La mascarilla y las fronteras de lo visible

Hoy se ha hecho más evidente que nunca el rol que podía tener un Estado frente a la precariedad. Entonces, nunca como hoy hemos estado relacionados los unos con los otros, conscientes de las dificultades de aquellos que nos rodean. Contrario a lo que parecía en un primer momento, confinados no nos volvemos apolíticos, sino hiperpolíticos, hiperconscientes de que nuestro ser social es nuestra porosidad con los otros y que el propio cuerpo –con sus obediencias y también transgresiones– es el que hoy escribe la ley.

por Aïcha Liviana Messina I 14 Enero 2021

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por Marcelo Somarriva

Los cambios sociales provocados por la pro­pagación del coronavirus han dado lugar muy rápidamente a un cuestionamiento de las consecuencias políticas que podrían tener las medidas de aislamiento y el desarrollo del teletrabajo. Todo pareciera indicar que nos encami­namos hacia mayores medidas de control, así como a un individualismo tan radical, que podría hacer desaparecer toda posibilidad de sociabilizar más allá del espacio doméstico y familiar, de constituirse como un sujeto político. Es más, el distanciamiento social, la obligación de llevar una mascarilla parecen fortalecer lo que desde hace tiempo llamamos la tendencia al “higienismo”, es decir, sujetos concentrados únicamente en su salud (o lo que consideran tal), sujetos que ya no se constituirían a partir del contacto con otro.

¿Pero es cierto esto? ¿Es este estar a distancia una ausencia de proximidad? ¿Es la mascarilla una medida “liberticida” —como la llaman en Europa—, que daría cuenta de sujetos sometidos a dicha “tiranía médica”?

Desde luego, el modo en el que una pandemia fragiliza la sociedad nos da buenas razones para preocuparnos. El miedo al contagio es un miedo al colapso del sistema en general. Por lo tanto, no se puede responder de una manera individual, a través de actitudes heroicas, como por ejemplo negarse a las medidas de seguridad. La dimensión global implicada por la pandemia hace que en efecto no nos quede otra que obedecer. Pareciera que la pandemia ha hecho de nosotros seres más sumisos, más trabajadores, más funcionales. ¡Algunos hasta se sometieron a las tareas domésticas que quizás antes ignoraban del todo! Es más, con el desarrollo del teletrabajo, desaparece cierta frontera entre lo privado y lo público. Pareciera que nos volvemos enteramente visibles al otro, sin un espacio propio, completamente instrumentalizables, capaces de trabajar hasta cualquier hora.

Sí, la rapidez de la propagación del virus ha hecho muy evidente la necesidad de tener reglas de conduc­ta. ¿Pero es esto una señal de mera sumisión? Pues, contrariamente a lo que se podría haber pensado, en pandemia no se congela la política: se hace urgente y patente. Nunca como en estos meses nos hemos relacionado con la necesidad de tener reglas. Nunca como hoy se ha hecho evidente el rol que podía tener un Estado frente, por ejemplo, a la precariedad y a la posible falta de abastecimiento. Entonces, nunca como hoy hemos estado relacionados los uno(a)s con los otro(a)s. Mientras, de manera general, en lo que llamamos “normalidad” la pobreza o el hambre no eran tema, durante el confinamiento no hemos ignorado del todo las dificultades de aquellos y aquellas que nos rodean. Entonces, confinados, no nos volvemos apolíticos, separados de los otros, sino hiperpolíticos, hiperconscientes de que nuestro ser social es nuestra porosidad con los otros.

Algo similar e incluso más radical ocurre con el uso de la mascarilla y las medidas de distanciamiento. Mientras podríamos pensar que el distanciamiento social dará lugar a más indiferencia social, ocurre lo opuesto. Si bien, en la llamada “normalidad”, cuando podíamos pasear “libremente” por la calle, nadie se miraba o daba cuenta siquiera de los otros, el uso de la mascarilla nos vuelve más mirones y hace que nos relacionemos con los demás en distintos sentidos. Además, la dificultad de hablar con la mascarilla llama a otra actitud corporal. El hecho de que una parte del cuerpo sea cubierta, hace que se modifiquen las relaciones entre lo visible y lo invisible, entre lo que antes no mirábamos y lo que ahora puede ser significativo (por ejemplo, la mano de un cajero). Hasta la expresión y el dibujo de nuestros ojos son distintos. La propia mascarilla no nos tapa; da lugar a otra relación con lo visible. No oculta la presencia de otros: más bien llama la atención sobre el modo en el que aparecemos unos ante otros.

