Hoja por hoja, punto por punto

En Entre puntos de lectura Soledad Bianchi reúne principalmente citas, aunque también fragmentos de su propia mano, para explorar el concepto de lectura —inseparable, por supuesto, de escritura— desde múltiples ángulos, en un recorrido que puede conectar textos literarios con anécdotas autobiográficas, comentarios anónimos en una página web, grafitis o letras de boleros. A contrapelo de las disciplinas modernas, y adhiriendo a las palabras de George Steiner, la autora demuestra que toda crítica es un acto de amor y, por ende, una forma de autobiografía.

por Sebastián Duarte Rojas I 2 Noviembre 2026

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Punto de partida: Aunque se lo suele definir como sinónimo de marcapáginas, desde el inicio de su nuevo libro Soledad Bianchi señala el deseo de “que un ‘punto de lectura’ se entendiera como un espacio, un lugar de lectura, donde se realiza la lectura (y no solo de libros); un sitio desde donde comienza un viaje… que no termina. Asimismo, sitios y parajes, oportunidades, inventos de la lectura, un inicio a paradas breves porque el deseo de conocer nunca se detiene ni termina”.

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Entre puntos de lectura: reflexiones, recortes, enlaces es un ensayo con las costuras a la vista. En él, la crítica y académica chilena reúne principalmente citas, aunque también fragmentos de su propia mano, para explorar el concepto de lectura —inseparable, por supuesto, de escritura— desde múltiples ángulos, en un recorrido que puede conectar textos literarios con anécdotas autobiográficas, comentarios anónimos en una página web, grafitis o letras de boleros.

Su recorrido parte por la clásica asociación etimológica entre texto y tejido, pero como ocurre de ahí en adelante, esto lleva a Bianchi a una novela sobre la escritura secreta de mujeres en China, a un libro sobre la peligrosidad de las lectoras, al origen de la narración en el bordado femenino según Irene Vallejo o a la edición de Lecturas para mujeres de Gabriela Mistral, pasando por los salones coloniales como el de Javiera Carrera, que luego se replica en la figura de Amanda Labarca y la revista Familia, cuyo Círculo de Lectura, marcadamente sufragista, se opone al aristocrático Club de Señoras del que formó parte Iris (Inés Echeverría de Larraín); todo esto sin dejar de lado la profusión actual de clubes de lectura, presenciales o virtuales.

Este movimiento continuo, motivado por una curiosidad insaciable, desplaza los límites de la lectura más allá del papel: “Como ciudadana, yo, cotidianamente, atravieso el texto urbano, pero además recorro otros textos: algunos escritos, entre ellos, pues tal como el flâneur de Baudelaire callejeaba la ciudad, yo, como lectora, soy una paseante, una flâneuse que deambula por líneas; se detiene en las pausas, o las respeta; completa intervalos y socava vacíos; relaciona; descubre esquinas y trayectos; inventa; tiende y corta puentes; vaga; lee y escribe”.

Sin duda aquí también hay un guiño a Walter Benjamin, no solo porque lo recién citado aparece poco después de una comparación entre las galerías y caracoles de Santiago con los pasajes de París (una arquitectura que conlleva, a su vez, la acumulación de objetos diversos), sino también por la inclusión de un decidor fragmento del crítico alemán: “De todos los modos de conseguir libros, escribirlos uno mismo es considerado el más elogiable. (…) A decir verdad, los escritores no escriben porque son pobres sino porque están insatisfechos con los libros que podrían comprar y que no les agradan”.

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Punto de cruz: Es más que conocido el ideal benjaminiano de la escritura como montaje de citas. Una aspiración similar cruza Entre puntos de lectura, un volumen compuesto, como lo describe la propia Bianchi, desde la pluralidad de voces y perspectivas: “Hilvanando, hilvanando… ensimismada, sigo la hebra. Lo que yo hago en este trabajo es un zurcido, un entramado de citas, un patchwork de retazos, de párrafos, de recortes”.

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Uno de los múltiples temas en que Bianchi se detiene —o, más bien, en torno a los que ronda, ya que su desplazamiento nunca cesa— es el de los diccionarios: aquí recorre el listado de volúmenes de este género que posee en su biblioteca personal, pero también dedica varias páginas a la figura de María Moliner y su Diccionario de uso del español, cuyo orden no estrictamente alfabético contrasta con el más oficial de la RAE. Con algo de diccionario, pero nada de alfabético, este ensayo se organiza en entradas que parten con un título en letra negrita seguido de dos puntos, entradas compuestas ya sea por una cita, breve o de gran extensión, o por un texto de la autora.

