Abril 16, 2019

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Sodoma, la polémica investigación sobre la matriz homosexual en los escándalos en la Iglesia católica, rápidamente se puso al tope del ranking de libros más vendidos. De visita en nuestro país, su autor realizó ayer una conferencia en el Instituto Francés y hoy presenta el libro en el Museo de Artes Visuales (a las 19 horas). Aquí conversa sobre la mezcla de corrupción, abuso y mentira proyectada desde el Vaticano a todo el mundo.

por patricio tapia

“Yo soy como santo Tomás: para creer necesito comprobar”, dice Frédéric Martel casi al comienzo de Sodoma. El sociólogo y periodista francés (nacido en 1967) se refiere, por supuesto, al apóstol que precisaba tocar la señal de los clavos y el costado de Cristo para admitir su resurrección y el propio Martel ha metido sus manos en las heridas de ese otro cuerpo de Cristo, la Iglesia católica, para escribir su muy esperado, polémico y devastador libro sobre las redes de poder y encubrimiento al interior tanto del Vaticano como de sus jerarquías en todo el mundo.

“El error, incluso diría que el crimen, de Juan Pablo II y Benedicto XVI, es el haber confundido las relaciones entre adultos que consienten (la homosexualidad) o las relaciones antes del matrimonio o los divorcios que serían faltas, si bien legales, y haberlas asimilado a las relaciones no consentidas con menores o con adultos bajo el control jerárquico”.

Sodoma, fruto de una tan audaz como escrupulosa investigación, llevada a cabo por varios años y muchos viajes, viviendo parte del año en Roma  (incluso dentro del Vaticano, gracias a la hospitalidad de algunos prelados) y recorriendo medio mundo, se adentra en el funcionamiento de la Santa Sede, con sus luchas cortesanas y sus códigos de amistades y protecciones, que tendría, según el autor, una matriz homosexual. La Iglesia como el gran campo de batalla entre los clanes homosexuales (ocultos y declarados). La homosexualidad estaría detrás de los escándalos de Vatileaks y del Banco del Vaticano en la época del arzobispo Marcinkus, entre otros, así como de la renuncia de Benedicto XVI. Sería motivación de la persistencia de posturas conservadoras de la Iglesia: la prohibición de la anticoncepción artificial, la mantención de la bastante teórica obligación de celibato sacerdotal, la guerra contra la “teología de la liberación” y más tarde contra las uniones civiles, y particularmente del encubrimiento de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes en todo el mundo.

Abiertamente homosexual, el autor ha publicado varios libros, algunos de ellos sobre la cultura de masas (Cultura Mainstream, 2010) o la revolución digital (Smart, 2014), pero muy destacadamente sobre la cultura gay, tanto en Francia desde 1968 (El rosa y el negro, 1996) como en el mundo (Global gay, 2012).

En Sodoma, Martel investiga o entrevista desde prostitutos inmigrantes en Roma (cuyos clientes son sacerdotes) hasta cardenales, y se ocupa desde las fiestas “chemsex” (orgías con drogas de diseño) que ocurren al interior de la Santa Sede hasta las lecturas indiciarias del “código Maritain”: la elección del celibato y la castidad como producto de la sublimación o la represión homosexual (Jacques Maritain, André Gide, Julien Green, François Mauriac, Jean Cocteau…). También explica sociológicamente cómo el Vaticano atrae, recluta y promueve a homosexuales: en un primer momento, porque el sacerdocio fue para esos jóvenes una manera de escapar a las presiones y prejuicios sociales; a lo que se suma luego otra selección, que va amplificando el fenómeno en todos los niveles a medida que se sube en la jerarquía para llegar a los lugares más elevados y los entornos de los distintos papas. Allí, los jerarcas habitan jaulas (a veces de oro) en que conviven las tendencias contrapuestas de la homosexualidad y la homofobia, porque los homosexuales de doble vida están curiosamente más presentes en el ala conservadora de la Iglesia, la que por otra parte resulta bastante pintoresca: de ahí la entrevista con el cardenal Gerhard Ludwig Müller, quien fuera hasta 2017 prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y que recibe a Martel en pijama. O la semblanza del cardenal tradicionalista estadounidense Raymond Leo Burke, que gusta hablar en femenino sobre sí mismo, así como usar la cappa magna que, desplegada, alcanza varios metros de largo (“La teoría del género en su plenitud”, dice Martel), así como otros personajes cercanos a ellos fuera de la Iglesia, ultra reaccionarios y excéntricos, como la “princesa punk” multimillonaria alemana Gloria von Thurn und Taxis.

“La Iglesia ha atraído, reclutado y promovido principalmente a homosexuales y personas con gran fragilidad afectiva y sexual durante mucho tiempo”.

