Desátenlo y déjenlo ir: otra vez el capital y el trabajo

La automatización es una promesa o una condena: se renueva la idea de que nos arrojará al infierno del desempleo, pero también hay quienes postulan que el trabajo se convertirá en un momento acotado de nuestras vidas, de nuestro día, para dedicar el resto al ocio. ¿Eso es una sociedad poscapitalista? ¿Podrán la inteligencia artificial y las máquinas arrojarnos al paraíso del libre desarrollo? Quizás, como plantean Nick Srnicek y Alex Williams, lo que hay que hacer ante al fracaso social del neoliberalismo es politizar las nuevas tecnologías, acelerar su desarrollo y abrir, así, un futuro mejor (o al menos distinto). En medio de esos mundos posibles, Chile cambia con su propia crisis.

por Juan Rodríguez M. I 31 Julio 2020

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Después de que Jesús lo resucita, rodeado de una muchedumbre, nada más sabemos de Lázaro. “Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir”. Así termina la historia en el evangelio de San Juan. ¿Para qué revivió Lázaro? ¿Qué hizo después, ya desatado, libre de la muerte? ¿Volvió como si nada? ¿Este, el único mundo, era el mismo? 

En Lazzaro feliz (2018), la película de la directora italiana Alice Rohrwacher, también hay renacimientos y liberaciones. El protagonista de la historia es un adolescente, campesino, sin padre ni madre, que vive junto a otros campesinos en un latifundio. Allí cultivan tabaco para una marquesa; es un tiempo cercano al nuestro, sin embargo estos trabajadores no reciben dinero por su labor: cuando llega el día de pago hay descuentos arbitrarios, sobre los que se entiende poco, que terminan aumentando la deuda que tienen las mujeres y hombres del lugar con la dueña de la tierra. Lo único que reciben es techo (duermen hacinados) y comida (que siempre falta). “Otro mes volvimos a trabajar para nada”, dice uno de ellos. 

Algo no cuadra, algo oculta la marquesa: la vida en ese campo es de otro tiempo, o es un tiempo detenido, premoderno en plena modernidad; recuerda el paisaje humano y natural que cuenta Federico Gana en los relatos de Días de campo, con las relaciones de poder –sociales, económicas– de la hacienda chilena decimonónica. En la película, los campesinos se quejan, mastican la rabia de trabajar en vano, algunos sueñan con partir a la ciudad, pero acatan, se quedan. Lazzaro no acata, pero no porque se rebele ni huya, sino porque está tan enraizado al lugar, a su vida, que ni siquiera parece pensar en ella: está ahí y simplemente sigue, hace caso de lo que le pidan, sin demora, como si tuviera la mirada fija en el suelo del presente. Es servicial, siempre anda con una sonrisa honesta; la tentación es decir que es bueno, feliz. O es lo que parece. Incluso cuando de vez en cuando se queda pegado mirando el horizonte, tal vez ensimismado, lo despiertan y él vuelve a funcionar. Tiene, sí, un rincón entre los cerros, una pequeña cueva que solo él conoce; pero es menos un espacio y tiempo de evasión que de prolongación de su presente continuo. Incluso cuando lleva al hijo de la marquesa, también adolescente, y este se apropia de la cueva, Lazzaro sigue, lo atiende, le cree sus cuentos. 

En un momento de la película, desde el segundo y hasta puede que tercer piso de la casona que domina el latifundio, la marquesa y su hijo ven a Lazzaro mientras carga algo. “¿No tienes miedo de que se enteren del engaño?”, le dice el “señorito” a su madre. “Los seres humanos son como bestias, animales”, responde la mujer. “Liberarlos es hacerlos conscientes de su condición de esclavitud. Encerrados en su propia miseria, ahora sufren, pero no lo saben”. 

El desequilibrio entre capital y trabajo es absoluto. Entonces, ¿hay que resucitar a Lazzaro?, ¿desatarlo y dejarlo ir? 

El comunismo es la promesa de un mundo sin trabajo, de una sociedad de propietarios; propiedad colectiva en vez de propiedad privada. O si se prefiere, de un mundo en el que la subsistencia no depende del trabajo y, entonces, un mundo en el que no estamos entregados al arbitrio de quien compra o se apropia del trabajo, a la voluntad del capitalista. 

