José Bengoa (1945-2026): homenaje a un maestro

La antropóloga chilena subraya en este texto que el autor de Historia de un conflicto: el Estado y los mapuches en el siglo XX poseía una ética de trabajo intelectual que no cedía a la comodidad: escuchar sin apresurar, pensar sin simplificar, narrar sin neutralizar el conflicto. “Su muerte —escribe— marca el término de una trayectoria intelectual que aunó investigación, docencia e intervención pública en torno a la cuestión indígena en Chile y América Latina. Su obra constituye un corpus fundamental para el estudio de las relaciones entre Estado, territorio y pueblos indígenas, así como para el análisis de transformaciones en contextos contemporáneos”.

por Andrea Aravena Reyes I 17 Agosto 2026

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El 23 de marzo pasado, a las ocho de la mañana, debía tomar un vuelo de Santiago a Concepción, donde trabajo desde hace más de 20 años como académica del Departamento de Antropología de la Universidad de Concepción. Antes de abordar, revisé mi WhatsApp y me encontré con una noticia que no quería leer: la noche anterior había fallecido José Bengoa. Sentí un vacío inmediato, de esos que no admiten mediación. Llamé para avisar que no podría hacer clases. Tenía que ir a despedirlo. Él había sido capaz de viajar más de 13.000 kilómetros para asistir a la defensa de mi tesis doctoral en París, en 2010; lo mínimo que yo podía hacer era suspender mi viaje para acompañarlo y rendirle homenaje.

Conocí a José Bengoa, Premio Nacional de Humanidades 2025, hacia fines de los años 80, cuando era estudiante de antropología en la Universidad Austral de Chile. Eran tiempos oscuros, no solo en términos políticos, sino también para las ciencias sociales, que apenas sobrevivían en medio del apagón intelectual de la dictadura. En las pocas universidades donde persistía la disciplina, la formación parecía detenida en un canon que se cerraba, en gran medida, en el estructuralismo francés, como si el tiempo se hubiera suspendido antes de 1968, mientras el mundo ya enfrentaba nuevas preguntas, nuevas urgencias y nuevas formas de conflicto.

En ese contexto, mi compañero de curso Jorge Iván Vergara impulsó, junto a una coordinadora de antropología especialmente atenta a las tensiones de la época, una escuela paralela. Fue una iniciativa estudiantil, nacida del deseo, y también de la necesidad, de abrir ventanas en un campo académico asfixiado. Invitábamos a intelectuales vinculados a ONG o recién regresados del exilio, no tanto a “enseñarnos” en sentido formal, sino a compartir experiencias, trayectorias, lecturas. Así llegó Bengoa a Valdivia, como otros en esos años, viajando por su cuenta y alojando en nuestras casas. De ellos aprendimos la historia del pueblo mapuche y la historia social de Chile, pero también algo menos evidente: que el conocimiento podía ser una forma de intervención, una práctica situada e incluso una forma de resistencia.

Luego del plebiscito de 1988 y de la victoria del No a la dictadura, trabajé como investigadora con Pepe en SUR (Corporación de Estudios Sociales y Educación) y luego como profesional de asuntos indígenas en la CEPI (Comisión Especial para los Pueblos Indígenas, que tras la promulgación de la Ley Indígena se transformaría en la CONADI, Corporación Nacional de Desarrollo Indígena), cuyo primer director fue Bengoa. En ese período recorríamos el país en ramales de tren que ya no existen, reuniéndonos con dirigencias indígenas de distintas regiones para la elaboración de la nueva legislación.

Las historias que contaba, nutridas de lecturas, de experiencias acumuladas y de una imaginación especialmente viva, hacían que lo cotidiano mutara en relato. Había en él una capacidad poco común para articular registros: podía pasar de una discusión teórica a una anécdota mínima sin perder profundidad. No temía cruzar lenguajes ni disciplinas; se movía con soltura entre la filosofía, la historia y la antropología, no como quien exhibe el saber, sino como quien busca comprender.

Las historias que contaba, nutridas de lecturas, de experiencias acumuladas y de una imaginación especialmente viva, hacían que lo cotidiano mutara en relato. Había en él una capacidad poco común para articular registros: podía pasar de una discusión teórica a una anécdota mínima sin perder profundidad.

Sobre todo, tenía un oído singular. No solo en el sentido musical (cantaba y tocaba guitarra con una sensibilidad notable), sino por una disposición más profunda: la de escuchar a otros con atención genuina, retener sus historias y devolverlas en relatos claros, precisos, a veces inesperados. En ese gesto había algo más que una habilidad narrativa: había respeto. Pepe siempre encontraba tiempo para los demás, incluso en medio de las exigencias más intensas. Esa manera de estar —atenta, curiosa, disponible— era también una forma de hacer antropología.

