Llorar por Marx: socialismo y naturaleza

Un visitante tal vez se sorprenda al constatar que Londres –con sus eternas hileras de casas de ladrillo, contaminación y concreto– sea una de las ciudades más verdes del mundo: el 47% es una mezcla de parques, zonas de conservación y parcelas comunitarias. La autora de este ensayo arranca en Highgate, donde Marx está enterrado, para revivir la larga lucha que intenta proteger los senderos y jardines públicos hasta llegar al presente con los guerrilla gardeners, algo así como los socialistas agrarios.

por Lucía Vodanovic I 3 Marzo 2021

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Durante los años que estuve ligada al Goldsmiths College de Londres, uno de los profesores organizaba un “Marx trot” (trote) para sus estudiantes de magíster y doctorado. Como Karl Marx está enterrado en el cementerio de Highgate, un barrio de pasado aristo­crático al norte de la ciudad, su tumba era el punto de reunión, normalmente a las cuatro de la tarde. Recomendaba ver la película High Hopes, de Mike Leigh, y opcionalmente traer puros. De ahí el grupo caminaba a través del parque de Hampstead Heath y se sentaba a leer el discurso que Marx dio en 1855 contra leyes de observancia religiosa en domingo, que terminaron con disturbios en otro parque: Hyde Park. Este texto, publicado luego en el periódico alemán Neue Oder Zeitung, habla en contra del Sunday Trading Bill, que proponía cerrar los negocios en domingo. Como a los sirvientes se les pagaba el sábado, eran los únicos que hacían compras, aunque fueran modestas, en domingo; también eran los únicos afectados por la propuesta de no comer, tomar alcohol o fumar en su día libre. En el parque Marx habló de la alianza perversa entre la iglesia y la oligarquía, y se sumó a la protesta de 200 mil personas en el mismo lugar donde la aristocracia de la época desfilaba con sus caballos y carruajes, también en domingo.

Terminada la lectura, el grupo de estudiantes peregrinos hacía su primera parada en el pub favorito del filósofo, el Jack Straw’s Castle, y de ahí seguían por varios otros que alguna vez frecuentó. Más tarde se asomaban por el número 46 de Grafton Terrace, en Kentish Town, donde poca gente sabe que vivió Marx. Con variaciones, la procesión terminaba en una de las esquinas del parque de Primrose Hill, frente a un blue plaque –esos círculos azules que en Inglaterra se instalan para recordar la conexión de una persona renombrada y un lugar–, en la antigua casa de Friedrich Engels, amigo de Marx y coautor del Manifiesto comunista. O si no terminaba en Soho, donde también vivió Marx y pasó muchas horas en otro pub: The Red Lion. Una forma de convocar a los alumnos, animados por las ideas socialistas y las visitas al pub pero no necesariamente por el esfuerzo físico, era asegurar que la familia Marx caminaba regularmente desde su casa en Grafton Terrace hasta Soho, haciendo la continuidad de los parques.

Los aniversarios de Marx siempre reúnen a gente en el cementerio de Highgate y su tumba es la más visitada y la que siempre tiene flores frescas. En vivo se ven peregrinos de cabeza gacha y en actitud de oración frente a la tumba, en YouTube hay filmaciones de gente llorando.

Marx no está solo con sus ideas en la tumba, por algo el elegante cementerio se conoce, siguiendo un formulismo periodístico, como el “más izquierdista del mundo”: al menos ocho de sus camaradas están enterrados alrededor o cerca del filósofo, desde Yusuf Mohamed Dadoo –alguna vez presidente del Partido Comunista sudafricano– hasta Claudia Jones, depor­tada de Estados Unidos por su activismo en los años 50 y cofundadora del carnaval de Notting Hill, que se celebra al final del verano en Londres para home­najear la influencia de las comunidades de raza negra. También está la tumba de Ralph Miliband, académico marxista y padre de dos políticos laboristas, Ralph y Ed; su casa en Primrose Hill fue por décadas el epicentro de la vida social e intelec­tual del comunismo. Y la tumba de Malcolm McLaren, empresario punk y mánager de los Sex Pistols que ridi­culizaba y explotaba el capitalismo: cuando murió en el 2010, exac­tamente a la misma edad de Marx –64 años–, su carroza fúnebre fue se­guida por un bus de dos pisos pintado verde con una de sus frases favoritas: make cash out of chaos.

