Impresiones sobre un país que se desvanece

Entre junio de 2019 y febrero de 2020, la escritora colombiana Melba Escobar realizó cuatro viajes a Venezuela para registrar la crisis que vive dicho país. El resultado es Cuando éramos felices pero no lo sabíamos, un libro concebido para “luchar contra los lugares comunes, idealmente sentarse a conversar con la gente de carne y hueso y ver cuál ha sido el efecto de todo eso en sus vidas”.

por Matías Hinojosa I 6 Septiembre 2021

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Hasta hace no tanto tiempo, Venezuela era para muchos colombianos la tierra prometida. Cruzar la frontera fue durante décadas una oportunidad para escapar de la pobreza y del conflicto armado. Si Colombia era violencia y desigualdad, Venezuela parecía ofrecer estabilidad y riqueza. Actualmente ese flujo humano ha cambiado de sentido: si en 2011 se contabilizaban más de 700 mil colombianos al otro lado de la frontera, desde entonces ese número no ha hecho más que disminuir; mientras, se dice que hoy un millón y medio de venezolanos viven en Colombia, aunque la cifra es difícil de determinar.

Como describe la escritora Melba Escobar en Cuando éramos felices pero no lo sabíamos, quien en 2018 para un reportaje cruzó el puente que divide Villa del Rosario en Colombia y San Antonio del Táchira en Venezuela, “las multitudes semejaban esa procesión parsimoniosa de las masas al entrar a un estadio de fútbol un día de clásico (…). Familias con niños, bebés, hombres, en su mayoría menores de 30 años, hacían pensar que todo aquel con fuerza suficiente en las piernas se estaba dando a la fuga (…). Las épocas en que podían vivir de su trabajo quedaron atrás. Un día el hambre los empujó a empacar sus cosas y salir. Ahora están por todas partes. Casi cinco millones de venezolanos lo han abandonado todo”.

Por su calidad de vecino, Colombia se convirtió en el país con mayor concentración de emigrantes venezolanos, una realidad inédita para esa nación, acostumbrada históricamente a índices de inmigración mínimos. Debido a las guerras y a antiguas trabas gubernamentales, hasta ahora Colombia no fue un destino atractivo para los emigrantes. Era, en palabras de Escobar, un “país excluyente y excluido”. Frente a esta nueva realidad, cuyo rasgo más evidente ha sido el enorme número de venezolanos pidiendo dinero en las calles, la periodista se interesó por ahondar en la crisis de su país vecino, como una forma de salir de los lugares comunes.

“Lo que sabemos y nos llega sobre Venezuela es bastante sesgado”, dice. “Venezuela se volvió un comodín político, que se juega en contra de la izquierda pero sin mucha profundidad. Me parece particularmente triste el hecho de que un país que ha sufrido tanto, que uno puede hablar de un pueblo que se quedó sin país, porque es así, la realidad de Venezuela es la de una nación que se desvanece, vuelve a ser victimizada al ser usada como ficha política en toda la región, incluido Estados Unidos. Eso me producía mucho malestar”.

Cuando éramos felices pero no lo sabíamos es el resultado de cuatro viajes que la autora realizó a Venezuela, entre junio de 2019 y febrero de 2020. El libro entreteje sus experiencias e impresiones con el testimonio de diversos entrevistados, que van desde ciudadanos de a pie que viven a diario los efectos del chavismo —en la versión Maduro— hasta miembros de la alta sociedad venezolana, desde voluntarios en obras sociales y activistas de la oposición hasta simpatizantes del régimen. “Creo que las historias de vida son realmente el camino para luchar contra los lugares comunes, idealmente sentarse a conversar con la gente de carne y hueso y ver cuál ha sido el efecto de todo eso en sus vidas”, comenta la autora.

Un marido maltratador

Cuando éramos felices pero no lo sabíamos es, en parte, el testimonio de alguien que debe enfrentarse a una serie de situaciones inesperadas e inusuales. Situaciones que en otros contextos no ameritarían la mínima mención, como sacar dinero de un cajero automático, cargar combustible o ir al baño de un centro comercial, aquí son descritas para dar cuenta de cómo la crisis ha moldeado una nueva cotidianidad. Es obvio: en una sociedad con hiperinflación, escasez de alimentos, una pobre cobertura de los servicios básicos (y a veces ni siquiera eso), donde se reprime a los ciudadanos, se altera hasta tal punto el diario vivir que prácticamente nada, para quien viene de afuera, se pasa por alto.

