Un futuro sin brillos

La organización de la cotidianidad, sus ritmos, la administración del tiempo, hasta las posturas corporales: buena parte de la población de las ciudades ha cambiado su forma de comunicación, de esparcimiento y de consumo, de la mano de esa asociación entre capital financiero e internet que se llama habitualmente “las plataformas”. Su florecimiento no es ni espontáneo ni producto de las buenas voluntades, sino más bien la contracara de la financiarización de la economía, que depende de dos protagonistas también determinantes en la configuración de las redes: la información y la circulación.

por Mariana Dimópulos I 26 Julio 2022

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Apretar un botón o no hacerlo, quizá esa sea la definición más simple de nuestra relación con la tecnología. La postura contraria, aquella que ve en los desarrollos tecnológicos, especialmente desde el siglo XIX, una “pérdida” o una amenaza a la esencialidad humana, está cargada de simpleza en otro sentido. Ambas han tenido ilustres representantes. Al menos desde que Marx lo puso en el centro de una teoría de la historia, el desarrollo técnico organiza no solo nuestra vida cotidiana, sino las explicaciones que nos damos sobre el carácter de esa vida, también en su dimensión política.

Internet, como revolución tecnológica, invita a la reedición de esta pregunta. Lo que fue glorificado en la retórica de los años 90 como el medio por excelencia de la liberación “horizontal”, de la circulación libre y del lugar privilegiado de la creación, se ha convertido en los últimos años en símbolo de su contrario. Sus hacedores, por algunos aún reivindicados como los jóvenes creativos con base en un reducto especializado de California, pasaron de representar la espontaneidad propia de este nuevo orden de las posibilidades, a encabezar los grandes monopolios actuales de la información. Las consecuencias no son solo deplorables para quienes lo evalúan desde una mirada marxista, que pone en el centro de esa evaluación la asociación de estos monopolios con el capital; también lo son para aquellos que prefieren centrar su atención sobre las subjetividades, más acá o más allá de la política —aunque estrictamente hablando, esa separación no existe. Lo que está en juego —y el término no es vano— es nuestro modo de concebirnos.

La organización de la cotidianidad, sus ritmos, la administración del tiempo, hasta las posturas corporales: en Occidente y en Oriente, buena parte de la población de las ciudades (y no exclusivamente) ha cambiado su forma de comunicación, de esparcimiento y de consumo, de la mano de esa asociación entre capital financiero e internet que se llama habitualmente “las plataformas”. Su florecimiento no es ni espontáneo ni producto de las buenas voluntades, sino más bien la contracara de la financiarización de la economía, que depende de dos protagonistas también determinantes en la configuración de las redes: la información y la circulación. Esto sugiere una historia opuesta a la de la espontaneidad; se ha demostrado, como lo señala Joseph Vogl en su libro Kapital und Ressentiment, que a diferencia del mito de la start-up y el espíritu de jóvenes innovadores, esta es más bien una variación más de la historia, nada novedosa, de inversiones provenientes del Estado, cuyo riesgo, por tanto, está socializado y, sin embargo, acaba por consolidarse en rédito privado. Los puntos en común no terminan aquí. En los mercados financieros y los servicios de internet rige el algoritmo. Uno de sus campos de operación más familiares es su capacidad para anticipar perfiles de consumo, que serían imposibles sin la aplicación automática de ese mecanismo dependiente del Big Data. Anticipar el futuro —y jugar al hacerlo— es una experiencia conocida por dos tipos sociales en profunda afinidad electiva, el jugador y el inversor. En las matemáticas aplicadas a la economía y al comportamiento, el juego es una subdisciplina que genera escuelas y otorga premios Nobel.

La antigua inversión de cantidad en cualidad, mentada famosamente por Hegel, muestra aquí su reverso: lo cualitativo que es lo propio de una amistad, una declaración o una pregunta, es convertido por estos sistemas de información en la variable de un cálculo que somos, en parte, nosotros mismos bajo la perspectiva de nuestro comportamiento digital. Vueltos mensurables, pasamos a formar parte del aparato de producción.

