Benjamin Teitelbaum: “Una generación de derechistas radicales ha llegado a la conclusión de que para cambiar la política primero se debe cambiar la cultura”

El Tradicionalismo, una corriente de pensamiento que se opone a la modernidad, al desarrollo científico y la globalización, cada vez adquiere mayor influencia, a juzgar por el sitial que han ocupado Steve Bannon, figura clave en la trama Cambridge Analytica; Olavo de Carvalho, astrólogo y filósofo-youtuber favorito de Jair Bolsonaro, y Alexander Dugin, el hombre cercano a Putin que sueña con que Rusia emerja como Imperio “euroasiático”. Con ellos se reunió Benjamin Teitelbaum para escribir War for Eternity, un libro que da cuenta de los principios y ambiciones de estos tres líderes que se oponen a las fuerzas “globalistas” (la Unión Europea, el FMI) y a movimientos como el feminismo, el multiculturalismo e incluso la universalidad de los derechos humanos.

por Juan Íñigo Ibáñez I 8 Septiembre 2021

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En los últimos años, tres figuras hasta hace poco desconocidas o marginales se convirtieron, de manera repentina y casi simultánea, en referentes de los principales líderes iliberales del mundo y en “gurúes intelectuales” de la nueva derecha global.

También, tanto Steve Bannon, Olavo de Carvalho y Alexander Dugin adhieren al Tradicionalismo, una ignota escuela filosófica que alcanzó una relativa popularidad en Europa a principios y mediados del siglo XX.

En base a más de 20 horas de entrevistas con estas figuras, el profesor de etnomusicología y especialista en movimientos de extrema derecha de la Universidad de Colorado, Benjamin Teitelbaum, reconstruye en War for Eternity cómo esta desconocida y oscura visión del mundo ha incidido de manera casi secreta en la escena política mundial.

Se trataría de una corriente periférica, pero que ilumina fenómenos de amplio alcance como el anticientificismo en alza o el auge tecnológico-económico de China y que, sobre todo, pone en cuestión el real nivel de secularización de nuestras sociedades.

En los últimos años, muchos intelectuales recurrieron al término “fascismo” para describir a los gobiernos populistas de extrema derecha que han proliferado en el mundo. Sin embargo, usted sugiere que el Tradicionalismo puede ser una categoría analítica más adecuada para entender las medidas que algunos de estos líderes han adoptado. ¿Qué es el Tradicionalismo y en qué se diferencia del fascismo clásico?
Los comentaristas a menudo utilizan el término fascismo como si describiera el extremo más extremo de la política de extrema derecha. Muchas veces asumen también que el fascismo puede manifestarse en una amplia variedad de formas diferentes. No estoy de acuerdo, y el caso del Tradicionalismo ejemplifica por qué. El Tradicionalismo es una escuela filosófica y espiritual poco conocida, que busca descubrir verdades sobre el universo mediante el estudio y, ocasionalmente, la conversión a las alas esotéricas de varias religiones, la mayoría de las veces el Islam sufí y el hinduismo. Solo para algunos de sus seguidores, es también una ideología política con una visión grandiosa: la de oponerse a la modernidad y al modernismo. Tres ideas dan forma a su agenda política. La primera es que los tradicionalistas creen en el tiempo cíclico más que en el lineal; que en lugar de progresar desde una historia de opresión hacia un futuro de libertad, las sociedades constantemente parten y luego regresan a sus “virtudes eternas”. La segunda es la creencia de que las sociedades “virtuosas” son jerárquicas, con una pequeña élite espiritual de sacerdotes encima de los esclavos materialistas. Cuando los tiempos son buenos, reina la espiritualidad teocrática y la sociedad se ordena a través de fronteras internas y externas. Cuando los tiempos son malos, durante la “Edad Oscura”, el materialismo reina y las fronteras entre los diferentes géneros, razas y naciones se disuelven. El tercer principio que mencionaré es uno llamado “inversión”, a través del cual los tradicionalistas creen que también comenzaremos a confundir las cosas con lo contrario: lo que pensamos que es bueno, en realidad es malo, y lo que llamamos progreso, es realmente regresión: los periodistas desinforman, los artistas crean fealdad, la ciencia oculta la verdad en lugar de descubrirla, etc.

