Las huellas de la escritura y el pensamiento de Jorge Edwards

Más de 300 cartas de correspondencia literaria y diplomática, 145 cuadernos manuscritos, más de 20 borradores con correcciones de sus novelas y una biblioteca con más de tres mil volúmenes componen el archivo del autor de Persona non grata que custodia la Universidad Diego Portales y que refleja, como pocos, a un escritor que se construyó durante más de medio siglo en un entramado de redes intelectuales y debates en la esfera pública. También publicamos, a continuación, el discurso que su hija, Ximena Edwards, leyó en la ceremonia en que se oficializó el convenio entre la familia del escritor y la UDP.

por Alejandro Arturo Martínez I 24 Septiembre 2026

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El Archivo Jorge Edwards permite adentrarse en una de las trayectorias más relevantes de la literatura chilena e hispanoamericana del siglo XX. Novelista, ensayista, cronista y diplomático, Edwards ocupó una posición singular en la vida intelectual latinoamericana, entre la novela y la diplomacia, la crónica y el periodismo. Desde Persona non grata, libro decisivo marcado por su experiencia en Cuba y por la controversia que suscitó en el campo intelectual latinoamericano, hasta El inútil de la familia, que vuelve sobre la figura de Joaquín Edwards Bello y entrelaza biografía e historia familiar, o El sueño de la historia, novela que se aproxima de manera original al pasado colonial chileno a partir de la figura de Joaquín Toesca, su obra desarrolló una reflexión sostenida sobre la historia, el poder, la cultura y la escritura. A ello se suma una trayectoria pública igualmente significativa, pues fue encargado de negocios en Cuba durante el gobierno de Salvador Allende, entre 1970 y 1971, y décadas más tarde se desempeñó como embajador de Chile en Francia, entre 2010 y 2014.

Condecorado con el Premio Nacional de Literatura en Chile en 1994, el Premio Cervantes en 1999 y la distinción de Caballero de la Legión de Honor en Francia ese mismo año, Edwards encarna una figura de proyección iberoamericana difícil de reducir a una sola tradición o ámbito de acción. Su archivo, compuesto por miles de documentos, da cuenta de la amplitud de sus vínculos con el mundo literario, editorial, diplomático e intelectual. El fondo reúne 145 cuadernos manuscritos producidos entre 1966 y 2018, más de 20 borradores con correcciones autógrafas de sus novelas, más de 300 cartas de correspondencia literaria y diplomática, decenas de contratos editoriales, cientos de documentos y objetos personales de diversa índole, desde pasaportes hasta el teléfono de su oficina, además de registros audiovisuales y una biblioteca de más de tres mil volúmenes. Estos materiales hacen visible la densidad material e intelectual de una práctica de escritura sostenida durante más de medio siglo.

Cabe subrayar, además, que este archivo no solo conserva huellas del proceso de escritura y pensamiento de Jorge Edwards, sino también las operaciones mediante las cuales el propio escritor fue construyendo su legado. La cantidad de cuadernos, correspondencia, versiones sucesivas de sus textos, apuntes de clases, borradores de conferencias y documentos personales conservados en tan buen estado permite advertir decisiones de selección, ordenamiento y resguardo que forman parte de una verdadera autoría archivística. No se trata únicamente de seguir la génesis de una obra a través de sus papeles, sino de examinar cómo un escritor intervino en las condiciones materiales desde las cuales quiso dejar constancia de su vida intelectual. En ese sentido, el fondo permite pensar la autoría no como una función restringida a los libros publicados, sino como una práctica que también se extiende a la producción, organización y proyección de su propio archivo. La correspondencia con Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Jorge Teillier, Luis Oyarzún y Abel Posse, junto con contratos, cartas y comunicaciones oficiales de muy diversa índole, muestra que esa autoría se constituyó en el entramado de redes intelectuales y debates de la esfera pública.

Jorge Edwards es una figura clave para leer la historia intelectual y literaria de América Latina en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. La incorporación de su legado a Archivos UDP amplía un conjunto de fondos que vuelve legibles las relaciones entre literatura, política, medios e historia intelectual desde los propios archivos de sus protagonistas. En diálogo con los fondos de Nicanor Parra, Eugenio Téllez, Enrique Lihn, Soledad Bianchi, el presidente Ricardo Lagos y otros custodiados por la universidad, el Archivo Jorge Edwards permite situar su trayectoria dentro de una red más amplia de relaciones culturales e intelectuales. Su densidad excede con creces la obra publicada. Entre sus materiales se encuentran, además, numerosos cuentos, ensayos y reflexiones inéditas que esperan nuevas lecturas.

