
Una nueva traducción permite leer con nuevos ojos a uno de los poetas más difundidos y acaso incomprendidos en nuestro tiempo. ¿Pero cómo es posible que un autor del siglo XIII se haya convertido en el ideal del poeta místico de la actualidad, un best-seller cuyos aforismos circulan en redes sociales o en tatuajes? El fenómeno Rumi se debe en gran parte a un traductor al inglés que no domina la lengua original del poeta. Explorar ese misterio implica retroceder en el tiempo, viajar a Asia, cotejar a Borges y Richard Burton, enfrentarse a otras traducciones poco confiables, como las de Las mil y una noches, para preguntarse qué es finalmente Occidente.
por Sergio Missana I 8 Mayo 2026
El poeta más leído en las últimas décadas en Estados Unidos escribió su obra en persa en el siglo XIII. Aunque existían traducciones a varias lenguas occidentales de larga data, la popularidad de Yalal al-Din umi (1207-1273) es relativamente reciente y se debe al poeta estadounidense Coleman Barks, quien desde 1976 ha publicado más de 10 colecciones de poemas de Rumi en inglés. El resultado ha sido un verdadero fenómeno. Rumi ha capturado la imaginación de muchos, incluyendo celebridades del mundo de la música y de Hollywood, sus aforismos circulan en redes sociales, en tatuajes. Se ha transformado en el ideal de lo que debe ser un poeta místico en el siglo XXI.
Pero hay una salvedad: Coleman Barks no lee una palabra de persa. Más que un traductor, es un intérprete de Rumi. Los poemas que ha publicado actualizan en verso libre traducciones anticuadas y barrocas de orientalistas como Raymond A. Nicholson (1868-1945) y A. J. Arberry (1905-1969), adaptándolas con gran efectividad para el público contemporáneo. Su extraordinario éxito se debe a los méritos del propio Barks como poeta y quizás a ese porcentaje desconocido del original que nos llega, aunque velado y acaso diluido, a través de él. Quizás tenga también un componente de exotismo: la distancia que nos separa de Rumi en el espacio, y sobre todo en el tiempo, ayudan a suspender la incredulidad respecto del carácter místico de su poesía, el hecho de reflejar de alguna forma estados elevados de conciencia. El aporte de Coleman Barks es innegable para dar a conocer la obra de Rumi a millones de lectoras y lectores, pero esa divulgación acaso contenga distorsiones. Se trata de una suerte de “Rumi light”.
El fenómeno Rumi recuerda el de Omar Jayam (1048-1131), el matemático, astrónomo y poeta persa cuyas Rubaiyat (cuartetas o poemas de cuatro versos) fueron traducidas por el poeta inglés Edward FitzGerald (1809-1883) a partir de 1859. La publicación de ese libro desató una suerte de Omarmanía, se fundaron sociedades literarias, circularon naipes y hasta polvos para lavarse los dientes inspirados en Omar. Autores como Dante Gabriel Rossetti, Swinburne, Oscar Wilde y Chesterton se declararon maravillados. Desde 1859 hasta la Primera Guerra Mundial, se dieron a la imprenta 447 ediciones. A diferencia de Rumi, Jayam no era universalmente conocido en su propia cultura: fue redescubierto en persa debido al impacto de la traducción de FitzGerald. Las razones para su enorme éxito apelan al exotismo: las Rubaiyat presentaban una imagen sensual y hedonista de la lejana Persia, en que el vino fluía a granel, invitando a gozar del aquí y el ahora; ofrecían un reverso del rígido ethos victoriano de moderación y autocontrol.
