
El libro que hizo mundialmente famoso al inglés Bruce Chatwin no hace ninguna referencia a las dictaduras que azolaban tanto a argentinos como a chilenos, por ejemplo. Tampoco da muchas pistas sobre cómo va de un lugar a otro. ¿Por qué se convirtió de inmediato en un clásico? Este artículo indaga acerca de este misterio, es decir, en la forma en que está escrito. O mejor, en la manera en que escapó a todas las convenciones de la literatura de viaje.
por Beltrán Mena I 23 Febrero 2026
Chatwin viajó por la Patagonia argentina y chilena entre diciembre de 1974 y abril de 1975. Al comenzar su viaje, Chile llevaba un año bajo la dictadura de Pinochet y unos meses antes había muerto Perón, un político semihumano, semidivino, cuya mitad humana arrastraba una insuficencia renal y una cardiopatía isquémica que una bronquitis aguda descompensó, causándole la muerte. Mientras Chatwin viaja por Argentina, el país estaba gobernado por su viuda, Isabel Perón. De regreso en Inglaterra, mientras aún escribe su libro, los militares la derrocan y apresan. Ambas Patagonias están ahora bajo dictadura y reciben la atención del mundo. Pero nada de esto parece importarle a Chatwin, el cazador de historias, ni que la presidenta de Argentina fuese una bailarina de origen misterioso, criada por espiritistas, ni que hubiese conocido a su marido en un cabaret de Panamá, ni que de pronto se viera convertida en la primera mujer presidenta del mundo. Este silencio no puede ser más que intencional y es la prueba más importante para afirmar que En la Patagonia no es un relato tradicional de viajes: Chatwin decidió situarlo fuera del tiempo.
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El libro fue publicado en Londres en 1977 y Chatwin, como antes su compatriota Lord Byron, “despertó una mañana y se encontró famoso”. En el caso de Byron, por un poema que relata los viajes de un joven romántico muy parecido a Chatwin, que busca en el mundo lo que no puede encontrar en casa.
¿A qué se debió el súbito prestigio y la inmediata categoría de clásico que adquirió En la Patagonia desde el día de su publicación?
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Se suele decir que En la Patagonia rompió con las convenciones de la literatura de viajes. En lugar de cruzar una frontera e informar acerca de un territorio desconocido, o narrar las dificultades y sorpresas que deparó al autor su recorrido, Chatwin se permite relatar una caprichosa indagación personal, siguiendo las pistas que lo llevan de un expatriado excéntrico a otro. No solo no se preocupa mucho de explicar cómo llega a cada lugar, sino que tampoco es posible trazar su ruta con precisión en un mapa. Hay un recorrido general hacia el sur por Argentina y un giro al llegar a Tierra del Fuego, para volver al norte por el lado chileno, pero no puede obtenerse ningún dato práctico de su libro. Su mapa tiene puntos, pero no líneas. El desplazamiento es solo un tema más de los muchos que toca, y así como un beso no transforma un libro en una novela de amor, hacer dedo o tomar un tren no transforma un libro en un relato de viaje.
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El relato de viaje fue desde siempre factual e informativo, no se esperaba de él que hablara del viajero, sino de las rutas, los países y las gentes visitadas. A lo sumo podía concluirse que el viajero era valiente o ingenioso, pero nada de su psicología ni de sus opiniones tenía interés. La cosa comenzó a cambiar con los románticos. La novela Un viaje sentimental, publicada por Laurence Sterne en 1768, dio el tono para que los libros de viaje se volvieran más personales. El famoso Viaje a los distritos interiores de África, de Mungo Park, del año 1799, debió su éxito no tanto al intento del autor por llegar a Tombuctú como a lo humano de su relato y al registro de sus emociones. Una vez conocido el mundo y sus gentes, ya no será la novedad territorial ni étnica lo que haga interesante un libro de viajes, sino su carácter subjetivo. La literatura de viaje moderna puede ser considerada como un caso especial de novela de aprendizaje. Otra vez, Chatwin asume y al mismo tiempo se desliga de esta idea. Nos dejamos arrastrar en su búsqueda personal, pero no presenciamos ninguna transformación personal. El autor sale intacto de su viaje. Es una Bildungsroman sin Bildung.
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Uno de los elementos formales que más se destacan al hablar de En la Patagonia es que se trata de un conjunto apenas amarrado de historias, documentos, mitos y recuerdos; rápidas imágenes que a veces se reflejan unas en otras. Esto se menciona a veces como su aspecto más atractivo: ya perdimos la esperanza de entender el mundo bajo una teoría simple que lo explique todo, pero podemos aspirar a conocer algo desde el máximo de ángulos posibles, porque todo es muy complejo y pasa muy rápido. Chatwin decía que había pretendido hacer un retrato cubista de la Patagonia. Pero si bien es verdad que la digresión no es parte del relato de viaje tradicional, tampoco es una creación de Chatwin. La digresión y la yuxtaposición caleidoscópica de imágenes está presente en la literatura de viajes desde el poema La prosa del Transiberiano, de Blaise Cendrars.
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Esta influencia de Cendrars en Chatwin no es ningún secreto. El inglés hace comenzar su libro con unos versos del Transiberiano:
Solo queda la Patagonia, la Patagonia
que convenga a mi inmensa tristeza.
También está el recuerdo de Martin Amis, quien cuenta que en su primer encuentro con Chatwin, en 1976, este llevaba en su mochila, junto al manuscrito de En la Patagonia, un libro de Blaise Cendrars, el escritor que tanto influiría en Apollinaire, poeta del cubismo.
