De columnas, árboles y carteles publicitarios

En un “pedazo de ciudad para el que no habían alcanzado el pavimento ni los árboles”, aunque sí los afiches publicitarios, que cubren antiguos paisajes naturales apenas recordados, se desarrolla la nueva novela de María José Ferrada. Con ecos de El barón rampante de Calvino, en esta ocasión un hombre se va a vivir sobre un cartel de la Coca-Cola, en una suerte de fuga del orden establecido y, sobre todo, de una comunidad hecha trizas por su propia precariedad.

por Alejandra Ochoa I 8 Junio 2021

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El hombre del cartel, la segunda novela de María José Ferrada (Temuco, 1977), se estructura en tres secciones: “Primera semana”, “Los días siguientes” y “Los días finales”. En ellas, un niño, Miguel, cuenta la historia de su tío, quien abandona su trabajo en una fábrica para aceptar un nuevo empleo: cuidar un cartel publicitario para que no le roben los focos. Rápidamente, el personaje radicaliza su opción: Ramón toma la decisión de mudarse al cartel para estar “tal como quería: solo”. Se instala el contrapunto entre el mundo de abajo, una villa a orillas de una carretera, en una urbe cualquiera de Latinoamérica —pero que se parece demasiado a Chile—, y el mundo de arriba, la soledad del personaje habitando un enorme cartel. Dicho desplazamiento permitirá que el relato privilegie el desajuste al orden establecido que genera Ramón y las tensiones que esa decisión genera en los demás personajes.

Si en Kramp la narradora adulta recuerda su infancia, en El hombre del cartel la historia es contada desde la perspectiva de un niño; ambas son decisiones estilísticas que permiten establecer una continuidad de su producción novelística y la reconocida producción lírica infantil de Ferrada. En esta ocasión, Miguel irá relatando las consecuencias del desplazamiento de su tío a las alturas, tanto a nivel familiar como en su comunidad. La continuidad se refuerza porque, al igual que la niña de Kramp, Miguel vive en una orfandad relativa, con un padre ausente y una madre castigadora. Serán sus tíos, Ramón y Paulina, con quienes tendrá una relación más cercana. La figura materna es la que sale más mal parada en esta familia; el abandono del marido, una dura infancia y los problemas económicos serían los conflictos para entender la animosidad en la que ella vive y que su hijo registra fotográficamente: “Mi madre decide cortar por lo sano: abrir la bolsa de la rabia que lleva dentro y llenarla un poco más”.

En círculos concéntricos, Miguel también describe las relaciones de los personajes entre sí: los residentes del edificio, la junta de vecinos, los clientes del negocio de su madre, el bar al que acude con su tío. Ramón está en boca de todos: “¿Qué si lo obligaban a dormir ahí arriba?”, “¿Lo contrataba la Coca-Cola?”, curiosidad que decanta en opiniones más bien descalificadoras: “Se caía al frasco”, “es un loco”, “era un imbécil”, “¿las personas honradas dormían en casa o colgadas de los árboles”. Miguel también develará las contradicciones de los residentes de la villa en relación a “Los Sin Casa”, las paradojas respecto a la visión sobre la infancia de los adultos residentes, la ambivalencia de las opiniones sobre el comportamiento del tío.

Uno de los grandes aciertos del texto de Ferrada es su representación de la vida en la periferia. De manera casi cinematográfica, el espacio que se configura en esta breve novela remite a extramuros, un lugar en el que sus habitantes parecieran vivir colgando de los bordes de una urbe que los expulsa.

El relato de Miguel está poblado de citas, pues a medida que transcurre la historia va registrando el lenguaje adulto, lo que permite representar con éxito la perplejidad infantil ante un mundo cuyos sentidos no puede completar; sin embargo, en ocasiones se desdibuja la perspectiva y no se sabe si el que relata es el niño o un adulto secreto, pues hay un nivel reflexivo que a ratos resulta poco verosímil.

Uno de los grandes aciertos del texto de Ferrada es su representación de la vida en la periferia. De manera casi cinematográfica, el espacio que se configura en esta breve novela remite a extramuros, un lugar en el que sus habitantes parecieran vivir colgando de los bordes de una urbe que los expulsa. Se trata de recientes propietarios, quienes conviven problemáticamente con sucesivas oleadas de “Los Sin Casa”, desplazados urbanos que están a la espera de su vivienda y que en la novela suelen aparecer al atardecer. El edificio en el que vive el narrador y su familia es descrito como una red de comunicación que se asemeja a una tela de araña: “Lo que alguien decía en el living del 2° B podía escucharse en la cocina del 3° D o el 4° A, gracias a lo delgadas que eran las paredes y a los ahorros que la empresa constructora había hecho en cañerías”. Un paisaje desértico, un “pedazo de ciudad para el que no habían alcanzado el pavimento ni los árboles”, aunque sí la publicidad, que cubre antiguos paisajes naturales apenas recordados. Apocalipsis urbano en expansión.

En esta historia son los nómadas, “Los Sin Casa”, como el viejo que rechazó la casa que se le ofrecía o como el propio Ramón, que prefiere vivir en las alturas, los personajes valorados por el texto de Ferrada. El recurso no es nuevo. Italo Calvino y Uri Costak rompieron el orden novelesco mediante el desplazamiento de un personaje hacia las alturas, lo que tiene claros componentes alegóricos. Lo más valioso de El hombre del cartel es la profunda crítica social que emerge del uso renovado de este procedimiento, validando la diáspora como única vía de escape ante el orden establecido. La comunidad marginada aparece representada desde su fractura, sin vínculos estables, y de la que solo se puede huir. No hay lugar para habitar ni comunidad para convivir. Ramón fue la vanguardia.

 

El hombre del cartel, María José Ferrada, Alquimia Ediciones, 2021, 151 páginas, $10.900.