La crisis de octubre 

La nada marxista Jeannette von Wolfersdorff, economista alemana radicada en Chile, ex directora de la Bolsa de Comercio de Santiago y directora ejecutiva del Observatorio Fiscal, habló en una entrevista con El Mercurio en noviembre del año pasado, de la “desigualdad de patrimonio y la injusticia” que existe en el país, del desequilibrio entre capital y trabajo. Lo dijo en medio de la crisis social y política que comenzó el 18 de octubre pasado. Esa desigualdad, advirtió Von Wolfersdorff, promete agravarse debido al desarrollo de la inteligencia artificial y la consiguiente automatización del trabajo. “MacKinsey —recordó— hizo el análisis de que la mitad del empleo en Chile es parcial o totalmente automatizable. La mitad. El 40% en el sector público. ¿Qué significa? Que no basta con hablar de sueldo mínimo, sino que vamos a tener un desbalance muy importante que hay que tomar muy en serio, entre personas que no tienen capital y las que sí lo tienen”. 

Según el Diccionario de la Lengua Española, libre también de la sospecha de marxismo, proletario es aquel “trabajador que no posee medios de producción y que obtiene su salario de la venta del propio trabajo”. De izquierda a derecha, hay quienes dicen, con un tono condenatorio, que las llamadas reivindicaciones culturales (que en realidad son políticas) a favor de la igualdad de derechos para mujeres, minorías sexuales, afrodescendientes, nativos americanos y otros grupos, dejaron de lado eso que alguna vez se llamó pueblo: el proletariado o la clase obrera. O, si se prefiere, que las reivindicaciones culturales, refugio de una izquierda que no tenía alternativa económica al capitalismo, hicieron de lo que era una lucha universal un montón de luchas particulares. 

Supongamos que eso es cierto (no lo es, pero supongamos que sí), si el proletariado, la clase que vive de la venta de su trabajo, cuya única propiedad es su trabajo, si esa clase ya venía trastabillando desde la segunda mitad del siglo XX, ¿qué será de ella, de nosotros, cuando el trabajo lo hagan robots, cuando los capitalistas sean también dueños del trabajo y no nos necesiten? 

Nos necesitarán todavía, puede responder alguien, como consumidores. Pero sin trabajo, y entonces sin dinero, ¿hay consumidores? Y sin consumidores, solo por seguir preguntando, ¿hay capitalistas?, ¿puede haber capitalismo? 

Quizás esas preguntas rondan las cabezas de megacapitalistas como Mark Zuckerberg y Elon Musk, dueños, respectivamente, de Facebook y Tesla. Y por eso promueven la creación de una renta básica universal, o sea a todo evento, independiente de que se trabaje o no. Ellos lo plantean como un tema de justicia, frente a la mentada automatización del trabajo; nosotros podríamos pensarlo como la manera de mantener el consumo y entonces el capitalismo, una suerte de costo mínimo para seguir desarrollando, conduciendo y capitalizando sin regulación alguna las nuevas tecnologías (y en particular nuestros datos personales, de los que se apropian gratis, sin pagarnos por esa forma contemporánea e inconsciente de trabajo que es el uso de aplicaciones y redes sociales). 

 

Imagen de la película Lazzaro feliz (2018), de Alice Rohrwacher.

Pisar el acelerador

Damnation, una serie de Netflix que transcurre en Estados Unidos a inicios de los años 30 del siglo pasado, durante la gran depresión que siguió al crack de 1929, muestra violentos enfrentamientos entre campesinos o granjeros de un lado, y banqueros y empresarios del otro, en Iowa. El origen del conflicto es la fijación arbitrariamente baja del precio que los comerciantes del pueblo hacen de la leche, la manteca y otros productos, a incitación de un banquero, para que así los campesinos no puedan pagar sus deudas. Estos inician una huelga para desabastecer la ciudad. En uno de los capítulos de la serie, el banquero se reúne con un hombre: “¿Por qué queremos llevar a la ruina a estos granjeros?”, le pregunta el banquero. “A pesar de los rumores –responde este hombre misterioso– no estamos en una depresión. A decir verdad, nuestra especie disfruta de un gran salto evolutivo”. “¿Sí?”, duda el banquero. 

El hombre, una suerte de conspirador de la burguesía, filosofa: “Hasta ahora, ha sido un secreto a voces que las sucias masas rurales son una lamentable necesidad para una sociedad civilizada. Necesitamos esas manos sucias para que cosechen, trabajen las minas y peleen en guerras. ¿Quién más haría eso? ¿Nosotros? Pero muy pronto las tareas sucias y rudimentarias que las masas rurales hacen por nosotros serán realizadas de manera confiable, efectiva e higiénica, por máquinas. Ya no estamos en el siglo XIX”. 