Y aquí también había una salvedad: FitzGerald tenía un conocimiento limitado del persa y se tomó grandes libertades, de modo que sus Rubaiyat representan más su sensibilidad y obsesiones que las de Omar Jayam. Hay cuartetas, por ejemplo, que combinan varios poemas del autor; hay otras que contienen fragmentos de otros poetas persas (como Attar o Hafiz) y varias de las que no se ha encontrado vínculo alguno con fuentes originales. El propio FitzGerald reconoció esas distorsiones, llamó a sus Rubaiyat “versiones” (renderings), no traducciones, y reconoció que sus versos ingleses sacrificaban “la simplicidad de Omar”. La pobreza de su conocimiento no se circunscribe al idioma; también abarca al contexto de Omar, quien parece no haber sido un único poeta sino una escuela o cofradía, cuyas cuartetas fueron atribuidas a uno de sus integrantes. Al igual que Rumi, Jayam fue un exponente del sufismo. En su prefacio, FitzGerald lo describe como “librepensador y ferviente opositor al sufismo”.
En su ensayo “El enigma de Edward FitzGerald” (1952), Borges repite la anécdota biográfica narrada por FitzGerald en las primeras líneas de su prólogo a las Rubaiyat: Omar fue en la juventud compañero de estudios de Nizam ul-Mulk, futuro gran visir del sultanato selyúcida, y de Hassán ben Sabáh, quien fundaría la siniestra secta de los Asesinos. Borges se asombra de la misteriosa “colaboración” entre FitzGerald y Jayam. “Un milagro acontece: de la fortuita conjunción de un astrónomo persa que condescendió a la poesía, de un inglés excéntrico que recorre, tal vez sin entenderlos del todo, libros orientales…, surge un extraordinario poeta, que no se parece a los dos”.
Más en broma que en serio, Borges propone una tesis disparatada para dar cuenta de ello: “Omar profesó (lo sabemos) la doctrina platónica y pitagórica del tránsito del alma por muchos cuerpos; al cabo de los siglos, la suya acaso reencarnó en Inglaterra para cumplir en un lejano idioma germánico veteado de latín el destino literario que en Nishapur reprimieron las matemáticas”.
El deslumbramiento ante el hallazgo de Rumi en el siglo XX y de Omar Jayam en el XIX, en versiones no del todo confiables, contaba con un antecedente en el XVIII: el descubrimiento de Occidente —a partir de la traducción al francés de Antoine Galland— del libro de Las mil y una noches. El furor desatado por las Noches abarcó la Ilustración (su enorme resonancia coincidió con un renovado interés en Francia por los cuentos de hadas, comenzando por las versiones de Charles Perrault de “La cenicienta” y “La bella durmiente”) y también al Romanticismo y a la era victoriana. Su difusión no estuvo exenta de tergiversaciones creativas. Se sabe que algunos de los cuentos más famosos, como los de Aladino o Alí Babá, no constan en ninguna fuente árabe: fueron escritos por primera vez por Galland a partir del relato oral de un viajero sirio, Hanna Diyab. “Las aventuras de Sinbad el marino” no formaba parte del corpus original, sino que había sido traducido en forma independiente por Galland.
La inmensa popularidad de las Noches —una colección de historias traducidas al árabe a partir de fuentes indias y persas en el siglo VIII, a la cual se fueron sumando otras en Egipto e Irak hasta el siglo XIII— dio curso a una intensa búsqueda de la “versión original” y al hallazgo en Siria de un manuscrito más extenso que el egipcio empleado por Galland. Entre las múltiples versiones a lenguas europeas destacan la de Edward Lane —orientalista que agregó extensas notas al pie, que conforman una suerte de enciclopedia sobre la religión y las costumbres del mundo árabe, y expurgó las descripciones eróticas, tal como había hecho, en cierta medida, Galland— y la del capitán Richard Burton. La vida de Burton es casi más extraordinaria e hiperbólica que las maravillas retratadas en las Noches. Ejerció el espionaje en la India, peregrinó a La Meca disfrazado de afgano, arriesgando la pena de muerte; dirigió una expedición en busca de las fuentes del Nilo y descubrió el lago Tanganika, una lanza le atravesó las mejillas en una playa en Somalia, tradujo el Kama Sutra y otros textos eróticos que su viuda entregó a las llamas. Curiosamente, uno de los episodios menos documentados de su vida fue su paso por Chile. Se sabe que cruzó la cordillera desde Mendoza a Santiago en 1863 y luego viajó de Valparaíso al Callao (José Donoso alguna vez contempló escribir una novela imaginando esa breve estadía en tierras chilenas). Su versión de las Noches está redactada en un lenguaje arcaico y enrevesado, y cuenta con notas no menos extensas que las de Lane, aunque caóticas y centradas en las costumbres sexuales en el Medio Oriente. La traducción de Mardrús (a partir de 1899) contiene interpolaciones para agregar exotismo. La más reciente, de 2021, de Yasmine Seale, expurga elementos sexistas y racistas, en una vuelta de tuerca del puritanismo de Galland y Lane.