Los títulos de estas entradas suelen jugar con la idea de punto, pero a veces también con otros conceptos aledaños como hoja o línea; además, se repiten a lo largo del texto, aunque la autora deja en manos del lector identificar qué significa la reaparición de nombres como “Punto ciego” o “Punto por punto”, o el aún más juguetón “Poner los puntos sobre”, o el críptico “¿??????????”. “Vuelta de hoja”, por ejemplo, suele asociarse, como sugiere la frase, a un cierto cambio de tema, un desvío en el fluir narrativo. (El prólogo ya anunciaba: “Me gustaría que Entre puntos de lectura pudiese leerse como un relato”).

Recurro a palabras como jugar o juguetón porque hay algo lúdico en el modo en que Bianchi arma y nos invita a recorrer este libro, a (h)ojear sus páginas no necesariamente en el orden establecido. No son casualidad, por lo tanto, el ya mencionado vínculo con los diccionarios ni la inclusión de esta cita del Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio Fernández: “Te dedico mi novela, Lector Salteado; me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario, el lector seguido tendrá la sensación de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta”.

Dispuestos así, estos puntos de lectura, que requieren de la participación activa de sus lectores, son comparables a la técnica puntillista del pintor Georges Seurat: mirados muy de cerca, sus cuadros son solo una miríada de puntos incomprensibles, pero a la distancia adecuada (Stephen Sondheim, en Sunday in the Park with George, describe esta distancia acertadamente como una ventana que permite ver) la retina del observador es capaz de armar la imagen completa. En el libro de Bianchi, cada punto aislado tampoco dice mucho; el efecto real solo se percibe al mirarlos como un todo, al participar nosotros también en la construcción del texto mediante la lectura.

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Punto de referencia: “Los múltiples nudos de un quipu llevan de uno a otro por esa hebra flexible que es el cordel (el hilo, la lana) y, a su vez, este encamina a otras cuerdas, también anudadas. Para leerlos son obligadas las pausas y detenciones, presentes, asimismo, en ese otro trayecto que es la escritura, un divagar fluctuante entre lo concreto, lo imaginado y lo deseado que lleva a criticar, interrogarse, imaginar, ir y volver a las dudas, enlazándolas, leyéndolas, sin aspirar a totalidades ni a respuestas definitivas, limitándose a vincular fragmentos, versiones, curiosidades y explosiones de sentido”.

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Entre los pasajes autobiográficos figura la extensa rememoración de cuando, en enero de 1967, con solo 19 años y siendo estudiante del Pedagógico, participó de un programa universitario de alfabetización en Coyhaique, siguiendo la metodología del entonces residente en Chile Paulo Freire: el respeto por el saber no letrado —o sea, esas otras formas de lectura— por el que abogaba el educador brasileño parece estar en la base del pensamiento de la autora.

Uno de los títulos más recurrentes en las entradas, y uno cuya función resulta crucial en la estructura del libro, es “Hoja de ruta”. Estos pasajes siempre son de autoría de Bianchi y su función principal es la de ser momentos (puntos) en que reflexiona sobre el tema al que la ha llevado el cauce de las citas (lecturas) o en que lo relaciona con experiencias personales, a veces narradas en primera persona o, como hace al evocar la infancia, en tercera y en tiempo presente.

Hay otros momentos en que las apariciones personales son más sutiles, como en la sección dedicada a los talleres literarios. El foco de esta parte es el Chile de los 80: habla de las tertulias de Mariana Callejas, pero también cita la experiencia de alumnos del taller de José Donoso, en cuyos Diarios tempranos, dice, “encontramos que centenas de sus notas son reflexiones sobre su propia escritura o sobre la de otros: guiños muy significativos, preocupaciones vitales para el autor, que pueden hacernos considerar este gran volumen (…) como un sugerente taller literario”. (Entre puntos de lectura también funciona como un libro-taller). Luego habla de los encuentros surgidos a partir del recordado Primer Congreso de Literatura Femenina Latinoamericana (1987), de los que ella formó parte y entre cuyos elementos destaca el “leer en forma colectiva (subvirtiendo la idea de la lectura como proceso individual y solitario)”.

Entre los pasajes autobiográficos figura la extensa rememoración de cuando, en enero de 1967, con solo 19 años y siendo estudiante del Pedagógico, participó de un programa universitario de alfabetización en Coyhaique, siguiendo la metodología del entonces residente en Chile Paulo Freire: el respeto por el saber no letrado —o sea, esas otras formas de lectura— por el que abogaba el educador brasileño parece estar en la base del pensamiento de la autora.