La automatización es una promesa (o condena) que nació con la revolución industrial: las “bestias” humanas, las “sucias masas” perderán el trabajo. O, visto con optimismo, nos liberaremos de esa condena. Ya no estamos en el siglo XIX, tampoco en el XX; no es el tiempo de Lazzaro ni de Damnation. Estamos en el XXI, comenzando la tercera década, y la promesa se renueva: para bien o para mal, las máquinas nos van a reemplazar. 

El comunismo es la promesa de un mundo sin trabajo, de una sociedad de propietarios; propiedad colectiva en vez de propiedad privada. O si se prefiere, de un mundo en el que la subsistencia no depende del trabajo y, entonces, un mundo en el que no estamos entregados al arbitrio de quien compra o se apropia del trabajo, a la voluntad del capitalista. Así se refieren Marx y Engels al paraíso en el Manifiesto comunista: “En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero. (…) Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, la sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos”. 

O sea, el trabajo como medio, no como fin. Como un momento de nuestras vidas, de nuestro día, para dejar el resto –digamos la tarde– para el libre desarrollo de todos, para el ocio (esta misma idea fue retomada por Keynes en Las posibilidades económicas de nuestros nietos). 

¿Será que la inteligencia artificial y la automatización –el supuesto fin del trabajo– nos arrojen no al infierno del desempleo, sino al paraíso del libre desarrollo? ¿A una sociedad, no auguremos que comunista, pero al menos poscapitalista? 

Pero sin trabajo, y entonces sin dinero, ¿hay consumidores? Y sin consumidores, solo por seguir preguntando, ¿hay capitalistas?, ¿puede haber capitalismo?

Así lo creen Nick Srnicek y Alex Williams, autores del Manifiesto aceleracionista y de Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo. Los autores plantean que, frente al fracaso social del neoliberalismo, al que la izquierda ha sido incapaz de hacer frente con una alternativa, hay que politizar las nuevas tecnologías –la inteligencia artificial, el procesamiento de datos– y acelerar su desarrollo teniendo como horizonte una alternativa económica y social al capitalismo; en otras palabras: acelerar el desarrollo tecnológico para abrir un futuro. De hecho, Srnicek y Williams respaldan la automatización y la creación de una renta universal básica, en tanto permita liberar el trabajo (a los trabajadores) de su sujeción al capital; más o menos lo que soñaban Marx y Engels. 

Mientras dejamos de ser o llegamos a ser proletarios (cómo saberlo), dicen que en Chile, a partir del estallido, volvió la política. Que se rompió la inercia neoliberal. Tal vez sea un momento Lázaro, del que son parte desde quienes van a los consultorios en la madrugada a hacer vida social, hasta esos “socios” de plataformas digitales que pedalean de un lado a otro llevando comida, pasando por quienes van en micros y carros de metro tan integradores como apiñadores, o en autos, aquellos que han accedido al consumo, a bienes y servicios, al crédito, por primera vez a la universidad; todos ellos citadinos, de algún modo modernos (o algo así). Autónomos y precarios a un tiempo. Libres y atrapados. Iguales y discriminados. 

Cuando Dios o los dioses nos expulsaron del paraíso –por comer el fruto del árbol del conocimiento, por enterarnos del bien y del mal–, nos condenaron a trabajar. Lazzaro, en la película de Alice Rohrwacher, es feliz trabajando: ¿su paraíso es la ignorancia, el trabajo abnegado, inconsciente? Sin embargo, ¿por qué suponer que él o solo él es el inconsciente? 

Las almas de los que mueren, cuenta Platón, olvidan antes de reencarnar. Y liberarse, conocer, es ir recordando. 

“Desatadle, y dejadle ir”, dijo Jesús tras resucitar a Lázaro. 

¿De eso hablamos cuando hablamos de automatización y poscapitalismo? ¿De otra vida? 

¿De eso hablamos cuando hablamos de que Chile despertó? ¿Queremos decir que Chile resucitó? ¿Que, como escribió Kathya Araujo en el número ocho de esta revista, Chile se está reconfigurando, no hoy, sino hace décadas? 

¿Está ocurriendo o tal vez ya ocurrió eso que Nietzsche llama una “transfiguración de todos los valores”? ¿El paso de una primera naturaleza a una segunda naturaleza, que luego será también una primera naturaleza? 

Al parecer sí. Imaginemos que sí. ¿Y después qué? ¿Recordar u olvidar? ¿O las dos cosas? ¿La felicidad, el paraíso? Quizás el paraíso fue y será. Y ahora… ahora no sabemos; salvo, claro, que el asunto (la tragedia, la farsa) sigue siendo el capital y el trabajo.