Appiah: encuentro en la diversidad

No resulta exagerado afirmar que los libros de Kwame Anthony Appiah son imprescindibles para entender este mundo globalizado y cada vez más incierto, en que las identidades se encuentran cuestionadas precisamente porque sus anclajes (el Estado-Nación, la religión, la clase) carecen de la estabilidad que tuvieron en el pasado.

por Álvaro Matus I 18 Agosto 2021

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El filósofo Kwame Anthony Appiah lleva más de tres décadas reflexionando sobre la etnia, el nacionalismo, la religión, el género, la orientación sexual y la cultura. Su propia vida encarna buena parte de las transformaciones que la noción de identidad ha tenido en el último medio siglo en todo el planeta.

Nacido en Londres en 1954, cuando ser un inglés de color no era frecuente y el fish and chips apenas dejaba espacio para el pollo tikka masala, proviene de dos familias muy distintas: su padre, Joseph, estaba emparentado con los reyes Ashanti, en Ghana, y la madre venía de una familia aristocrática de izquierda (el papá de ella, Stafford Cripps, fue canciller de Hacienda cuando terminó la II Guerra Mundial, y como tal lideró las políticas del Estado de bienestar británico). Joseph conoció a Peggy cuando ella trabajaba en la Racial Unity —organización que buscaba mejorar las relaciones entre el imperio y sus colonias— y él era un líder del movimiento estudiantil anticolonialista. Como dice Appiah, con ese humor afectuoso que lo distingue, “mi madre predicaba con el ejemplo”.

Pronto la familia se trasladó a Kumasi, Ghana, donde Appiah pasó su infancia en un ambiente de riqueza cultural y tolerancia a distintas tradiciones. Su madre era anglicana y el padre metodista, pero nunca tuvo que optar por una de estas dos confesiones. Es más, incluso le enseñaron que se podía dudar y no por ello renegar de las religiones. De niño, sentía tanta felicidad cuando acudía a la iglesia con su madre como ahora, cuando va a Ghana y visita el santuario familiar con los hombros destapados y aguardiente alemán (Kaiserschnapps), para realizar una ofrenda a sus antepasados.

A los ocho años, después que su padre cayó preso por motivos políticos, Kwame fue enviado de regreso a Inglaterra, donde estudió en Bryanston School y en Clare College, Cambridge. Allí fue el primer africano en obtener un doctorado en filosofía. A partir de ese momento comienza una carrera académica brillante; resumirla aquí sería fatigoso.

Hoy vive junto a su esposo, Henry Finder (director editorial del New Yorker), alternando entre un departamento en Manhattan y una granja del siglo XVIII en Princeton. Como profesor trabaja en la NYU y además escribe regularmente para New York Review of Books y la columna Ethicist, en el New York Times, algo así como un consultorio ético que resuelve las dudas de los lectores: ¿qué pasa cuando los amigos de toda la vida se vuelven racistas o tienen prejuicios?, ¿debo controlar que los alumnos hagan trampa en sus exámenes o mejor me desentiendo y que cada cual vea si aprende o no?, ¿puedo vacunarme contra el coronavirus si en mi pueblo las dosis sobran pero aún soy joven?

Si en Cosmopolitismo subraya que el desafío del ser humano es comprender que no hay una forma correcta de vivir para todos y que una buena convivencia tendría que ver con no detenerse en cada diferencia y, sobre todo, con no querer ganar todas las discusiones, en Las mentiras que nos unen la idea central es que las identidades son una construcción cultural y, por ende, debieran ser móviles.

Appiah ha escrito 19 libros, entre los que destacan Cosmopolitismo y Las mentiras que nos unen. No resulta exagerado afirmar que son trabajos imprescindibles para entender este mundo globalizado y cada vez más incierto, en que las identidades se encuentran cuestionadas precisamente porque sus anclajes (el Estado-Nación, la religión, la clase) carecen de la estabilidad que tuvieron en el pasado.

Si en Cosmopolitismo subraya que el desafío del ser humano es comprender que no hay una forma correcta de vivir para todos y que una buena convivencia tendría que ver con no detenerse en cada diferencia y, sobre todo, con no querer ganar todas las discusiones, en Las mentiras que nos unen la idea central es que las identidades son una construcción cultural y, por ende, debieran ser móviles. Las etiquetas pueden cambiar. Más aún, es deseable que cambien. Podrá parecer de sentido común o demasiado políticamente correcto, pero es sorprendente la manera en que nos aferramos a categorías que tienen poco sustento en la realidad: las escrituras religiosas no son inmutables y la nacionalidad es poca cosa en relación con la cultura y la lengua a la hora de darnos un sentido de pertenencia.

Leer su último libro refleja que la etiqueta “occidental” ha significado varias cosas (cristiano, europeo, blanco, racional, tolerante, liberal), si bien el periplo histórico entrega vergonzosos acontecimientos que desmienten lo que no es más que una invención. Pero inventar no es mentir, sino crear. Y en el caso de las identidades, se refiere a relatos que tienen “sabor a verdad”. Por ello, no es que uno pueda hacer lo que se le antoje. Las etiquetas “pertenecen a las comunidades, son una posesión social”, escribe Appiah, quien advierte acerca de los riesgos de creerse la fantasía liberal (todos podemos ser como queramos) y, al mismo tiempo, propicia la permanente negociación de los códigos identitarios.

Gran parte del encanto de este pensador radica en su estilo. Sus artículos sobre Lévi-Strauss, W. E. B. Du Bois o Michel Leiris, así como los perfiles que hace de Italo Svevo o Anton Wilhem Amo son notables, por la capacidad que tiene de entretejer estas vidas con la discusión de conceptos. Lo hace también consigo mismo, al introducir su biografía multicultural en textos que poseen una extraña ligereza y sorprendente amplitud. Para Appiah la escritura podría ser una variante de la conversación, un diálogo abierto en el que solo faltan las certezas y donde, como en el mar, todo se mueve. Sus libros se parecen más a una carta de navegación que sugieren una ruta, sin por ello dejar de mostrar que no hay nada fijo en las relaciones ni en la forma en que vemos al otro.

 

Ilustración: Daniela Gaule