Simone de Beauvoir: la reconciliación de los instantes

En la última biografía de la autora de El segundo sexo, Kate Kirkpatrick destaca que Beauvoir fue una pensadora indiscutiblemente original, por lo que no acepta que fuera simplemente un epígono o una discípula, destacando tanto su influencia en Sartre como sus profundos desacuerdos en aspectos centrales de su filosofía. El que ella se dedicara a escribir novelas no se debió a una sensación de inferioridad como pensadora, sino que nacía justamente de sus ideas sobre la filosofía, particularmente de su deseo de lograr una “filosofía que se pudiera vivir”.

por Patricio Tapia I 18 Marzo 2021

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Cuando Simone de Beauvoir tuvo ocasión de deplorar la condición secundaria de la mujer, como hizo en uno de sus libros más conocidos,  El segundo sexo (1949), podría perfectamente haber pensado en ella misma. Muchas veces recordada como la otra mitad de una pareja famosa, su media naranja, el filósofo Jean-Paul Sartre, es visto como la fruta entera y ella, quizá, la cáscara: sus escritos como desarrollos o aplicaciones de los de él. Al morir Sartre, en 1980, pocos obituarios mencionaron a Beauvoir; cuando ella murió, seis años después, el nombre de él aparecía en casi todos, según recuerda la última biografía de Simone de Beauvoir, de Kate Kirkpatrick.

La biografía de Kirkpatrick es un ejercicio de investigación meticulosa, que rechaza las caracterizaciones simples. Aparece Beauvoir como una mujer llena de dudas y también fuerte para insistir en sus puntos de vista. Desde los 15 años ella sintió la vocación de ser escritora, pero no siempre le gustó este camino. En uno de sus primeros ensayos Pirro y Cineas (1944; traducido al castellano como ¿Para qué la acción?), señalaba que nadie quiere siempre lo mismo durante todo el tiempo: “No hay un instante en la vida en que todos los instantes estén reconciliados”. Kirkpatrick captura la mayor parte de esos instantes y alguna de sus reconciliaciones.

La vida de Beauvoir no es desconocida. Ella publicó memorias, diarios, libros de viaje y cartas; y hay varias biografías. La primera surgió cuando ella aceptó ser entrevistada por Deirdre Bair para escribir (aprovechando las conversaciones, regadas con whisky, por las tardes durante una década) una polémica biografía póstuma, publicada en 1990, pero contada por la propia Beauvoir. Kirkpatrick señala que la suya es la primera biografía que se basa en la historia no revelada por ella misma.

Este libro muestra la formación intelectual de Beauvoir antes de conocer a Sartre. Aclara cómo y por qué desarrolló su propia filosofía de la libertad, cómo y por qué escribió novelas y recurrió a la autobiografía, cómo El segundo sexo le cambió la vida y por qué participó tardíamente del activismo feminista. Explora la fuerza de sus compromisos éticos, que se transformaron en políticos. Registra sus amores y angustias, y su decadencia final.

Beauvoir escribió largamente sobre sí misma en el conjunto conformado por Memorias de una joven informal (1958), La plenitud de la vida (1960), La fuerza de las cosas (1963), Final de cuentas (1972), y quizá La ceremonia del adiós (1981). Pero hay muchas cosas no del todo claras, porque su imagen ha sido distorsionada, incluso por ella misma. ¿Por qué no compartió todo u omitió información en sus libros, especialmente con respecto a su sexualidad? Kirkpatrick sugiere modestia, privacidad, razones legales, miedo a que su madre lo leyera, o crear ambigüedad. Una de las posibilidades más convincentes es que Beauvoir se resistió a ser un modelo a seguir.

¿Por qué no compartió todo u omitió información en sus libros, especialmente con respecto a su sexualidad? Kirkpatrick sugiere modestia, privacidad, razones legales, miedo a que su madre lo leyera, o crear ambigüedad. Una de las posibilidades más convincentes es que Beauvoir se resistió a ser un modelo a seguir.

Cuando se publicaron póstumamente su diario de guerra y las cartas que ella dirigió a Sartre, en 1990, la sorpresa no fue menor: ella había mantenido varias relaciones lésbicas, con quienes habían sido alumnas suyas y a veces compartidas con Sartre. En 1997 aparecieron las cartas a su amante Nelson Algren y en 2004 con otro amante, Jacques-Laurent Bost, con quien mantuvo amistad, pero también una relación durante la primera década de su pacto con Sartre. Kirkpatrick cuenta con algún material nuevo, en particular los diarios de estudiante de Beauvoir (Cahiers de jeunesse: 1926-1930, 2008) y sus cartas con el último de sus amantes importantes, el cineasta y escritor Claude Lanzmann (hechas públicas en 2018).