En vez de hacer de nosotros objetos del saber, las reglas y este nuevo uso de la tecnología nos relacionan como nunca con lo incierto. Aunque dos amigos o amigas tengan todos los resguardos posibles –mantenerse a distancia, ponerse alcohol gel cada cinco minutos– no pueden saber si se están contagiando, porque nadie sabe si es portador del virus.

Es más, mientras hay quienes podrían pensar que la “vida covid” es una vida conforme a reglas (por ende, una vida subordinada), en realidad estas reglas hipernecesarias son también hiperinciertas. ¿Quién sabe si estamos a un metro uno de otro? Al entrar en nuestros lugares de trabajo, se nos toma automática­mente la temperatura. Pero si bien la tecnología permite determinar que no tenemos fiebre, no podemos saber si somos portadores asintomáticos del virus. En vez de hacer de nosotros objetos del saber, las reglas y este nuevo uso de la tecnología nos relacionan como nunca con lo incierto. Aunque dos amigos o amigas tengan todos los resguardos posibles –mantenerse a distancia, ponerse alcohol gel cada cinco minutos– no pueden saber si se están contagiando, porque nadie sabe si es portador del virus. El distanciamiento social inaugura una nueva relación con la regla y el saber: incluso la ley parece darse por primera vez. Y se da de una manera incierta, precaria, sin que sepamos si la estamos interpretando bien, y sin que sepamos si es realmente eficaz.

La vida covid no se resume en una mera in­diferencia e instrumenta­lidad. Si con estas reglas tan inciertas es como si la ley se estuviera dando por primera vez, entonces es­tamos en un momento en que se inaugura un pacto social: las reglas de vida en este momento remiten en­teramente al modo en que las interpretamos, a nues­tras decisiones de acer­carnos o no (para poder escucharnos), a nuestras reacciones corpóreas que son también una manera de interpretar la ley. De hecho, en este momento el cuerpo es hermeneuta: interpreta y escribe la ley.

Sacarse la mascarilla antes de haberse lavado las manos, una señora mayor que acepta la flor que de manera espontánea le regala una niña en la calle, otro niño que le da la mano a uno más chico en una plaza o que saca el scotch que supuestamente prohíbe el uso de los juegos, todos estos gestos espontáneos son pequeñas transgresiones corporales que constituyen también una nueva escritura del estar con otros. La vida covid no nos somete a la tiranía médica; nos hace experimentar nuevas maneras de transgredir la ley (pequeñas transgresiones, cotidianas, inocentes): nos obliga a repetir cada vez el pacto con el otro, al mismo tiempo que nos hace conscientes tanto de la importancia del otro como de la importancia del pacto (de las reglas y de su trasgresión). El pacto social –a fin de cuentas– tiene que ver tanto con la inauguración de la ley como con su transgresión.

¿Estamos entonces ante una vida emancipada? ¿Podemos estar tranquilos y tranquilas?

Seguramente, no. Todas las grandes crisis conllevan riesgos políticos. En efecto, cuando las sociedades han sido cuestionadas en profundidad se han gestado los peores proyectos políticos. Sin embargo, si hay un riesgo de autoritarismo, este no está donde las reglas se hacen visibles, como en el caso de la obligación de llevar una mascarilla. Hay autoritarismo cuando la fuente de la autoridad es invisible, cuando no sabemos qué nos hace sujetos a la ley, cuando esta última nos enmudece y a veces nos aterroriza. En cambio, la visibilidad de la masca­rilla implica un juego social en el que tenemos constantemente que in­terpretar la ley, tomar decisiones, hacernos preguntas. La masca­rilla no nos tiraniza. Nos molesta, eso sí. Y no es higiénica (¡para nada!). Quizás pueda llevarnos a hacernos nuevas preguntas sobre los unos y los otros, so­bre los límites de nuestra aspiración a una vida absolutamente saluda­ble (¡es decir una vida mortífera!), e incluso sobre nuestro ser políti­co más cotidiano, menos sujeto a ideologías. Con la mascarilla, lo que se hace manifiesto es que la ley es precaria, incierta, que lo que nos hace libres no es una vida sin reglas y normas, sino lo que nos permite interpretar la ley a nuestra manera, volvernos hermeneutas (lectores y escritores) de una ley que no solo se inscribe en el cuerpo, sino que interpreta el cuerpo y lo puede desplazar de esquemas de comportamientos rígidos o apáticos.