Javier Edwards Renard: “El Premio Nacional debe ser para esos escritores que rompen el molde, que entregan algo nuevo”

El libro El tejido de la crítica reúne 30 años de labor literaria, donde están presentes los escritos que Edwards ha realizado sobre Diamela Eltit, Pía Barros, Nona Fernández y Lina Meruane, además de los integrantes de la Nueva Narrativa, entre otros. Lector y conocedor del panorama local, ante la convocatoria anual al trofeo mayor se pregunta “¿Qué se busca cuando se premia a un autor con el Premio Nacional?”. De Ramón Díaz Eterovic, quien lo obtuvo el año pasado, señala que el autor de Heredia “está bien, pero no desafía. (…) Su premio pasó desapercibido”.

por Javier García Bustos I 8 Julio 2026

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Su padre le contaba diversos y curiosos relatos. Por eso, afirma Javier Edwards, “comencé a leer a través de mis oídos”. La cita inaugura el prólogo de El tejido de la crítica. Una antología de lecturas, y el texto inicial también funciona como una autobiografía: “Nací el 24 de enero de 1962. Una niñez en que la antigua Plaza de Armas era nuestro jardín y espacio de juegos. (…) Mis padres eran personajes de un relato lleno de contrastes”.

Javier Edwards Renard estudió en el Liceo Manuel de Salas y luego Derecho en la Universidad de Chile. Mientras trabajaba como procurador en el Banco Central, en los 80, decidió hacer crítica literaria en el diario La Época. “Cuando estudiaba Derecho, me pregunté cómo me acerco formalmente a la literatura. Estábamos en dictadura y había aparecido La Época, que tenía un muy buen suplemento cultural con Arturo Navarro y Mariano Aguirre. Por esos años yo trabajaba en el banco y llamé por teléfono a Mariano, quien me pidió cosas que había escrito. Se las envié y a los 10 días me llamó y partimos con comentarios de literatura extranjera. Recuerdo que me dijo: ‘Cuando se te afirme la mano, vamos a lo chileno’, y creo que después de dos meses de publicar en el diario comencé a reseñar libros chilenos”.

Ya a inicio de los 90, Edwards Renard cambió de diario: “Entré a El Mercurio gracias a María Elena Aguirre e Ignacio Valente (José Miguel Ibáñez Langlois); a pesar de que yo había estado en una trinchera política distinta, por decirlo de alguna manera, Valente tenía esa virtud de generar una apertura. Y cuando él se retira a su ministerio sacerdotal y a la escritura de poesía, ahí se abrió un espacio y mi crítica empezó a tener más protagonismo”.

El canon, el mercado y el mundo editorial

Este año otra vez se otorgará el Premio Nacional de Literatura a una o un narrador convocado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. El año pasado lo obtuvo Ramón Díaz Eterovic. Javier Edwards Renard tiene una opinión al respecto, como también de las reseñas que se han trasladado del papel a las redes sociales.

Cuenta que para efectuar la recopilación de sus textos incluidos en el libro asistió a los archivos de la Biblioteca Nacional. Dividido en cuatro capítulos, el volumen reúne escritos sobre “Vanguardia femenina”, con los comentarios a obras de Pía Barros, Andrea Jeftanovic, Nona Fernández, Ana María del Río y Lina Meruane; “Emblemáticos, instalados e incipientes”, con nombres, entre otros, como Diamela Eltit, Germán Marín, Marta Blanco, José Donoso, Jorge Edwards y Roberto Bolaño; la “Nueva Narrativa pura y dura”, con las críticas a títulos, entre otros, de Gonzalo Contreras, Jaime Collyer, Darío Oses y Pablo Azócar; y el cuarto capítulo “Quince minutos de fama y mucho más”, donde aparecen los nombres de Marcela Serrano, Pablo Simonetti, Alberto Fuguet y Rafael Gumucio.

Fuiste como el crítico oficial que escribía de autoras no oficiales, con nombres como Lina Meruane, Diamela Eltit, Nona Fernández, Pía Barros…
Creo que después de un período tan largo de silencio —a fines de la dictadura—, me interesaba ver qué estaban haciendo las voces que habían estado más acalladas, en lo político y también en esos otros silencios, que tienen que ver con el género y las identidades. ¿Qué dicen las mujeres en Chile? ¿Cómo entienden el poder? Porque lo han vivido de una manera completamente distinta, lo mismo con escritores de minorías sexuales. Escritores que también querían salirse del mundo que era el realismo mágico. Y, sin duda, me interesó y me sigue llamando la atención la literatura de mujeres. Hay muchas escritoras que son doctoras en literatura, o sea, que son muy preparadas intelectualmente, y se nota esa aproximación intelectual a lo narrativo. De las voces más contemporáneas me interesa Alia Trabucco Zerán. En ella hay una cabeza y una pluma bien poderosa.

