Verónica Gerber: “Se puede hacer una obra visual solamente con texto”

A través de siete ensayos, Mudanza repasa la vida y obra de cinco escritores que se transformaron en artistas visuales. La autora, quien hizo el tránsito contrario, pasándose a las letras desde el mundo del arte, propone aquí un ejercicio metaliterario que invita a repensar las nociones que separan tradicionalmente ambas categorías. Publicado originalmente en 2009 en México, el libro se pone en circulación por primera vez en nuestro país gracias a Editorial Montacerdos.

por Matías Hinojosa I 16 Julio 2019

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En 1963, Marcel Broodthaers rompió para siempre con las palabras. Luego de 20 años dedicándose a la poesía, se apartaba definitivamente de la escritura para transformarse en artista visual. Fue su despedida de las letras, de hecho, lo que inspiró la que sería su primera obra conceptual: hundiendo en yeso 50 ejemplares de su último libro, que no se habían logrado vender, Broodthaers decía adiós a su carrera literaria con una escultura. “Para Broodthaers ningún lenguaje tenía sentido. (…) Él había pensado y se había propuesto usar el objeto como una palabra cero. Vacía. Hueca (…) Marcel intentaba negar, tanto como fuera posible, el significado de la palabra del mismo modo que el de la imagen”, escribe la mexicana Verónica Gerber en uno de los capítulos de su libro Mudanza, el cual aborda analíticamente el trabajo de cinco escritores que se transformaron en artistas visuales. Estas figuras son, además de Broodthaers, Vito Acconci, Ulises Carrión, Sophie Calle y Öyvind Fahlström.

Publicado originalmente en 2009 en una editorial pequeña de México, el libro se pone en circulación por primera vez en nuestro país con editorial Montacerdos. En estos siete ensayos que componen el volumen (un texto destinado a cada artista y otros dos de naturaleza autobiográfica), se proponen planteamientos que invitan a repensar las nociones tradicionales de literatura y artes visuales, articulando una reflexión general sobre los límites –o posibilidades– de la palabra. Estas inquietudes, precisamente, son las que vinculan a los cinco retratados, los cuales, más allá de la coincidencia biográfica de haber abandonado las letras, parecen unidos por una búsqueda afín de deconstrucción literaria, aunque cada uno impulsando proyectos artísticos muy distintos entre sí. El libro, que a ratos se lee como una novela, repasa estos itinerarios personales, narrando las circunstancias que llevaron a estos creadores a poner en cuestión el medio en el que venían trabajando.

Ahí están Vito Acconci, quien “cansado de contar cosas y de escribir sobre ellas”, decidió desarrollarse como performer, o el poeta Öyvind Fahlström, cuyo extrañamiento en torno a los lenguajes humanos lo hizo internarse en la espesura del bosque, para transcribir el canto de los pájaros como un modo de asir formas de comunicación preexistentes. Sophie Calle es la única del conjunto de artistas que no tuvo una experiencia literaria propiamente tal, aunque siempre ha transitado por un territorio poroso: el libro repasa la correspondencia que Calle mantuvo con Paul Auster, a quien le sugirió que crease un personaje inspirado en ella, para luego, en un juego metaliterario, “hacer lo que le dictaran las palabras”.

Todas estas experiencias funcionan, a su vez, como un espejo en el que la propia autora se observa a sí misma: Gerber, haciendo el camino inverso, estudió artes visuales pero ha desarrollado buena parte de su obra en el campo de la escritura. Su identificación con los artistas seleccionados ilustra esas ocasiones en que las artes visuales y la literatura se entrelazan de tal modo que no son distinguibles.

“La estructura que tiene Mudanza para mí sigue la lógica que podría tener una pieza visual”, afirma la autora. “Mi gran descubrimiento haciendo este libro fue que se podía hacer una obra visual solamente con texto”.

Esta concepción explicaría la especial cercanía que Gerber siente por la obra de Ulises Carrión, quien abandonó la poesía pero nunca dejó de trabajar con el formato libro. El artista mexicano modificó los usos tradicionales de este soporte, confeccionando un conjunto de artefactos que llevaban hasta el límite sus posibilidades, liberándolo así de su mera subordinación a la palabra.

 

¿Hay que entender el giro de estos artistas como una profundización en sus proyectos de escritura? 

Digamos que, para dejarlas claras, yo exageré la épica de las transformaciones, esta cosa de abandonar las palabras. Algunos de ellos sí terminaron con ellas, por ejemplo Marcel Broodthaers, cuya postura era muy radical y definitiva. Pero sí, en el fondo creo que estos artistas hacen obras de arte que siguen lógicas literarias.

