
Antes de la Revolución Industrial (1750-1850), la humanidad estuvo en guerra permanente contra la oscuridad, desde los cavernícolas armando una fogata para ver en la noche, hasta las ampolletas LED de hoy en día, pasando por las velas de grasa de la Edad Media. Es más, el trabajo y tiempo que hace un par de siglos producía apenas 54 minutos de luz, ahora nos permite acceder a 52 años de luz ininterrumpida. Este texto explora el increíble viaje de la luz eléctrica y su importancia para el desarrollo de las sociedades.
por Pablo Paniagua y Benjamín Andrades I 18 Diciembre 2025
Buena parte de la historia del ser humano ha estado marcada por la miseria, la pobreza y la muerte prematura. Incluso hasta el siglo XVII —ayer, nada más—, como lo señalara el filósofo inglés Thomas Hobbes, la vida del ser humano se vio dominada por el “miedo continuo y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta”. Sin embargo, algo extraño sucedió por ahí por la época en donde vivía Adam Smith, que la humanidad empezó a escapar, al menos en Europa, de la pobreza y la miseria a través de las sociedades comerciales. Entre 1750-1850, la humanidad pasó desde la subsistencia al intercambio, en lo que el premio Nobel de economía Angus Deaton denominó el Gran Escape.
El Gran Escape es uno de los acontecimientos históricos más importantes de la historia de la humanidad. Olvídense de las guerras mundiales, de Napoleón y de las pandemias, el acontecimiento más importante ocurrió hace 250 años y sigue en proceso: el rápido y continuo aumento del nivel de vida y la explosión de bienestar material generalizado que comenzó durante la Revolución Industrial alrededor del 1800. Esta transformación económica (ver figura 1) conllevó también otras mejoras visibles y no solo materiales, como el aumento de la esperanza de vida, la disminución de la mortalidad infantil, la eliminación del analfabetismo, más tiempo de ocio, etcétera. Pero existen otras facetas de este progreso que son difíciles de apreciar y otras que se subestiman completamente.

Es difícil comprender la magnitud y la intensidad de este proceso de progreso económico. Obviamente, al ver la figura 1 se aprecia que hubo una explosión de riqueza material a nivel mundial medida en PIB per cápita, pero alguien incrédulo podría aun así creer que esto no se tradujo en mejoras concretas para todas las personas, en especial para los sectores de bajos recursos. Por lo tanto, cuantificar el impacto positivo del progreso económico es una tarea sumamente importante. Por fortuna, en 1994 el premio Nobel de economía William D. Nordhaus tuvo una idea brillante: estimar el real progreso material del mundo a través del estudio de la producción de luz artificial.
Nordhaus, en su célebre ensayo “Do Real-Output and Real-Wage Measures Capture Reality?”, cambió para siempre la forma en la cual comprendemos el progreso de la humanidad desde el nacimiento de las sociedades comerciales (aquellas basadas en los juegos de suma positiva del mercado, el intercambio y la división del trabajo). Nordhaus demostró las deficiencias de usar medidas de la producción real (PIB) para medir el verdadero progreso de la humanidad, utilizando un ejemplo sencillo: las mejoras en la calidad de la luz artificial de la mano con una caída precipitada de su costo, trazadas desde la época moderna hasta el Neolítico. Veamos qué nos cuenta la luz acerca de nuestro progreso durante los últimos 250 años.
Antes de la Revolución Industrial (1750-1850), la humanidad estuvo en guerra permanente contra la oscuridad, desde los cavernícolas armando una fogata o antorcha para ver mejor en la noche hasta las ampolletas LED de hoy en día, pasando por las velas de manteca de la Edad Media o de grasa de ballena durante el siglo XIX. Lo increíble es que en la actualidad ni siquiera nos damos cuenta de esta permanente batalla contra la oscuridad, ya que la luz artificial es hoy increíblemente accesible y económica de producir. Pero, en realidad, la luz es escasa y es un constante deseo humano, por lo que ver cómo ha mejorado su producción —en términos de economizar nuestro esfuerzo para conseguirla— puede esclarecer nuestro entendimiento del real progreso económico en general.
Nordhaus empieza su historia de la luz con un recuento histórico de la evolución técnica de la iluminación. El uso del fuego empezó en algún momento entre 1,4 millones y 500.000 años en el pasado, donde los hombres primitivos usaban fuegos al aire libre para iluminar sus cuevas; luego, al menos desde el 40.000 a. C., se usaban lámparas de piedras con manteca o grasa; para el 2.000 a. C., ya existía un mercado de aceite de sésamo como combustible en Babilonia. Durante la Edad Media, las velas de manteca animal fueron la norma y el apogeo de las velas a base de ballena durante el inicio del siglo XIX quedó inmortalizado con la novela de Melville Moby-Dick; a inicios de la Revolución Industrial se empezó a experimentar con lámparas a gas o carbón y con la primera iluminación de una calle a gas instalada en Londres en 1820. En 1879, Edison y Swan inventan la lámpara incandescente o “ampolleta”, y tres años después la estación Pearl Street de Nueva York empieza a usar iluminación eléctrica. Después de múltiples mejoras y alternativas a la idea original de Edison y Swan, en 1980 se inventan las lámparas fluorescentes que intentan reemplazar, junto con la iluminación LED, a las tradicionales (y hoy prohibidas) ampolletas incandescentes de Edison y Swan. Esto es lo que conocemos hoy como el proceso de innovación o de “destrucción creativa” (Schumpeter dixit) que ocurre en las sociedades comerciales y que ha llevado al acelerado progreso en la calidad de la iluminación.
