
Los libros probablemente no cambian la historia de las naciones. Pero sin duda pueden esclarecerla. Es el caso de El laberinto de la soledad, cuya irradiación se extendió no solo por México y sus singularidades, sino también por todo el continente.
por Héctor Soto I 2 Febrero 2026
Se cuenta que alguna vez José Donoso dijo con alguna cuota de fastidio que era Octavio Paz quien había inventado en América Latina el interminable tema de la identidad. Sea verdadera o falsa la versión, a estas alturas importa poco. Lo que sí está claro es que las preguntas y dudas respecto de lo que somos y de lo que queremos ser cruzan prácticamente la totalidad de la obra de Paz. Por supuesto que no fue él quien primero se las planteó. Estas interrogantes, en realidad, son latinoamericanas y anteriores a Paz. Están en el Facundo de Sarmiento. En el Ariel de José Ingenieros. También en Bello, en Alberdi, en Martínez Estrada y muchos más. Sobra decir que es un tema muy latinoamericano y propio de nuestro hidridaje étnico y cultural. Los chinos no se preguntan quiénes son. Saben que son chinos y ya está. En América Latina a este punto no se lo puede poner punto final. Es apenas el comienzo de una respuesta que históricamente hemos sorteado por muchos recovecos y nebulosas.
La originalidad, la gracia, la intuición de Paz cuando se plantea la gran pregunta en El laberinto de la soledad, es que su respuesta es la de un notable poeta y de un ensayista que recién se estaba perfilando como un prosista fuera de serie. No es un historiador. Mucho menos un sociólogo. Hay mucho de antropología en su ensayo, ciertamente. También de psicoanálisis. El poeta es quien apela al mito para intentar una explicación no solo de la gran fractura de la sociedad mexicana sino también del mexicano como sobreviviente de una traumática orfandad. ¿Qué es lo que somos y de qué manera realizaremos eso que somos? ¿Queremos ser eso libremente o estamos forzados a serlo? Estamos hablando en el caso concreto de México de un pueblo despojado de sus antiguos dioses, cobijado durante siglos en el amparo de la escatología católica, expulsado más tarde de allí por las promesas incumplidas de una frustrada reforma liberal; sometido luego, en el último tramo del siglo XIX, a una modernización apresurada y engañosa durante el porfiarato y rescatado finalmente del naufragio por esa caótica y gigantesca revolución que, varios años antes de la soviética y desde una matriz antes popular que ideológica, estaba llamada a soldar, a cauterizar, a reconciliar y a restaurar las heridas que había dejado la Historia desde la Conquista en adelante. Curiosa revolución la mexicana. En medida no menor, revolución también fallida, con una salvedad importante, eso sí: a diferencia de las otras, la francesa, la soviética, la china, no conoció ninguna “era del terror”. Claro que como señala Christopher Domínguez Michael, también fue “como toda revolución que se respete, una revolución traicionada”.
El laberinto de la soledad es un libro breve: ocho capítulos y un apéndice, en el cual se supone que confluye la primera con la segunda parte. Los cuatro primeros son un análisis del carácter mexicano: la duplicidad y el disfraz; las máscaras y lo sagrado; la fiesta y la borrachera hasta llegar a la disociación; el culto a la muerte y el trauma fundacional de la violación, la chingada como institución nacional y el machismo. Todo eso corresponde, por así decirlo, a la corriente subterránea de la mexicanidad. Es el México que no siempre se ve, pero que nunca deja de operar. Con pasajes brillantes y con la prosa bellísima e incomparable de Paz:
Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arcos iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: al buen entendedor pocas palabras. En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo.
Después de los cuatro capítulos iniciales, vienen los que interpretan la historia de México en una clave que, apartándose del indigenismo oficial, no solo reconoce y asume el mestizaje, sino que también, ya en un plano más personal, se abre paso a una lectura histórica de contornos terapéuticos.
Porque, siendo un ensayo clarificador y, en esa medida, un tributo a la racionalidad, El laberinto de la soledad tiene en el subtexto una carga autobiográfica que no es menor. Paz lo escribió lejos de México, en París, cuando era secretario de la embajada. Está lejos de su patria y la extraña. Su matrimonio con Elena Garro se está hundiendo en quiebres, pleitos y resentimientos. No deja de ser sintomático que el eje del libro sea la soledad. En parte, quizás, era la soledad suya. Pero es también una cuestión más ontológica y, tratándose de México, casi contraintuitiva, como sugiere Enrique Krauze, atendido que el mexicano de todas las latitudes “ha sido un ser particularmente gregario, un ‘nosotros’ antes que un ‘yo’, no un átomo sino una constelación: el pueblo, la comunidad, la vecindad, la cofradía, el compadrazgo y, sobre todo, deslavada, pero sólida como las masas montañosas, la familia”. Para redondearlo más y que nadie se confunda, Krauze agrega: “Nada más remoto al mexicano común y corriente que la desolación de los cuadros de Hopper”.
