Tratado de la aceptación

Se cumplieron 25 años de Nocturno de Chile, la novela que Bolaño escribió después de Los detectives salvajes y en la que ficciona, entre otras, la historia de Mariana Callejas que había leído en una crónica de Lemebel y que ahora ha vuelto a escena por el perfil que a la escritora y agente DINA dedicó Juan Cristóbal Peña.

por Vicente Undurraga I 4 Febrero 2026

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Si en Los detectives salvajes (1998) Roberto Bolaño trabajó la extensión y la expansión, en Nocturno de Chile (2000) optó por lo contario, la concisión y la concentración. Mientras la primera supera las 600 páginas y en su parte central consta de un carrusel de voces que van contando una historia que avanza y retrocede, y que es en realidad un inmenso cúmulo de historias entrelazadas, en la segunda tenemos el monólogo febril de un hombre acosado por recuerdos y fantasmas. En 150 páginas hace el recuento de ciertos episodios clave de su trayecto vital y literario, los que se hallan íntimamente trenzados con la historia de Chile, sin perderse por eso el espacio, tan propio de Bolaño, para la digresión y la salida a otros ámbitos: es memorable, por ejemplo, el episodio de la colina de los héroes austrohúngaros y del zapatero que la crea para ser enterrado allí, así como el relato de los encuentros europeos de Salvador Reyes con Ernst Jünger.

Junto a Estrella distante (1996), Nocturno de Chile es la novela donde Bolaño tuvo más directamente a Chile como escenario. El protagonista es un crítico literario y sacerdote conservador que remite evidentemente a José Miguel Ibáñez Langlois, sacerdote del Opus Dei que fungiera por décadas como principal crítico literario nacional bajo el seudónimo de Ignacio Valente. Llamado en la novela Sebastián Urrutia Lacroix, cuenta cómo se formó su vocación literaria, cómo aprendió el oficio y cómo trabó amistad con autores como Pablo Neruda y otros más jóvenes, entre los que se cuentan aquellos que se congregaban en los años 80 en la casa de Mariana Callejas, en Lo Curro.

Esta es, probablemente, la parte en que el callejón, al menos desde el punto de vista narrativo, ya no tiene vuelta atrás. La historia es conocida y ha vuelto al ruedo en el estupendo perfil que publicó Juan Cristóbal Peña, Letras torcidas, que desliga la realidad de la ficción para ofrecerla en su propia monstruosidad: en esa casa de Lo Curro Michael Townley, marido de Callejas, experimentaba técnicas de exterminio mientras ella ofrecía tertulias literarias.

Bolaño, se sabe, conoció los hechos por una crónica de Pedro Lemebel recogida en De perlas y cicatrices (1998), titulada “Las orquídeas negras de Mariana Callejas”, donde el cronista especula sobre esas noches en “una inocente casita de doble filo donde literatura y tortura se coagularon en la misma gota de tinta y yodo”. Bolaño primero incluyó la historia al final de un texto sobre su regreso a Chile titulado “El pasillo sin salida aparente”, donde remarca: “Lo repito: esto no es un cuento, es real, ocurrió en Chile durante la dictadura de Pinochet”. No le bastó bosquejar la historia ahí y la incluyó en el tramo final de Nocturno de Chile, que en principio se iba a llamar Tormenta de mierda, que es lo que se desata en la frase, de tan solo una línea, que cierra la novela.

Más allá de lo recordado, y del estilo, lo que sorprende aún por su energía es la poética de la aceptación que subyace en la novela. Aceptación no en el sentido de resignación, sino al contrario: en cuanto decisiva apertura o arrojo a lo desconocido, lo otro. Es la aceptación que, sin ir más lejos, está en las primeras líneas de Los detectives salvajes, cuando Juan García Madero, que ha sido invitado a formar parte del realismo visceral, declara: ‘Por supuesto, he aceptado’. Esa aceptación abre la aventura de los años y páginas que se sucederán.

Se ha dicho que Nocturno de Chile es una novela bernhardiana por el hecho notorio de constar, como las novelas de Thomas Bernhard, de un solo párrafo, sin otra respiración que la pauteada por el ritmo y el encadenamiento reflexivo de las frases. Páginas y páginas sin punto aparte, aunadas por cierta melodiosa repetitividad. Pero sobre todo, podría decirse, se trata de una novela bernhardiana por la situación narrativa: el narrador rememora y relata desde una posición fija en el espacio y movediza en el tiempo, tal como el autor austríaco en cada una de sus novelas (por ejemplo cuando en Maestros antiguos quien narra observa todo sentado en un sillón del que no se mueve mientras transcurre una larga fiesta). En la novela de Bolaño es una suerte de momento cúlmine: un hombre agónico echado en la cama, apoyado sobre su codo —esto lo repite una y otra vez—, rememora su historia acosado por el fantasma de un joven envejecido que lo impugna no se sabe bien desde dónde ni por qué, probablemente desde el fondo de su propia conciencia. Y en esa posición incómoda, literalmente inestable, recuerda sus días y noches. Aparecen momentos profundamente chilenos, como cuando describe la forma en que se toma una Bilz helada o cuando, al salir a caminar de noche por el campo, le toca ver de espaldas a Neruda hablándole a la luna.

Más allá de lo recordado, y del estilo, lo que sorprende aún por su energía es la poética de la aceptación que subyace en la novela. Aceptación no en el sentido de resignación, sino al contrario: en cuanto decisiva apertura o arrojo a lo desconocido, lo otro. Es la aceptación que, sin ir más lejos, está en las primeras líneas de Los detectives salvajes, cuando Juan García Madero, que ha sido invitado a formar parte del realismo visceral, declara: “Por supuesto, he aceptado”. Esa aceptación abre la aventura de los años y páginas que se sucederán. En Nocturno de Chile, el personaje, tan distinto biográficamente al joven poeta García Madero, es un sacerdote y crítico literario envejecido que opera de modo análogo: aceptando, aceptando su pasado como en su momento aceptaba las impensadas derivas de la vocación.

Cuando dos agentes dudosos le proponen ir a Europa a visitar iglesias para estudiar cómo se protegen de las palomas que cagan las ventanas, techos y paredes, acepta de inmediato, casi a ciegas. Y páginas más adelante da una clave: “En los sueños todo puede ocurrir y uno acepta que todo ocurra”. La cursiva es de Bolaño. No es casual ni gratuita. La aceptación es clave, incluso si lleva al horror, como cuando, de los mismos personajes (llamados Oido y Odeim, evidente y algo pueril anagrama de Odio y Miedo), el cura crítico recibe la propuesta de darle clases de marxismo a los miembros de la Junta Militar, para instruirlos acerca del enemigo que se proponen destruir. Aceptar podría ser otra forma de expresar la poética que Bolaño solía manifestar —y digo manifestar pensando en los manifiestos, de los cuales firmó varios en su juventud— con la imagen de quien se asoma, como ocurre en tantos de sus cuentos y poemas, al abismo sin negar la mirada:

No importa donde te arrastre el viento…
La sabiduría consiste en mantener los ojos abiertos
durante la caída.

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