También consultó sus diarios que mantuvo desde los 18 años. La discusión de Kirkpatrick sobre esos diarios es iluminadora para comprender cómo se originaron y desarrollaron sus ideas, aunque la mayoría de ellas se han atribuido a Sartre.

Amor por el saber y saber del amor

La biografía sigue una trayectoria desde su nacimiento hasta su muerte. Desde los 11 años, Beauvoir ya pensaba filosóficamente. Su padre consideraba que ella tenía “el cerebro de un hombre”, lo cual era valorable en la medida en que la hacía más casadera ya que, en su opinión, no tenía la elegancia o la belleza de su hermana Hélène, la persona más cercana a ella junto a una amiga de colegio, a quien conoció a los nueve años, Elisabeth Lacoin, Zaza, cuya vida y temprana muerte le causarían profundo impacto.

En ausencia de dote, sus padres —madre católica y puritana; padre, lleno de inestabilidades, sobre todo, económicas, que influyeron en la austeridad de la filósofa— la alentaron a seguir una buena educación. Era una joven sabelotodo con grandes dosis de mojigatería, que estudiaba mucho y logró sus diplomas académicos con rapidez. Se propuso estudiar filosofía, pero, primero estudió literatura para complacer a sus padres.

La imagen pública de Beauvoir ha sido modelada e incluso deformada, dice su biógrafa, por dos historias de 1929, cuando conoció a Sartre, que ella misma transmitió en sus memorias. La primera es que hicieron un pacto: cada uno sería el amor “esencial” del otro, pero permitiéndose amores “contingentes”. La segunda, cuando ella decidió exponerle a Sartre sus ideas sobre una “ética pluralista”, él las desetimó y ella dudó de su capacidad intelectual.

Era una joven sabelotodo con grandes dosis de mojigatería, que estudiaba mucho y logró sus diplomas académicos con rapidez. Se propuso estudiar filosofía, pero, primero estudió literatura para complacer a sus padres.

Lo cierto es que cuando se trataron por primera vez, eran ambos estudiantes que habían sacado los dos primeros puestos (Sartre y Beauvoir, en ese orden) en las exigentes oposiciones como profesores de filosofía a nivel nacional. En todo caso ella era, con 21, tres años menor y, de hecho, sería la persona más joven en aprobar esos exámenes. En La plenitud de la vida (1960) escribió Beauvoir que no era filósofa, que el filósofo era Sartre, pero sus diarios muestran que tan tempranamente como 1926, tres años antes de conocerlo, había decidido pensar su vida.

En un examen de filosofía fue la segunda mejor nota, después de Simone Weil y antes de Maurice Merleau-Ponty. Con la primera no se llevó bien; con el segundo, tendría una buena amistad, y sería prometido de su amiga Zaza, aunque el matrimonio se vio frustrado (Beauvoir solo se enteraría 30 años después por qué y Kirkpatrick  mantiene el mismo suspenso para informar 200 páginas más tarde que fue porque Merleau-Ponty era hijo natural).

Cuando conoció a Sartre él tenía cierta fama en la Escuela Normal Superior, por su dominio de la filosofía, su irreverencia y sus bromas.  Era bajo y feo, pero también seductor y arrogante. La propuesta de una relación abierta estuvo bien para ella, porque tenía cierta ambivalencia con él y era reacia a alejarse de otros dos hombres en su vida: su primo Jacques Champigneulle y otro compañero de estudios, René Maheu. De hecho, conoció primero a Maheu, que formaba un grupo de amigos con Nizan y Sartre, y fue con Maheu con quien tuvo una mayor cercanía inicial: él la bautizó como “Castor”, el apodo que la acompañaría toda la vida. Aunque no está claro si fueron amantes (ella refiere la relación muy cautelosamente), si lo está que él ocupaba el lugar más importante en sus afectos entonces.