Otra influencia patente en este libro es la de George Steiner, referenciado varias veces en las páginas que abordan la traducción, pero también en esta cita crucial: “Toda mi obra se funda en la primera línea de Tolstói o Dostoievski, que toda crítica verdadera es un acto de amor. Eso me coloca a contrapelo de las disciplinas modernas, ya sean críticas, académicas, deconstruccionistas o semióticas. A mi entender, cualquier buena lectura paga una deuda de amor”.

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Punto crítico: Al tratar su experiencia del exilio, la vincula con una independencia que no solo ha marcado su trayectoria, sino también (y quizá sobre todo) este libro: “Estar lejos me permitió mayor libertad en mi quehacer crítico, liberándome de ciertas raras taras y trabas, frecuentes en el medio académico. Entre otras: no depender tanto ni tan automática ni linealmente de formatos, métodos o perspectivas imperantes o/y evitar herméticas jergas de especialidad pues, con frecuencia, yo escribía en revistas e impresos dirigidos a todo lector”.

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La voracidad lectora de Bianchi, ya se ha dicho, lleva la lectura a diversos tipos de textos e incluso más allá de lo textual. Uno de los ejemplos más bellos de esto es cuando abraza la literalidad del concepto en una frase hecha, que se convierte en imagen poética: “‘La lectura del agua’ (me dice un ‘lector’, funcionario de Aguas Andinas, que pasa por las casas leyendo los medidores). ‘La lectura del agua’: ¡todo un poema! También se lee la luz: parece mágico el encuentro de estas dos realidades, y la ‘lectura de la luz’ parece iluminarlo todo”.

No obstante, pese la importancia de la ampliación del concepto de lectura, su pasión es la literatura. Un lugar que aborda en extenso es el de la biblioteca, el punto de lectura (literal) por excelencia: nos cuenta sus experiencias personales en diversas bibliotecas, pero también recoge una larga cita de Fernando Báez, autor de Historia universal de la destrucción de libros, que parte diciendo: “Borges imaginó el paraíso como una biblioteca, pero advirtió que solo existían los paraísos perdidos”. (Bianchi escribe, en una de las últimas páginas: “No he querido citar demasiado a Borges”).

A partir de esto, explora el otro lado de las bibliotecas, no la conservación, sino la destrucción. Pasa por el gran incendio de la Biblioteca de Alejandría y otros eventos, como la quema de libros en la Alemania nazi o nuestra infame versión durante la dictadura de Pinochet, imagen que recorrió el mundo y que aquí se repite varias veces, como una herida que no ha sanado. Esta historia negativa tiene ecos más íntimos en casos de escritores cuyas bibliotecas personales se incendiaron, como Alone, que luego pedía ayuda a través de El Mercurio para recuperar los volúmenes descontinuados que perdió. Lo mismo vivió Martín Cerda, de quien Bianchi incluye una cita que resume su propia labor: “El ensayista es, en efecto, un lector, pero un lector que no se contiene frente a cada texto leído, sino que, por un impulso radical, siempre lo sopesa, lo interroga y lo prolonga”.

“Una biblioteca es un vivero de plantas frutales”, dice Mistral citada por Bianchi, que luego la complementa con Cicerón: “Si tienes un jardín y una biblioteca, tienes todo lo que necesitas”. A través de un texto aparecido en la revista Jardín LAC, sopesa sus diferencias: “la biblioteca, cerrada y protegida, donde se conservan objetos inanimados; el jardín, abierto al cielo, cultiva seres vivos. Pueden ser diferentes, muy diferentes, pero cohabitan desde los primeros tiempos”. Este ensayo tiene algo de estos dos espacios públicos: conviven aquí la erudición y la pasión libresca con la apertura y la invitación a acariciar sus hojas, a compartir los frutos de una vida lectora con otros lectores.

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Punto extra: Entre puntos de lectura carece de punto final: la frase “a seguir…” precede a la firma de la autora en sus últimas páginas. Dado el carácter del libro, esta parece una invitación que extiende a sus lectores, una que me tomo al pie de la letra en estas entradas. Por eso cierro con una cita adicional, pero en sintonía con este conjunto de retazos sobre la lectura y sus contornos. Stella Díaz Varín, poeta cuya voz Bianchi incluye en la obra —de sus conversaciones con Claudia Donoso, una declaración sobre la imposibilidad de vivir sin leer—, escribe:

Mira cómo está mi casa, desarmada.
Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.
Y mi huerto, forado permanente
Y mis libros como mi huerto,
Hojeado hasta el deshilache
Sin dar con la palabra.


Entre puntos de lectura, Soledad Bianchi, Seix Barral, 2026, 384 páginas, $24.900.

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