Los dos “villanos” de su libro, indica el autor, son dos secretarios de Estado: Angelo Sodano y su sucesor, Tarcisio Bertone (ambos viven hoy en el Vaticano en un lujo extravagante). De Sodano, de hecho, dice Martel que se convirtió en una especie de biógrafo, pero no pudo entrevistarlo y solo hubo un intercambio epistolar. A Sodano reconduce la red de encubrimiento de sacerdotes abusadores o corruptos en América Latina, a través de figuras emblemáticas como el mexicano Marcial Maciel, el colombiano Alfonso López Trujillo o el chileno Fernando Karadima.

 

 ¿Cómo nació su libro? Comienza con el caso de Francesco Lepore, que fue traductor al latín de Benedicto XVI. ¿Corresponde a la cronología efectiva de sus indagaciones?

Un proyecto de investigación de esta importancia —que duró cuatro años, que se basa en 1.500 entrevistas y que fue posible gracias a casi 80 investigadores y traductores—, comienza con fuentes precisas. Al principio tenía fuentes que me contaron esta historia, incluido el ex sacerdote Francesco Lepore. El libro sigue una cronología muy diferente, por supuesto, de la investigación. Cuando se comienza este tipo de estudio, se saben dos cosas: primero, que no podremos decirlo todo, escribirlo todo, incluso cuando se tengan pruebas minuciosas; y segundo, que no podremos saberlo todo. Así que estaba en el ámbito del periodismo de investigación, la llamada “narrativa de no ficción”, pero con múltiples límites, desde el principio.

 

“La mayoría de los actores en este sistema de ‘cover up’ o encubrimiento generalizado tenían cosas que ocultar para proteger a la Iglesia, pero también para protegerse a sí mismos”.

Es el mismo Lepore quien afirma que el 80% de los sacerdotes del Vaticano son homosexuales. ¿Considera esta cifra realista?

Este sacerdote vivió dentro del Vaticano durante mucho tiempo y tuvo “interacciones” con gran cantidad de sacerdotes. Él hace una evaluación. Lo cito por eso, pero esas no son mis palabras. Nunca doy cifras yo mismo. Mi estudio es cualitativo; no cuantitativo.

 

Es obvio que la homosexualidad no es un problema para usted y la distingue claramente del abuso sexual o la pedofilia, pero también es una de las explicaciones que da al “ocultamiento” institucionalizado de sacerdotes y obispos, quienes protegían a los agresores debido a su propia homosexualidad y por temor a que ella fuera revelada…

La homosexualidad y la pedofilia no se relacionan entre sí. El abuso sexual ocurre masivamente, a través del mundo, en las familias heterosexuales, en las escuelas y es llevado a cabo por hombres heterosexuales, cuyas víctimas son en su mayoría niñas o mujeres. Sin embargo, en la Iglesia católica, las víctimas del abuso sexual por parte de sacerdotes, en el 80% (o el 85% según otros estudios) son niños menores de edad o bien hombres jóvenes, por ejemplo los seminaristas. Por lo tanto, hay una especificidad digamos “homosexual” en estos abusos. Pero no es la homosexualidad el problema; es la negación de la sexualidad, una sexualidad muy común entre los sacerdotes pero negada, reprimida, sublimada, rechazada, aplacada. Luego está el problema central del “encubrimiento”, es decir, la ocultación de estos abusos. En su mayor parte, el clero homosexualizado tiene miedo de denunciar a los sacerdotes porque serían ellos mismos, en caso de escándalo, objeto de cobertura mediática o de un juicio, examinados en su propia sexualidad. Finalmente, existe una gran confusión en la Iglesia, que siempre ha mezclado la homosexualidad y el abuso sexual —ambas se consideran como faltas por costumbres intrínsecamente  desordenadas. El error, incluso diría que el crimen, de Juan Pablo II y Benedicto XVI, es el haber confundido las relaciones entre adultos que consienten (la homosexualidad) o las relaciones antes del matrimonio o los divorcios que serían faltas, si bien legales, y haberlas asimilado a las relaciones no consentidas con menores o con adultos bajo el control jerárquico. Esta es la falta original mayor de la cual la Iglesia católica paga hoy un alto precio.

 

“El Vaticano y los episcopados a través de muchos países están compuestos por cientos de miles de pequeños ‘clósets'”.

Explica también cómo se origina esto en el Vaticano, porque se produce una “selección sociológica” para que jóvenes homosexuales opten por el sacerdocio y luego se reproduce el fenómeno en el escalafón, llevando a una “regla”: la homosexualidad se extiende a medida que se asciende en la jerarquía católica.

Eso es exactamente lo que pasó. La sobre representación masiva de los homosexuales en la Iglesia no es el resultado del azar: es el resultado de una verdadera sociología. La Iglesia ha atraído, reclutado y promovido principalmente a homosexuales y personas con gran fragilidad afectiva y sexual durante mucho tiempo.

