
por María José Viera-Gallo I 15 Enero 2026
El olor le llegó a través de las palabras. Leyendo a Baudelaire, Nerval, Proust… y a Genet, su alma gemela.
Estamos en París, en 1968. Las vanguardias revolucionan el cine, la literatura, la universidad y, también, la moda. Sentado en el sofá de una antigua librería, la Galignani, un joven de melena larga y traje negro lee. Emana una elegancia sombría, fuera de su tiempo. Algunos clientes lo confunden con un poeta o actor. Pero Serge Lutens (1942), quien podría pasar por el vampiro de la película de Murnau, no es lo uno ni lo otro. Es maquillador. Tiene 26 años. Trabaja como director de imagen de Christian Dior, una de las casas de alta costura más respetadas de Francia. En el mundo de la moda su nombre encarna ese toque que distingue el simple buen gusto de la sofisticación, lo bello de lo sublime, el pasado del futuro. Para Lutens, el maquillaje debe llevar la belleza a un lugar fuera de lo real, sacarla de lo cotidiano y reconocible. En las portadas que la revista Vogue le encarga, se ven mujeres con las caras pintadas de blanco, ojos de tintes ambarinos y cabellos de vinilo. Un estilo avant-garde que tiene algo de gótico, de cubista, de teatro kabuki y de art decó, todo sobre un fondo negro. Lutens adora el negro; según él, es el refugio de todos los colores. Lo usa siempre que va al palacio de la Maison Dior, en la avenida Montaigne. Allí lo esperan fotógrafos deseosos de colaborar con él, como Richard Avedon, Irving Penn o Helmut Newton. Durante las sesiones fotográficas, Lutens se convertirá en el maestro que dirige el set, con sigilo y delicadeza, sin decir una palabra de más.
Pocos imaginan que unos años atrás, Serge Lutens trabajaba de peluquero en Lille, su ciudad nativa. Fue en un elegante salón de provincia donde aprendió a observar a través del espejo a las damas de la burguesía. Amaba y odiaba con igual intensidad su falsa elegancia y mal gusto. Una vez instalado en París, en 1962, ya sabe de memoria quién es quién en la élite; conoce el nombre de la verdadera condesa de Guermantes de Proust (a quien el mismo Dior vistió hasta su muerte) y tiene acceso a soirées que antes solo miraba en las páginas de la vida social. Al caer la tarde, se cubre con su capa negra y se excusa de asistir a desfiles privados remojados en champagne. Prefiere encerrarse a leer. El lujo, o ese lujo, lo aburre; el esnobismo y la pretensión francesa despiertan su mal humor. El refinamiento, para él, tiene que ver con cierta decadencia, algo que encuentra en Proust, pero especialmente en Genet y sus Santa María de las flores, Un condenado a muerte, Pompas fúnebres. El autor-criminal, como se le llama en la prensa, lo conecta con traumas y deseos. Al igual que Genet, él también creció huérfano. Es producto de una aventura extramatrimonial de su madre. “Un accidente biológico”, que lo condenó a pasar su infancia en varias familias de acogida, dirá a Radio France Culture. A veces “la madre pecadora” lo visitaba, le hacía regalos. Eran visitas fugaces. Él, hijo “natural”, era solitario, arisco, soñador y la idealizaba en sus fantasías. “La infancia para mí fue la no existencia. Tenía miedo de los otros, tomaba distancia, era muy educado, pero por detrás era un monstruo. Todo lo que he hecho creativamente ha sido una respuesta a eso”.
Mientras el psicoanálisis lo salvó de convertirse en una víctima, la literatura le reveló que la belleza y la crueldad podían coexistir. Una de esas tardes de relectura de Baudelaire, tiene una epifanía: ¿cómo traspasar el lenguaje de la poesía a uno no verbal? En 1974 decide dejar Dior, y París, y seguir su olfato. En 1982 se aventura con un primer ensayo olfativo, a base de osmanthus y rosa que, una vez enfrascado, se llamará Nombre noir. Lutens descubre que la creación de perfumes de nicho, de poca distribución y cero marketing, le permite salvaguardar su deseo de invisibilidad.
