La corta cabellera de Sylvia Molloy: in memoriam

Fallecida ayer a los 83 años en Nueva York, la autora de En Breve cárcel, El común olvido y Vivir entre lenguas, es recordada en este texto por quien fuera su alumno y amigo como una escritora que realizó una exhaustiva y radical revisión del fin de siglo latinoamericano, sobrepasando las fronteras de su país —Argentina— y configurando “un trabajo crítico que desprogramó para siempre las separaciones entre vida de autor y esfera pública, sexualidad y política, cosmética y letra”.

por Javier Guerrero I 15 Julio 2022

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No son pocas las referencias que Sylvia Molloy hizo acerca del cabello. Del pelo rizado en Las memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra, a la larga cabellera de Oscar Wilde; de la trenza como fetiche en La amada inmóvil de Amado Nervo, al pelo liberado de una novela de Atilio Chiáppori: Molloy supo leer el peso crítico del cabello. Propongo entender tal gesto como una fundamental clave de lectura en la exhaustiva y radical revisión que Sylvia Molloy hizo del fin de siglo latinoamericano. Molloy descentró la mirada hegemónica de la crítica e intelectualidad regional, a partir de operaciones ingeniosas que discutieron ampliamente la estrechez del statu quo ilustrado, para replantear las líneas que han dominado las más importantes discusiones de América Latina. Naturalmente, también esto se produjo a partir de la propia intervención corporal y crítica, así como del activismo académico de Sylvia Molloy. Sus textos y su propio cuerpo perpetraron un hiato crítico en las narrativas que dieron forma al pensamiento cultural moderno de América Latina. Y este tránsito, la compleja interrogación que su deslumbrante lectura suscita, tiene un punto de partida indiscutiblemente cosmopolita. Comienza nada más y nada menos con la llegada de Oscar Wilde a Nueva York.

Molloy centró su interés en el pelo y la vestimenta de Oscar Wilde para discutir y, sobre todo, escenificar cómo la crítica y la intelectualidad latinoamericanas despreciaron a estas otras sensibilidades, otros cuerpos y líneas de pensamiento para hegemonizar la estrecha agenda latinoamericanista.

Su lectura de Wilde, que no repasaré por ser archiconocida, inicia la discusión que marcará la más brillante intervención de Sylvia Molloy en el campo. Molloy centró su interés en el pelo y la vestimenta de Oscar Wilde para discutir y, sobre todo, escenificar cómo la crítica y la intelectualidad latinoamericanas despreciaron a estas otras sensibilidades, otros cuerpos y líneas de pensamiento para hegemonizar la estrecha agenda latinoamericanista. Por lo tanto, Wilde no constituyó una mera anécdota en la famosa crónica de prensa de José Martí. Eso lo dijo Molloy. No fue para nada un tópico colorido en la discusión del fin de siglo hispanoamericano. La académica y escritora argentina entendió que esta crónica ponía en escena un impasse fundamental entre la inteligencia letrada latinoamericana y aquello que resultaba indecible, aquello que se hacía invisible o incognoscible. Wilde, más allá de su elocuencia, que no era aún dominante en su primera intervención de la gira internacional, más allá de su sapiencia y erudición, intervendría con su propio cuerpo o, como ya sabemos, con su única política de la pose para irrumpir el fin de siglo. Su intervención, la de Oscar Wilde, pareciera decir Molloy, hizo dudar a la jefatura de la ciudad letrada latinoamericana no solo de su capacidad de dominar una comunidad lectora cada vez más heterogénea, sino de poder sostener su propia noción de certidumbre. Por lo tanto, una gran detonación se produjo en el seno de esta crónica y es Sylvia Molloy quien logró detectar tal eclosión, configurar su conflictiva política. Si se quiere, la escritora supo leer este fin de mundo. El sisma que le mueve el piso al mismísimo Martí sirvió para cuestionar cómo se ha diseñado no solo el canon hispanoamericano, sino la arquitectura más de avanzada de su pensamiento.

Por lo tanto, con su política de la pose, Molloy desorientó a la crítica latinoamericana. La lista de escenas a la que hace referencia en su Poses de fin de siglo (Teresa de la Parra y Lydia Cabrera paseando un perrito, las manos enjoyadas del mexicano Salvador Novo, entre otras), no es más que una poética de un trabajo crítico que desprogramó para siempre las separaciones entre vida de autor y esfera pública, sexualidad y política, cosmética y letra. Quiero, sin embargo, puntualizar dos problemas adicionales que hacen posible esta intervención. Por un lado, el trabajo de Molloy excedió las pertenencias nacionales y las obediencias de campo, áreas, territorios y lenguas; aunque en uno de sus libros, la autora afirme: “Propongo una reflexión sobre las culturas de fines del siglo XIX en América latina, particularmente en la Argentina; más específicamente, sobre la construcción paranoica de la norma con respecto a género y sexualidades y sobre lo que no cabe dentro de esa norma, es decir, sobre lo que difiere de ella”. Acá Sylvia Molloy mintió. Su trabajo excedió de manera contundente su país de origen. Su poética no está particularmente interesada en la cultura nacional argentina, ni tampoco continúa la tradición del pensamiento crítico argentino. Su trabajo produjo y sigue produciendo una poca común interacción entre figuras distantes como el colombiano José Asunción Silva o el chileno Augusto D’Halmar, se encarga de conectar las metrópolis y las provincias con otras poses, melenas y atavíos. Su intervención crítica pone en circulación las ansiedades nacionales de Chile, Colombia, Cuba, Estados Unidos, México, Uruguay, Venezuela y, por supuesto, también de la Argentina.

Su trabajo excedió de manera contundente su país de origen. Su poética no está particularmente interesada en la cultura nacional argentina, ni tampoco continúa la tradición del pensamiento crítico argentino. Su trabajo produjo y sigue produciendo una poca común interacción entre figuras distantes como el colombiano José Asunción Silva o el chileno Augusto D’Halmar, se encarga de conectar las metrópolis y las provincias con otras poses, melenas y atavíos.

Asimismo, la intervención de Sylvia Molloy, su cuerpo generizado en el corazón de la academia, su corta cabellera, desafió la maquinaria crítica e interrumpió de manera decisiva su sistema circulatorio. Es entonces cuando se fragua otro fin de siglo, uno mucho más lujurioso y travestido, uno más apetecible y complejo. Sin su desconcertante intrusión en los cabellos ondulados, en las trenzas sueltas, en los postizos y bisoñés; la incomodidad y repudio ante el Wilde de José Martí o Rubén Darío, habrían continuado siendo una mera anécdota; la lengua entrecortada de Delmira Agustini, otro síntoma de la Nena de casa; la vestimenta de Alejandra Pizarnik, una extravagancia de mal gusto. Su política perpetró un giro irreversible en los estudios culturales y de género de la región, todo un desmelenamiento finisecular.

 

Gracias, Sylvia, ahora más allá, por todo lo que nos diste. Eterna.

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