Isabel Behncke: “Ahora estamos viviendo estrés crónico”

La destacada científica chilena utiliza su mirada de etóloga para pensar en las consecuencias de estar en cautiverio por meses a causa del coronavirus. ¿Qué efectos dañinos habrá que enfrentar? ¿Qué seguirá siendo imprescindible de la presencia humana? También, observa con esos ojos a Chile y el aumento del conflicto. “Querer desbaratar todo y empezar de cero en un país es como creer que se puede desbaratar un cuerpo, sus unidades particulares, y pensar que va a poder seguir funcionando de manera integral. No resulta”, asegura.

por Paula Escobar Chavarría I 11 Enero 2021

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Etóloga y primatóloga, Isabel Behncke co­menzó a brillar por sus hallazgos en la selva africana con los bonobos, esos particulares primates que prefieren el amor a la agresión letal. Luego, ese conocimiento la llevó a intentar explicar comportamientos de otros primates, como los humanos. Y hoy, además de su trabajo científico y en terreno, es TED Fellow, consejera de ONGs, centros de pensamiento y emprendimientos. Aplica los principios de la biología evolutiva para “ayudar a individuos y organizaciones a crear, conectarse y adaptarse mejor en este mundo cada vez más complejo”, que después del coronavirus se ha vuelto aún más. En esta conversación aplica su mirada de etóloga no solo a los cambios que experimenta –y experimentará– la humanidad tras el huracán covid-19, sino también a la situación de Chile pos estallido social.

 

¿Volveremos a ser los mismos sapiens de antes del coronavirus, con iguales limitaciones e impulsos?
El otro día escuché el tango “Cambalache” y pensé que tiene un poco de razón. “Que el mundo fue y será una porquería, y que siempre habrá maquiavélicos y estafadores”. Los humanos somos como somos –dice riéndose, vía Zoom–. Pero dicho eso, la evolución cul­tural es una presión fuerte de cambio para los seres humanos. Y esta tiene distintos elementos que la afectan, como la densidad poblacional, la cantidad de miedo con que las personas vivan o la percepción de futuro… eso es muy importante en términos de la psicología: cuál es la percepción de incertidumbre so­bre la idea de futuro que hay. Pues el mundo ha sido –y seguirá siendo– incierto. Me da risa que algunas personas descubrieron recién ahora, por la pandemia, que el mundo es incierto…

 

Como si fuera algo extraño.
Claro. Y te invito a haber vivido en el año 400 o en el 536, ¡uno de los peores años de la humanidad! Es muy útil, y muy importante para paliar la ansiedad y la incertidumbre que tenemos, tener una perspectiva histórica de esto. Me refiero a la GRAN historia. Los que leen esta revista lo saben, pero no es malo recor­darlo: esta no es la primera pandemia ni será la última. No es el fin del mundo, aunque sea el fin de algunos pequeños mundos específicos que podemos conocer. La respuesta a tu pregunta depende mucho de a qué nivel de resolución pones el lente.

 

¿Por ejemplo?
Si lo miramos a un año plazo, va a haber poca gente que pueda decir que su vida no ha cambiado tanto. Y si lo ampliamos a cinco, seguiremos viviendo las consecuencias muy fuertes de esto.

 

¿Cuáles serán las principales consecuencias, a su juicio?
Debe haber una humildad de estar abierto a lo que pue­de pasar. Pero se pueden hacer predicciones, como que el mundo va a ser más pobre, como que la salud men­tal y física va a ser un problema mayor y que vamos a necesitar disponer de programas individuales, familia­res, sociales, de países, para lidiar con estos problemas. Que el mundo del trabajo ha sufrido un cambio gigantesco que va mucho más allá de las consecuencias económicas y las pérdidas de trabajo, sino que tiene que ver con las formas de hacerlo.