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Chatwin escribe bien, con precisas y mínimas descripciones que se reservan un juicio explícito sobre lo observado, pero ese juicio existe, se percibe, agazapado como una presencia real y ominosa. Así, una posada en Puerto Madryn:
Para la comida el mozo llevaba guantes blancos y sirvió un trozo de cordero quemado que rebotó en el plato. Desplegado en el muro del restaurante había una inmensa tela de gauchos arreando ganado hacia una puesta de sol naranja. Una rubia anticuada se rindió con el cordero y prefirió pintarse las uñas. Entró un indio borracho y bebió al hilo tres jarras de vino. Sus ojos eran ranuras brillantes en el escudo de cuero rojo de su cara. Las jarras eran de plástico verde y tenían forma de pingüinos.
Visité hace un tiempo una planta de centollas en Tierra del Fuego. A los trabajadores les molestaba que hiciésemos preguntas, la cortesía se oponía a sus metas productivas. Todas las centollas tenían idéntico tamaño, debido a la extracción masiva y a la prohibición de capturar ejemplares menores a un cierto peso. Las centollas vivas eran arrojadas sobre una mesa de azulejos donde operadores con gorro y mascarilla las tomaban de a una y, con un diestro movimiento, enterraban en su vientre la punta de un tubo de acero conectado a una manguera de succión industrial y aspiraban entrañas y almas con un solo golpe de vacío. Otro operario, esta vez con movimientos más parecidos a la ternura, les doblaba las pinzas y patas con cuidado antes de apilarlas. Este recuerdo personal cobró nuevo significado cuando leí el siguiente párrafo en el libro de Chatwin:
Hay un hombre en Punta Arenas, sueña con bosques de abetos, tararea canciones, se levanta cada mañana y observa las oscuras aguas del estrecho. Maneja hasta la planta y huele el mar. A su alrededor hay centollas rojas que se mueven y que luego son cocidas. Oye como se quiebran sus caparazones y pinzas para extraer la carne blanca y meterla en latas. Es un hombre eficiente, con alguna experiencia previa en líneas de producción. ¿Recordará ese otro olor, a quemado? ¿Y ese otro sonido de canciones en sordina? ¿O los montones de pelo apilados como pinzas de centolla?
A Walter Rauff se le atribuye la creación y administración del camión cámara de gas.
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Chatwin hizo renacer el interés popular por la Patagonia, región que durante siglos estuvo en el centro de la imaginación occidental de lo remoto, como Tombuctú, el Amazonas, Mongolia o Alaska. Desde el naufragio de John Byron, publicado en 1768, pasando por el viaje de Darwin en 1839, la travesía por tierra de George Musters (At Home with the Patagonians, 1871), el relato de Florence Dixie, primera excursión turística por la región (Across Patagonia, 1880), las descripciones bucólicas de William Hudson (Idle Days in Patagonia, 1893), siempre existió una tradición narrativa que mantuvo viva la Patagonia en la imaginación inglesa. Sin embargo, esos libros solo permitían viajar a tiempos desaparecidos. Chatwin mostró a una nueva generación de viajeros que la Patagonia seguía ahí, romántica e intacta, ya no poblada de gigantes, toldos tehuelches ni pueblos primitivos, pero todavía un territorio lejano habitado por locos, criminales, revolucionarios y excéntricos, donde cada viajero podía trazar su propio recorrido. La generación de mochileros de los 80 tenía ahora un libro para leer, no historia, sino un ejemplo de cómo trazar sus propios recorridos en esa planicie inmensa que —ahora sabían— escondía personajes en sus pliegues.
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Entre los supuestos de la literatura de viajes está el que los hechos relatados sean verídicos. Si bien no hay legislación al respecto, esta verdad de los hechos se da por convenida, ya que es el mismo autor el que construye interés haciendo referencia a lugares y episodios reales, conocidos y comprobables. A Chatwin se le critica el incumplimiento de este contrato tácito, enrostrándole situaciones que no vivió o cosas que no fueron así. Chatwin negaba haber firmado ese contrato tácito e insistía a sus editores que En la Patagonia no fuese promocionado como literatura de viajes, sino como ficción. Decía que se trataba de un viaje real, pero a la vez de uno simbólico.
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En la Patagonia tiene la estructura de una novela episódica, escenas independientes enhebradas por una frágil excusa: buscar los rastros de su antepasado Charles Milward y visitar la caverna donde encontró un milodón. Pero ese hilo no es el que importa, ni tampoco importa que Chatwin a veces mienta. Lo que Chatwin pretende es que resplandezca el mundo, dibujar caminando un diseño arbitrario. Así como Cendrars dibujaba constelaciones nuevas en el cielo uniendo estrellas con líneas propias, Chatwin sabe que la vida es un tejido de hilos que se cruzan en dos direcciones: el mito y la realidad. Tan íntimamente cruzados que, si eliminamos unos, se caen los otros. Chatwin sabe, como sabe su amigo Werner Herzog, que así como una casa se vuelve inhabitable si se iluminan todos sus rincones, y un alma se vuelve inhabitable si un psicoanalista ilumina todas sus tinieblas, no tiene ningún interés recorrer una tierra donde solo hay verdades. Por eso escoge la estructura de escenas desconectadas, conveniente formato que dificulta el chequeo de datos, no porque pretenda mentir, sino porque no es la idea. Como este artículo.

En la Patagonia, Bruce Chatwin, traducción de Eduardo Goligorsky, Booket, 2022, 256 páginas, $30.000.