 

Pero no ocurre únicamente en el Vaticano. ¿Por qué tal situación se repite en tantas partes del mundo?

Esa fue, en efecto, la pregunta que me hice. Ya había trabajado largamente en el Vaticano y quería verificar mi tesis en los otros episcopados del mundo. Hice investigación en terreno con mi equipo de 80 investigadores en casi 30 países, a los cuales llegué. Y en todas partes encontré el mismo fenómeno de una Iglesia a la vez muy homofóbica y muy homosexualizada. Pude confirmar mis hipótesis.

 

Frédéric Martel. Fotografía: Astrid di Crollalanza.

 

Demuestra que en la jerarquía de la iglesia los discursos más violentos contra la homosexualidad provienen de homosexuales y la señala como otra regla.

Esa es exactamente la clave del sistema. Cuanto más homofóbico es un sacerdote o cardenal en público, más probable es que sea homosexual en privado.

Todo esto es particularmente marcado en América Latina y, de hecho, al caso chileno le da un rol protagónico. ¿Por qué?

El caso chileno resume, me parece, todo el sistema. Aquí se tiene, por ejemplo, un sacerdote pedófilo extremadamente perverso y enfermo, que está protegido por toda una estructura: la red gay del dictador Pinochet; el episcopado chileno, obispos y cardenales confundidos; la trama de nuncios, muchos de los cuales son homosexuales; la red gay del Vaticano en Roma. Todo el mundo sabía sobre Karadima y todo el mundo lo protegía. La homosexualidad es la matriz principal de explicación de todo el sistema. La mayoría de los actores en este sistema de “cover up” o encubrimiento generalizado tenían cosas que ocultar para proteger a la Iglesia, pero también para protegerse a sí mismos.

 

“A la espera de otras informaciones, mi hipótesis es que Juan Pablo II estaba mal informado por su séquito”.

Dice que el “villano” o el “malo” de su libro es Angelo Sodano: la eminencia “negra”, no solo “gris” y que huele a azufre…

Todas las protecciones de las que se ha beneficiado Karadima, ya sean políticas en torno a Pinochet, ya sean diplomáticas en torno a los nuncios, tanto en el seno del episcopado chileno como también en el seno del Vaticano, se remontan a un solo hombre: el cardenal Angelo Sodano. Él mismo fue nuncio en Chile durante casi 10 años, a fines de la década de los 70 y durante los 80. Es el hombre central en todo el asunto chileno y por eso le dedico tanto espacio.

Si la homosexualidad es, por un lado, tan fuertemente mayoritaria y, por el otro, tan oculta. ¿Por qué tantas personas en la Iglesia se animaron a hablar con usted?

Los sacerdotes gays me hablaron sobre su homosexualidad bajo la  condición del anonimato; los cardenales gays generalmente me han hablado sobre la homosexualidad de otros cardenales, nunca de la propia. Todo el mundo tiene su lugar en el Vaticano y casi todo el mundo está en el “clóset”, o más precisamente, cada uno está en su pequeño “clóset”, muy aislado. El Vaticano y los episcopados a través de muchos países están compuestos por cientos de miles de pequeños “clósets”.

 

Pasa revista a los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y lo que va del de Francisco. La visión es particularmente negativa para el papa polaco, que multiplicó las reprobaciones contra la homosexualidad…

Juan Pablo II es efectivamente el papa que resulta peor parado en mi libro, pero hoy en día es lo que piensa la mayoría de los especialistas. Él ocultó la mayoría de los casos de pedofilia de los 80 y 90. Sin embargo, sigo siendo muy cauteloso en mi libro porque no sabemos de qué información disponía él. ¿Fue informado de los crímenes de Marcial Maciel, Karadima o de Groër en Austria? ¿Supo de los escándalos de Boston, de Irlanda, etc.? Es posible que el cardenal Angelo Sodano y su asistente personal, Stanislaw Dziwisz, no le hayan informado adecuadamente. Es por eso que creo que la justicia del Vaticano debe ahora acusar a los monseñores Sodano y Dziwisz, y ponerlos bajo control judicial. Su juicio debe tener lugar: ellos pueden no ser culpables —yo no soy juez, no los juzgo—, pero ahora deben explicar lo que sabían, sobre lo que hicieron, sobre lo que le dijeron, o no, al papa. En este punto, a la espera de otras informaciones, mi hipótesis es que Juan Pablo II estaba mal informado por su séquito.

 

“Benedicto XVI es una figura muy sincera y muy honesta. Permaneció fiel a su voto de castidad. El punto es que prohibió a otros homosexuales tener una sexualidad porque él se la había prohibido a sí mismo”.

Hace hincapié en que lo que importa es la perspectiva general, la psicología colectiva, pero los casos particulares son muy llamativos, como los retratos de los cardenales Burke o Müller.