 

¿El teletrabajo se instalará?
Como ha pasado una y otra vez cuando ocurren gran­des cambios, las tecnologías que facilitan estos gran­des cambios ya se encontraban presentes. Zoom no se inventó en marzo. Pero hay cambios de contexto que te permiten súbitamente adoptar una nueva tecnolo­gía en masa. Ahora, no hay que exagerar, veo mucho tecno-optimismo, discursos que ya están diciendo que las ciudades no van a importar, porque todo el mundo podrá vivir en cualquier parte, y que tanto la clientela como la competencia dejarán de ser la red in­mediata y estarán en China, India, Brasil…

 

Una megaexpansión de la globalización…
Claro. Y hay verdad en esos argumentos respecto de ciertos elementos, dependiendo de la industria en la que te desempeñas. Pero ignoran dos cosas muy im­portantes. Primero, que para los seres humanos las transacciones sociales van a seguir operando a través de redes de confianza, aunque estas no sean cara a cara. Y estas redes van a estar más desacopladas de la geografía que antes. Y la segunda cuestión: la geogra­fía va a seguir siendo importante. ¿Por qué? Porque hay muchas cosas que podemos hacer por Zoom, pero otras no.

 

¿Qué se pierde en lo remoto?
Por ejemplo, el aprendizaje y la creación de confianza se producen a través de la interacción social. La inte­racción cara a cara, presencial, seguirá siendo muy im­portante para los aprendizajes y los trabajos creativos, donde lo azaroso, la serendipia son muy importantes. El Zoom te permite muchas cosas, hay que valorar lo que nos posibilita la tecnología, pero hay que ver sus lí­mites para crear esferas donde lo que falta se pueda po­tenciar. Puedes trabajar tres o cuatro días en tu casa, y que haya un día donde todos van a la oficina, y se creen rituales sociales donde se pueda dar la serendipia.

 

Pavos reales

Más allá del trabajo, ¿cómo se ha afectado nuestra sociabilidad por la pandemia?
Partamos por esto: nosotros vivimos en sociedades de fisión-fusión. Nuestra sociabilidad se caracteriza porque no estamos todo el tiempo con las mismas personas, en la misma manada. Somos animales que al igual que los chimpancés, bonobos, delfines y ele­fantes, nos fisionamos en subgrupos y luego nos fu­sionamos en otros. Piensa en la vida “normal”: vives en un subgrupo que es tu casa, con tu pareja, niños, dos o cinco personas. Sales a trabajar y tienes in­teracción con otro grupo, que es el de trabajo. Y al almuerzo tienes interacción con amigas, que es otro subgrupo distinto. Y así… A lo que voy es que como animales tenemos una sociabilidad que es muy dinámica. Y eso la pandemia lo cortó de raíz, nos encerra­mos. Y ha habido dos grandes grupos de personas y de sufrimientos con respecto a esto.

 

¿Cuáles?
Uno, las personas que quedaron solas y aisladas en cau­tiverio, y eso es algo muy dañino para un animal social. Nos pasa a nosotros igual que a un perro, loro o balle­na. Nuestra salud a corto y largo plazo tiene muchos determinantes que tienen que ver con la interacción cara a cara, el toque social, la conversación, la risa al mismo tiempo… el aislamiento ha sido una fuente de sufrimiento que se desprende de que no hay fisión-fu­sión si se está solo. Pero hay otra fuente de sufrimiento, que es la gente que quedó encerrada con otras perso­nas. Están viviendo un infierno también y no están solos ni aislados.

 

Al igual que otros animales, tenemos el mecanis­mo de despliegue de nuestras virtudes. Un pavo real muestra su cola. Y lo que muestra son sus cualidades físicas, genéticas. Está diciendo: mírenme, tengo esta tremenda cola maravillosa, y si la puedo producir y mantener es porque valgo mucho. Los humanos ha­cemos lo mismo, pero con nuestras virtudes morales. Nos gusta mucho el virtue signaling, señalar nuestras virtudes.

