
Hotel Roma, de Pierre Adrian, se inserta en un subgénero del relato de detectives que se cruza con el perfil, el ensayo literario y la crónica de viajes. El narrador va tras las pistas de Cesare Pavese para intentar explicar su muerte o al menos reconstruir los días anteriores a ella, como ya lo había hecho en su premiado libro La piste Pasolini.
por Pedro Pablo Guerrero I 17 Diciembre 2025
Hubo un tiempo en que todo el mundo leía a Pavese. Inspiraba las ficciones de Saer, Piglia, Di Benedetto, y hasta el título del libro, no tan paródico como se cree, que contiene los mejores poemas de Bertoni (El cansador intrabajable). Era una costumbre. Ya no. Por eso extraña, al menos por estos lados, la aparición de un libro como Hotel Roma, de Pierre Adrian, un autor francés nacido en 1991, que vive en Roma y se pasea por la cultura italiana como Pedro por su casa.
El hotel del título queda en Turín y allí, en la habitación 49, se suicidó Cesare Pavese el 27 de agosto de 1950. Repartidos entre el baño, el escritorio y el velador, el conserje encontró al día siguiente 12 cajas de somníferos y siete paquetes de tabaco vacíos.
“Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen mucho”, fue su nota de despedida, escrita en la primera página de su libro menos comprendido, pero el que más quería, Diálogos con Leucó (1947), en el que inscribió en clave mítica y alegórica su pulsión suicida. Pocos recuerdan, en cambio, lo que anotó, horas antes de volver al hotel, en las oficinas de la editorial Einaudi, donde trabajaba. “MERDA”, escribió con tiza en una gran pizarra después de preguntar por los jefes al único empleado que encontró esa noche: andaban de vacaciones. Era agosto y la ciudad estaba vacía, como uno de esos cuadros de Chirico donde lo único que se ve al fondo es un tren sobre la línea del horizonte. El Hotel Roma estaba justo frente a la estación. Una puerta de escape que no usó. Ni siquiera este detalle se le pasa a Pierre Adrian.
Hotel Roma es el resultado de una investigación que se proponía ser, como explica el autor en las primeras páginas, “un viaje melancólico tras los pasos de un hombre derrotado”. Sin embargo, termina siendo, también, “un viaje luminoso al lado de una chica de piel morena”, que lo acompaña en varios trayectos durante la pesquisa. Juntos callejean por Turín y van a Santo Stefano Belbo, el pueblo natal de Pavese en las Langhe (largas colinas) del Piamonte: una modesta Arcadia de lomas y viñedos a la que el poeta vuelve una y otra vez desde su primer libro, el poemario Trabajar cansa (1936), hasta el último, su novela La luna y las hogueras (1950), que a Pierre Adrian le parece la mejor de todas. Si el paraíso está hacia el norte, en la cima de un monte, su reverso infernal está en el sur. Solo, después un largo viaje en tren, el autor francés llega a Brancaleone, la pequeña localidad costera de Calabria donde el régimen fascista mantuvo confinado a Pavese entre agosto de 1935 y marzo de 1936, bajo el cargo de conspiración política. Junto a un mar que no le interesa ni menciona, da comienzo a ese diario prodigioso que es El oficio de vivir, en el que se entrecruzan sus copiosas lecturas, la autocrítica de su obra literaria y las confesiones íntimas que anotó de 1935 a 1950, pocos días antes de su muerte.
A partir del 10 de abril de 1936, la palabra suicidio aparece una y otra vez hasta convertirse en un leitmotiv y una obsesión. El catalizador inmediato es el episodio (no contado en el diario) que tiene lugar apenas baja del tren que lo lleva de vuelta a Turín desde el exilio calabrés. “¿Qué es de ella?”, es lo primero que le pregunta Pavese a Sturani, el amigo que acude a recibirlo en la estación. Se refiere a Tina Pizzardo, su amante, “la mujer de voz ronca”, matemática y militante del entonces clandestino Partido Comunista. Pavese estaba enamorado de ella hasta el punto de aceptar recibir en su casa la correspondencia que le enviaba a Tina, desde la cárcel, un luchador antifascista que también era su amante. El hallazgo de estas cartas le había costado a Pavese la condena de tres años en Calabria, reducida a siete meses por su mala salud. “No pienses más en ella. Se ha casado ayer por la mañana”, le responde Sturani. Lívido, a Pavese se le caen las maletas de las manos y se desploma.
Así al menos lo cuenta Davide Lajolo, el biógrafo canónico de Pavese, que tiene el mérito de haber sido un amigo muy cercano, pero está cada vez más desacreditado entre los especialistas, que consideran su libro El vicio absurdo (1960) retórico y poco riguroso. Pierre Adrian lo evita en lo posible, acudiendo más bien a la obra literaria de Pavese, a su correspondencia y, sobre todo, a su diario.