Quienquiera abstenerse de ser objeto de este cálculo de los grandes datos acumulados, deberá hacerlo también del más mínimo “paseo” por el mundo de las plataformas. Como en la televisión en su momento, que parecía encarnar el “espacio privado” de la relajación y el consumo tras el día de trabajo, las plataformas (Google, Apple, Facebook/Meta, Uber, Amazon), cuya utilización está lejos de limitarse al entretenimiento, invierten o al menos dialectizan lo que consideramos público y privado. El mensaje de amor, la confesión o el llanto: lo que nos decimos, nos deseamos, lo que nos preguntamos y nos agenciamos por medio del proceso de la compra (de objetos y servicios, es decir, también la música que escuchamos, los viajes que hacemos y las películas que vemos) está mediado por sus operadores, que convierten esas acciones al parecer privadas en uno y otro extremo de un cálculo. La antigua inversión de cantidad en cualidad, mentada famosamente por Hegel, muestra aquí su reverso: lo cualitativo que es lo propio de una amistad, una declaración o una pregunta, es convertido por estos sistemas de información en la variable de un cálculo que somos, en parte, nosotros mismos bajo la perspectiva de nuestro comportamiento digital. Vueltos mensurables, pasamos a formar parte del aparato de producción.

Las condiciones de trabajo en estas empresas, que se especializan en la tercerización y, con ello, en la flexibilidad, no estructuran solo a aquellos que están en una relación laboral directa. En la economía de la información, los usuarios también producen. Se trata de preguntarse quién genera la piedra de toque de lo que mueve el mundo en su configuración actual: el valor. Por un puñado de información, como por ejemplo el simple lugar donde se encuentra un objeto a comprar o un museo a visitar, los usuarios entregan valiosos intangibles. El saber sobre sus preferencias, sus preguntas, sus placeres, sus autorretratos, sus querellas y sus contactos, es destilado para la creación de perfiles. Esto convierte a los usuarios en produsuarios. Su producción ocurre en el escenario opuesto al de la fábrica: es ocasional, informal y diversa. La información producida por los usuarios y extraída por las plataformas es vendida, claro está, a los verdaderos clientes, que son aquellos que valorizan esa información, como las empresas que deciden hacer publicidad en esas plataformas y muchas otras que utilizan los datos de las formas más diversas en favor de su propia producción y beneficio. Se pasa entonces de la libertad horizontal del compartir, tal como fue presentada y, en parte, experimentada esta nueva tecnología, a una maquinaria de extracción de información que trabaja con la misma indiferencia que el gran brazo que extrae de la tierra el petróleo.

Tras una primera fase de fascinación con la nueva tecnología, estos mecanismos se han vuelto visibles e inspirado la crítica. Como los historiadores, los teóricos de los medios se apresuran a inaugurar nuevas épocas para nombrar el presente, que es, como se sabe, escurridizo a pesar de inmediato. Esta producción de mercancías alrededor de la información y el conocimiento, sin embargo, no equivale a la inauguración de un nuevo modo generalizado de producción de valor. Se entiende que los administradores de bienes intangibles aún necesitan comer, abrigarse, alojarse: los objetos tangibles no terminan de esfumarse. Sin embargo, diversas prácticas difieren de las líneas de acción del capital tal como lo hemos conocido hasta hace algunas décadas, asegura Cédric Durand en Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital. A diferencia del imperativo de inversión asociado a la competencia y al mercado, tal como ocurre en el capitalismo, el nuevo modo de producción se asemeja, más bien, al rentismo de la época feudal: es posible apropiarse del valor sin involucrarse realmente en la producción, lo que indica más bien una relación de captura. Por esto, las empresas que se alimentan y lucran con el intercambio de información lo hacen a través de puntos de extracción en posiciones estratégicas (un browser de internet, por ejemplo). Estos dispositivos de captación de valor se caracterizan, precisamente, por no producirlo. La información que reciben de los medios productores (periódicos, páginas web, personas privadas) no les pertenece ni deben dar cuenta de su legitimidad. La situación de apropiación se asemeja a una de captura. Y un sujeto capturado debe invertir más que un mínimo esfuerzo en salirse de la trampa.

