Trump no fue un accidente

Para el autor de este artículo, las políticas públicas de Donald Trump no fueron radicalmente distintas de las que habría impulsado cualquier presidente de derecha. El tema de fondo es que Trump no es un político sino un líder, es decir, “alguien en quien la gente proyecta sus propios deseos”. Y como tal, le dio forma humana a un hecho que lo precedió y que continuará después de su partida: Estados Unidos está peligrosamente dividido y no se ve posible que en el futuro inmediato puedan curarse las heridas.

por Michael Goldfarb I 30 Diciembre 2020

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Donald Trump ya no es más presidente. Se acabó la anomalía Trump. ¿No es así? Pues bien, es una medida del extraño y desmedido impacto del hombre el que los peritos ya estén hablando de trumpismo.

Los tipos liberales de izquierda anticipan su re­greso como los devotos del cine de Brian de Palma anticipan la mano de Carrie saliendo de la tumba: Trump viene para arrastrarlos a la oscuridad. Los ra­dicales de derecha –conservador ya no parece el tér­mino apropiado– hablan de trumpismo, porque él fue la persona que potenció su disparatada coalición de una manera que ninguna otra lo ha hecho. Casi escri­bí político en lugar de persona, pero Trump no es un político. Es un “líder”, alguien en quien la gente pro­yecta sus propios deseos.

La presidencia de Trump fue el producto final de dos vertientes de la vida estadounidense que se unie­ron después de un cuarto de siglo de desarrollo inde­pendiente. La primera, la evolución del Partido Repu­blicano desde un bloque de intereses diversos hasta una facción radical construida alrededor de una única idea: ganar el poder absoluto y hacer de Estados Uni­dos un estado de partido único regido por personas dedicadas a hacer recortes de impuestos para los ricos y llenar los tribunales federales de jueces que podrían revertir el contrato social de la era del Nuevo Trato y los derechos civiles.

El expresidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, inició este proceso hace más de un cuarto de siglo. Fue el primer republicano prominente que vio en Donald Trump al hombre que podía cum­plir los sueños del partido moderno. Gingrich escribió más tarde, en 2018: “Los Estados Unidos de Trump y la sociedad post-estadounidense que representa la coalición anti-Trump son incapaces de coexistir. Uno simplemente derrotará a la otra. No hay lugar para concesiones. Trump ha entendido esto perfectamente desde el día uno”.

Imagine que Trump no se hubiera postulado para presidente y que Marco Rubio o Ted Cruz o incluso Jeb Bush se hubieran convertido en presidente. ¿Ha­bría ese trío seguido una agenda sustancialmente dis­tinta? Recortes de impuestos que favorecieran a los donantes acaudalados del partido, nombrar tres jueces de la Corte Suprema de derecha, restringir la inmi­gración, eliminar las regulaciones ambientales. Todos la habrían llevado a cabo. Habría habido un repliegue en contra de China en la esfera del comercio, al me­nos retóricamente. Y todos habrían contribuido al floreciente etnonacionalismo que ha evolucionado globalmente desde el colapso de 2008.

Pero lo que ninguno de ellos podría haber hecho es demoler las normas y costumbres del buen gobier­no para incorporar esta agenda. La razón por la que Trump destruyó a esos tres hombres para obtener la nominación republicana fue el carisma de un histrión. Lo que Gingrich vio en él es lo que la mitad del país vio en él: un tipo seguro de sí mismo, que no deja pa­sar una y que había superado las sutilezas retóricas de la política. Era más conocido para muchos votantes que Cruz, Rubio y otros, a través del reality show El aprendiz, por su nombre en los casinos donde perdie­ron dinero y, por supuesto, por Fox News.

Los medios de comunicación son la segunda co­rriente que ayudó a crear la presidencia de Trump. El “aislamiento” de la sociedad estadounidense ha sido destacado desde hace tiempo, pero cuán incomprensi­bles se han vuelto las personas entre sí después de un cuarto de siglo y más de estar en entornos mediáticos tan diferentes, es lo que abrumó al lado anti-Trump. Las mismas personas que veían a Gingrich como un fanfarrón, al comentarista Rush Limbaugh como un payaso maligno y a Fox News como algo que solo veía su tío loco, no podían empezar a comprender cuántos de sus conciudadanos aceptaban su visión de mundo.