Nordhaus señala que la iluminación en un momento y en un punto del espacio es medida en lúmenes. El lumen permite cuantificar el flujo luminoso emitido por una fuente. Bajo esta medida, entonces, 1 lumen es la luz que emite una vela de cumpleaños a 30 cm de distancia.
Ahora bien, lo relevante para nosotros son las horas-lúmenes (iluminación durante una hora), ya que lo que solemos querer es iluminar por cierto tiempo y no solo un instante. Para esto, necesitamos conocer el costo de producción de una hora-lumen, calculando cuántas horas debe trabajar una persona para conseguir dicha hora-lumen. Según los datos de Nordhaus, una persona preneolítica debía trabajar 58 horas para obtener o producir 1.000 horas-lúmenes; para el neolítico (38.000 a. C.), eran solo 50 horas; para los tiempos babilónicos (1750 a. C.) esto bajó a 41,5 horas; y ya para el año 1800 el costo habría bajado dramáticamente a solo 5,37 horas. Dicho en otras palabras, en aquellos 3.500 años, el costo de 1.000 horas-lúmenes disminuyó casi ocho veces (una enorme disminución del 96 % de su costo de producción). Esto es un testimonio de la capacidad innovadora de los seres humanos y la importancia del rol de las ideas en cambiar las lógicas productivas.
Pero todo lo anterior no es nada comparado con lo que vendría. El siguiente gran avance vino en 1855, cuando las modernas lámparas a kerosene del inventor Benjamin Silliman bajarían el costo de la hora-lumen a 0,23 horas de trabajo, y luego la ampolleta de Edison para 1900 ya era más barata que las lámparas de kerosene, con 0,22 horas de trabajo necesarias para producir 1.000 horas-lúmenes. Para 1910 el costo de producción bajaría a 0,09; en 1920 ya era 0,014; y en las décadas siguientes 0,01; 0,005; 0,002; 0,001, para seguir bajando hasta 1992 con las ampolletas fluorescentes compactas, cuyo costo es de apenas 0,000119 horas de trabajo por miles de horas-lumen. Hoy se sigue avanzando hasta el punto de que las modernas ampolletas LED son seis veces más eficientes que las fluorescentes compactas. Todo este sorprendente progreso (en términos de ahorro de esfuerzo) se ilustra en la figura 2.

La figura muestra que el número de horas de trabajo necesarias para producir luz se mantuvo relativamente alto hasta la Revolución Industrial. No obstante, a partir de 1800 se produjo un “milagro económico”: una caída dramática de las horas de trabajo necesarias para producir luz en varios órdenes de magnitud. La imagen es un ejemplo de cómo la evolución tecnológica elevó los estándares de vida de todas las personas (ya que todas las personas en el mundo usan luz). Según la investigación de Nordhaus, antes de 1900, si se reservara una semana entera al año para trabajar y dedicar 60 horas exclusivamente a fabricar velas (o a ganar el dinero para comprarlas), eso te permitiría quemar apenas una sola vela durante dos horas y 20 minutos cada noche. Todo esto cambió hasta el punto en que el trabajo que antes producía apenas 54 minutos de luz, ahora permite acceder a 52 años de luz ininterrumpida. Al encender una bombilla de nuestras casas por una hora estamos usando iluminación que a nuestros antepasados les habría costado toda una semana entera en producir. Esta es la real magnitud del progreso; lo que antes era demasiado valioso para usarlo, ahora es demasiado barato para notarlo.
De la historia de la luz se pueden concluir dos observaciones importantes. Primero, que el costo de la luz ha disminuido drásticamente en los últimos tres siglos y, segundo, que la tasa o velocidad de esta disminución fue mucho mayor y más acelerada en la época industrial que en cualquier otra. El mensaje de Nordhaus es, entonces, que las métricas usuales de crecimiento económico, como el PIB, oscurecen la real diferencia en calidad de vida ocasionada por los avances tecnológicos y las disminuciones de los costos con la llegada de las sociedades comerciales. Al mirar solo a los indicadores agregados como el PIB per cápita, estamos subestimando y no entendiendo realmente el enorme progreso que ha hecho la humanidad en materias de avances materiales y mejoras en los estándares de vida. De todo esto podemos rescatar un punto esencial: los bienes y servicios que consumimos hoy no son solamente mayores en variedad, cantidad o abundancia, sino también mejores en calidad y más seguros, y quizás aún más importante, hacemos siempre menos esfuerzos en materias de tiempo y de trabajo para conseguirlos. Piénsese en los servicios de transporte: podemos viajar en barcos, trenes, automóviles y aviones cada vez más rápidos y seguros. De hecho, los viajes en avión se han convertido en un bien de consumo de masas, ligados al turismo y el placer. Pero la forma en que se integran estas nuevas posibilidades en las estadísticas no es en absoluto perfecta y, por ende, tendemos a subestimar y no apreciar de forma correcta la real magnitud de las mejoras que trajo el Gran Escape.
Gracias a las ideas, y a la red de innovación y cooperación en los mercados, usamos hoy cada vez menos recursos materiales y esfuerzo para producir cada vez más luz y progreso. Y esto nos lleva a concluir que el desarrollo tecnológico es la principal palanca del crecimiento a largo plazo. Si la irónica “Petición de los Fabricantes de Velas”, de Fréderic Bastiat, hubiese sido escuchada y se hubiese protegido a esta industria de la desleal competencia del sol, estaríamos lejos de alcanzar cualquiera de estos avances, demostrando lo importante que son la competencia y los incentivos económicos de las instituciones en una sociedad que cree en el progreso. Todo esto forma parte del increíble viaje de la humanidad durante la modernidad, algo que con demasiada frecuencia damos por sentado.