En el momento en que Coleman Banks iniciaba su proyecto de interpretar y parafrasear a Rumi, el intelectual palestino-estadounidense Edward Said publicaba Orientalismo (1978), texto seminal de los estudios poscoloniales, que dirigía sus dardos a la visión despectiva y estereotipada de los estudios académicos sobre el mundo islámico. Ese campo de estudio le parecía a Said inherentemente político e inseparable del legado del imperialismo, basado en una distinción tajante entre Occidente y Oriente como categorías esencialmente distintas, desde una postura de superioridad. Unos anos más tarde Michel de Certeau iba a llamar “la belleza del muerto” al esfuerzo nostálgico por estudiar culturas que se había ayudado a destruir.
Margaret Atwood observó: “En el centro de un imperio puedes considerar tu experiencia como universal”. El giro político inaugurado por Said —bajo la influencia de Foucault— fue incontrarrestable, sin vuelta atrás: correspondía a una pérdida de inocencia. El mundo académico en general comenzaba a transitar desde la ortodoxia marxista a otra ortodoxia, marcada por un análisis minucioso de los diferenciales de poder, la relación asimétrica entre opresores y subordinados. Pero esa nueva lucidez política implicaba también una pérdida de las zonas grises del encuentro y polinización mutua entre culturas.
El impacto de Las mil y una noches, Jayam y Rumi son instancias de un proceso mayor: el nutrido contacto a lo largo de los siglos entre lo que antes de Said se llamaba Oriente y Occidente, análogo a la confluencia de dos océanos y que apunta al origen no occidental de la cultura occidental. Borges sostuvo que esta es una mezcla de religión judía y filosofía griega, que a su vez —sobre todo en su vertiente pitagórica y platónica— provenía en parte de Asia. Se refirió a una conciencia continua de Asia, reflejada en alusiones de autores clásicos como Heródoto, Virgilio, Plinio o Juvenal, siglos antes de Marco Polo. Las guerras médicas y las campañas de Alejandro Magno fueron instancias de contacto entre ambas civilizaciones, tal como más tarde lo serían las cruzadas y las empresas coloniales. Las traducciones de textos griegos al árabe en Al-Andalus y el Reino de Sicilia hicieron posible el Renacimiento; los aportes de la cultura árabe en matemáticas, astronomía, medicina, química, agricultura y arquitectura son innegables. En el ámbito literario, la poesía árabe y persa dejó huellas, entre otros, en los trovadores, Chrétien de Troyes y el ciclo artúrico, Dante, Chaucer, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Emerson y el propio Borges.
En el siglo XX, las publicaciones de D. T. Suzuki en inglés contribuyeron de manera decisiva a la diseminación del budismo Zen en Occidente. A partir de la década de 1960, Idries Shah reintrodujo el sufismo articulado de una manera que resultara útil y relevante para el mundo contemporáneo tanto en Occidente como en el Este. Ambos fueron traductores en un sentido amplio: tendieron puentes.
Uno de los últimos capítulos de ese largo proceso ha sido el descubrimiento en las últimas décadas de Rumi.
Rumi nació en 1207 en Balj, actual Afganistán, de una familia noble. Ante la invasión de las fuerzas de Gengis Kan, huyó junto a su padre para llevar por años una vida errante, visitando Damasco, Bagdad, Jerusalén y La Meca, antes de radicarse en Konia (Rum), hoy Turquía. Es considerado, en palabras de A. J. Arberry, “el más grande poeta místico de la historia de la humanidad”, pero curiosamente se mostró escéptico respecto del valor de la poesía, que le parecía un medio más que un fin, un reflejo imperfecto de una realidad que no podía ser expresada por medio del “canal estrecho” del lenguaje. En sus enseñanzas instruyó el empleo de música, danza y movimientos giratorios para contrapesar el temperamento apático de sus contemporáneos en Konia. Tras su muerte, sus discípulos fundaron la Orden Mevleví o de los Derviches Giratorios, que con el tiempo devino en un mero espectáculo turístico.