Los tradicionalistas suelen afirmar que, de hecho, estamos viviendo en la última etapa del ciclo de tiempo en este momento: la modernidad se corresponde con el final de una ‘Edad Oscura’, definida por el materialismo y la ausencia de fronteras, y creen que solo más oscuridad nos haría avanzar más allá del punto cero del ciclo, al renacimiento de una nueva Edad de Oro.

¿Y en qué etapa estaríamos ahora?
Los tradicionalistas suelen afirmar que, de hecho, estamos viviendo en la última etapa del ciclo de tiempo en este momento: la modernidad se corresponde con el final de una “Edad Oscura”, definida por el materialismo y la ausencia de fronteras, y creen que solo más oscuridad nos haría avanzar más allá del punto cero del ciclo, al renacimiento de una nueva Edad de Oro. Hitler y Mussolini, cuyos movimientos fetichizaron el racionalismo científico, aprovecharon y expandieron el Estado moderno y, aunque ambos se imaginaban herederos de un pasado glorioso, tenían visiones futuristas de crear sociedades completamente nuevas. Fueron modernizadores e innovadores (progresistas, en el sentido genérico) y, en ese aspecto, mucho menos reaccionarios que los tradicionalistas.

 

La denominada “derecha alternativa” estadounidense se ha caracterizado por una suerte de fe ciega en el poder de la tecnología, mientras que el Tradicionalismo promueve el retorno a valores “primordiales” y antimodernos. ¿En qué punto convergen ambos movimientos, a pesar de tener visiones del mundo tan diferentes?
Las ideas tradicionalistas y las de la extrema derecha (y otros movimientos nacionalistas blancos de extrema derecha) se superponen en lo que rechazan. Ambas impugnan la idea de un mundo globalizado sin fronteras, los intentos de transformar y trascender la identidad de género y, a menudo, la democracia multiétnica, en la que varias personas se unen en lealtad a los valores cívicos o al éxito económico. La común oposición a ideas como esas permite a los tradicionalistas participar en movimientos de extrema derecha y que actores como los nacionalistas blancos asimilen ciertas ideas tradicionalistas. Pero, a pesar de que rechazan cosas similares, sus visiones e ideales divergen. Los tradicionalistas no solo miran la tecnología con recelo, sino que rara vez celebran los ideales básicos de la extrema derecha, como el nacionalismo (con el argumento de que los Estados-nación son entidades políticas modernas con ideales seculares y con una agenda cuyo fin sería homogeneizar a sus poblaciones internamente). Por lo tanto, como muchas otras coaliciones políticas, la participación del Tradicionalismo en la extrema derecha se basa en algunas convicciones compartidas, ignorando los desacuerdos. Pero si las condiciones sociales y políticas fueran diferentes, si la oposición a la globalización no fuera tan poderosa políticamente como lo es en este momento, esta alianza no resultaría tan atractiva.

 

En el libro se refiere a la “metapolítica”, un principio gramsciano que tanto los tradicionalistas como la derecha alternativa aplican para difundir sus ideas por fuera de la política convencional. ¿A qué atribuye la creciente importancia que estos actores le otorgan a la cultura y a las ideas?
Los actores de la derecha radical se sintieron atraídos por Gramsci y el concepto de metapolítica, porque les ayudó a comprender sus propias desgracias políticas. Ellos observaron al Occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial y concluyeron que no importaba que la derecha o la izquierda ganaran las elecciones pues, debajo de los vientos cambiantes de la política oficial, había un movimiento más profundo y constante hacia los valores liberales que solo podía ralentizarse, pero no revertirse. Ese movimiento se alimentaba, según ellos, de la cultura, de nuestras actitudes hacia la identidad, la historia y la sociedad que se moldean en la educación, los medios de comunicación, el entretenimiento, etc. Por eso, una generación de derechistas radicales ha llegado a la conclusión de que, para cambiar la política, primero se debe cambiar la cultura, y la mayoría ha intentado hacerlo a través de la educación o los medios de comunicación.

