Resguardar el mundo

La noción de batalla cultural, tan de moda en estos tiempos, remite no solo a un enfrentamiento, sino también a la cultura. Y a la política, si entendemos que esta última se trata de vivir bien juntos. Tras la caída del Muro de Berlín, el triunfo de la democracia liberal implicó un cambio radical de valores para los países occidentales, que aspiró entre otras cosas a universalizarlos. Pero fracasó en su objetivo. En nuestro país, el desencanto ciudadano que comenzó a fines de los 90 también trajo aparejado una guerra cultural donde una nueva izquierda se enfrentó con la antigua, mientras una nueva derecha emplazaba a los suyos por su conformismo en el poder. La llegada de José Antonio Kast a La Moneda puede entenderse como un capítulo más de ese derrotero, una nueva fase donde deberá probar si lo mueve la convicción de estar encabezando una guerra o dibujando nuevos horizontes.

por Josefina Araos Bralic I 22 Septiembre 2026

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En un encuentro de la socialdemocracia alemana y polaca en Breslavia, el año 2013, Zygmunt Bauman gramhablaba de la necesidad de emprender una “nueva batalla cultural”. Lo hacía luego de constatar la crisis en que se hallaba el proyecto socialdemócrata en Alemania, que desde al menos 2010 iba perdiendo terreno entre sus bases y disminuyendo dramáticamente la adhesión electoral. Recuperando la noción gramsciana, Bauman formulaba la decadencia de la socialdemocracia como una derrota cultural: el “imaginario burgués” había triunfado. El filósofo no dejaba de sorprenderse, pues en su mirada eran las aspiraciones que sostenían ese imaginario las que se habían visto severamente frustradas en la primera década del siglo XXI. Así, contra toda evidencia, la ideología burguesa se mantenía en pie, triunfante, en el mismo momento en que el derrotero de Occidente probaba que ni la meritocracia ni el consumo ni el crecimiento lograron dar forma a una sociedad mejor. Al contrario, sus promesas parecían empezar a derrumbarse.

Bauman explicaba esta paradoja, que consideraba humillante para la socialdemocracia, por la ausencia de utopías, por el hecho de que ya no existían alternativas al horizonte burgués. Según el filósofo, la vigencia del comunismo hasta 1989 había desempeñado esa función: un ideal de sociedad distinta que empujaba la acción de otros; una suerte de amenaza que obligaba a “reparar la situación social en el mundo de la democracia capitalista”, y contenía así la sublevación de las mayorías. Curiosa defensa de Bauman de la socialdemocracia: no era una promesa propia la que le habría dado su fuerza, sino la capacidad de realizar en democracia lo que auguraba el comunismo. No ganó entonces guerra cultural alguna, solo estuvo arriba mientras fue útil como medio para la realización de una utopía ajena. Por eso ahora debían reemprender la lucha: era el momento de dibujar su propio horizonte.

Bauman advertía bien los términos en que se daría la disputa política de ahí en adelante en Europa y el resto del mundo. En alguna medida, se podría decir que estos últimos años han sido los de la apuesta por la guerra cultural, una vez agotado el ciclo político anterior. En efecto, gran parte de la política tradicional (Chile no fue la excepción) se vio enfrentada a un dilema parecido al de la socialdemocracia alemana: el del distanciamiento progresivo de una ciudadanía cada vez más desafectada y enojada, justo cuando los indicadores objetivos de bienestar parecían mejores que nunca y la alternativa de la democracia liberal, derrotado el comunismo, se consolidaba como aspiración universal. En eso consistió el espíritu del “fin de la Historia” divulgado en los años 90, que asumía como finalizada la batalla cultural pues, supuestamente, ya no quedaban disputas ideológicas sustantivas que levantar. Lo que no se advirtió es que ese fin de la Historia era también un imaginario, un horizonte normativo al que se le hizo cada vez más difícil procesar los conflictos, mirar la diferencia y reconocer sus propios puntos ciegos. De ese espíritu se contagió también la socialdemocracia que criticó Bauman y, siguiendo los planteamientos de la intelectual francesa Chantal Delsol, se podría incluso afirmar una hipótesis distinta: que caído el Muro no desaparecieron las utopías, sino que simplemente se reemplazó una por otra. Cuando se pensaba que era el fin de la guerra ideológica, se impuso el marco liberal y tecnocrático. En el argumento de Delsol, es la reacción a las insuficiencias de ese imaginario lo que explica la crisis descrita por Bauman, e inspira a los liderazgos disruptivos (nuevas izquierdas y nuevas derechas) a empujar sus agendas en los términos de una lucha cultural que se creía superada.