Con todo, se convirtieron con Sartre en una unión “esencial” y él llegaría a ser el “amigo incomparable”. Por eso es difícil hablar de él o ella sin mencionar al otro: pasaron la vida conversando y trabajando juntos. Ella leyó y editó prácticamente toda la obra de Sartre, a veces incluso escribiendo sus artículos. A pesar de las líneas borrosas entre el pensamiento de Beauvoir y Sartre, Kirkpatrick dibuja metódicamente muchos casos en los que se separan intelectual y emocionalmente. Se tendió a etiquetarlo a él como el filósofo existencialista y a ella como su seguidora más fiel. Ella, en realidad, no fue su seguidora y tampoco fue fiel, ni intelectual ni amorosamente.

Desde temprano hubo más amistad que amor. La imagen de Sartre como mujeriego irredento y ella como fiel enamorada, no es del todo certera. El círculo formado en torno a Sartre y Beauvoir, conocido como la “familia”, era, por cierto, una familia extendida. Los amores “contingentes” de Sartre fueron muchos y variados, desde muy temprano y hasta casi su muerte. Pero para Beauvoir, los deseos sexuales tempranamente fueron un problema: Sartre no era muy dado a ellos, le gustaba más la seducción que el sexo.

 

 

Desde mediados de los 30 hasta comienzos de los 40, Beauvoir mantuvo tres relaciones íntimas con mujeres más jóvenes, todas las cuales habían sido alumnas suyas y que fueron cortejadas al mismo tiempo (a veces con éxito) por Sartre: Olga Kosakiewicz, Bianca Bienenfeld (más tarde Lamblin), Nathalia Sorokine. En la geometría del amor llegaron a figuras más complejas que el triángulo: uno de los alumnos de Sartre, Bost se convirtió en amante de Olga. Sartre apaciguó su ego herido seduciendo a la hermana de ella, Wanda. Pero Bost también fue amante de Beauvoir, cuya importancia omite en sus escritos (aventura de 10 años que solo salió a la luz con la publicación de su correspondencia en 2004). Bianca pasó de alumna a amante, cuando tenía 17 años (según la ley de entonces, tenía edad de consentimiento). Sartre también la seduciría. Beauvoir mantuvo su palabra de no hacer pública su identidad, pero Deirdre Bair la reveló en su biografía, abusando de su confianza. Bianca Lamblin habló indignada en su libro de 1993. Nathalia Sorokine sedujo a Sartre y también a Bost.

En las cartas que escribió Beauvoir a Sartre admite que habían cometido errores. Ella tuvo arrepentimientos y fallas. A diferencia de Sartre, era consciente de eso y lamentó la forma en que trató a otras personas y alguna vez lamentó su relación con Sartre. Todo eso la ayudó a refinar sus ideas sobre la libertad y la mala fe, permitiéndole desarrollar una ética del existencialismo, que Kirkpatrick demuestra fue su gran contribución al proyecto filosófico compartido con Sartre.

Filosofía y política

En la primera parte de la década de los 30 ambos desarrollan su concepción de la “mala fe”, una deshonestidad que consiste en “desempeñar un papel” en la experiencia humana, que estaría presente en la obra de Sartre, pero cuyo origen no se sabe bien quién de los dos encontró primero. Fueron los años en que ambos eran profesores desconocidos y en los que Sartre pasó por una fuerte fase de depresión y comenzó algunas experiencias con drogas.

Ambos observaron el ascenso de Hitler, pero estaban demasiado preocupados en su carrera como para prestarle mucha atención al nazismo. En un momento de 1937, agotada por el exceso de trabajo (entre otras cosas, puliendo lo que sería La náusea, de Sartre), Beauvoir fue hospitalizada por un edema pulmonar.

La guerra supuso la participación de Sartre, sin grandes riesgos, pero también Bost fue llamado a las armas en 1939 (Beauvoir tuvo una crisis nerviosa, la primera de muchas). Cuando París cayó en 1940, Beauvoir encontró consuelo en la filosofía hegeliana. Comenzó a pensar en la ética, mucho antes que Sartre. Mientras este todavía escribía sobre la libertad radical, Beauvoir le preguntó que una vez reconocida su libertad, ¿qué se supone que debe hacer con ella?

Cuando conoció a Sartre él tenía cierta fama en la Escuela Normal Superior, por su dominio de la filosofía, su irreverencia y sus bromas. Era bajo y feo, pero también seductor y arrogante. La propuesta de una relación abierta estuvo bien para ella, porque tenía cierta ambivalencia con él y era reacia a alejarse de otros dos hombres en su vida: su primo Jacques Champigneulle y otro compañero de estudios, René Maheu.