 

¿Por ejemplo?
Bannon ha perseguido esto de muchas maneras, pero también lo han hecho Dugin y Carvalho. Dugin patrocina o participa en iniciativas de medios alternativos en todo el mundo, especialmente en Rusia e Irán. También ha sido profesor y director de un instituto en la Universidad Estatal de Moscú (antes de perder su puesto tras las protestas en respuesta a su presunta incitación a la violencia en Ucrania en 2015), intentó fundar varias escuelas e incluso produjo teatro. Carvalho, por su parte, tiene una presencia masiva en redes sociales: los comentarios son su actividad principal y nunca se ha desempeñado en ninguna función política oficial, a pesar de que se le han ofrecido puestos en el gabinete de Bolsonaro. Y, además, también tiene una escuela en línea (Seminário de Filosofia), donde ha enseñado a miles de estudiantes durante más de una década.

 

¿Cómo influyeron las ideas tradicionalistas de Steve Bannon, el estratega jefe de la Casa Blanca al inicio de la administración Trump, en medidas como la construcción del muro en la frontera con México o en la política exterior de Estados Unidos?
Las ideas tradicionalistas inspiraron a Bannon a tomar ciertas acciones, aunque rara vez habló abiertamente sobre aquello que lo motivaba. Nunca presentó sus ideas a Trump como Tradicionalismo, ya que eso habría molestado o confundido al presidente. En cambio, cuando lo presionó para que construyera el muro fronterizo o a que retrasara la intervención de Estados Unidos en Medio Oriente, presentó estas ideas en términos prácticos, explicando que eran necesarias para proteger a los estadounidenses de la delincuencia, para desviar el dinero del gobierno hacia causas internas y, por supuesto, para satisfacer a los principales partidarios del presidente. Sin embargo, y muy oportunamente, un Estados Unidos con fronteras rígidas que excluyen a otras personas mientras retienen el dinero, las armas y las ideas, servía a un objetivo más amplio: el de crear un mundo segmentado en el que las naciones funcionan como islas incomunicadas.

Los tradicionalistas tienden a considerar que los científicos venden conocimientos ‘falsos’, como partícipes de la degradación de la verdad que empeora a medida que pasa el tiempo: mientras la sociedad moderna acumula conocimiento y aprende cada vez más, los tradicionalistas ven que nos precipitamos hacia la ignorancia.

¿Qué influencia tiene Bannon ahora?
En los medios alternativos presenta un podcast llamado War Room, que comenzó después de dejar la Casa Blanca en 2019, y que le ha permitido ganar gradualmente influencia al formar parte de un panorama mediático a la derecha del ya conservador canal de noticias Fox News. Bannon utilizó War Room como plataforma para difundir incansablemente dudas sobre la legitimidad de las elecciones estadounidenses previas al asalto al Capitolio, e incluso hoy es el principal canal de expresión para los partidarios acérrimos de Trump: cuando una congresista republicana relativamente moderada estaba compitiendo por posiciones de liderazgo en el Congreso el mes pasado, su primera intervención para generar apoyo entre los partidos fue el podcast de Bannon.