En eso se juega en parte el éxito relativo que han tenido estas figuras. Aunque hoy las identificamos con el fenómeno de la “ultraderecha”, ellas no se circunscriben, en estricto rigor, a un lado del espectro político. De hecho, antes se habló de populismo, cuyas primeras olas no partieron con Donald Trump, sino vinculadas a movimientos de izquierda en Europa, como Podemos en España o Syriza en Grecia, y que en América Latina tendría sus propias versiones. La “radicalización democrática” formulada por Chantal Mouffe buscaba, entre otras cosas, empujar una batalla cultural reivindicando una política agonista que tensionara las bases de la hegemonía liberal de la posguerra y ofreciera un nuevo marco normativo en que las izquierdas no se rindieran al capitalismo ni a una democracia de consenso neutralizador. Ocurrió algo semejante desde las derechas, que empezaron a redibujarse a partir de un cuestionamiento profundo a la deriva progresista de las élites occidentales. No era así el solo intento por representar el enojo de grandes mayorías que carecían de los beneficios del progreso, sino de convocar a quienes además experimentaban que sus formas de vida eran despreciadas. Regresaron, así, banderas que se pensaban olvidadas para siempre, formuladas explícitamente (lo vemos en Trump, en Orbán, en Milei) como una batalla cultural.

La evolución de estos procesos permite reconocer tanto la intuición correcta de la crítica planteada por estos liderazgos y movimientos (que han tenido en distintos momentos correlato electoral) como sus riesgos y efectos problemáticos para la democracia y la convivencia. Respecto de lo primero, los reivindicadores de la guerra cultural tienen mayor conciencia de los distintos planos en que se juega la disputa política: el progreso no se justifica a sí mismo, tiene costos que deben ser reconocidos y compensados, y los indicadores materiales no agotan la experiencia humana. Los críticos de la batalla cultural suelen ver allí, en cambio, puro engaño: los que apelan a banderas religiosas o morales, o quienes apuntan al horizonte propiamente normativo de la política, lo harían en el fondo para ocultar sus verdaderos intereses, a saber: el retroceso de beneficios para los más desfavorecidos. No alcanzan a advertir que preguntas sobre el inicio o fin de la vida, sobre lo que define una familia, sobre lo sagrado, o el tipo de comunidad y bienes que inspiran un proyecto, pueden ser tan movilizadoras como el precio del pan (y que el mismo precio del pan remite a algo más que pura sobrevivencia). Los recelosos de la batalla cultural tampoco notan (o no quieren notar) la magnitud de las diferencias que atraviesan sociedades tan complejas como las nuestras, que exigen combinar la apuesta ineludible por el consenso en democracia con la conciencia de que los conflictos nunca quedan enteramente resueltos, y que deben seguir deliberándose.

El hecho de que la disputa se formule como guerra o batalla conduce al olvido de que en ella no solo se juegan materias relevantes, sino la convivencia de quienes se enfrentan en tales debates. (…) Es casi una obviedad, pero como dice Hannah Arendt, cuando se ha llegado a la guerra es porque ha terminado el momento de la palabra, y ha quedado atrás también el desafío de dibujar nuevos horizontes. Se pasa sencillamente a la imposición.

