
por Federico Galende I 9 Abril 2026
El tema de las clases sociales, junto con el de sus determinaciones en los estilos de vida y las consciencias de las personas, daba la sensación de estar desaparecido cuando la extrema derecha, partiendo por Trump y las reivindicaciones del antiguo trabajador blanco al que su mujer debe esperar al final de cada jornada con la mesa servida y la casa impecable (en una división de roles similar a la que en el Chile de los 50 protagonizaban el ama de casa con delantal del envase de Klenzo y el obrero que sostenía sonriente un saco de cemento en la publicidad de Polpaico), lo volvió a poner en escena, por supuesto que no sin aprovecharse de lo mucho que lo había descuidado la izquierda, cuyos gobiernos (demasiado asediados de un lado, peligrosamente suicidas del otro) dejaron a los más necesitados con gusto a poco, sumidos en un vacío que las nuevas luchas identitarias, el animalismo, el LGTB, las transiciones de género, la ecología o el feminismo, no lograron colmar.
Todo parece indicar que se trata de causas que no consiguieron penetrar en las clases más marginales, que en sus luchas por la sobrevivencia comenzaron a sospechar de lo que les era más próximo (las amenazas del narcotráfico, el inmigrante que les roba el trabajo, la violencia en las poblaciones) y fueron perdiendo, de a poco y en sintonía con la progresiva destrucción de los sindicatos y la disolución del movimiento obrero, sus solidaridades mutuas y su cariño por una izquierda en la que históricamente habían confiado. Como nunca es fácil determinar si se es más de izquierda esperando de los que sufren una reacción en común o retirando, de ese común, sus riquezas más invisibles, las recientes novelas escritas por Elizabeth Strout y las autobiografías situadas de Didier Eribon parecen abordar hoy el dilema con ingredientes más vívidos y sentidos que los empleados por los diagnósticos monolíticos de la teoría social.
Los personajes de Strout, como la célebre Olive Kitteridge o Lucy Barton (sobre quien lleva ya una saga de cuatro libros escritos), son mujeres sencillas que provienen más bien de un origen humilde y cuyas riquezas, que habrían permanecido en la oscuridad de no ser por su literatura, residen menos en lo que poseen que en el modo en que ignoran las expectativas de quienes ven en los pobres una causa homogénea. Con estas formas particulares de resistir, Elizabeth Strout construye la plasticidad de los seres que enfrentan los días sumidos en un mundo sentimental introspectivo, donde las palabras son mínimas y los gestos se exhiben pasajeramente punzantes.
Es el izquierdismo de quienes se muestran indiferentes a la presión clásica de los estereotipos, lo que no significa que no los padezcan, en distraídas raciones malignas que los poderosos no ven, tal como le ocurre a Lucy Burton cuando su futuro marido se asombra de lo pobre y pequeña que es su casa de infancia, de lo “informales” que son sus padres (ella una costurera, él un trabajador enfundado en su mameluco), o cuando su futura suegra, quien se mueve con soltura en una casa más amplia y elegante, le ofrece a pocos segundos de conocerla salir de paseo para que se compre ropa. También la presenta ante sus amigos como alguien que ha tenido el mérito de “salir de la nada”, lo que conduce a Lucy a reflexionar sobre algo bastante evidente: si se lo piensa bien, nadie en este mundo ha salido realmente de la nada.
Elizabeth Strout escribe en el género de la autobiografía ficticia: Lucy es un personaje inventado, pero es más que eso: existe. Strout entona la voz de la mujer medio inexpresiva en cuyo trajín relucen las piezas sueltas de un izquierdismo menor, que a falta de mejor título podría ser designado como el izquierdismo de los inconformistas callados. Didier Eribon, en cambio, no necesita apelar a los recursos de la ficción, que en los ensayos de su última etapa atribuye más bien a una vida inventada: la del intelectual gay que dejó atrás sus miserias de clase para internarse en las atmósferas frecuentadas por los sofisticados filósofos de París. Es el pasado doloroso del hombre que olvida y que, con el tiempo, se decide a contarlo todo haciendo de su secreto la materia crucial de una reflexión política. La vergüenza que le causó desde niño su origen de clase, con esos padres brutos e incomprensibles que pasaban el día poniendo el lomo en la fábrica, lo impulsó a refugiarse en lo que para esos mismos padres brutos era una heterodoxia sexual. En pocas palabras, y tal como él mismo lo confiesa, su “vergüenza social” había terminado por imponerse a su “vergüenza sexual”, lo que de todos modos da pie no solo para unir entre sí dos universos desencontrados, sino también para meditar con honestidad sobre la verdadera ignorancia, que no se funda en el desconocimiento objetivo, sino en el desprecio.
Tanto en Regreso a Reims como en Vida, vejez y muerte de una mujer del pueblo (se podría agregar Escapar del psicoanálisis, donde se narran en primera persona los desmoronamientos de las soluciones mágicas del freudomarxismo), Didier Eribon anuda su condición de gay despreciado por la moral proletaria de su familia con su regreso, décadas después y a propósito de la muerte de su padre, a un entorno obrero en el que todo ha cambiado. La clase trabajadora, incluidos sus padres y sus hermanos, ya no vota por la izquierda como siempre lo había hecho, vota a la extrema derecha, en un giro ideológico del que él no tenía cómo asombrarse si su propio desprecio por esa gente tan primitiva había sido afín a ese progresismo volátil y acomodaticio que traicionó a las clases populares, primero con Mitterrand en 1981 y, después, con la mayoría de los gobiernos llamados “socialistas” o de “centroizquierda”.
Lo que más examina Eribon es la mutación del tiempo, que estos ensayos abiertamente confesionales tienen la sutileza de no remitir solo a los cambios de época, sino también al hecho de que quienes cuentan con ese tiempo pueden darse el lujo de la abstracción a la hora de meditar sobre conflictos globales, muy amplios y en algún aspecto lejanos, mientras que quienes no cuentan con ese tiempo, las mayorías, se ven obligados a achicar la cancha para concentrarse en las amenazas que les son más próximas e inmediatas. En Vida, vejez y muerte de una mujer del pueblo, una sociobiografía, como él la llama, dedicada a revisar los vínculos con su madre ya anciana y enferma, este tipo de consideraciones desplaza sus arrogancias de intelectual refinado, y lo conduce a pensar que en la misma medida en que su vínculo con las luchas sindicales y el movimiento obrero tenía su sostén en el alejamiento de su origen de clase, en una búsqueda de lo propio en lo más distante, los pobres de derecha, como su madre, procedían exactamente al revés: los acontecimientos pormenorizados por los diarios locales, un crimen o un robo en el barrio, o incluso las inclemencias del clima en la región, revestían más importancia que cualquier cosa terrible que se desarrollara en la escena internacional o en un país lejano.
Lo que une entre sí estilos tan diferentes como el de Elizabeth Strout y el de Didier Eribon no es en ningún sentido la renuncia a ver en los engañadores figuras maléficas que destruyen la vida y trazan un daño irreversible en el mundo, sino una capacidad en común para moverse de la confortable posición en que habitan con el fin de profundizar en una serie de transformaciones que, sin sus libros, a lo mejor permanecerían en la incomprensión y el prejuicio. Como si ambos siguieran, cada uno a su modo, esas palabras tan precisas que un día escribió Spinoza: “No reír, no llorar, comprender”.