Esto convierte a los usuarios en produsuarios. Su producción ocurre en el escenario opuesto al de la fábrica: es ocasional, informal y diversa. La información producida por los usuarios y extraída por las plataformas es vendida, claro está, a los verdaderos clientes, que son aquellos que valorizan esa información, como las empresas que deciden hacer publicidad en esas plataformas y muchas otras que utilizan los datos de las formas más diversas en favor de su propia producción y beneficio.

Nadie que se precie de habitar el presente desconoce esa experiencia de una “pérdida de tiempo” frente a un dispositivo brillante. En esto, la comparación con la fábrica recobra un carácter positivo, ya no inverso. Hay en el sistema de plataformas el mecanismo de una “incautación del tiempo”, tal como la clásica apropiación del tiempo del trabajo medido; lo conocemos de la vivencia más cotidiana de la distracción. Esta, que al menos desde Pascal es la expresión innegable del miedo humano a la propia finitud, se reactualiza en las múltiples formas de la “presencia” virtual, la comunicación y el consumo de bienes cuya reproducción no requiere más que un mínimo costo a quienes ofrecen esos servicios. Se conoce que un directivo de una de las mayores empresas de reproducción de ficciones audiovisuales declaró alguna vez que el verdadero enemigo de su compañía es el sueño de los usuarios. Con esto no se refería a las ilusiones que estos servicios no podían cumplir, sino a las seis o siete horas de descanso en que los usuarios les arrebatan a sus ojos la posibilidad de estar frente a una pantalla. No fue esta necesariamente la primera batalla que quiso dar el cine, aunque algo de esto se nota en el momento de su nacimiento, ese triunfo sobre las deficientes, unilaterales formas de narración —la novela, el teatro, la ópera— que habían dominado hasta entonces en la atención de un público ávido, relativamente selecto y burgués. Walter Benjamin lo vio con claridad en su ensayo sobre la nueva era de la reproductibilidad del arte. Ahora, la reproducción casi gratuita e ilimitada se ha convertido en la clave de una gigantesca maquinaria económica.

Lo brillante de las pantallas nos transmite aquella advertencia —¡mantente despierto!—, aunque no se trata aquí del estar despierto propio del pensamiento crítico, más bien de lo contrario. Pero el trabajo de esta nueva subjetividad no termina aquí. Dar tiempo a la plataforma no es suficiente; hay que venderse, como antes aprendió a hacerlo el poeta, según una hoy aceptada teoría de la modernidad. Venderse, comunicarse, presentarse, expresarse; de ahí una suerte de fatiga que nos acompaña siempre. Las actividades inútiles, como por ejemplo el intercambio de mensajes en la mera función fática, como se lo llama en lingüística, no son exclusivas de esta época. En la Francia decimonónica cundían los billets. Solo que esta información ya no depende de un paje que vaya y venga por la gran ciudad de París; de hecho, se ha vuelto casi gratis su circulación y, por ende, está al alcance de todos aquellos que puedan costearse un aparato que lo soporte. Pero la fatiga no está solo dada por la continuidad del trabajo de exposición, sino por la cualidad de lo que esa comunicación pide. El juego de estos grandes jugadores monopólicos no se limita aquí a la anticipación lucrativa de las decisiones de usuarios y consumidores. La combinación entre mercados financieros y plataformas llega al punto de equiparar libertad de expresión y libertad de comercialización; una y otra deben estar desreguladas. Como los transmisores de la información no son responsables de su veracidad, ningún servicio de internet, y tampoco ningún usuario que “comparta” información, será procesado por su contenido, con algunas pocas excepciones —por ejemplo, la de las imágenes violentas, que son filtradas a mano en míseros puestos de trabajo en ciudades como Manila. La opinión, sin embargo, hace su gran trabajo de socavamiento de la verdad o, si se quiere, de las verdades. Lo múltiple de estas, sin embargo, no deja confundirlas con la doxa. Además de poder decir algo, de opinar, hay que lograr que se comparta. Y aquí aparece la clave de la denuncia enunciada, por ejemplo, por Vogl, a esta magnífica flexibilidad del compartir: hoy se sabe que es precisamente lo opuesto a la verdad lo que más se reproduce en las plataformas y, por ende, lo que más dinero produce en el mundo digitalizado.