‘Vivir esa experiencia hace que uno piense en todo el trabajo y el entramado que significa lo público’, cuenta la periodista. ‘Más allá de las necesidades sociales básicas que suelen estar tan mal cubiertas en nuestros países, quién recoge la basura, quién pone el agua y la electricidad, quién es el policía, es un universo de cuestiones que se valora cuando desaparece’.

“Vivir esa experiencia hace que uno piense en todo el trabajo y el entramado que significa lo público”, cuenta la periodista. “Más allá de las necesidades sociales básicas que suelen estar tan mal cubiertas en nuestros países, quién recoge la basura, quién pone el agua y la electricidad, quién es el policía, es un universo de cuestiones que se valora cuando desaparece. Sentí eso; una angustia de lo que puede ser la ausencia total de Estado, de sentirse completamente a merced de uno mismo y nada más. Acaso de la solidaridad de otros seres humanos como uno”.

Como muestra en las páginas de Cuando éramos felices pero no lo sabíamos, para la mayoría de los venezolanos el día a día es una lucha por la sobrevivencia. “En varias ocasiones me pusieron el ejemplo del gobierno como un marido maltratador”, dice Escobar. “Ese que si le dices que estás sufriendo te dobla la dosis de palizas para que aprendas realmente lo que es sufrir. Me parece muy poderoso eso, la percepción de que el gobierno es un enemigo, pues no solo se ha dedicado a saquear todos los recursos, sino literalmente a atacar a sus ciudadanos”.

Venezuela Saudita

Cada tanto en su relato, la periodista tropieza con vestigios de la antigua Venezuela. Ese país rico que los colombianos veían con una “mezcla de envidia y cariño”. Esas mansiones, esos hoteles de lujo, aquella universidad con edificios modernistas, son parte de las imágenes que sobreviven y descolocan a la escritora ante la actual miseria generalizada.

“La gente siente que había una sociedad de oportunidades, donde se podía llegar y hacer la vida, resolver, estudiar, trabajar”, señala. “Había una clase media, que yo no sé cómo es en Chile, pero para un colombiano era una locura. Es decir, había mucha riqueza. En las grandes ciudades, por ejemplo, un conductor de bus era una persona que había ido todas las vacaciones de su vida, una vez al año, a Orlando, a Disney, y tenía una nevera con encurtidos importados”.

“Cuando éramos felices pero no lo sabíamos” fue una expresión que se repitió mucho entre las personas con las que conversó Escobar. Ella captó pronto que aquel clasificaba como un buen título para su libro. Sin embargo, le costó decidirse. Consideraba que podía mal entenderse, que quizás daba la falsa idea de una Venezuela pre chavista idílica.

Con todo, lo cierto es que para 1998, año en que Hugo Chávez llegó al poder, la sociedad venezolana reclamaba cambios. El contraste entre la situación económica de las mayorías y los grupos en el poder era “pornográfico”, en palabras del escritor Alberto Barrera Tyszka, cuyo libro Chávez sin uniforme es citado por la periodista para poner en contexto a esa Venezuela que dejó seducirse por aquel militar outsider, “que sospechaba de los ricos, que prometía devolverle al pueblo toda la riqueza saqueada”. Por otro lado, la corrupción en las esferas políticas y económicas que habían dirigido al país, creó un ambiente de rechazo hacia la élite que también facilitó el ascenso a Chávez, quien comprendió, luego de su fracasado golpe de Estado, que no necesitaba las armas para hacerse con el poder sino solo resaltar los vicios del sistema y azuzar la antipolítica.

“Era lo que se llamaba la Venezuela Saudita”, comenta Escobar, “donde había una clase dirigente que de alguna manera le daba igual el pueblo y es comprensible, no creo que haya sido ninguna falacia, el malestar que llevó al chavismo. Chávez, por otro lado, no fue el mismo en un comienzo, sino que se transforma a lo largo del tiempo. Si uno escucha los discursos iniciales de Chávez probablemente yo también hubiese votado por él. Parecía como todo bastante sensato, coherente, pertinente en una sociedad desigual y excluyente como era la venezolana”.

‘Chávez no fue el mismo en un comienzo, sino que se transforma a lo largo del tiempo. Si uno escucha los discursos iniciales de Chávez probablemente yo también hubiese votado por él. Parecía como todo bastante sensato, coherente, pertinente en una sociedad desigual y excluyente como era la venezolana’.