“Junto con el suicidio, las mujeres eran el otro gran tema de El oficio de vivir”, observa el escritor francés. Pavese habla de ellas alternando la inquina con la gratitud, y la misoginia con la admiración, que se refleja lúcidamente en obras como El bello verano y Entre mujeres solas (ambas publicadas en 1949), lo que demuestra que “acabó comprendiéndolas muy bien”, como apunta no Pierre Adrian, sino la innominada “chica de la piel morena” que lo acompaña. Como sea, las relaciones de Pavese con las mujeres siempre acaban rápido y mal. Tina Pizzardo no volvió con él, aunque siguió pensando en ella, convirtiéndola en un personaje literario de La casa en la colina (1948), su novela sobre la guerra, el fascismo y el compromiso político. Con Bianca Garufi, secretaria en la sede de la editorial Einaudi en Roma, Pavese tuvo una relación entre 1945 y 1946; juntos escribieron un libro, Fuoco grande, que dejaron inconcluso y que Italo Calvino hizo publicar en 1959. Su último romance público —en realidad “It was only a flirt”, como lo llama en un amargo poema— fue con la actriz estadounidense Constance Dowling, examante de Elia Kazan. Ella se había instalado en Italia con su hermana Doris, quien acababa de protagonizar con Silvana Mangano la película Arroz amargo (1949), de Giuseppe de Santis. Pavese se propuso escribir un guion para ambas actrices, “Las dos hermanas”, pero Constance se alejó de él después de un mes y volvió a su país. El escritor le dedicó el libro de poemas Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (“To C. from C.”), que dejó inédito y se halló tras el suicidio, lo que dio pie a que muchos lo atribuyeran a un desengaño; el último. Adrian no lo cree: “Este fracaso anunciado pudo adelantar la hora del gesto, pero no fue la razón principal. Pavese llevaba en sí el suicidio como una maldición. El suicidio le pertenecía como le pertenecían la pipa y las gafas”, escribe.
En las páginas finales de Hotel Roma, el autor entrevista al sociólogo y exdiputado socialdemócrata Franco Ferrarotti, el último compañero de Pavese que aún quedaba con vida (murió en noviembre de 2024, a los 98 años). En la editorial Einaudi se dedicaban la mayor parte del día a labores de traducción. Pavese, gran lector de los clásicos y de la literatura norteamericana, trasladó al italiano obras de Hesíodo, Dickens, Joyce y Moby Dick, de Melville. Cada vez que ambos colegas encontraban la parola giusta salían a celebrar con vino a una de las tabernas de las afueras de Turín. “Me ensenó lo que es la palabra justa”, dice Ferrarotti con gratitud.
Cuando llega el momento inevitable de hablar del suicidio, el sociólogo añade una motivación de sumo interés. Nacidos en aldeas del Piamonte, “Pavese y Ferrarotti se consideraban campesinos extraviados en la gran ciudad. Era, en cualquier caso, su tesis principal. Él atribuía el malestar de su amigo a este primer fracaso. Pavese no había dejado de ser un inadaptado que oponía el silencio al ruido del mundo, la introversión propia a la expansividad ajena”, resume Adrian. Pero Ferrarotti va más allá: “Relacionaba el suicidio de su amigo con la desesperación del campesino, con la extinción de una civilización, la de las granjas con patio y pozo, del caminar y del caballo (…). Era el ocaso de un mundo que agonizaba”. Los campesinos quemaban sus propiedades y emigraban a las ciudades, arruinados, como lo sugiere Pavese en el argumento casi policial de la novela De tu tierra (1941), un retrato nada halagüeño ni bucólico de la violencia rural, el incesto y el machismo bajo la dictadura fascista.
La naturaleza del libro de Pierre Adrian no le permite seguir esta pista hacia la materialización final de la pulsión de muerte y prefiere eludir el trasfondo social de los libros de Pavese, valorando más en ellos cierto “realismo de los estados de ánimo” de corte atemporal. Hotel Roma se inserta, por decirlo de algún modo, en un subgénero del relato de detectives que se cruza con el perfil, el ensayo literario y la crónica de viajes. El narrador va tras las pistas de un escritor para intentar explicar su muerte o al menos reconstruir los días anteriores a ella, como ya lo había hecho Pierre Adrian en su premiado libro La piste Pasolini (2015). En un pasaje de Hotel Roma, el autor establece entre ambos escritores un contrapunto interesante pero esquemático, haciendo afirmaciones imprecisas o directamente cuestionables: “Pavese siempre se quedó al margen”; “Si el régimen fascista lo confinó en 1935 fue casi por casualidad, porque había algo que hacer”; “Pavese no se comprometía; su indiferencia era una respuesta a la insignificancia del mundo”; “La época apenas se filtra en su diario”, etc.
No es de creer que Adrian haga esto con mala intención o ingenuidad. Es hijo de su tiempo, pertenece a una generación distinta, con otros marcos de referencia. En su periplo italiano, el autor francés ha visto cómo en una vieja librería de Turín frecuentada por Pavese ya casi no se venden sus libros y se ha especializado en “literatura infantil”, mientras que en el pueblo calabrés de Brancaleone el busto del escritor italiano ha sido retirado por las autoridades locales después de ser vandalizado en varias ocasiones. “No se sabe por qué”, comenta el narrador, a la pasada, evitando meterse en honduras. Pierre Adrian no quiere ver en Pavese a un maestro, sino a un amigo. A sus 30 años, “yo ya aceptaba el mundo y había renunciado a transformarlo”, confiesa el autor de Hotel Roma. Quiere compartir esa amistad con los nuevos lectores. Que Pavese se convierta para ellos en un autor de cabecera, como lo es para él, y que sus novelas transmitan “una proximidad inmediata y una total indiferencia a las modas, a la época”. Que las colinas de sus novelas y poemas, a falta de paraísos en la tierra, vuelvan a ser un refugio fuera del tiempo, en el que solo importe el presente.

Hotel Roma, Pierre Adrian, traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona, Tusquets, 2025, 208 páginas, $19.900.