Ciudad Capital (o los bañistas sin piscina y las piscinas sin bañistas)

El nuevo libro de Oliver Bullough, Butler to the World, usa la figura del mayordomo para ilustrar el rol del Reino Unido después de su pasado imperial: prestar servicios a los oligarcas que viven o invierten en la ciudad, sin hacer preguntas ni ensuciarse las manos. La guerra en Ucrania y las sanciones a los billonarios rusos que sustentan a Putin ha hecho reexaminar ese rol, lo que Bullough y su colega Borisowich venían haciendo hace años con su London Kleptocracy Tour. Esta es una historia donde aparecen clubes de fútbol, mansiones que no se utilizan y piscinas donde solo pueden entrar quienes tienen departamentos por sobre los 4,5 millones de libras esterlinas.

por Lucía Vodanovic I 14 Julio 2022

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Hace un par de años, antes de la pandemia, el escritor Iain Sinclair inauguró un evento organizado en una universidad en Londres llamado Capital City, sobre el vínculo entre la especulación financiera, evasión de impuestos, lavado de dinero, oligarquías extranjeras y propiedades, lo que él describió en forma más sencilla con la frase “la ciudad como banco”. Eximio cronista de la ciudad, Sinclair es conocido por sus caminatas estilo psicogeografía, que muchas veces usa como base de sus escritos, convertidos hoy prácticamente en una industria de la crónica urbana. Menos sabido es que el escritor es también un fanático nadador, tanto en lugares abiertos como en piscinas públicas. Contó que en su posición de “cronista oficial de Londres”, fue invitado a conocer la piscina más alta de Europa, a 200 metros sobre el nivel del mar, en el piso 52 del edificio The Shard, construido por el arquitecto Renzo Piano e inaugurado en el 2012, uno de los símbolos de la ciudad como la capital financiera del mundo. Con forma de una delgada pirámide de vidrio, The Shard exhibe una de las mejores vistas de Londres, y desde la piscina con bar (parte del hotel Shangri-La, que ocupa casi 20 pisos del edificio) se ven construcciones icónicas, como la catedral de San Paul, el Parlamento y otras. Al llegar y sacarse los pantalones para tirarse un piquero —aunque está prohibido salpicar agua—, Sinclair presenció lo que describió como una “escena romana”: una serie de personas reclinadas en elegantes sillas alrededor de la piscina, tomando champagne y comiendo canapés, pero sin ningún interés en bañarse, por lo que estuvo todo el tiempo solo adentro del agua. La piscina de The Shard —un edificio que pertenece en un 95% al Estado de Qatar— la arriendan turistas para matrimonios o para ir a tomarse una selfie. Aunque están en un espacio interior, la mayoría no se saca ni el sombrero ni los anteojos de sol.

Esta piscina sin bañistas mira sobre una ciudad que ha ido progresivamente perdiendo sus albercas públicas, tanto las temperadas que generalmente ocupan los antiguos baths —lugares donde la gente que no tenía baño en la casa iba a asearse, no hace mucho tiempo atrás; todavía hay adultos que recuerdan esta experiencia como una parte fundamental de su infancia—, también las lido o piscinas abiertas. Haggerston Baths, Clissold Leisure Centre y Britannia Leisure Centre son algunas de las piscinas perdidas en el último tiempo. La historia central de la primera novela de Libby Page, The Lido —sobre la amistad entre una joven periodista y una viuda de 86 años que se unen para salvar su piscina local de la demolición—, es, en el fondo, la historia genérica de muchos barrios en Londres hoy.

Sinclair usó el acceso al agua y las piscinas para hablar de segregación social, no solo por ser evidentes ejemplos de desigualdad, sino también porque la especulación financiera a través de la adquisición de propiedades ahoga los servicios públicos: los megarricos que compran las casas y departamentos millonarios pasan en ellos unas pocas semanas del año, lo que contribuye al decaimiento de los barrios. No quedan niños que vayan al colegio de la esquina, por lo que terminan cerrando; los centros comunitarios se quedan sin clientes, entonces el gobierno les quita el financiamiento. Esa es otra historia que se puede ilustrar con una piscina londinense, en este caso una que se inauguró hace muy poco: la Sky Pool es una piscina-puente casi imposible de describir. La primera alberca flotante del mundo cuelga entre dos edificios de lujo, como un cubo rectángulo suspendido en el cielo, a la que solo tienen acceso los residentes de los departamentos más costosos del complejo. Ha sido descrita como un símbolo obvio del capital flotante que ha alimentado a la ciudad en las últimas décadas. Como muy poca gente la usa (algunos departamentos cuestan 4,5 millones de libras, los que cuestan 800 mil libras no tienen derecho a usarla), va a estar cerrada por varios meses del año.

