
por Federico Galende I 28 Octubre 2026
Por la misma época en la que José Donoso empezó a redactar los diarios que cambiarían por siempre la vida de su hija adoptiva, Pilar, quien les destinó años más tarde un libro tan honesto como impiadoso (Correr el tupido velo), el filósofo Louis Althusser, ultrajado por una autobiografía igual de definitiva y monstruosa, El porvenir es largo, confesó haber detectado sus primeras depresiones y desavenencias mentales. Eso ocurrió alrededor de 1950, y hasta puede que el filósofo y el novelista se cruzaran en algún evento en París, donde la temporada minúscula que pasó Donoso coincidió con los meses en los que Althusser volvió para instalarse definitivamente tras cinco o seis años perdidos en un campo de prisioneros situado al norte de Alemania. Considerando la cercanía de ambos con los círculos intelectuales de izquierda, famosos por exclusivos, no por su apertura, quién sabe si no compartieron algunas de esas mesas animadas y numerosas que se armaban en el Café de Flore, en La Coupole, et ainsi de suite.
De todos modos es una especulación, ya que si había algo que los dos compartían era más bien la fobia, el resguardo, el autoencierro y la introversión. Intimar de verdad con los otros no da la impresión de haber sido algo que les apeteciera, en parte porque cada uno protegía secretos que, como nos sería revelado más tarde, el roce con los demás ponía bajo amenaza. Eventualmente podían salir, pero no sin dejar bajo siete llaves la otra mitad de sí mismos, la más sentida, la más veraz e importante, que quizá ni ellos mismos localizaban de tanto que la habían cubierto con sus maneras fingidas de autoexhibirse. Allí todo era forma, mascarada, y cuando esto sucede las personas tienden a no saber bien lo que quieren, a quiénes quieren, si acaso son capaces de querer a alguien sin infligirle un daño, sin asfixiarlo, sin destruirlo.
Todo parece indicar, con independencia de que sus obras terminaran por resultar memorables, que de estas cosas ninguno de los dos tenía la menor idea, y hubo que esperar a la publicación de estos dos libros tan radicales, tan lúcidamente cruentos y descarnados (el que escribió el propio Althusser en 1985, con la orden expresa de que se diera a conocer tras su muerte; y el que durante la primera década de este siglo escribió Pilar Donoso), para entender que en algún punto ambos lo contemplaban, ahogados como vivían en un mar de culpas, dudas y severas mortificaciones.
No era para menos: para nadie es fácil vivir sin amor.
En El porvenir es largo, Althusser confiesa haber recibido por vez primera el abrazo de una mujer a los 30 años. No brinda ninguna prueba de haberlo sentido más como un cariño que como una invasión, y hasta es probable que, abrumado por una madre tirana, ni siquiera entendiera qué era a esas alturas una caricia. Dejaría una evidencia plausible de esto la mañana del 16 de noviembre de 1980 en la que, según él sin notarlo, estranguló a su esposa, Hélene Rytmann, mientras le brindaba un masaje en la nuca. “Grito sin parar que he estrangulado a Hélene, sacudo el cuello de la bata del médico: que venga urgentemente a verla, prenderé fuego a la École. Étienne [el médico] no me cree, es imposible”.
Después todo se nubla, le ponen una inyección, despierta en el psiquiátrico de Sainte-Anne, donde se irá apagando tras interminables terapias de electroshocks.
Sin llegar a esos límites, ni a las psicosis ni al “no ha lugar” que salvó al filósofo de la cárcel, tampoco José Donoso se da en sus diarios aires de aficionado al juego de los roces, la seducción y los placeres sexuales. De ese tipo de juegos Lévinas dijo que tenía sus primeros pasos en la caricia, donde la mano literalmente no sabía lo que buscaba, y en este aspecto el libro de Pilar Donoso se deja leer como un delicado lamento: el de que su padre solo se mostrara capaz de hacer eso con las palabras. Todo lo demás parecía ser una farsa, una maquinaria de máscaras dirigida a disimular una identidad sexual que lo avergonzaba, con corolarios típicos como la aprensión, el congelamiento y la mezquindad, además de las supercherías aristocráticas y vacías de las que ella se sentía, en calidad de adoptada, un epígono extraño, la perturbadora sombra que jamás había elegido ser. “Escribir este libro tuvo graves consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más”, dice Pilar Donoso en el epígrafe de Correr el tupido velo.
Y cómo no iba a haber más, cómo no iban a existir consecuencias si entre las páginas escritas en aquellos cuadernos, conservados en los archivos de Princeton a los que Pilar accedió antes que nadie, se encontró con los esbozos de una novela que Donoso al final no terminó, pero que trataría nada menos que sobre la hija de un escritor famoso que, tras descubrir los diarios personales de su padre, se suicidaba después de leerlos. En las páginas iniciales de Correr el tupido velo, Pilar se refiere a su padre como un fantasma que, incluso 10 años después de su muerte, “camina con ella en las calles, sube las escaleras o mira hacia el horizonte”. Sus órdenes de muerto le pesaban ahora más que cuando estaba vivo, y no sería raro que haya tenido que ver con la depresión, las píldoras y el suicidio, tal como había leído en esa novela inacabada.
No actuó de la misma manera Althusser después de concluir su libro, pero si no tardó más que un par de años en morir, debe haber sido porque estaba desesperado por “hacerse verdad” en aquel testamento. No era, a pesar de todo, algo que estuviera por fuera de su programa filosófico, cuya coherencia a lo mejor pensó que se consumaba si él dejaba de ser un filósofo para convertirse en quien daría fin a esa rémora de familia que era su esposa Hélene.
Los libros de confesiones, de Santo Tomás a Annie Ernaux, de Rousseau a Didier Eribon, nunca han pasado de moda, aunque algunos lucen más como selfis en las que el yo posa con los tonos de una catástrofe empalidecida en segundo plano, mientras que otros, los menos, constituyen verdaderas renuncias escalofriantes a todo lo que se era o se podía ser.
Una autora, un autor, pueden defraudar de distintas formas los prestigios y distinciones con que se los identificaba, y si los de Louis Althusser y Pilar Donoso figuran entre los libros más valientes y feroces que alguna vez se hayan escrito, es porque tras darlos a conocer ambos se quedaron para siempre sin una vida. Esparcieron las semillas de todas las bellezas y los demonios, y se marcharon con las manos vacías.