José Bengoa fue un intelectual decisivo para comprender Chile, pero también para desplazar las preguntas desde las cuales el país se piensa a sí mismo. En Historia del pueblo mapuche (1985) reconstruyó los procesos de despojo, subordinación y resistencia desde el siglo XIX, desmontando una narrativa estatal que había naturalizado la “integración” como destino. En Historia social de la agricultura chilena (1988) mostró que las desigualdades del mundo rural no eran residuales, sino estructurales. Y en Historia de un conflicto (1999) dejó en evidencia que la relación entre el Estado y el pueblo mapuche no era un problema coyuntural, sino una historia larga, persistente, no resuelta.

A fines de los años 90, en Carta abierta a Eduardo Frei (1999), llevó esa reflexión al terreno de la interpelación directa, cuestionando los límites de la política de la transición con una escritura que evitaba tanto la tecnocracia como la consigna. Ese texto condensa una de sus convicciones más profundas: que el pensamiento no puede replegarse en la distancia cómoda cuando las condiciones históricas exigen tomar posición.

Su trabajo en Quinquén: 100 años de historia pehuenche (1992) encarna de manera ejemplar su forma de investigar: una etnografía históricamente situada, que incorpora la memoria local, las trayectorias familiares y las voces indígenas que no suelen ingresar a los archivos oficiales. Esa misma preocupación se despliega en su ciclo sobre la comunidad —La comunidad perdida (1996, reeditado en 2009), reclamada (2006), fragmentada (2009) y sublevada (2021)—, donde pensó lo comunitario sin idealización, como un espacio atravesado por tensiones y recomposiciones. En La emergencia indígena en América Latina (2000) amplió la escala para situar estos procesos en un contexto continental, anticipando la centralidad política que los pueblos indígenas adquirirían en las décadas siguientes.

Ese conjunto de obras no solo exploró distintos temas, también modificó la manera de abordarlos. Bengoa no estudió a los pueblos indígenas como objetos distantes, sino como sujetos históricos con voz, memoria y proyecto.

Fue un intelectual decisivo para comprender Chile, pero también para desplazar las preguntas desde las cuales el país se piensa a sí mismo. En Historia del pueblo mapuche (1985) reconstruyó los procesos de despojo, subordinación y resistencia desde el siglo XIX, desmontando una narrativa estatal que había naturalizado la ‘integración’ como destino. En Historia social de la agricultura chilena (1988) mostró que las desigualdades del mundo rural no eran residuales, sino estructurales.

Su velorio fue en su casa, sin misa, pero con sus canciones preferidas. Había copihues rojos traídos de jardines de amigos y vecinos, fotografías y objetos pequeños cargados de historia. Nadie parecía estar ahí por obligación. Era una despedida hecha de vínculos reales. Llegaron cientos de personas al cementerio: familiares, colegas, estudiantes, amigos, dirigentes sociales, autoridades políticas y también quienes habían compartido con él distintas luchas intelectuales y territoriales. No había jerarquías en esa despedida, sino una mezcla poco común de mundos que en él habían convivido.

Bengoa fue, ante todo, un maestro. No solo por lo que enseñaba, sino por cómo lo hacía. Tenía una forma particular de escuchar, de preguntar, de incomodar sin imponer. Su pedagogía no descansaba en la autoridad, sino en la apertura. Para quienes fuimos sus estudiantes y sus colegas, su enseñanza no se agotó en los textos: fue una invitación persistente a mirar de otro modo, a aprehender la complejidad.

Su ausencia es difícil de nombrar. No solo por sus libros o las discusiones que abrió, sino por su presencia, que hacía que el pensamiento no fuera una actividad solitaria. Pepe vuelve en escenas breves, en conversaciones que no se cerraron, en preguntas que siguen abiertas, en el prólogo que escribió para mi libro Mapuches en Santiago, memorias de inmigrantes y residentes (2008).

Recordarlo no es un ejercicio de memoria distante. Es volver a una forma de estar con otros, a una manera de prestar atención. Tal vez por eso su partida no clausura nada. Deja abierta una conversación en curso, que sigue viva entre quienes fuimos tocados por ella.

Si algo permanece, es una ética de trabajo intelectual que no cedía a la comodidad: escuchar sin apresurar, pensar sin simplificar, narrar sin neutralizar el conflicto.

Su muerte marca el término de una trayectoria intelectual que aunó investigación, docencia e intervención pública en torno a la cuestión indígena en Chile y América Latina. Su obra constituye un corpus fundamental para el estudio de las relaciones entre Estado, territorio y pueblos indígenas, así como para el análisis de transformaciones en contextos contemporáneos. Su legado está abierto en sus libros, en su vida y en la historia común que nos unió.

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