Quién es dueño de qué en Londres y a quién pertenece la ciudad (una pregunta que es, al mismo tiempo, financiera y social) ha vuelto a los titulares con la guerra en Ucrania, en el entendido de que el régimen de Putin ha sido sostenido por un sistema casi feudal, en el cual oligarcas lo apoyan a cambio de protección, patrimonio y secretos. Muchos de ellos viven o tienen bienes y asuntos en Londres. Tras la invasión de Ucrania, el Reino Unido ha sancionado a una serie de negocios e individuos rusos, que, según el gobierno británico, son cómplices en la muerte de civiles inocentes. Las sanciones incluyen prohibir los viajes desde y hacia Gran Bretaña, y el congelamiento de sus capitales activos.

El más conocido de esos oligarcas es Roman Abramovich, quien era cercano a Boris Yeltsin —incluso vivió en un departamento adentro del Kremlin— y se supone que fue la primera persona en recomendarle a Vladimir Putin como sucesor. A raíz de su apoyo a la invasión a Ucrania, el gobierno británico lo obligó a vender el Chelsea, club de fútbol que Abramovich había comprado el 2000.

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Usando el mismo formato de esos buses turísticos abiertos, su London Kleptocracy Tour (…) pasea a gente y periodistas por las casas más fabulosas de la ciudad que están conectadas con dinero sin procedencia clara. De la misma forma en que un tour de este tipo en Hollywood iría a la casa donde vivió Clark Gable o la peluquería donde Scarlett Johansson se corta el pelo, el bus se detiene en algunas direcciones y va entregando información sobre cómo se adquirieron y por qué están en la ruta del dinero sucio.

Londres se considera como la capital mundial de los billonarios: 27 de las personas más ricas del mundo viven ahí, 11 más que su rival cercano, Nueva York. Las propiedades en Londres son unas de las más cotizadas del mundo, junto a (de nuevo) Nueva York, Singapur, Hong Kong, Shanghái y Dubái. Es percibida como estable política y financieramente, con un ejemplar sistema educativo, por lo que los millonarios de lugares que no lo son tanto prefieren invertir en propiedades en la ciudad. También se la considera una de las capitales mundiales del lavado de dinero y la corrupción financiera, o al menos como un lugar que facilita demasiado ese flujo de plata, como lo quiere mostrar y demostrar el exbanquero ruso Roman Borisowich, ahora convertido en activista.

Usando el mismo formato de esos buses turísticos abiertos, su London Kleptocracy Tour (ahora suspendido por el coronavirus) pasea a gente y periodistas por las casas más fabulosas de la ciudad que están conectadas con dinero sin procedencia clara. De la misma forma en que un tour de este tipo en Hollywood iría a la casa donde vivió Clark Gable o la peluquería donde Scarlett Johansson se corta el pelo, el bus se detiene en algunas direcciones y va entregando información sobre cómo se adquirieron y por qué están en la ruta del dinero sucio (no solo ruso, pero ahora el foco está ahí). Algo parecido ha hecho ActionAid UK con su Show me the money: a tax treasure hunt, visitas guiadas a direcciones fiscalmente dudosas en el barrio de Mayfair.

El tour incluye una serie de mansiones sin luces ni señales de vida, que al parecer tienen subterráneos enormes con galerías de arte y colecciones de autos antiguos. Está Witanhurst, en Highgate, la segunda propiedad residencial más grande de Londres, después del palacio de Buckingham; en el 2015 se avaluó en 300 millones de libras y se reveló que su dueño era Andrei Guriev, uno de los 30 hombres más ricos de Rusia (el rumor anterior era que pertenecía a Putin). También en Highgate está Eden house, cuyo dueño es Andrei Yakunin, también amigo de Putin.

Ahora, después de que estalló la guerra, ocupas se tomaron otra parada del tour, una mansión en Belgravia que vale 50 millones de libras y se supone que es de Oleg Deripaska. En el video de la toma se ve a los activistas asomados al balcón, desde donde descolgaron una bandera de Ucrania, mientras una fila de 20 policías con cascos y escudos entran a detener la ocupación ilegal. Según escribió la columnista Marina Hyde en The Guardian, ese número equivale a 20 policías más de los que alguna vez investigaron cómo se obtuvieron los fondos para comprar esa propiedad.

