policial. Su reputación también se afianzaba en su labor poética y de crítica.
En 1848, un año antes de morir, Poe iba a impartir una conferencia que suscitó la atención pública. Su asunto, “el universo”, era tan amplio que era difícil imaginar cómo lo abordaría. “No podía existir un tema más impresionante”, señala el biógrafo John Tresch, “aunque nadie sabía qué les esperaba: ¿un cuento, un poema, una diatriba crítica?”. Lo que finalmente leyó fue una extraña historia de la creación, una cosmología, una teoría de la formación de las estrellas que extendía la hipótesis nebular —todo se inicia con una partícula que explotaba y luego se congregaba en nebulosas que se condensan en estrellas y planetas— al universo entero. Se publicaría como Eureka y su autor lo consideró la culminación de su labor, destinada, según decía en una carta, a “revolucionar el mundo de la Ciencia Física y la Metafísica”.
Eureka le sirve a Tresch como punto de partida y guía. “Este libro”, dice, “cuenta toda la historia de la vida de Edgar Allan Poe, pero desde una nueva perspectiva”.
La razón de la oscuridad de la noche no es, por supuesto, una biografía basada en las divagaciones cosmológicas de Poe, sino una que destaca la importancia de la formación e intereses científicos del escritor en su obra y en su tiempo.
Tresch es un historiador de la ciencia, autor del estudio The Romantic Machine (2012), en que abordó la brecha entre el romanticismo y la ciencia, centrándose en científicos, artistas y pensadores de la primera mitad del siglo XIX que tenían predilección por uno y otra. Algunas figuras que estudió entonces reaparecen casi sin quererlo: Alexander von Humboldt, por ejemplo, quien buscaba comprender la actividad armónica del planeta, es a quien está dedicado Eureka. Y François Arago, quien promovió el daguerrotipo para revelar las fuerzas invisibles que actúan en la experiencia visual, se menciona ya que el nacimiento de la fotografía fue algo sobre lo que Poe escribió con entusiasmo, siendo además retratado en varias ocasiones.
Pero Tresch también intenta en su biografía de Poe superponer diversas historias (políticas, culturales, literarias) en el panorama de la existencia de un individuo. A través de la mirada del escritor se vislumbran problemas como la guerra entre México y Estados Unidos, las elecciones presidenciales, las disputas editoriales o la esclavitud y el abolicionismo. Así, por ejemplo, Tresch trata las opiniones de Poe sobre la raza y cómo influyeron en su obra las historias de brujerías que le contaron de niño sus cuidadoras negras o cómo los “aires aristocráticos” y la realidad de la esclavitud en la sociedad de Virginia inspirarían sus atmósferas de decadencia enfermiza en cuentos como “La caída de la casa Usher” y “La máscara de la muerte roja”. Aunque Poe evitó opinar sobre la esclavitud, se habría mantenido dentro de los límites de lo que alguien llamó “racismo promedio”.
Algo que le interesa particularmente mostrar a Tresch es el proceso de institucionalización de la ciencia estadounidense y cómo, al no existir instancias que certificaran lo científico, la literatura y la ciencia estaban de alguna forma entrelazadas, y su separación avanzó a medida que la actividad científica adquirió un carácter formal y establecido.
El biógrafo, sin embargo, sabe que debe repasar terrenos ya conocidos para roturar alguno nuevo. De esta manera comienza refiriendo la difícil historia de infancia de Poe. Su padre lo abandonó a él y a su madre enferma, quien muere cuando tiene apenas dos años. El niño tuvo la fortuna de ser acogido por un próspero matrimonio sin hijos, aunque nunca fue adoptado formalmente. Los Allan (cuyo apellido Poe intercaló en su nombre) tenían la suficiente solvencia económica como para enviarlo a buenas escuelas en Virginia e Inglaterra, donde comenzó a escribir poesía.
Más tarde, en su paso por ocho meses en la Universidad de Virginia, una institución con énfasis a las ciencias naturales, Poe fue sobresaliente en varios ramos, pero también adoptó el personaje de poeta bohemio, desarrolló su gusto por el alcohol y acumuló grandes deudas de juego. Su relación con su familia adoptiva terminó mal, con la muerte de su madrastra y el distanciamiento con su padrastro, quien lo desheredó al final de su adolescencia.
Por esa época se marchó a Boston, donde publicó una colección de poemas. Buscando una fuente de ingresos, Poe se alistó (mintiendo sobre su edad) en el ejército, donde llegó a ser artificiero (un trabajo exigente que requería cálculos precisos) y posteriormente se matriculó en la academia militar de West Point, donde se destacó en un plan de estudios de alto nivel en matemáticas y ciencias. Ambas experiencias fallaron, pero Tresch sugiere que allí se encuentran las raíces de la idea de Poe de la composición literaria como un artefacto intelectual y no como una inspiración romántica. Argumenta que esos años moldearon su carrera como poeta, crítico y autor, al trabajar en condiciones de rigurosa disciplina y detallismo, manejando un lenguaje de demostraciones, observación y precisión meticulosa.