El sistema que descubrí en el Vaticano es abisal. Si hubiera hecho una novela al respecto, no se me habría creído. La realidad supera a la ficción. Es algo literalmente inimaginable. Y de una cierta manera, eso explica el éxito del libro. Está en el número 1 de ventas en muchos países desde su aparición, especialmente en Francia o aquí en Chile. Está en la lista de los best-sellers de 20 países y ha ingresado en la lista de los best-sellers del New York Times. Se está traduciendo a más de 20 idiomas. Esto es inédito para un libro sobre la Iglesia.

 

Alguien señala en el libro que tres de los últimos cinco papas eran homófilos u homosexuales. ¿Está usted de acuerdo?

Se puede, en efecto, hacer esta suposición, en particular respecto de Pablo VI, Juan Pablo I y Benedicto XVI. Para este último, tengo la convicción de que está en una forma de homofilia sublimada que explica toda su carrera y sus posiciones. Creo que él es homófilo, alimentado de relaciones de “amor de amistad”, pero también creo que nunca tuvo relaciones sexuales. En esto, Benedicto XVI es una figura muy sincera y muy honesta. Permaneció fiel a su voto de castidad. El punto es que prohibió a otros homosexuales tener una sexualidad porque él se la había prohibido a sí mismo.

 

El papa Francisco aparece como el héroe del libro, a pesar de sus declaraciones ambiguas, siendo autor de una fórmula que hizo fortuna: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

A decir verdad, al principio no me gustaba mucho Francisco. Es un jesuita peronista argentino de 82 años. Un hombre viejo. Es bastante progresista en temas sociales, como la pobreza, la inmigración, la pena de muerte, Cuba y Venezuela; y bastante conservador sobre la moral sexual. Un día él es gay friendly y al día siguiente es anti-gay. Y sin embargo, creo que él entendió el sistema y está tratando de corregirlo. Es un político astuto, tal vez demasiado. Él avanza un paso y retrocede dos, pero diría que va en la dirección correcta. A fin de cuentas, se debe entender que este papa está atrapado en un inmenso complot y en una camarilla increíble que apunta a que él dimita. Los cardenales de la extrema derecha organizan el complot para empujarlo a irse. Hay luchas de poder terribles, dignas de la serie House of Cards. Y conocemos la fórmula de Oscar Wilde, incluida en House of Cards: “Todo en el mundo es sobre el sexo. Excepto el sexo. El sexo es sobre el poder”. Eso es exactamente el Vaticano. Eso es Sodoma.

 

“A corto plazo, casi no hay soluciones para el papa, que es demasiado anciano y no es lo suficientemente poderoso como para cambiar la doctrina”.

En un documento reciente, el papa emérito Benedicto XVI sitúa el origen de todo el problema en el “colapso espiritual” que él vincula a los cambios culturales de la década de los 60 y en particular a mayo del 68. ¿Qué le parece?

Me parece que Benedicto XVI tal vez se revela a través de este texto absurdo, falso y perverso. Sin duda nos da la clave de su verdadera naturaleza. Él está literalmente obsesionado por la homosexualidad, solo piensa en ella y, al mismo tiempo, no ha entendido nada sobre el problema del abuso sexual, ni quizá sobre su propia vida. Con este texto anacrónico y falso, con esta obsesión anti-gay fuera de lo común, Benedicto XVI quizá revela que probablemente es homófilo. Solo un hombre reprimido, con la homosexualidad sublimada y que se odia a sí mismo podría escribir un texto así. Es un texto que revela un gran sufrimiento personal y, al mismo tiempo, un “coming out” inimaginable y grandioso.

 

La iglesia sufre una grave crisis, en cuya base parece estar la doble vida y los abusos. ¿Cree que pueda salir de sus problemas?

Para la Iglesia en general y para el papa Francisco en particular, es la cuadratura del círculo. El sistema está enteramente construido sobre la mentira. El juego está amañado. El abuso sexual ha sacado a la luz la falsedad general del sistema sobre la sexualidad. En el fondo, todo el mundo sabe que la castidad no existe sino rara vez, y que el celibato ha fallado. Todo el mundo sabe que es necesario ordenar a las mujeres, permitir el matrimonio de los sacerdotes, legitimar la homosexualidad, si realmente se quiere luchar contra los abusos sexuales. Pero estas decisiones contradicen por completo la doctrina y el catecismo. A corto plazo, casi no hay soluciones para el papa, que es demasiado anciano y no es lo suficientemente poderoso como para cambiar la doctrina. Pero todo el mundo sabe que el sistema va a cambiar, tarde o temprano.

 

Imagen de portada: Angelo Sodano y Tarcisio Bertone.

 

 

Sodoma. Poder y escándalo en el VaticanoFrédéric Martel, Editorial Roca, 2019, 638 páginas, $16.000.

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