La última vez que estuve en el cementerio de Highgate conversé con la señora que vende unas ediciones sencillas del Manifiesto del Partido Comunista en la entrada. Me habló encantada de que había tenido más gente joven comprando el libro que nunca antes. Le contesté que venía llegando de vacaciones en Ibiza, donde me topé varias veces con una glamorosa fami­lia italiana: dos de los hijos adolescentes, depilados, bronceados y dorados de aceite, parecidos de pinta a Cristiano Ronaldo, leían el Manifiesto comunista en las reposeras al lado de la piscina del hotel; un tercer hijo leía a Oscar Wilde. Después hablamos de poner un café.

Por supuesto que también existe la tradición contraria, la de prohibir y limitar el acceso a la tierra, una fuente permanente de conflicto social, hoy renovado con los llamados a que las canchas de golf y las de los colegios privados puedan ser usadas por todos durante la pandemia del coronavirus. En una carta al Guardian, un lector aseguraba que hemos logrado acotar las clases sociales a una distinción mínima: los que tienen acceso a un jardín y los que no.

En vida Marx nunca fue solvente. Fue Engels quien lo apoyó financieramente por años, pues era propietario de un negocio textil en Manchester, hasta que finalmente se mudó a Regent’s Park Road, en 1870. Como su camarada vivía un poco más allá, la era dorada del pensamiento socialista estuvo puntuada por fre­cuentes picnics de los amigos en Hampstead Heath, y la presencia de otros socialistas, como William Morris, caminando entre la casa de Marx en Kentish Town y la de Engels en Primrose Hill. El intenso interés de Marx por las clases de piano de su hija y sus caminatas por Hampstead Heath se han citado como pruebas fatales de su disminuido espíritu revolucionario, pero tal vez solo prueban que el alemán se ha­bía aclimatado a su ciudad adoptiva y empapado de lo que el profesor de arqui­tectura danés Steen Eiler Rasmussen lla­ma el London being.

London: The Unique City, publica­do por Rasmussen en 1934, explica mucho del carácter rural y comunitario que existía en Londres con referencia a sus parques, en particular Hampstead Heath. Dice que lo rural es indivisible con la identidad del inglés, y por lo mismo la ciu­dad adoptó una visión idealizada y casi ex­trema del campo, protegiendo los espacios verdes de la construcción, del comercio y de las finanzas, los otros ejes que han determinado su historia.

“Si le comentas a un londinense lo bonito que es el parque de Hampstead Heath, te mirará asombrado y preguntará: ‘¿consideras que Hampstead Heath es un parque?’”, escribe Rasmussen. Agrega que el londinense vive feliz en el espejismo de que Hampstead Heath es un pedazo de tierra salvaje, aunque es, obviamente, un parque diseñado, con señales, senderos, guardaparques, salvavidas en sus pozones. El Heath, donde Constable pintaba nubes y Keats escribía poesía, es el lugar para caminar, nadar, elevar volantines, recoger moras, tirarse por una pendiente en trineo cuando nieva, pescar, buscar el árbol hueco en el corazón del parque. Si le creemos a Rasmussen, el Heath es el alma de su “London being”, y se usa todo el año porque a sus habitantes les gusta sentir la sensación cruda de los elementos: el frío, el barro, el viento, la humedad en la cara.

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La fama y reputación del este de Londres –vinculado a otro socialista ilustre de la época victoriana, William Morris– vienen de dos cosas conocidas. La primera deriva de su historia de pobreza y marginalidad, un lugar donde se concentraban los inmigrantes que llegaron en oleadas para trabajar en la construcción de los muelles de Saint Katherine. Antes que ellos habían llegado hugonotes (franceses protestantes), escapando de la persecución religiosa, seguidos de irlandeses huyendo de la pobreza y el hambre, más tarde emigrantes judíos y luego gente de Bangladesh. La segunda, la versión contemporánea del este, es la historia de las industrias creativas, las galerías de arte y los bares de diseño. En algún momento alguien produjo la estadística de que era el lugar de Europa con más artistas por metro cuadrado, pero muchos ya están en retirada.