Para poco más de la mitad de la población, una figura como Trump, al lograr primero la nominación republicana y luego, a través del anacronismo del co­legio electoral, ganar la presidencia a pesar de que Hi­llary Clinton lo superó por tres millones de votos, es un shock que nunca desaparecerá.

Trump pesará sobre la conciencia de Estados Uni­dos durante mucho tiempo. Para algunos, estos úl­timos cuatro años serán una fuente de trastorno de estrés postraumático. Temerán constantemente un resurgimiento del trumpismo y eso no es algo malo. Con suerte, dejarán de reírse de las personas cuya visión del mundo está moldeada por Fox News y, fi­nalmente, comprenderán la naturaleza de la lucha en la que se encuentran inmersos.

Esto fue profundizado por las redes sociales, es­pecialmente Twitter. Los tuits de Trump se convirtieron en la principal forma en que él se comunicaba con el país. Y aquellos que se oponían a él, hicieron el trabajo en su favor en esa plataforma. El mes pa­sado, el Centro de Investigaciones Pew publicó un análisis de Twitter, que encontró que “solo el 10% de los usuarios produjo el 92% de todos los tuits de adultos estadounidenses desde noviembre pasado y que el 69% de estos usuarios altamente prolíficos se identifican como demócratas o independientes de tendencia demócrata”.

La inferencia es que Trump tuitea algo descabella­do y millones de anti-Trump lo retuitean, propagando su mensaje como una persona sin mascarilla con co­vid propaga la pandemia. Pero el Twitter anti-Trump está tan lejos de la realidad objetiva como Fox News o Limbaugh. El desastroso cierre de periódicos loca­les en Estados Unidos –dos mil han cerrado en los últimos años– ha cortado una fuente fundamental de conocimiento para los estadounidenses sobre el vasto y complejo país en el que viven.

Twitter ha reemplazado a estos periódicos como fuente de información, pero no es periodismo. Y crea una imagen engañosa de lo que está sucediendo. Fui a una manifestación en favor de Trump en Scranton, Pensilvania, el día antes de la votación. La impresión que me había formado en Twitter de lo que podía es­perar no se parecía en nada a la realidad. La mayoría de las personas usaba máscaras, eran abrumadora­mente de clase media y, francamente, de apariencia normal. ¿Comportamiento demente? No es lo que yo vi. Es fácil descartar a las personas si crees que están locas. Es amedrentador cuando te das cuenta de que no lo están.

Al final, sin embargo, Trump fue demasiado ago­tador para la mayoría de los estadounidenses. Joe Bi­den, que había fracasado estrepitosamente en sus dos intentos previos de obtener la nominación demócrata, se encontró, a la edad de casi 78 años, como el hombre correcto en el lugar correcto en el momento correcto.

La pandemia está afectando a la gente. Y el es­pectáculo de Trump se había desgastado. La gente quiere que la tranquilicen un poco. Biden no es nada sino tranquilizador. Básicamente, ganó las elecciones en el primer debate cuando le dijo a Trump, con voz de exasperación: “Cállate, hombre. Esto es tan poco presidencial”. Habló en nombre de la mayoría de los estadounidenses.

Trump pesará sobre la conciencia de Estados Uni­dos durante mucho tiempo. Para algunos, estos úl­timos cuatro años serán una fuente de trastorno de estrés postraumático. Temerán constantemente un resurgimiento del trumpismo y eso no es algo malo. Con suerte, dejarán de reírse de las personas cuya visión del mundo está moldeada por Fox News y, fi­nalmente, comprenderán la naturaleza de la lucha en la que se encuentran inmersos. Para los republicanos, cuando Trump haya terminado de poner en duda los resultados de las elecciones, tendrán otro resenti­miento que nunca desaparecerá.

El poder de Trump, ya sea que se lo vea como un líder o como un demonio, es que le dio forma humana a un hecho que lo precedió y que continuará después de su partida: Estados Unidos está peligrosamente di­vidido, sin la sensación de que la sociedad restañará pronto sus heridas.

 

 

Michael Goldfarb es periodista y miembro de la Ken­nedy School of Government de la Universidad de Harvard. Este artículo, que apareció originalmen­te en The Guardian, se traduce con su autorización. Traducción: Patricio Tapia.