En la década de 1940, Beauvoir y Sartre lanzaron una “ofensiva existencialista”, comienzan un grupo de resistencia, entrando y saliendo del territorio ocupado y distribuyendo panfletos. En 1943 Beauvoir fue destituida de la docencia (por razones políticas, aunque había sido acusada por la madre de Sorokine de libertinaje). Fue restituida en 1945, pero no volvió a dar clases y se dedicó a escribir.

En 1943 Beauvoir publicó la novela La invitada y Sartre El ser y la nada. Kirkpatrick sostiene que ambos libros contienen ideas que la pareja llevaba tiempo discutiendo y que Sartre descubrió en la novela de Beauvoir ideas expresadas en forma literaria antes de exponer las suyas en su filosofía. Tras los éxitos de ambos ese año, su círculo social se amplió con rapidez a figuras de la Resistencia. Celebraron cuando se liberó París, en 1944.

Después de la guerra, la popularidad de ambos solo crece. Publican libros, sacan juntos la revista filosófica y política Les Temps Modernes, y escriben para y aparecen en todo tipo de revistas, francesas y estadounidenses, filosóficas y de moda. En 1945 comienzan los viajes de ambos, a veces separados, a veces juntos.

Pero a medida que se hicieron famosos, el pensamiento de Beauvoir fue lentamente socavado. Fue vista como parásito, musa, discípula, embajadora o cuidadora de Sartre. Kirkpatrick subraya que Beauvoir fue una pensadora indiscutiblemente original, por lo que no acepta que fuera simplemente un epígono o una discípula, destacando, por una parte, su influencia en Sartre como sus profundos desacuerdos en aspectos centrales de su filosofía. El que ella se dedicara a escribir novelas no se debió a una sensación de inferioridad como pensadora, sino que nacía justamente de sus ideas sobre la filosofía, particularmente su deseo de lograr una “filosofía que se pudiera vivir”.

En 1947 Beauvoir viajó a Estados Unidos por varios meses: conoció a Duchamp, estuvo en fiestas con Le Corbusier y Chaplin, conoció a Nelson Algren, un novelista que escribía sobre el lumpen y sería su amante.

Cuando París cayó en 1940, Beauvoir encontró consuelo en la filosofía hegeliana. Comenzó a pensar en la ética, mucho antes que Sartre. Mientras este todavía escribía sobre la libertad radical, Beauvoir le preguntó que una vez reconocida su libertad, ¿qué se supone que debe hacer con ella?

Ella pronto empezó a publicar algunas entregas de lo que sería El segundo sexo (publicado en dos volúmenes, en 1949), estableciendo vínculos entre lo personal, lo filosófico y lo político, desde los mitos de la mujer a la “experiencia vivida” de ellas, hablando de la iniciación sexual o el lesbianismo, hasta la prostitución y la vejez. El segundo tomo contenía la frase famosa: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Al igual que sus novelas, el libro dejaba abierto el tema de cuánto hay de autobiografía en la filosofía de Beauvoir. El Vaticano lo incluyó en el índice de libros prohibidos y a ella le proporcionó dinero (pudiendo comprar un tocadiscos y un auto). Sus mejores lectores, con todo, estarían en la generación siguiente.

En 1952, con 44 años, surge el amor de Claude Lanzmann, de 26 años, quien más tarde haría el famoso documental sobre el Holocausto, Shoah. Ella recientemente había salido a medias de la relación sentimental con Algren, quien la había dejado sintiéndose vieja. Lanzmann la convenció de lo contrario, y se convirtió en un colaborador y amigo. Vivió con Lanzmann por siete años (fue la primera vez que vivió con un amante y el primero al que tuteó). Durante las vacaciones anuales con Sartre, no quería dejar a Lanzmann, por lo que él los acompañaba algunos días. Pasó a formar parte de “la familia”, con los mismos criterios no excluyentes. Sarte se enamoró de Evelyne, hermana de Lanzmann. Lanzmann fue testigo, del lado más oscuro de la vida de Beauvoir: su angustia cercana a la desesperación que se manifestaba en “explosiones” de violentos sollozos convulsivos o aullidos.