Puede que todo esté hecho para comprar(se) y vender(se), pero toda máquina deja libre, leemos en El capital odia a todo el mundo, un margen de indeterminación. Por allí se cuela, en el transcurso de una mañana por nadie predicha, la revuelta en las estaciones de metro de Santiago. La conclusión es que, si bien es posible que la coerción sea lo dominante (…) hay siempre un lugar donde ese todo no es lo único que existe.

Pero el sujeto, frente a la pantalla, no solo da. Recibe también su alimento diario. El feeding, hecho a la medida de quien habrá de consumirlo y al mismo tiempo ajustado a los intereses de los anunciantes, no solo otorga lo que le piden para no inspirar frustración en el usuario, sino que debe generar nuevas acciones. Aquí, la afamada, vapuleada y siempre rescatada subjetividad está puesta a prueba; tanto debe ofrendar su tiempo, decir sus preferencias y sus deseos, como poner la sensibilidad a trabajar en favor de los intercambios. Nada mejor que el resentimiento para hacer hablar, porque opinar, atacar, condenar y vituperar es una actividad que los produsuarios aportan al mecanismo, y lo hacen con especial ahínco cuando no solo es la verdad lo que lo provoca. El sujeto resentido escribe, ataca y contraataca, envía y recibe: da su tiempo con holgura a la información en sus más pobres versiones. Ante esta perspectiva, una conjetura se impone: en el futuro, el privilegio humano será no estar supeditado a lo brillante, en la forma que sea, ni depender de este tipo de socialización para obtener eso que nos hace lo que somos: la relación con los otros y, con ella, la supervivencia.

Para un autor radical como Maurizio Lazzarato, otra lectura merece la máquina de internet y sus asociadas. Estas no son una herramienta estática; antes bien, lo que estas plataformas ponen en el juego de la anticipación y la venta es una relación que, diga lo que diga el algoritmo, no siempre resultará predecible. Puede que todo esté hecho para comprar(se) y vender(se), pero toda máquina deja libre, leemos en El capital odia a todo el mundo, un margen de indeterminación. Por allí se cuela, en el transcurso de una mañana por nadie predicha, la revuelta en las estaciones de metro de Santiago. La conclusión es que, si bien es posible que la coerción sea lo dominante —coerción por parte de la sociedad, del Estado, de la guerra, del sistema o de las plataformas asociadas al capital en cualquiera de estas combinaciones—, hay siempre un lugar donde ese todo no es lo único que existe. Los que profesan el acontecimiento así lo creen.

La opción entre abstención y sabotaje de las nuevas tecnologías no es tal. Un sujeto que no trabaje en la pérdida de tiempo a la manera en que lo hace el moderno, como dice Pascal, para espantar la propia finitud, tendrá una clave de cómo lograrlo.

 


Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital, Cédric Durand, La Cebra Ediciones, 2021, 288 páginas, $21.600.


Kapital und Ressentiment, Joseph Vogl, C. H. Beck, 2021, 224 páginas, €18.


El capital odia a todo el mundo, Maurizio Lazzarato, Eterna Cadencia, 2020, 200 páginas, $17.200.

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