Una de las entradas a esa comuna tiene ahora un letrero chico pero orgulloso, que dice “Bienvenido al Municipio de Waltham Forest: Lugar de Nacimiento de William Morris”. Aunque la casa museo de Morris está relativamente cerca, el letrero le hace más justicia al hecho de que este bosque formó a Morris en su pensamiento. La actual William Morris Gallery fue la casa de la familia entre 1848 y 1856, cuando la madre había enviudado y quedado sola con ocho hijos. Detrás hay un foso donde los niños pescaban, navegaban y, en invierno, patinaban sobre el hielo. Pero a Morris ante todo le interesaba el bosque cercano y quería que se mantuviera como un matorral gigante, no como un parque de recreación. También era el lugar donde, bajo su recomendación, se celebraba el pícnic anual de la Liga Socialista.

El letrero que recuerda la conexión de Morris con el bosque está en una de las bajadas hacia los humedales de Walthamstow Wetlands, que reabrieron en 2017, después de un siglo y medio cerrados al público. Son 10 reservas de agua victoriana, que se juntan con ríos y corrientes y atraviesan por senderos donde vuelan pájaros y murciélagos. La reapertura de los Wetlands –los mayores humedales de toda Europa– fue un gesto controlado de diseño del paisaje, pero que dejó que los edificios industriales convivieran con el parque y con la infraestructura de Thames Water, la empresa que provee de agua a la ciudad.

El discurso de los guerrilla gardeners reconsidera la propiedad y los derechos a la tierra.

La reapertura de este espacio juntó a una serie de entidades para asegurar que los humedales estuvieran abiertos a todos y no solo a los pescadores y avistadores de pájaros con licencia. En esto se conecta con una tradición larga de pelear en contra de los territorios cerrados, ejemplificada, entre otras organizaciones, por la activa Open Spaces Society, que protege las tierras comunes, los espacios verdes y los senderos públicos en Inglaterra y Gales. O el London Wildlife Trust, que en su Primrose Hill Declaration (1981) habla de resucitar la tradición del siglo XIX de proteger los espacios verdes comunes. Por supuesto que también existe la tradición contraria, la de prohibir y limitar el acceso a la tierra, una fuente permanente de conflicto social, hoy renovado con los llamados a que las can­chas de golf y las de los colegios privados puedan ser usadas por todos durante la pandemia del coronavirus (incluso en las semanas más duras del confinamiento, el gobierno británico siempre permitió visitar parques y los mantuvo abiertos); la discusión de lo común, quién es dueño de la ciudad y quién controla sus espacios públicos, ha vuelto a ocupar las conversaciones y las noticias. En una reciente carta al diario, un lector de The Guardian aseguraba que hemos logrado acotar las clases sociales a una distinción mínima: los que tienen acceso a un jardín y los que no.

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Un visitante tal vez se sorprenda al constatar que Londres –con sus eternas hileras de casas de ladrillo, contaminación y concreto– es una de las ciudades más verdes del mundo: casi la mitad de sus espacios, un impresionante 47%, son una mezcla de parques, zonas de conservación, allotments (asignaciones de tierra) y parcelas comunitarias. Un alumno de la Universidad hizo una vez un ensayo fotográfico sobre la construcción romántica del paisaje en los ojos del turista, basado en su propia experiencia de provinciano en la ciudad. Tenía una colección gigante de fotos personales y de archivo sobre la ruralidad de Londres, y cero interés en la ciudad tradicionalmente urbana. Recuerdo una foto particular, una antigua imagen usada como logo de la estación de Mill Hill East, que en sí es una ano­malía del sistema del metro, una especie de desvío de la línea negra. La imagen tenía el signo del metro, la infraestructura urbana por excelencia, sobrepuesto con una ilustración de una vaca comiendo pasto.

Aunque en los últimos años, el conocido Chelsea Flower Show ha empezado a incorporar proyectos de jardines con espíritu social, la relación entre lo verde y lo comunitario se nota más en los allotments, espacios de tierra común subdividida, a los que se puede postular a través del municipio local. Pagando casi nada, los residentes arriendan el uso de esa tierra para cultivar frutas y verduras sin fines comerciales, pero las listas de espera a veces superan los 15 años.

