Ensayar a lo Canetti

Masa y poder urde pensamientos llenos de pólvora, que torpedean el sentido común, a fin de alumbrar la realidad colectiva de maneras que poco tienen que ver con las ciencias sociales o la filosofía de su tiempo. Es un libro inclasificable, que muestra de qué está hecha la historia, cómo se construyen las fidelidades y las autoridades, cuáles son los ritos que perpetúan las castas y las jerarquías, las formas que se repiten para iniciarnos en la sujeción y en la violencia, los mitos de sangre y de carne que fundan convivencia y dominio a lo largo y ancho de los siglos.

por Martín Hopenhayn I 9 Febrero 2026

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El ensayo es tanto un ejercicio vital como un género literario. En la vida, ensayar es experimentar, tantear y también tentar: a los dioses, con licencias o libertades que pueden ser tomadas por transgresión o desafío; y a los demás, al asumir derroteros que invitan a otras experiencias de vida y llevan la sensibilidad a lugares inesperados.

En tanto género literario, el ensayo puede ser analogía o réplica de esa tentativa vital. Con la alquimia del estilo hace latir su objeto. En su antípoda está el trabajo académico que despuebla la escritura de su intensidad en cuanto escritura: plagado de protocolos, ceñido a objetos predeterminados y metodologías probadas, informes sobre experimentos que reducen al mínimo las variables fuera de control. Más aún, hoy el género del ensayo se levanta como resistencia ante la fuerza centrífuga del modelo estandarizado de la academia. Apuesta por una libertad que es a medias de la vida y a medias de la literatura. Puede errar, en el doble sentido de la palabra, como error y vagabundeo. Abre perspectivas y renueva formas, al menos si fructifica en cuanto ensayo.

Hay ensayos en muy distintos registros, y en todos ellos puede darse esta tensión entre el modo de mirar y de contar. Algunos son enjundiosos en referencias. Otros bucean en la subjetividad propia y confían en que la autorreferencia, por arbitraria que sea, desprenda chispazos de universalidad. Otros apuestan el todo o nada a la crítica de su tiempo. Están los que avanzan con pies de barro y los que se prodigan a mano alzada.

Masa y poder, el ensayo que le tomó al Nobel Elias Canetti más de 30 años para pensar, reunir apuntes dispersos y redactarlo bajo la forma de un texto único, es un caso excéntrico. Entraña una apuesta portentosa. Como el ensayo en sentido vital, quiere expandir la perspectiva, la cocina y el estilo hacia fronteras donde otros no han llegado. No se parece mucho a nada. Se nutre de algunas tradiciones estilísticas, bastante contemporáneas al propio Canetti, de quienes incursionaron de modo combinado entre el fragmento, el aforismo, el cuento y el ensayo mismo. Pienso en Nietzsche, en Kafka, en Simone Weil y en Walter Benjamin, entre otros.

La impronta indeleble del aforismo, género tan caro a Canetti y que contrabandea sin tapujos en Masa y poder, le presta a este ensayo arrebatos que lo alejan de toda complacencia. Esa impronta le permite a Canetti coronar disquisiciones y conjeturas con frases que piden a gritos escribirse en negrillas o cursivas. Huyen, sin embargo, de la solemnidad o de la sentencia, propias del aforismo clásico. (…) No son martillazos sino vibraciones del lenguaje que se encaraman sobre las ideas en curso para darles un filo que las hace a la vez extrañas y sugerentes.

La impronta indeleble del aforismo, género tan caro a Canetti y que contrabandea sin tapujos en Masa y poder, le presta a este ensayo arrebatos que lo alejan de toda complacencia. Esa impronta le permite a Canetti coronar disquisiciones y conjeturas con frases que piden a gritos escribirse en negrillas o cursivas. Huyen, sin embargo, de la solemnidad o de la sentencia, propias del aforismo clásico. Tienen el poder de la intuición, la captura al vuelo, el juego móvil entre imágenes y conceptos, el símil del desciframiento. No son martillazos sino vibraciones del lenguaje que se encaraman sobre las ideas en curso para darles un filo que las hace a la vez extrañas y sugerentes.

Masa y poder urde pensamientos llenos de pólvora, que torpedean el sentido común, a fin de alumbrar la realidad colectiva de maneras que poco tienen que ver con las ciencias sociales o la filosofía de su tiempo. Recurre a lo arcaico, lo arquetípico, lo tribal, lo primitivo, lo marginal, lo exótico y lo olvidado, y desde estos trozos de historia, que presenta como textos-texturas relativamente autónomos, monta un ensayo nada lineal, encajando las partes a fuerza de un lenguaje muy personal, y un juego de énfasis y clasificaciones que nunca parecen desafinar. Rubrica muchas de sus ideas con una escritura que parece reptar en la penumbra y súbitamente estalla a plena luz. Así eleva la tensión dramática, mediante un matrimonio poco convencional entre singularidades, metáforas y metonimias. Desde ese terreno, una vez abonado, infiere categorías con temeridad. Para esto confía en su olfato, su sintonía fina y, sobre todo, la fuerza de su palabra.

Canetti es de extramuros. No es casualidad que se trate de un escritor búlgaro, que adoptó el alemán como lengua para escribir aunque fuese breve su vida en Alemania, y que escribió casi toda su obra en Inglaterra. En esto recuerda a uno de los autores que más leyó y sobre el que escribió mucho: Franz Kafka, el praguense que nunca aprendió bien el checo y solo escribió en alemán. Desencajado de su origen y de su lengua natal, Canetti escribe con el descentramiento a cuestas. Mira desde un lugar extraño y que produce extrañeza. El aforismo, ese género intermedio o menor entre la filosofía y la poesía, entre el ensayo y el fraseo, parece venir como anillo al dedo a este desarraigo ontológico del autor.