Desde entonces, vive recluido en Marrakech, en un palacio diseñado enteramente por él, a imagen y semejanza de sus gustos y obsesiones. Son pocos los afortunados a los que les concede una visita. Su amiga Marguerite Duras fue una de ellas. En sus últimos retratos aparece vestido con terno negro, camisa blanca y un bastón de cedro que sostiene con elegancia a sus 83 años, y el pelo peinado con laca. Es ese el uniforme que utiliza para ir al laboratorio de su fundación, un búnker de mármol, sin luz solar, cuyo código de acceso guarda en secreto. Desde ese refugio, de espaldas al Sahara, Lutens se ha convertido en el inventor de la perfumería de autor. Su mayor creador y su más misterioso alquimista.
Se sabe que en sus composiciones solo usa ingredientes clásicos y naturales, que a veces puede tardar 15 años en ponerle punto final a una fragancia, que ama la madera, en especial el cedro marroquí y el preciado oud (agar), que consigue entre los mercaderes del desierto. Almizcle, violeta, cedro, ámbar, flor de naranja, son algunas de sus esencias preferidas. Sin embargo, para los entendidos del rubro, es una incógnita cómo logra sublimar sus extractos. Él prefiere no dar explicaciones. Hacerlo, dice, sería traicionar la esencia mística de su trabajo. “El perfume es el momento suspendido entre la imagen y las palabras”, dice. “No está hecho para que se descubra un aroma particular en él, sino para que se reconozca algo, una forma, un instante, una sensación que ya existe en nosotros”. Sabe, por Proust, que de todos nuestros sentidos, el del olfato es el que mejor atraviesa el tiempo y el que más evoca sensaciones perdidas. Un perfume es en esencia eso: el tiempo recobrado. Pero eso recobrado no siempre es nítido ni grato. “La violencia siempre está presente en una creación. Se crea algo en contra de otra cosa. Hay una especie de acusación y una reconciliación consigo mismo”, advierte. Feminité du Bois, el perfume que lo hizo célebre en 1992, considerado el mejor perfume floral amaderado de todos los tiempos, es una aventura freudiana: “Inventé a mi madre para poder existir”, dijo en el lanzamiento.
En los últimos 50 años, Lutens ha creado más de 100 perfumes. Sus botellas, cuadradas, transparentes, podrían confundirse con las de un viejo licor. Sus nombres, con títulos de novelas: La Fille de Berlin, Nuit de Cellophane, De Profundis, A la Nuit, Périlleusement Vôtre, La Orpheline, La Religieuse, Dent de Lait, L’Innominable, Le Participe Passé. Todos ellos conforman una autobiografía en clave olfativa; su autor nos ayuda a interpretar su sentido gracias a unas tarjetas de presentación. En Jeu de Peau se evoca su infancia: “El pan es el primer auxilio en la soledad. Buscar pan en la panadería era compensar un afecto que no existía”. En Tubéreuse Criminelle, explora su propia oscuridad: “Baudelaire tenía razón. Devolvamos las flores al mal”. La Couche du Diable es descrita como “un diabólico y suntuoso velo de indulgencia y remordimiento para una primera transgresión”. En su última creación, Le perce-vent, se lee: “Es una invitación a escapar del tumulto y un medio para elevarnos por encima de nuestros tormentos interiores”.
Hay quienes bromean que sus complejos aromas ocultan olores corporales: sudor, sexo, incluso sangre. Él sonríe. “Un perfume objetivamente es un líquido que huele bien, y lo que yo hago es algo totalmente subjetivo: los mejores perfumes usan los peores olores para eventualmente civilizarlos”.
De Profundis, un perfume discontinuado, hoy de culto, nació de un tabú: ¿qué oleré cuando esté muerto?, se preguntó Lutens, e imaginó un perfume frío, lúgubre, espirituado más que espiritual, que oliera a la tierra mojada que envuelve una tumba. Una sustancia, en sus palabras, que solo se puede usar en un cementerio. La antigua tradición francesa alquímica o la magia negra le enseñó que los aromas evocan energías ocultas y que el verdadero perfumista sabe callar y desaparecer tras sus creaciones, como un mago que se esfuma al abrir un frasco.
Caballero de una cultura donde la belleza aún era algo noble e inalcanzable, estimulador de nuestro inconsciente olfativo y hechicero, Lutens vive a solas con sus gatos y su biblioteca. Ya no parece habitar este mundo. Dice que cuando viaja a París, nada más entrar al aeropuerto, empieza a detestar la perfumería contemporánea y sus olores a limpio, a gel de ducha, a berries, aromas que no dicen nada, concebidos para no ofender a nadie. Preguntarle qué perfume lleva él sería una indiscreción, aunque su respuesta podría sorprendernos: “Ninguno, porque cuando lo hago, me siento un impostor”.