Pero existen también, como decíamos, peligros dignos de observar en esta reivindicación. Lo ha descrito bien el filósofo Manfred Svensson en su libro El lugar de lo sagrado: el hecho de que la disputa se formule como guerra o batalla conduce al olvido de que en ella no solo se juegan materias relevantes, sino la convivencia de quienes se enfrentan en tales debates. La virulencia adquiere por momentos tal fuerza que deja de ser posible siquiera plantear el conflicto, pues se ha resuelto de antemano que delante no hay a quien persuadir ni tampoco alguien digno de considerar. Pero en esa deriva patológica, el problema reside no en la cultura y la vigencia de tales controversias, sino en la batalla (también en su instrumentalización). Es casi una obviedad, pero como dice Hannah Arendt, cuando se ha llegado a la guerra es porque ha terminado el momento de la palabra, y ha quedado atrás también el desafío de dibujar nuevos horizontes. Se pasa sencillamente a la imposición.

No es difícil aplicar a Chile el relato general aquí esbozado. Uno podría sugerir que desde que empezaron a advertirse las señales de descontento a fines de los 90 (la crisis de la política que había conducido al país desde el retorno a la democracia), volvió también la batalla cultural. La llegada de José Antonio Kast a La Moneda sería, así, un capítulo más de ese derrotero, aunque algunos prefieran afirmar que con ese hito recién empezó. Sería, entonces, la reacción conservadora a los excesos de la izquierda en el ciclo político reciente y, al mismo tiempo, a los silencios de una derecha conformista en el poder. Así lo formuló inicialmente el actual mandatario cuando dio forma al proyecto del Partido Republicano, con sus luces y sombras: una batalla cultural para contrarrestar el avance conjunto de la izquierda y el progresismo transversal al espectro político.

Pero aún no es clara la pertinencia de tal hipótesis. La evolución del actual presidente conduce a ratos a la desorientación, y prueba los sesgos y confusiones que predominan en la discusión sobre la guerra cultural. Como en la última campaña el mundo republicano avanzó a la propuesta de un gobierno de emergencia, que conectara más con el pragmatismo de la ciudadanía y ganara mayor apoyo político, algunos interpretan que, circunstancialmente y por pura estrategia, se habría abandonado la batalla cultural. Esta solo se jugaría al momento de levantar agendas agonistas, adversariales, centradas en materias de orden moral o valórico (así lo creen a veces sus propios reivindicadores). Pero el juicio es equivocado, pues se trata de una mirada estrecha sobre la cultura. Si volvemos a Bauman, podríamos afirmar que la eficacia de la apuesta del presidente Kast residió en la capacidad de dibujar un horizonte, un marco normativo en que tal vez una bandera como el derecho a la vida perdió fuerza frente a la migración o la delincuencia, pero que sigue apelando a principios olvidados, como el orden, la patria y la autoridad.

Esto explica que intelectuales de peso en la izquierda, como Manuel Antonio Garretón, reconozcan en ese plano el éxito que permitió a la derecha volver al poder: haber construido un proyecto de futuro hacia el cual avanzar. Está en José Antonio Kast la tarea de no confirmar las peores hipótesis que pesan sobre él. Demostrar, algo en lo que fracasó la izquierda, que es posible reivindicar una disputa política donde se juegan cuestiones sustantivas, pero que no se trata de una guerra, como pareció esbozar luego de imponerse en la pasada elección. Que la cultura no es un engaño para disfrazar otros intereses, una instancia de manipulación de masas, sino el ámbito al que debe referir la política si acaso ella se trata de vivir bien juntos. Que no se pretende reemplazar una utopía por otra, sino, como afirma Chantal Delsol, representar a aquellos que, como un jardinero, buscan resguardar el mundo, en contraste con los demiurgos que, por demasiado tiempo, han querido destruirlo para transformarlo.

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