El compañero de Borisowich en sus tours es Oliver Bullough, historiador, periodista y autor de una serie de libros sobre Rusia, un país que conoce de cerca y en el que vivió por varios años. En Moneyland: Why Thieves and Crooks Now Rule the World and How to Take it Back, explica que esta tierra virtual del dinero no tiene banderas ni límites, tampoco ejército ni aparato estatal. El idioma de Moneyland se basa en una serie de eufemismos, como “creatividad financiera” o “neutralidad tributaria”, camuflados en el hecho de que el dinero es capaz de cruzar fronteras, pero no sistemas legales: extranjeros pueden tratar de esconder la procedencia o la existencia de su riqueza en una serie de empresas —o fachadas de empresa— que son parte de una cadena que parece eterna y que, a simple vista, no se vincula con ninguna persona privada.

Según Transparency International, más de 40 mil propiedades en Londres pertenecen a compañías extranjeras, y nueve de cada 10 de ellas fueron compradas a través de jurisdicciones secretas, como la de las Islas Vírgenes o Jersey. (…) Dicen que hay al menos 1,5 billones en propiedades que tienen una relación directa con el Kremlin.

Estirando un poco la analogía: es como la estructura de una muñeca rusa.

Bullough acaba de publicar un nuevo libro sobre el mismo tema: Butler to the World: The Book that Oligarchs Don’t Want you to Read. Aquí usa la figura del “mayordomo” para entender el rol del Reino Unido tras su pasado imperial: prestar servicios y facilitar la generación y el uso de riquezas de otros, ganando plata por esos servicios, pero sin ensuciarse las manos (literalmente, si se piensa en un mayordomo con guantes blancos). El mayordomo facilita cosas como adquirir residencia en el país para quienes inviertan más de 10 millones de libras; corredores de propiedades dan acceso a casas que nunca entran al mercado abierto; firmas de relaciones públicas ayudan a la creación de imagen de una familia, ojalá relacionada con la filantropía; galerías de arte se usan como sede para lanzar fundaciones sin fines de lucro; universidades aceptan generosas donaciones, sin preguntar de dónde viene tanta riqueza. “Butlering —escribe Bullough— se considera como una buena forma de empleo y riqueza porque se ve siempre desde la perspectiva del mayordomo, no desde la de sus clientes y mucho menos de sus víctimas”.

El trabajo de Bullough se apoya en la investigación de otras organizaciones dedicadas a revelar y combatir la corrupción global, como la agencia Transparency International, que tiene una de sus sedes en Londres. Conocí a dos de sus empleados, Ben y Steve, con sus perfectas camisas blancas y pantalones chinos recién planchados; sujetos que podrían trabajar en Apple, pero son activistas armados de un uso híper sofisticado de la plantilla Excel, que usan para cruzar información sobre quién compró qué casa millonaria y dónde, quiénes son los dueños que se esconden detrás de nombres genéricos de corporaciones, cuál es el domicilio real de qué persona. Según Transparency International, más de 40 mil propiedades en Londres pertenecen a compañías extranjeras, y nueve de cada 10 de ellas fueron compradas a través de jurisdicciones secretas, como la de las Islas Vírgenes o Jersey. Algunos de los inversionistas que nombraron incluyen a Soulieman Marouf, cercano al presidente sirio, Bashar al-Assad; Alaa Mubarak, hijo del antiguo presidente de Egipto Hosni Mubarak; Leyla y Arzu Aliyeva, hijas del presidente de Azerbaiyán; o el paraíso fiscal conocido como North London Gaddafi… Dicen que hay al menos 1,5 billones en propiedades que tienen una relación directa con el Kremlin.

Cuando les pregunté a Ben y Steve cómo explicar de forma sencilla el funcionamiento de este trasvasije de fondos entre distintas jurisdicciones legales y tributarias, me dijeron que hay que ver McMafia, una serie del 2018 sobre mafias y oligarcas rusos en Londres (con conexiones a negocios de otros países también, como India o Israel), que a mí me parecía —pero según ellos no era—tan cliché que daba risa. El personaje principal, Alex (nacido y criado en Inglaterra), es el hijo de un mafioso ruso que ahora vive en Londres tratando de escapar de su pasado criminal. Después del asesinato de su tío, Alex se ve obligado a entrar a lidiar con el mundo de las mafias rusas para proteger al resto de su familia. La segunda temporada estaba anunciada para marzo del 2022, pero BBC acaba de anunciar su cancelación. La invasión a Ucrania ha hecho que la trama sea muy “incómoda”, declaró.