Sin embargo, tras el muro de las apariencias, están los traumas de las rupturas y orfandades. “Las épocas viejas nunca desaparecen completamente —escribe Paz en el primer capítulo— y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía. A veces, como las pirámides precortesianas que ocultan casi siempre otras, en una sola ciudad o en una sola alma se mezclan y superponen nociones y sensibilidades enemigas o distantes”.
En los genes y en la vida de Octavio Paz se cruzan muchas hebras y vertientes. Habitan en él, el legado de su abuelo, Irineo Paz, nombre que parece sacado de algún cuento de García Márquez, abuelo a cuyo cargo quedó el nieto durante buena parte de la infancia. Era ya una tradición en esa familia que los padres desertaran acudiendo al llamado de la política. Don Irineo fue un liberal cuando serlo era una provocación a ese México conservador templado a la vez por el integrismo y el caudillaje. Con todo, fue un liberal que terminó apoyando la dictadura de su amigo Porfirio Díaz, remedo mexicano —por decirlo así— del despotismo ilustrado, y que estuvo en el poder desde fines de 1876 hasta 1911. En total, 30 años y 125 días. Eso en lo que concierne al abuelo. En el caso del padre, Octavio Paz Solorzano, también abogado y periodista, la vibra revolucionaria fue mayor, cosa que lo llevó a abrazar muy temprana y encarnizadamente la causa zapatista. Lo hizo antes de que los dados de la Revolución mexicana estuvieran echados, y eso significó para su familia largos períodos de ausencia.
Si en cierta medida lo había sido el abuelo y derechamente también lo fue el padre, a Octavio Paz no le fue difícil ser un revolucionario. Con todo su desorden, con todos sus fracasos, con todas sus progresiones y regresiones, con su cadena de guerras locales y cuartelazos, la Revolución mexicana fue un largo, larguísimo, proceso que va desde la caída de Porfirio Díaz en 1911 hasta que el general Plutarco Elías Calles, ya casi al concluir la década de los años 20, logra estabilizar relativamente la embarcación con la creación del partido que se convertiría en el antecedente del PRI. Recién entonces las aguas comenzarían a calmarse.
Paz suscribió la causa de la revolución con el mismo sello que imprimió a su poética y a su portentosa capacidad reflexiva: apasionadamente. La vio como una experiencia de comunión colectiva que la república había roto, como la síntesis política, cultural, geográfica, étnica, social y moral que México requería para salvarse de la desintegración, riesgo que al menos durante el período colonial el catolicismo había sido capaz de contener. Ese Octavio Paz revolucionario se nutrió desde luego de algunas categorías del pensamiento marxista. Ese fue el poeta que alzó su voz en el segundo congreso de los intelectuales antifascistas de Valencia, el año 37, en los inicios de la Guerra Civil española. Era entonces solo un veinteañero. Pero fue un momento crucial para él porque es ahí donde rompe con el estalinismo y se enemista con Neruda. El asesinato de Trotski lo pondría luego en una vereda muy distinta a la de la izquierda ortodoxa de entonces. Así las cosas, cuando publica El laberinto de la soledad, el año 1950, sus equilibrios políticos ya se habían corregido en parte muy importante. Ni el marxismo le parecía una panacea ni la épica de la revolución en su patria le hacían ya tanto sentido, averiada como estaba por el autoritarismo y la corrupción.
Alejandro Rossi dijo que cuando El laberinto de la soledad se publicó, lo más probable es que la edición no haya superado los tres mil ejemplares. Si bien fue un libro que se leyó poco, sí lo leyeron quienes debían leerlo. De eso hay pocas dudas. Con la segunda edición, de 1959, la cosa fue muy distinta. A partir de ahí este ensayo inspirado y torrencial irrigaría a todo el sistema educacional y universitario mexicano, para saltar desde allí tanto a la discusión histórica e intelectual como al mundo literario latinoamericano.
Fue por lejos el más célebre de los libros de Paz, cuya figura ejerció durante décadas un magisterio no solo en América Latina sino también en amplios círculos intelectuales europeos y académicos en los Estados Unidos. Por lo mismo, es una cruel ironía —todo hay que decirlo— que ese legado haya terminado conversando con ciertas dificultades con los tiempos ue corren. Algo ocurrió entre medio. Hasta la imagen y la figura de Paz tienden a desdibujarse con los años. Al fin y al cabo, no son tantos los años que nos separan de su muerte, ocurrida en 1998. Puede que le hayan jugado en contra su arrogancia intelectual y sus sentencias totalizadoras. También, y es la hipótesis de muchos, que sus complicidades con el PRI lo dejaron en una zona delicada. E incluso sus reservas frente a la democracia liberal y el capitalismo, a pesar de haber terminado abrazando a la primera y aceptando al segundo, quizás porque, tal como se dieron las cosas al comenzar el siglo XXI, ya no le quedaba otra. También esto es posible.

El laberinto de la soledad, Octavio Paz, FCE, 2008, 351 páginas, $8.900.