No solo sella aforísticamente muchos de sus desarrollos. Recurre, también, a precisiones filo-poéticas o ráfagas semánticas, para jalonar los pincelazos que componen el mosaico de ideas que es Masa y poder. Fragua estas figuras en las canteras de la antropología cultural, la psicología de masas, la filosofía, la teoría política, la etnografía, las historias y crónicas de etnias y tribus, los símbolos y mitos arquetípicos de poder, las religiones y las guerras. No concluye ni cierra sino que se desplaza entre figuras en una errancia que pareciera ser escrita a medida que la leemos: una puesta en escena de las ideas desde esa escritura fragmentaria, y que a la vez logra una inquietante coherencia.

Canetti compone cuando ensaya. No es que el tema no importe o sea mero pretexto. Todo lo contrario, esa “microscopía” de múltiples juegos, fenómenos, formas de masa y de poder, es una contribución inclasificable. Al exponer, se expone a las objeciones que puedan venir del canon de las argumentaciones asentadas en las ciencias sociales y la historiografía. Canetti asume ese riesgo sin arrugarse, porque no es la legitimidad ante pares lo que busca. Sus argumentos no necesariamente se sostienen de manera apodíctica. Lo suyo es más elocuente que evidente, más sugerente que concluyente.

Pese a la omisión de referencias, ya sea de manera voluntaria o involuntaria, Canetti dialoga con otros autores. (…) Hay resonancias entre las ideas de Freud sobre pulsiones inconscientes de masas y de Jung sobre arquetipos colectivos, pero se distancia de ellos porque no le convencen las teorías generales que les subyacen.

Pese a la omisión de referencias, ya sea de manera voluntaria o involuntaria, Canetti dialoga con otros autores. Del clásico ensayo de Gustave Le Bon sobre las masas, comparte ideas como contagio y miedo de masas, pero no comulga con el espíritu conservador y elitista del francés. Hay resonancias entre las ideas de Freud sobre pulsiones inconscientes de masas y de Jung sobre arquetipos colectivos, pero se distancia de ellos porque no le convencen las teorías generales que les subyacen. Con Durkheim puede coincidir en los fenómenos de efervescencia y emocionalidad colectivas, pero está muy lejos del funcionalismo del clásico sociólogo francés. Con Marleau-Ponty hay convergencias mayores, tanto por el enfoque fenomenológico (la mirada intencionada o situada frente a su objeto) como por la centralidad del cuerpo para la comprensión de fenómenos de poder (la supervivencia, la metamorfosis) y de masas (la fusión de los cuerpos, el horror al contacto, el peso de la masa, la dimensión táctil o sensible). Categorías como individuación y fusión, que el joven Nietzsche nos dejó de legado, son como un guante que Canetti recoge para la comprensión de fenómenos de masa, pero con mucha distancia respecto de los pruritos trágicos o aristocráticos del propio Nietzsche.

Canetti avanza a lo largo de sus elucubraciones, su casuística, sus atípicas tipologías y taxonomías, de manera tal que nos las quiere inocular como un segundo sentido común, una dialéctica paralela para releer el mundo en el día a día. Procura situarnos donde muchas veces nos negamos: en las lógicas que han regido la apropiación de unos sobre otros: individuos, cazadores, depredadores, déspotas, guerreros, chamanes, autócratas, caciques, iniciados, feligreses, sectas. Decodifica lo que hemos barnizado con el halo de lo inofensivo para mostrar de qué está hecha la historia, cómo se construyen las fidelidades y las autoridades, cuáles son los ritos que perpetúan las castas y las jerarquías, las formas que se repiten para iniciarnos en la sujeción y en la violencia, los mitos de sangre y de carne que fundan convivencia y dominio a lo largo y ancho de los siglos.

Masa y poder no tiene una hipótesis única, no contiene ni citas ni referencias al pie de cada caso o concepto que trae al texto. Solo al final encontramos algunas notas aclaratorias y una profusa bibliografía general (Canetti aclara que apenas es parte de los tantos libros y trabajos consultados a lo largo de sus tres décadas de anotaciones). Más que categorías, opera por taxonomías: tipos de masa (abierta, cerrada, invisibles, de acoso, de fuga, de prohibición, de contagio, de inversión, festivas); tipos de muta (de caza, de guerra, de lamentación, de multiplicación, de comunión, la muta interna y la muta silenciosa); figuras del poder (el sobreviviente, la sentencia, el perdón, el secreto, el muerto, la orden, la metamorfosis). Son muchas las piezas y a veces las taxonomías quedan a mitad de camino, hacen de excusas o esclusas para avanzar, ramificarse o cerrar.

Al echar mano de saberes según conviene a su propia afinidad (sensorial, perspectivista, ensayística), convoca un arsenal de relatos, casos, historias y categorías como quien baraja las cartas y pone su nuevo juego sobre la mesa. No es, pues, cosa de abordar el ensayo de Canetti según cuánto dialoga con su tiempo, sino según cómo es capaz de hacer hablar de otro modo el profuso material que trae a colación, y cuyo leitmotiv son los fenómenos de masa y de poder. Con esto Canetti transmuta sus licencias en potencias: contrabandea zoomorfismos en lo humano y antropologismos en lo animal, proyecta narrativas tribales como si fuesen metáforas de verdades universales, irradia desde una microhistoria el efecto de un eterno retorno o una enigmática recurrencia.

Hay que ser Canetti para ensayar a lo Canetti.

 

Imagen de portada: Emilia Edwards.

 


Masa y poder, Elias Canetti, traducción de Horst Vogel, Alianza, 2013, 688 páginas, $29.700.

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