¿La élite asume hoy sus responsabilidades sobre la llegada del chavismo al poder?
Hoy se dan palos por eso. En su momento decían “qué importa que gane ese negro, que igual no va a pasar nada; aquí nunca pasa nada”, y esa soberbia de sentirse tan superiores en clase, en riqueza, en poder, les pasó la cuenta. Había una desconexión muy grande y la sensación general era que cada quien se salvaba por su cuenta, porque estaba muy desatendida la función pública. Chávez era un niño descalzo, llanero, que vendía dulces en la calle, que vivía en un rancho con piso de tierra y techo de paja, y pues eso fue lo que enamoró a un pueblo entero. Es lo que también llevó a muchos quizás a que no se lo tomaran en serio. Eso para mí es una historia simbólicamente muy potente.

¿Qué lecciones pueden sacar los demás países de la región de la crisis venezolana?
Debemos preguntarnos por el sistema democrático, hasta dónde nos puede llevar y cuáles son sus límites. Lo que asusta, de cierta manera, es que todo empezó por unas elecciones en las que ganó Chávez. También me parece que los discursos de izquierda y derecha están muy trasnochados. La política debería ser más práctica y menos ideológica, buscar otras formas de garantizar el Estado social de derechos sin entrar en esas retóricas. En lo más mínimo se trata de estigmatizar a la izquierda, pero hay un sector que ha perdido credibilidad. Y con justa razón. Es muy triste cuando precisamente el discurso de la igualdad, el discurso de acabar con la pobreza, el hambre y los privilegios de una clase, lo que genera es exactamente lo contrario. Mi libro busca plantear algunas preguntas que considero que deberíamos hacernos en toda la región, porque mal que bien tenemos historias muy similares. Y también nuestros problemas son muy similares: la desigualdad, las élites súper poderosas que buscan ejercer una especie de aristocracia excluyente, en fin, males muy parecidos. Y quizás no nos estamos mirando lo suficiente.

“Respirando en el centro de la incertidumbre”

La primera vez que Escobar escuchó hablar del coronavirus fue en febrero de 2020, mientras reporteaba en Caracas. Aunque es evidente que la pandemia no figuraba en los planes originales de la autora, Cuando éramos felices pero no lo sabíamos está cruzado por esa coyuntura y la preocupación por el destino de los venezolanos bajo el covid-19. Esa inquietud aparece inmediatamente en el primer párrafo del libro, cuando se pregunta “qué habrá sucedido con todos esos venezolanos sin techo que vivían en las calles bogotanas”, y persiste hasta las últimas páginas, cuando se pone en comunicación con uno de sus contactos en Venezuela para enterarse de lo obvio: todos los indicadores en el país se han agravado con el coronavirus, tampoco hay información confiable del gobierno respecto al número de contagios y decesos.

“Pienso que ante la precariedad que nos rodea, las relaciones solidarias que se puedan desarrollar entre comunidades prometen conseguir mucho más que los partidos políticos y los gobernantes”, escribe. “En ese sentido, el coronavirus llega en un momento en el que el mundo está dando un giro. Aún no sabemos hacia dónde, qué va a pasar, si sobreviviremos y bajo qué nuevas reglas del juego. Estamos respirando en el centro de la incertidumbre”.

Esa mirada esperanzada, esa confianza en “las relaciones solidarias que se puedan desarrollar entre comunidades”, pese al drama del que nos da cuenta la periodista, es la perspectiva que al final prevalece en su relato. Porque las personas, como enseña el libro, enfrentadas a una crisis profunda (en este caso, cuando no pueden esperar del Estado ya ninguna solución), vuelven a descubrir los beneficios del apoyo mutuo, de hacerse parte en los problemas de su comunidad. Aquella actitud resolutiva, o al menos la toma de conciencia de la propia responsabilidad en los asuntos públicos, quizás sea, parece ser el deseo de Escobar, uno de los prodigios que deje esta crisis compartida que ha sido la pandemia de covid-19. Y aunque la opción parezca poco probable, por qué no plantear ese anhelo, por qué no imaginar una sociedad mejor.

“Se nos va mucha energía en las trincheras de redes sociales y ese es un tiempo totalmente perdido, porque no se está ayudando a nada y a nadie enfatizando todo lo que está mal”, opina la autora. “Me sorprendió que en Venezuela de alguna manera cuando ya no tienes a quién culpar, porque ya no se puede, ya no sirve esa estrategia, que la gente empieza a resolver, a buscar soluciones, se organiza. Eso invita a preguntarnos cómo estamos aportando a nuestra sociedad. Yo quisiera una colaboración más participativa en lo real, donde se vieran resultados concretos. Ojalá no hubiera que esperar a que justamente se vaya todo al carajo para que nos pongamos a pensar cómo podemos generar soluciones”.

 

Cuando éramos felices pero no lo sabíamos, Melba Escobar, Seix Barral, 2021, 336 páginas, $17.000.