Estos allotments pueden posicionar lo común y la idea del autoabastecimiento en su implícito signifi­cado político, pero es más fácil ver lo que hacen los grupos de guerrilla gardening como un acto directo de protesta. Aunque algunos no son activistas y simplemente expanden el territorio en que jardinean hacia la calle, la casa del vecino o una propiedad del municipio –lo que convierte sus acciones en un acto ilícito–, otros actúan abiertamente con un discurso que reconsidera la propiedad y los derechos a la tierra. Los actos de jardinería ilegal también tienen una historia larga en el Reino Unido, que se puede remontar hasta los Diggers, al­gunas veces descritos como anarquistas y otros como socialis­tas agrarios, quienes pelearon por el dere­cho a cultivar la tierra en el siglo XVII.

Hoy los guerrilla gardeners son en ge­neral gente de clase media y educada, ma­más decepcionadas porque no pueden conseguir un allot­ment u oficinistas que tiran “bombas” de se­millas por la ventana del tren cuando van al trabajo, un gesto que habla menos de jardinería y más de la falta de sentido que tiene la parte de su día percibida como socialmente útil.

Aunque en los últimos años, el conocido Chelsea Flower Show ha empezado a incorporar proyectos de jardines con espíritu social, la relación entre lo verde y lo comunitario se nota más en los allotments, espacios de tierra común subdividida, a los que se puede postular a través del municipio local. Pagando casi nada, los residentes arriendan el uso de esa tierra para cultivar frutas y verduras sin fines comerciales, pero las listas de espera a veces superan los 15 años.

Un hombre cres­po y de barba tupida, llamado Richard Reynolds, es su líder informal. Viviendo en Elephant and Castle, Reynolds se aburrió de no tener jardín y empezó a plantar en la calle; pensó pedir permiso, pero después se dio cuenta de que era mucha burocracia. Cuando el municipio de Southwark supo que Reynolds había violado su propiedad con camas de flores de todos los colores, era tarde y oneroso hacer una denuncia, y además, habría hecho el ridículo. En todo caso el libro de Reynolds, On Guerrilla Gardening, contie­ne más consejos acerca de cómo luchar contra la maleza y la infertilidad del suelo que tácticas de cómo evitar a la policía.

Ese mismo municipio estuvo involucrado en una historia más triste de jardines y política, cuando facilitó que unos 300 árboles, algunos centenarios, se bo­taran al decidir, a pesar de las protestas, vender el edificio Heygate de vivienda social a una empresa australiana de remodelación. En el limbo que siguió, los espacios vacíos entre edificios fueron ocupados temporalmente por guerrilla gardeners, practicantes del parkour, turistas de la ruina, grupos de música queriendo filmar sus videos.

Conversé con el fotógrafo Matthew Benjamin Coleman después de visitar su exhibición Heygate: a Natural History, una serie de imágenes en blanco y negro sobre estos árboles, algunos torcidos creciendo entre edificios, otros majestuosos elevándose sobre carretillas tiradas, conexiones truchas de alumbrado, muros con grafiti. En vez de seguir la tradición hu­manista de la fotografía documental –retratos cándidos de las perso­nas que sufren en un conflicto–, Matthew retrata a los árboles, solos, antes de ser de­capitados. Hablamos de cómo estos arbustos asomándose entre los pastelones de concreto recuerdan tan clara­mente la novela After London or Wild England, de Richard Jefferies, que empieza con la apoca­líptica pero liberadora frase de “Todo se vol­vió verde en la primera primavera, después del final de Londres”.

En un tiempo posapocalíptico, la no­vela habla de cómo el mundo natural reclama su lugar: los bosques se toman los campos, animales domésticos cazan en manadas, construcciones urbanas son cubiertas por árboles e insectos. Algo parecido a las noticias recientes sobre peces que se han vuelto a ver en los canales de Venecia y mariposas que han reaparecido en Nueva Delhi, gracias al confinamiento durante la pandemia de covid-19.

After London fue uno de los libros favoritos de William Morris, y una de sus inspiraciones para escribir News from Nowhere, otra fantasía futurista. En sus páginas, el narrador se duerme después de una reunión de la Liga Socialista. Cuando despierta, se encuentra con un mundo sin ciudades grandes ni propiedad privada, donde la gente trabaja porque le gusta y le entretiene, y siente una simpatía total entre lo que hace y su entorno.