 

¿Eso no se contradice con la idea de “mudanza”?

No, respeta el sentido estricto de la palabra, porque cuando uno se muda de casa, metes todas tus cosas en cajas y te cambias de contenedor, pero te llevas todas tus cosas contigo, compras algunas nuevas, te deshaces de las que no te gustan, pero una mudanza se trata fundamentalmente de trasladar tus cosas de un lugar a otro. Yo creo que todos ellos siguen pensando la literatura, pero desde un lugar inaudito. Escribiendo Mudanza descubrí que la verdadera intermedialidad está en las herramientas con las que estructuras las cosas, no tanto que uses distintos soportes. Porque uno entiende la intermedialidad, o la interdisciplina, que es otra cosa pero son parecidas, como la reunión de muchos soportes. Pero para mí lo intermedial se define sobre todo por la lógica con la que articulas lo que haces.

 

Escribiendo Mudanza descubrí que la verdadera intermedialidad está en las herramientas con las que estructuras las cosas, no tanto que uses distintos soportes. Porque uno entiende la intermedialidad, o la interdisciplina, que es otra cosa pero son parecidas, como la reunión de muchos soportes. Pero para mí lo intermedial se define sobre todo por la lógica con la que articulas lo que haces.

 

Esta autoconciencia respecto a los soportes lleva mucho tiempo instalada en el campo de las artes visuales. ¿Le parece que la literatura debería dar pasos más arriesgados?

Es verdad que se siguen haciendo todavía muchas novelas decimonónicas. A mí esas en particular no me interesan tanto, porque no están pensando el presente. Me gustan las obras que, aunque retomen la tradición, la traten de poner en tensión con lo que pasa hoy. Pero en artes visuales ocurre igual: todavía hay gente que sigue pintando bodegones, y los bodegones pertenecen a una tradición que quedó atrás hace mucho tiempo y que no sé muy bien cómo se conecta con nuestro presente. Pero no estoy en contra per se de una novela decimonónica. Lo que creo es que falta mucho por hacer en algunos géneros, que son géneros cuya naturaleza es bastante híbrida, como el ensayo o la crónica. Pero es cierto que a los escritores nos falta hacernos más conscientes, tanto de la relación de la literatura consigo misma, es decir, con su material principal que es la palabra, como con su soporte clásico que es el libro. No digo que tengamos que hacer libros raros, que haya que abrirlos al revés, ni nada de eso, lo que digo es que puede tratarse del mismo libro de siempre, pero cuyas características de producción hayan estado muy bien pensadas por el autor, que no se deje sin reflexionar ningún aspecto concerniente a la publicación. A casi todos los escritores se nos olvida que la obra también es el objeto que se compra en la librería, cuánto cuesta este, quién lo imprimió, cómo circuló, quién lo trajo.

 

Escribió Mudanza hace una década, ¿cómo ve a los artistas que eligió hoy día?

Mi relación con todos ellos ha cambiado. Ahora me siento muy pero muy lejos de Paul Auster y Sophie Calle y, por el contrario, creo estar muy cercana de Öyvind Fahlström. Ulises Carrión, sin embargo, sigue siendo el que más me interpela. Llegué a su obra en el año 2000, cuando un profesor nos mandó a ver una exposición suya, organizada por Martha Hellion, una de las grandes amigas de Ulises. Esa fue la primera gran retrospectiva de Carrión en México, hasta donde yo tengo entendido, y pasar por ahí me cambió por completo. Me recuerdo a mí misma entrando y diciendo “esto es lo que yo quiero hacer como artista, esto me encanta, me conecta profundamente”.

 

Hay dos textos autobiográficos en el libro, al principio y al final de este. ¿De qué modo se relacionan estos capítulos con el resto del material?

Esos textos vinieron al final, cuando ya estaba el conjunto de ensayos completo, porque sentía que faltaba algo. Estos capítulos los escribí con la intención de convencerme a mí misma de que yo también podía ser uno de ellos, por los intereses comunes. A la vez los pensaba como una forma de pedirles permiso para plagiarlos el resto de mi vida. Quería demostrarles simbólicamente que podía ser parte de su estirpe y hacer plagios dignos de esta categoría. Y para eso haría un enorme esfuerzo por entender muy bien su trabajo.

 

Mudanza, Verónica Gerber, Montacerdos, 2019, 107 páginas, $8.000.