 

¿Por qué viven el infierno?
Tiene que ver con el nivel de estrés, de abuso, el mal­trato a las mujeres, por ejemplo. Entonces ves que en ambos casos (gente aislada y gente encerrada con otros) hay una causa común: la falta de actividad fi­sión-fusión. Con ese elemento puedes pensar qué pasa con los niños, los viejos. Y ves el mismo proble­ma de fondo. Por ejemplo, los niños están hechos para jugar y con pares, al aire libre, correr. Y lo que veo lo encuentro tremendo, porque aunque tengan adultos maravillosos que se preocupan de tenerlos conteni­dos y entretenidos, les faltan los pares, les falta la fi­sión-fusión.

 

¿Qué otro rasgo animal nuestro se ha visto afectado?
Rasgos anteriores o más basales a la fisión-fusión, que es que para ser animales sanos necesitamos movernos físicamente, estar al aire libre, recibir la luz del sol… necesitamos dormir, tener ritmos circadianos regula­res. Ahora estamos viviendo estrés crónico, causado por el sentir incertidumbre permanente y miedo. Si me persigue un león, se dispara la adrenalina y ya. Pero si permanentemente tengo miedo, hace que sea crónico, y eso es muy dañino para la salud. Se afecta el crecimiento de nuevas neuronas, la capacidad de aprendizaje, hay una serie de enfermedades autoin­munes que se pueden desarrollar. El cautiverio afecta esas dos dimensiones animales, las de salud y las de sociabilidad fisión-fusión.

 

¿Cooperaremos más o menos después de la pandemia?
Me encantaría predecir, pero la situación es altamen­te volátil y compleja. Podríamos cooperar más, pero también veo fuerzas que nos pueden llevar para el lado contrario. Como primates, creamos relaciones de confianza cara a cara, a través del acicalamiento, que en nuestro caso es la conversación. Pero la gran diferencia, y lo que ha marcado los últimos miles de años de nuestra historia como especie –versus noso­tros hace 200 mil años–, es que hemos aumentado el tamaño de grupo. Nos forjamos en grupos pequeños, donde todo era cara a cara, relaciones muy cercanas. Y eso nos forjó además una psicología de coaliciones, una psicología de las confianzas que es muy propia. Dicho eso, nuestro gran éxito como especie es que ya no vivimos y cooperamos en grupos chicos, sino en sociedades complejas y enormes, en un planeta con 7,8 billones de personas. No es realista pensar que uno va a cooperar cara a cara con todo el planeta ni con una fracción.

 

Ni con Facebook.
Hasta Roberto Carlos estaba equivocado: nadie puede tener un millón de amigos, simplemente no te da el tiempo. Hay dos limitantes para eso. El presupuesto de la energía (metabólica y financiera), y también uno del tiempo, que tiene 24 horas nomás. Y para forjar re­laciones de ese tipo solo hay un presupuesto de tiem­po social limitado, que debes decidir cómo te lo gastas, si es con tus hijos, padres, nuevas amistades, etc.

 

¿Pero cómo los humanos hemos logrado ampliar la confianza en personas e instituciones que no conocemos?
Esa es la tremenda gracia que tenemos los humanos: cooperar con instituciones y personas que nunca co­noceremos. Eso es increíble. Y lo hacemos gracias a que tenemos esta psicología de coaliciones que iden­tificamos como grupo. Por ejemplo, voy a confiar en PayPal y haré una transacción, ¡sin conocer a nadie en PayPal! La tecnología está llena de estos ejemplos. Por suerte lo hacemos. Esto nos ha permitido el tama­ño y la cooperación global, a gran escala. Ahora, hay cooperación a distintos niveles: familiar, comunidad, empresas, trabajo, país, internacionales. En cada nivel hay cooperación y conflicto. Esto es muy importante decirlo en el Chile de hoy.