En estos años reparaste en obras y autores relevantes, pero que quizás han tenido poca recepción entre los lectores, partiendo por Germán Marín. ¿Qué reflexión haces hoy?
Le presté bastante atención a Marín. Lo que yo veía era un escritor que estaba registrando todo un momento social, histórico y político de Chile con un nivel de profundidad y mirada que realmente mostraba el tejido de todos los conflictos que estaban ahí. Su obra muestra una completa fotografía, y si quiero entender ese período, debo hacerme cargo de lo que él escribió. No basta José Donoso, quien estaba preocupado de otros temas. Jorge Edwards había tenido un momento político cuando escribió Persona non grata, pero después de eso entró en otra temática literaria. Antonio Skármeta igual. Querían estar en una plataforma más mundial. En cambio Germán Marín se atreve a hacer novela desde acá mismo, de la situación social chilena y creo que lo hace logradamente. Marín no fue un superventas, pero es muy difícil decir que no es parte del canon, porque sus textos son imprescindibles.

Por diferentes motivos, la globalización, el mercado, estamos saturados de todo. Saturados de noticias, de música y, también, saturados por múltiples libros (…). ¿Qué es un encuentro hoy como la Feria Internacional del Libro de Santiago? La última FILSA a la que fui era lamentable. Por ejemplo, no van las editoriales anclas y la Furia del Libro tiene la mística de las editoriales pequeñas, pero en algunas aún falta criterio editorial. Tiene que haber un filtro.

En un momento del libro dices que la Nueva Narrativa prometió como defraudó. ¿Por qué?
La instalación de un mercado editorial hizo que se salieran a buscar escritores buenos y no tan buenos. En ese sentido, por Nueva Narrativa uno tenía un catálogo bien amplio de publicaciones. Entonces estaban los autores que en verdad te sorprendían y otros que desaparecieron o hicieron aportes menores, pero que fueron parte de la agitación de ese instante. Fueron apuestas circunstanciales.

A Ramón Díaz Eterovic también se lo vinculó a la Nueva Narrativa. ¿Te interesa su obra?
Ramón Díaz Eterovic es un autor consistente, pero sin querer generar una polémica estridente ni mucho menos, su Premio Nacional pasó desapercibido. Esto ocurrió porque lo que él hace, que lo hace bien, responde a una fórmula, que es muy conocida y trabajada. Creo que el Premio Nacional debe ser para esos escritores que rompen el molde, escritores que te entregan algo nuevo. Su ejercicio narrativo, el de Ramón Díaz, tiene una matriz, y Heredia está bien, pero no me desafía. Para mí la candidata que merecía ganar era Ana María del Río. Creo que los premios nacionales deberían estar más claros y lo cierto es que el Ministerio de las Culturas no tiene una noción clara ni siquiera de cómo se debe hacer la postulación. ¿Qué se busca cuando se premia a un autor con el Premio Nacional? ¿Se busca a un autor que vende mucho en base a usar fórmulas archiconocidas o hay que premiar algo más disruptivo, en la línea del Premio Nobel que, generalmente, hace descubrimientos de voces que traen algo nuevo? Es una literatura que abre puertas y miradas.

Es un hecho que escasean los espacios para la crítica, pero en el mundo virtual existe una gran cantidad de personas haciendo comentarios de libros. ¿Qué opinas al respecto?
Creo que lo digital tiene una falla y es que desaparece. Se diluye. Por lo tanto, las cosas que se dicen a través de esos espacios son por apenas segundos. No quedan o es difícil volver a encontrar ese comentario. Antes, uno escribía con mayor responsabilidad porque quedaba un documento, un respaldo y la gente tenía otro tipo de vinculación con el texto impreso. Incluso hay personas que leen en Kindle, pero les gusta más el formato físico. Creo que la publicación de diarios generaba un impacto importante. Se producía una inquietud que ahora no veo. La crítica se puede equivocar, pero más vale una mala crítica, una crítica desenfocada, porque ese diálogo o polémica genera algo. Recuerdo cuando critiqué los primeros textos de Rafael Gumucio reunidos en Invierno en la torre: hubo una reacción brutal contra mí, un artículo de Jaime Collyer y una carta de Fernando Emmerich en El Mercurio. El único que entendió esas críticas fue el propio Gumucio, quien se convirtió en un escritor, en un buen columnista, y yo tuve la posibilidad de decirlo con el transcurso del tiempo.

¿Tienes la sensación de que hoy se publica más o que es más fácil que antes?
Por diferentes motivos, la globalización, el mercado, estamos saturados de todo. Saturados de noticias, de música y, también, saturados por múltiples libros, porque los costos han bajado y se puede hacer un libro de distintas maneras. Hay muchas autoediciones. Se publica más, pero ¿dónde difundir? ¿Qué es un encuentro hoy como la Feria Internacional del Libro de Santiago? La última FILSA a la que fui era lamentable. Por ejemplo, no van las editoriales anclas y la Furia del Libro tiene la mística de las editoriales pequeñas, pero en algunas aún falta criterio editorial. Tiene que haber un filtro. ¿Qué es lo que más se vende hoy en librerías? Novelas de horror y de fantasía, ciencia ficción e historias de magia. Pero no están ahí, en esas listas de ventas, por ejemplo, los clásicos del horror, un Poe, un Lovecraft, donde hay un nivel de profundidad muy distinto. Puede haber mayor cantidad, pero menos calidad.

 


El tejido de la crítica, Javier Edwards Renard, Ediciones UAH, 259 páginas, $15.000.

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