Jorge Edwards es una figura clave para leer la historia intelectual y literaria de América Latina en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. La incorporación de su legado a Archivos UDP amplía un conjunto de fondos que vuelve legibles las relaciones entre literatura, política, medios e historia intelectual desde los propios archivos de sus protagonistas [y] permite situar su trayectoria dentro de una red más amplia de relaciones culturales e intelectuales.

Discurso de Ximena Edwards

Con alegría me informé de que la Universidad se quedaría con archivos y libros de mi padre. Jorge hizo un curso sobre Miguel de Cervantes en esta universidad. No recuerdo el año, pero yo asistí como oyente. Para mí fue una grata experiencia participar en ese curso.

Dos años antes de su muerte, él releyó a muchos autores, entre ellos al autor del Quijote.

A él le gustaba hacer clases y conferencias, fuera de la escritura.

Los últimos meses de su vida pudimos tener conversaciones largas. Recuerdo, entre otras, cuando me dijo no te olvides de mi profesor el padre Hurtado, quien me llevaba en su camioneta verde.

Él deseaba dejar su obra para aquellos alumnos que no tuvieron la oportunidad de recibir una educación buena.

Recordaba con cariño su colegio, el San Ignacio, y a sus tutores, que en casa le enseñaban inglés y francés. Esa formación lo marcó toda su vida.

Su primer libro lo escribió terminando el colegio.

Apoyó a muchos escritores, escritoras, profesores, y dio clases en diferentes partes del mundo.

El 2018 me fui a vivir cerca de él. Vi su tristeza tras el estallido social y, después, la pandemia. Se arrancaba a portería y quería salir. Un día salimos a caminar. Dos carabineros nos pararon. Les explico que tiene 87 años y quiere visitar a su hermana. Vivían separados por dos calles. Nos dejaron pasar.

—Xime, no ves que se puede salir —dijo él.

Después de la pandemia, cumpliendo 90 años, partimos a vivir a Madrid. Nos cambió la vida. La tecnóloga de la óptica le hizo anteojos para leer. Y de ahí volvió a sus lecturas hasta los días finales.

Recuerdo que en el hospital público de Madrid, el doctor se le acerca al oído.

—Jorge, me tengo que despedir —le dijo—. Muchas gracias por tu aporte a España con el Premio Cervantes.

Nos miró y salimos de la habitación.

—Ojalá parta pronto —dijo—. Para que no sufra.

Lo subimos a la silla de ruedas Juanita y yo. Ella es peruana; enfermera y amiga. Llegó a trabajar con nosotros después de la muerte de mi madrina de confirmación. Nos cambió la vida. Ella le ponía música con unos audífonos. A veces corriendo por el pasillo.

La última foto: yo empujando la silla de ruedas. Juana se va en la ambulancia.

Llego a casa. Escucho su respiración y comprendo que está partiendo.

—Juana, son las 5 a. m., corre a buscar a la doctora.

Juana llega corriendo con la enfermera.

Hacemos lo que hay que hacer.

Llega un funcionario con un folleto.

Elegir el ataúd, el crematorio y un sinfín de detalles. Y convencer al funcionario. Es ciudadano chileno.

Lo podemos velar.

—Haré una excepción, estaré a las ocho de la mañana —nos dice.

Recuerdo que llegó su abogada, y escritores, pero a las nueve.

Nos quedamos Juana y yo.

En resumen, traigo el ánfora y el certificado de defunción.

Y estoy haciendo las gestiones para que sea enterrado junto a su mujer, Pilar, que murió el 2007. Su distribuidora de libros acaba de cumplir 50 años. Se complementaban mucho. Era una gran lectora y empresaria. Sabía cuidar a papá para que escribiera; sus horarios, su silencio.

El 2018 lo dejé todo: mi profesión, mi tiempo, mi vida. Para acercarme a vivir con él. El 2018-2019 dejó de escribir. Lo intentaba, pero ya no podía.

En marzo se cumplen tres años de su muerte, y en Madrid se le hará un homenaje. Yo partiré a Madrid.

Yo no estudié literatura. No sé hacer discursos formales. He trabajado dando clases en fundaciones, al alero de la congregación benedictina. Ellas me han apoyado desde hace 20 años y enseñado a cuidar a mis padres. No fue fácil, fue muy cansador.

Chile no cuida de sus mayores. Se les olvida.

Espero que algún día todo cambie.

Muchas gracias por esta ceremonia a nuestro padre y por mantener su legado en esta universidad.

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