En 1954, Sartre comienza a mostrar problemas de salud por el abuso de los estimulantes y del alcohol. En un viaje a la Unión Soviética termina hospitalizado. A su regreso afirma también que allí había plena libertad de expresión (Sartre no criticaría a la Unión Soviética hasta la invasión de Hungría). El mismo año, Beauvoir publica Los mandarines, la novela que parecía no acabar nunca. Ganó el premio Goncourt y también ingresaría al índice de libros prohibidos.

Con el dinero del premio, ella se compró un estudio en 1955 y pronto viajó con Sartre a China. La guerra con Argelia estaba en un momento crítico y poco después Francia daría inicio a la Quinta República, con mayores poderes del Presidente. En 1958, cuando ella cumple 60 años, Lanzmann la abandona. En 1960 ella conoce a una estudiante, Sylvie Le Bon, que llegaría a ser muy importante después. Ambas negaron que fuera una relación sexual.

Sartre y Beauvoir siguieron comprometidos con la causa de Argelia, firmando un manifiesto cuyos entresijos llevarían a acusar a Sartre de traición: el gobierno retiró los cargos; según De Gaulle, no se encarcela a Voltaire. No estaba fuera de peligro: en 1961 se lanzó una bomba en el departamento de Sartre.

‘No se nace mujer, se llega a serlo’, probablemente sea el eslogan más citado del feminismo. Pero las ideas de Beauvoir sobre el género y el feminismo fueron ambivalentes. Inicialmente se mostró reacia a prestar su apoyo al movimiento. En uno de sus tomos autobiográficos se felicitaba por haber evitado ‘caer en la trampa del feminismo’ en El segundo sexo. Pero después (recién en 1972) asumió un papel de activismo mayor y finalmente abrazó la etiqueta ‘feminista’.

En mayo de 1968 apoyaron las revueltas estudiantiles. La revista Les Temps Modernes era una institución consolidada, por lo que Sartre, que quería formar parte de una organización más revolucionaria, dirige también el periódico maoísta La Cause du peuple: cuando él y Beauvoir reparten ejemplares por las calles, son arrestados.

En su libro La vejez (1970), Beauvoir sostiene que las discriminaciones por sexo y por edad no actúan igual: en los hombres, la edad no produce los mismos efectos que en las mujeres sobre sus perspectivas eróticas. Como demostración práctica, un par de años más tarde, Sartre inició su última aventura, con Hélène Lassithiotakis.

“No se nace mujer, se llega a serlo”, probablemente sea el eslogan más citado del feminismo. Pero las ideas de Beauvoir sobre el género y el feminismo fueron ambivalentes. Inicialmente se mostró reacia a prestar su apoyo al movimiento. En uno de sus tomos autobiográficos se felicitaba por haber evitado “caer en la trampa del feminismo” en El segundo sexo. Pero después (recién en 1972) asumió un papel de activismo mayor y finalmente abrazó la etiqueta “feminista”. Ella hizo campaña por cambios legislativos para ampliar el acceso al control de la natalidad y el aborto, y para prohibir el sexismo y la publicidad degradante. Dio dinero a causas de mujeres, escribió presentaciones, prefacios, referencias y cartas a los lectores.

En 1973 Sartre sufrió otro derrame cerebral, al año siguiente queda ciego. Sus últimos años fueron particularmente duros para ella: a su decadencia física, se unía lo que consideraba el aprovechamiento de algunos de sus nuevos cercanos. Sartre murió en abril de 1980 y apenas unos días después ella cayó hospitalizada: neumonía, cirrosis, daños neuronales, depresión. Para superarlo, escribió un relato de la muerte de su “amigo insuperable”, La ceremonia del adiós (1981). En 1981 comienzan sus conversaciones con Bair y prepara la publicación de su correspondencia con Sartre (las cartas de él, en 1982; las de ella, no aparecerán sino en 1990). Tuvo algunos premios, viajes, caídas y enfermedades. En 1985 se deteriora drásticamente su salud: el whisky le pasaba la cuenta. En abril de 1986, muere, con 78 años. El titular del diario Le Monde decía: “Su obra: más divulgación que creación”, con mucha mezquindad para la filósofa y novelista.

¿Filósofa, novelista? Era ambas. Durante toda su vida, se debatió si era lo uno o lo otro. Pero las formas literarias no fueron una camisa de fuerza para Beauvoir, sino una búsqueda de formas distintas de escribir sobre su vida y su pensamiento.

 

Convertirse en Beauvoir, Kate Kirkpatrick, Editorial Paidós, 2020, 446 páginas, $19.900.