Tras estas escaramuzas (y adiestramiento) militares, Poe se vio obligado a ganarse la vida con lo que escribía. Tresch relata su camino, algo tortuoso, con avances y caídas: obtiene muchos puestos en diversas revistas literarias, los que va perdiendo por entregarse a las disputas, el alcohol o al exceso de trabajo. Antes de tener 35 años, había editado importantes publicaciones periódicas y entrevistado a celebridades internacionales (como Charles Dickens, en 1842). También fue un crítico agudo que ganó más enemigos que amigos, atacando a escritores populares con reputaciones infladas o por sus temibles hachazos, que recayeron incluso sobre autores como Emerson y Longfellow.
En 1836, con 27 años, había contraído matrimonio con su prima Virginia, de 13 años, una frágil joven tuberculosa, quien moriría 12 años después. La familia que forma (que incluye a su querida tía y madre de Virginia) se mudó repetidamente, pasando de una pensión a otra en Richmond, Baltimore, Filadelfia y Nueva York, mientras Poe buscaba trabajos literarios.
Poe fue un autor respetado y, por momentos, muy exitoso, alguien que se codeaba con la intelectualidad de la época. Podía escribir de todo: chistes, reseñas, ensayos, entrevistas, cuentos, sobre descubrimientos científicos. Solía comportarse cortésmente y trabajaba con gran diligencia. Pero nunca logró alcanzar una fuente de ingresos que le permitiera tranquilidad. Acosado por las dificultades económicas, se vio impulsado de una aventura literaria a otra. En años de pobreza, al borde del hambre, compartía las migajas de comida con su tía y esposa, mientras se consagraba a su destino de hombre de letras.
Los problemas económicos no fueron las únicas penurias de Poe. Su salud mental y el alcoholismo, en especial, lo atormentaron desde joven. Tras la muerte de su esposa, a comienzos de 1847, esto se agudizó. “Me volví loco”, le escribió a un amigo, en enero de 1848, “con largos intervalos de horrible cordura”. Durante esos arrebatos bebía de manera descontrolada, obteniendo del alcohol menos placer que olvido.
Los últimos días de Poe han desconcertado a sus biógrafos por sus circunstancias: su llegada a Baltimore, su aparición en una taberna con ropa que no era la suya, completamente atontado por el alcohol. Fue llevado a un hospital y deliró hasta morir. La causa de su muerte ha sido debatida: intoxicación etílica, una enfermedad cardíaca, diabetes, tuberculosis, un tumor cerebral, incluso rabia.
En 1844 Poe protagonizó una de las hazañas de la historia del periodismo estadounidense. Convenció al New York Sun para publicar un artículo de portada sobre un vuelo en globo que había cruzado el Atlántico en tres días. Se describía cuidadosamente la intrincada maquinaria del vuelo y los detalles de la ruta seguida. Agotó ediciones.
Era una época de bromas disfrazadas de realidad científica para vender diarios, con notas sobre los habitantes y edificaciones de la Luna vistos con un telescopio; o sobre un autómata que jugaba ajedrez; en este caso, la tomadura de pelo era el primer vuelo transatlántico exitoso en globo. Entonces, tanto los científicos como los farsantes utilizaban las mismas herramientas para convencer a su público.
Ser científico o ser escritor eran algo parecido. “Hasta la generación de Poe”, señala Tresch, “los escritores de narrativa y de versos habían nacido ricos y habían contado con mecenas aristocráticos; el resto había cultivado su arte como una afición”. Lo mismo ocurría con los científicos. Ni los que trabajaban en el campo de las letras ni quienes lo hacían en el de la ciencia, vivían de eso, lo hacían en su tiempo libre. De hecho, el término “científico” se habría acuñado recién en 1833 para reemplazar al de “filosofo natural”. Durante la vida de Poe, la ciencia avanzaba de manera vacilante desde los clubes de caballeros aficionados del siglo XVIII a lo que se convertiría en las instituciones actuales.
Poe escribió sobre suficientes publicaciones y descubrimientos de la ciencia como para ser considerado, según Tresch, “uno de los primeros periodistas científicos de los Estados Unidos”. Esto lleva al biógrafo a abordar todo tipo de temas de ciencias y pseudociencias, que Poe también abordó, como descifrar códigos, la frenología, el mesmerismo, algunos autómatas y ciertas teorías del universo. Sin embargo, Tresch parece menos interesado en ideas o teorías científicas específicas que en escudriñar de qué forma algunas perspectivas culturales más amplias influyeron no solamente en la obra de Poe, sino en una visión de mundo de entonces, definidas en gran medida por la situación emergente y desregulada de la ciencia en los Estados Unidos antes de la Guerra Civil.
Es la época de oro de Phineas Taylor Barnum, un empresario de curiosidades humanas, que podía exhibir en museos o circos a una mujer de más de 150 años, algunos gigantes, sujetos albinos o la persona más pequeña del mundo (en realidad, un niño enano al que hacían beber y fumar), mezclando prodigios auténticos y fraudes.