 

El presidente Bolsonaro ha negado sistemáticamente el cambio climático y se ha mostrado reticente a implementar políticas contra el avance del coronavirus. ¿Puede entenderse esta deriva por el influjo de Olavo de Carvalho? ¿Es el Tradicionalismo una doctrina intrínsecamente anticientífica y que fomenta las teorías de la conspiración?
El Tradicionalismo se opone a la ciencia moderna, que es progresista y secular. Los tradicionalistas tienden a considerar que los científicos venden conocimientos “falsos”, como partícipes de la degradación de la verdad que empeora a medida que pasa el tiempo: mientras la sociedad moderna acumula conocimiento y aprende cada vez más, los tradicionalistas ven que nos precipitamos hacia la ignorancia. Este es un aspecto del pensamiento tradicionalista que Olavo de Carvalho abraza inequívocamente. Ve las instituciones científicas oficiales como manifestaciones de la decadencia y el declive moderno y, por las mismas razones, rechaza las teorías del calentamiento global y las respuestas médicas estándar al covid. Pero el escepticismo de Bolsonaro hacia la ciencia ocurrió antes de su contacto con Olavo, y por razones menos sofisticadas: la suya es una actitud antisistema casual, más que una teoría. La influencia de Olavo vino, en cambio, a través de los miembros del gabinete de Bolsonaro, y, en particular, a través de su exalumno Ernesto Araújo, quien fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores. Araújo, a quien Olavo describe como más tradicionalista que él, se opone ferozmente al calentamiento global y a las contramedidas para controlar la pandemia. Abiertamente las ha descrito como parte de una agenda globalista impulsada por fuerzas antiespirituales. Sin duda, tuvo un impacto negativo en la capacidad de Brasil para adquirir la vacuna contra el coronavirus, razón por la cual se vio obligado a dimitir esta primavera.

 

¿Qué visión tienen Carvalho, Bannon y Dugin del creciente ascenso económico-tecnológico de China?
Bannon y Carvalho piensan que China representa una especie de mal metafísico en el mundo; un régimen materialista, antiespiritual y antihumano, y creen que el país asiático (más que Estados Unidos) es el verdadero motor de la globalización, usando sus redes y dinero para “homogeneizar” el mundo a su imagen. Aleksandr Dugin ve las cosas de manera muy diferente. Considera a Estados Unidos como el principal agente mundial de difusión del liberalismo (capitalismo, democracia, individualismo, derechos humanos universales) y piensa en China y Rusia como poderosos contrapesos. La fuerza de China, en su mente, no se debe solo a que controla la influencia global de Estados Unidos, sino también al poder de su Estado a nivel nacional, y a que, debido a sus costumbres culturales, representa una crítica contra el individualismo de la sociedad. Por lo tanto, solo China podría hacer retroceder a Estados Unidos económica, militar, filosófica y culturalmente.

 

Según un informe de Freedom House de este año, la democracia estaría amenazada incluso en países con un historial de respeto por los derechos y libertades fundamentales, situación que habría empeorado con la pandemia. ¿Cree que con la crisis sanitaria y económica podrían fortalecerse los discursos tradicionalistas o vinculados a la extrema derecha?
Sí, por supuesto, y por dos razones: primero, aunque el rápido desarrollo de vacunas contra el coronavirus podría reforzar la fe en la ciencia, muchas personas en todo el mundo también han concluido que sus líderes y expertos no los protegieron. El resultado podría ser una disminución general de la confianza en las instituciones modernas y en la experiencia profesional de todo tipo, como los medios de comunicación, las agencias gubernamentales, los centros educativos, y una nueva receptividad a alternativas radicales. En las democracias liberales, eso podría significar una nueva oleada de lucha contra las políticas liberales. En segundo lugar, el virus pudo propagarse tan rápidamente porque vivimos en un mundo globalizado. Un brote en China es también un brote en Italia o Brasil. Y algunas de las naciones a las que les ha ido mejor durante la pandemia son islas (metafóricas o literales), lugares como Nueva Zelanda, Singapur, Islandia y Taiwán. Por lo tanto, la pandemia podría conducir a una nueva necesidad de establecer fronteras y límites en todo el mundo, y a los tradicionalistas les encantaría ver tal cosa.

 

War for Eternity : The Return of Traditionalism and the Rise of the Populist Right, Benjamin Teitelbaum, 2020, Penguin Books, 336 páginas, $15.000.