 

¿Cómo se relaciona esto con Chile?
Los sistemas complejos tienen conflictos inherentes, pero cooperación inherente también. Hay que tener cuidado, en todo caso, porque hay un cierto nivel de conflicto sobre el cual el sistema se tiende a desbara­tar. Lo estamos viendo ahora. Por eso las instituciones son tan importantes. Ellas están basadas en los acuer­dos entre personas y representan cooperación en ni­veles de organización altos en los sistemas complejos, que son las sociedades modernas. Si eso se desbarata, es muy difícil la situación. La sociedad es un sistema complejo, como un cuerpo, que es un sistema con ór­ganos, tejidos, etc. Querer desbaratar todo y empezar de cero en un país es como creer que se puede desba­ratar un cuerpo, sus unidades particulares, y pensar que va a poder seguir funcionando de manera inte­gral. No resulta. Entonces, es peligroso –e ignorante, creo yo– pretender que se puede borrar y disminuir la complejidad de un sistema tan súbitamente, y que ese sistema va a seguir funcionando. Tenemos que aprender una lección, de adultos, que es que no todos tienen que estar de acuerdo para coexistir. Y que los sistemas complejos coexisten aun con las diferencias y conflictos. No tiene por qué existir una sola manera de pensar o una ideología. Pretender imponer que sea de otra manera me parece muy inmaduro.

 

¿Cómo bajar la polarización?
Mi deformación profesional es mirar la conducta más que escuchar las palabras. La gracia de mirar animales es que como no sabemos hablar el mismo idioma ver­bal, como científico no te queda otra que observar la conducta: no sé lo que el bonobo está diciendo. Cuan­do veo a los humanos, escucho las palabras, pero es interesante hacer el ejercicio del etólogo y mirar a los seres humanos con esos ojos.

 

¿Y qué ve?
Que al igual que otros animales, tenemos el mecanis­mo de despliegue de nuestras virtudes. Un pavo real muestra su cola. Y lo que muestra son sus cualidades físicas, genéticas. Está diciendo: mírenme, tengo esta tremenda cola maravillosa, y si la puedo producir y mantener es porque valgo mucho. Los humanos ha­cemos lo mismo, pero con nuestras virtudes morales. Nos gusta mucho el virtue signaling, señalar nuestras virtudes. Y estas toman distintas maneras: soy bueno, soy sacrificado, soy justo, etc. Saber que los humanos hacemos eso, ayuda a separar la paja del trigo. Y sobre todo en la juventud, tiende a haber más despliegue de virtuosidad moral, porque es cuando más se inten­ta destacar y distinguirse. Y es natural, porque es la época en que se está buscando pareja y establecien­do alianzas. Entonces, los fenómenos de hoy, como la “cancelación”, por ejemplo, me hacen mucho sentido como etóloga que aparezcan en la juventud, porque es un display de virtuosidad moral gigante.

 

¿Quieren mostrar su cola de pavo real?
Claro, decir: yo soy mejor que tú; tú no estás a la altu­ra. “Oye, quiéranme, yo estoy con ellos, los buenos, no con los malos”. Lo comprendo desde el pavo real. Pero hay que tener cuidado. Una cosa es comprender el mecanismo psicológico, y otra es darle rienda suelta.

 

¿Las diferencias son más performáticas que reales?
Son muy performáticas, creo. No es que yo crea que están mintiendo, los jóvenes lo sienten así de verdad, mucho de esto es inconsciente. Como el pavo real, que no necesita tener una ideología de su cola para exhi­birla. Y lo otro es que tenemos la psicología de coa­liciones. En el pasado humano, cooperar era literal­mente la vida o la muerte. Entonces sirve mirar como etólogo el Chile de hoy. Si te fijas por sobre el palabre­río, mucha de la discusión en el fondo no es de ideas, no se está aplicando pensamiento crítico ni reflexión profunda. No, hay mucho de display desatado de pertenencia de grupo, en que se hacen cosas para mandar una señal de que estoy con ellos, y si tú haces esto, es­tás mandando la señal de que estás con los otros. Y si llego a percibir que estás con los otros, te voy a atacar. Está eso muy desatado. Estamos viviendo un período álgido de miedo, incertidumbre, inseguridad, lo que hace que nuestra psicología esté mucho más sensible a la psicología de coaliciones. Las condiciones menta­les que necesitamos para una reflexión profunda no son las que tenemos ahora.