Ante el sensacionalismo y la charlatanería, científicos como Joseph Henry y Alexander Dallas Bache —que vivieron en Filadelfia durante la misma época que Poe, señala Tresch— criticaron tales “farsas”, porque amenazaban la autoridad científica. Trabajaron para establecer instituciones nacionales exclusivas para científicos profesionales, aisladas del público y sus demandas. En varios puntos, Tresch interrumpe su historia de Poe para describir los esfuerzos de Henry y Bache, que llevaron al establecimiento de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia y el Instituto Smithsonian, el gran grupo de museos, centros educativos y de investigación.
Es decir, Tresch sitúa a Poe en medio de un pugilato entre científicos y charlatanes. En este rincón está la ciencia representada por Bache y Henry, quienes quieren consolidarla en el espacio público y académico estadounidense. En este otro rincón, está la charlatanería representada por divulgadores como Dionysius Lardner o el empresario Barnum, quienes quieren atraer las multitudes mediante demostraciones y explicaciones no siempre ciertas ni fiables.
Bache (a quien Poe nunca conoció) y Barnum (con el que interactuó por la prensa) son los extremos de un recorrido, a lo largo del cual Poe iba de un lado a otro. “Las estrategias de Poe a veces eran las de Bache, a veces las de Barnum. Empujado por la pobreza y la amenaza del hambre, cambiaba constantemente de postura”, dice Tresch. Así, a veces jugó el papel de desenmascarador, como al desacreditar a un “autómata” ajedrecista, y otras veces se le acusó de intentar “engañar al público”, como con su historia de exploración polar, “Narración de Arthur Gordon Pym” (1838), que presentó como si no fuera ficción, o bien culpable de una farsa como la del globo que cruzó el Atlántico.
El título del libro de Tresch, La razón de la oscuridad de la noche, no tiene nada que ver con referencias macabras. Proviene de un enigma astronómico que rondaba la mente de muchos en la época de Poe: si el espacio es infinito, ¿por qué el cielo nocturno no está completamente iluminado por la luz de las estrellas? En un universo infinito, cada punto del cielo debería estar ocupado por una estrella más o menos distante. En Eureka, Poe propuso una solución: el universo tiene límites, tanto espaciales como temporales.
Tresch, al igual que Poe, le da mucha importancia a Eureka, dedicándole un capítulo entero. Poe argumentaba que Dios creó la materia en su estado más extremo de simplicidad. Una partícula primordial que se irradió en todas direcciones en el espacio vacío: un número inmenso de átomos, sujetos a una tendencia a la unidad (la gravedad) así como otra a desperdigarse (electricidad). También esboza un futuro terrible, en el que habrá una precipitación de las lunas sobre los planetas, y de estos sobre los soles y de los soles sobre los núcleos hasta que las estrellas destellen en un abrazo común. Incluso Tresch admite que, dado “su carácter digresivo y desequilibrado”, el libro no revolucionó la física ni la metafísica, como Poe esperaba, sino que fue ampliamente ignorado.
Pero a lo largo de su biografía Tresch demuestra y enfatiza el persistente interés de Poe por la ciencia. Uno de sus primeros poemas, “Al Aaraaf”, se inspiró en una supernova detectada por el astrónomo Tycho Brahe en 1572. También apunta que su primera publicación en Filadelfia fue un libro de texto científico, una introducción a la clasificación de conchas, en 1838, el que “vendió más ejemplares que cualquier otro volumen que Poe publicara en vida”.
Destaca la gran importancia que Poe le da a la ciencia en sus fantasías. En el relato “La incomparable aventura de Hans Pfaal” (1835), usa lecturas barométricas y cálculos de distancia planetaria para realzar su realismo. O en “Un descenso al Maelström” (1841), un marinero, cuyo barco ha sido absorbido por un gigantesco remolino, puede sobrevivir porque aplica conocimientos de física (mecánica de fluidos y la manera en que los cuerpos geométricos caen). También muestra temas de método y observación científicos en relatos como “El corazón delator” (1843), lo mismo que en las historias de detectives protagonizadas por Dupin, quien utiliza la lógica metódica para resolver su primer misterio, y el razonamiento probabilístico en el segundo.
En su ensayo “La filosofía de la composición” (1846), Poe presentaba un método detallado para escribir un poema y analizaba su texto más famoso, “El cuervo”, convertido en una especie de “ingeniero” poético, guiando al lector a través de las tuercas, mecanismos y engranajes de su obra. Cuando desarrollaba ese ideal de autor que controla fría y conscientemente su proceso creativo, todo en su vida se desmoronaba. Dice Tresch: “Elaboró su teoría del dominio artístico racional en los mismos meses en que su vida se volvía más caótica y su cordura se ponía en duda”.
Tal vez Edgar Allan Poe habría estado de acuerdo con uno de esos aforismos con que solía hablar y escribir aquel personaje de Lawrence Durrell, Pursewarden: “La ciencia es la poesía del intelecto y la poesía es la ciencia de las aflicciones del corazón”. Poe cultivó la ciencia y la poesía, padeció las inclemencias del intelecto y del corazón, hasta el punto que el suyo (o su cerebro o su hígado) ya no pudo más.

La razón de la oscuridad de la noche, John Tresch, traducción de Damià Alou, Anagrama, 2024, 524 páginas, $36.000.