En un pasaje de una hagiografía, se relata que Rumi toca un muro en el cual se proyecta la imagen de un “derviche occidental” situado a miles de kilómetros, en España o Marruecos, en lo que parece anticipar tecnologías del siglo XX como el cine o la televisión. En uno de sus escritos da la impresión de esbozar la teoría de la evolución: “Originalmente, fuiste barro. Pasaste de ser animal a vegetal. Del estado vegetal te transformaste en animal y luego en humano. Durante todo ese tiempo el ser humano no sabía dónde iba, pero era conducido en un largo viaje. Y aún te falta atravesar miles de mundos”.
Rumi tardó 43 años en escribir su magnum opus, el Masnavi (coplas espirituales), que abarca seis volúmenes y ha sido llamado “el Corán en persa”. La obra tiene una estructura intrincada que combina poesía, fábulas, chistes, conversaciones, cuentos y exégesis coránica, formando un complejo tapiz. Se afirma que su recitación en el original produce en la audiencia un efecto casi hipnótico.
The Sheherazade Foundation, organización con sede en el Reino Unido que toma su nombre de la narradora de Las mil y una noches, ha encargado a un grupo de jóvenes académicas iraníes una nueva traducción de Rumi al inglés y al español. Se trata de fragmentos o citas, principalmente del Masnavi, organizados en 17 volúmenes temáticos: Lecturas de Rumi para la familia, Lecturas de Rumi para el duelo, la salud mental, el amor, la responsabilidad, la comunicación, la meditación, etc., más un breve volumen, Lecturas esenciales de Rumi, que contiene una selección de esos textos. No están pensados para ser leídos de manera lineal, lo que de alguna manera refleja la configuración deliberadamente dispersa y zigzagueante del original. Algunos poemas (o fragmentos) son reconfortantes: “Aunque pareces un microcosmos, / en tu esencia / eres el macrocosmos”. Otros son oblicuos, crípticos. También puede ser asertivo, casi cortante: “… la respuesta adecuada para un tonto… es el silencio”.
La totalidad forma una constelación en la que es posible trazar líneas de conexión, ver patrones, diseños. La brevedad de las citas y la estructura fragmentaria parecen estar pensadas para un público contemporáneo cada vez menos letrado y con limitada capacidad de atención, aunque la introducción a cada volumen invita a leer y releer los poemas, darles vuelta en la mente. Muchas de las citas contienen consejos casi prácticos para la vida, una suerte de autoayuda del siglo XIII: “Elimina la serpiente del deseo en su cuna / o crecerá hasta transformarse en un dragón”. No se trata de una poesía conjetural sino más bien de la afirmación de verdades, pero no se siente axiomático. El Rumi que esbozan estas páginas es sorprendentemente moderno o quizás universal, en cierto sentido fuera del tiempo: “Esfuérzate en este período / por liberarte de las limitaciones del tiempo, / antes del momento en que el tiempo / deje de tener significado”.
Toda traducción conlleva una ganancia y una pérdida. Y sobre todo en el caso de la poesía mística, que es ya en sí misma una traducción, buscando comunicar —como sugiere Rumi— experiencias o estados de conciencia que solo pueden ser reflejados parcialmente en palabras. El interés contemporáneo por Rumi alude a una situación arquetípica: nadie es profeta en su tierra. Los lectores y las lectoras intentarían contrapesar otra pérdida: lo que ha caído en las grietas de la cultura occidental en su proceso de desencantamiento. Este “nuevo” Rumi se aleja de lo sentimental para adoptar un tono casi pragmático: “Somos los ecos de nuestros actos / y el universo es como una montaña / en la que reverberan”.
por Cecilia García-Huidobro Mac Auliffe