
La Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Diego Portales inauguró ayer la Cátedra Carla Cordua, en honor a la destacada y polifacética pensadora chilena. Esta primera conferencia tuvo como invitado a Carlos Granés, antropólogo y ensayista colombiano, autor de Delirio americano: una historia cultural y política de América Latina y El rugido de nuestro tiempo: batallas culturales, trifulcas políticas. “No imaginarás en vano: cultura y política” fue el título de la ponencia de Granés, quien en un paseo por varios momentos de la historia latinoamericana se refirió a autores como Andrés Bello, Rubén Darío, Vicente Huidobro y José Carlos Mariátegui.
por Sebastián Duarte Rojas I 19 Mayo 2026
El punto de partida de la conferencia con que Carlos Granés inauguró la Cátedra Carla Cordua fue la década de 1820, durante la formación de las repúblicas latinoamericanas, cuando “las armas y las letras van a encontrarse con una misma finalidad, que es lograr una independencia: los militares buscarán la independencia política, pero los escritores empezarán a buscar una independencia cultural, una emancipación espiritual, mental de España a través de la literatura”. Granés comentó en particular el poema “Alocución a la poesía” (1823), del gran representante de esta generación, Andrés Bello, que en sus versos de estilo neoclásico pretende “invocar, interpelar a la poesía, diciéndole, casi como si le susurrara al oído, que ya le ha cantado suficiente tiempo a Europa y que es hora de que gire su mirada y se fije en estas latitudes, porque aquí hay materia digna de convertirse en poesía”. Dicha materia incluye por supuesto la naturaleza americana, pero también, dado que los poetas siempre cantaron las hazañas bélicas, a las figuras heroicas de las guerras de Independencia. (Con razón, a mediados del siglo XX, Pablo Neruda diría sobre Bello: “Comenzó a escribir antes que yo mi Canto general”).
Como parte de aquel período, Granés destacó también la primera novela histórica en español, la anónima Xicotencatl (1826), sobre un tlaxcalteca opositor a la alianza de su pueblo con Hernán Cortés, que provocaría la caída de Tenochtitlán. Xicotencatl el Joven es erigido en esta obra como “héroe de una protonación que parecía ya preexistir a la llegada de los españoles, y que justamente habría muerto con Cortés y habría resucitado o revivido con la Independencia”. Novela y nación también se cruzan en la breve segunda parada de Granés, apenas esbozada al pasar: ya entrado el siglo XIX, cuando la división interior de las repúblicas provoca sangrientas guerras civiles, “la temática política desaparece y lo que tenemos son historias de amor (…) entre distintos sectores de la población, casi como si la novela quisiera de alguna manera imaginar una unión afectiva que repara en el campo fantasioso el desgarramiento que se está viviendo en la realidad política de los países”. Aunque implícita, es clara aquí la referencia a las ideas de Doris Sommer en Ficciones fundacionales: las novelas nacionales de América Latina, cuyo principal ejemplo chileno es Martín Rivas (1862), de Alberto Blest Gana.
El tercer momento en que Granés se detuvo fue el modernismo, una generación vista como “el negativo fotográfico de Andrés Bello. Ellos, al menos inicialmente, van a excluir por completo la política de su temario; les va a parecer algo absolutamente vulgar, pedestre”. Y a diferencia del neoclasicismo importado del venezolano, aunque comparta sus referentes grecolatinos, “Rubén Darío va a desarrollar por primera vez una musicalidad, un ritmo, una métrica que no se había oído nunca antes en ningún lugar: ni en España, ni por supuesto en ninguna otra lengua. Es el primer estilo que responde a una sensibilidad surgida de América”. Lo que forzó a esta generación a entrar en la política fue la campaña militar en que Estados Unidos se apropió de las últimas colonias españolas y tomó el control político de Cuba; el primero en reaccionar fue Darío, quien ante esta amenaza de conquista se refirió en sus crónicas a los estadounidenses como vulgares “calibanes” preocupados solo de la riqueza, con lo que instaló la dualidad shakesperiana que derivaría en el influyente ensayo Ariel (1900), de José Enrique Rodó, que desarrolló esta distinción entre aquellos calibanescos sajones y el elevado espíritu latino, que sí sería capaz de aspirar al genio, al ideal. Granés lo resumió con esta exclamación del nicaragüense en sus Cantos de vida y esperanza (1905): “¡Torres de Dios! ¡Poetas! / ¡Pararrayos celestes (…)!”.
Así la charla arribó al siglo XX y a ese plural movimiento artístico de sus primeras décadas: el vanguardismo. Tras una vuelta por los violentos llamados del futurista Filippo Tommaso Marinetti, que Granés comparó con la posición del modernismo condensada en Rodó —incipientes naciones defienden lo latino frente a la amenaza imperial del norte: Estados Unidos para América Latina, el Imperio austrohúngaro para Italia—, el ensayista abordó casos ejemplares de las vanguardias hispanoamericanas. El primero fue el creacionismo de Vicente Huidobro, en quien observó la influencia del cubismo, vanguardia que a su vez redescubrió la obra de Paul Cézanne, que habría develado la presencia de la geometría en las cosas, en la realidad, como un lenguaje secreto de Dios: “Y con este conocimiento, el pintor podía empezar a crear de la misma forma en que Dios creaba. Ya no iba a ser una torre de Dios ni un pararrayos celeste, iba a empezar a actuar igual que Dios”. De ahí a que Huidobro declarase “No he de ser tu esclavo, madre Natura; seré tu amo”, en “Non Serviam” (1914), o “El Poeta es un pequeño Dios”, en su “Arte poética” (1916), no hacía falta más que un paso. Y a su (fugaz) candidatura presidencial, esa otra forma de transformar la realidad, solo un par de (quizá algo delirantes) trancos más.
Luego habló de Gerardo Murillo, conocido como el Dr. Atl. Su historia parte con el estallido de la Revolución mexicana, cuando este pintor apolítico se refugia en París y descubre un libro reverenciado entre los vanguardistas, El único y su propiedad (1844), de Max Stirner, resumido así por Granés: “Dios solamente se ha preocupado por Dios. Al ser humano le ha impuesto la sumisión a grandes palabras, como verdad, realidad, objetividad, razón, humanidad, etcétera, etcétera. Lo que debe hacer el ser humano es comportarse como Dios, ser igual de egoísta y solamente preocuparse por su yo. El yo va a ser una potencia creadora con el mismo impacto de Dios”. Esta postura cautivó a los artistas, ya que les permitía recrearlo todo como pequeños dioses: un fruto de su influencia fue la anárquica obra de Marcel Duchamp. ¿Y el Dr. Atl? A partir de Stirner, “su filosofía va a ser no imaginarás en vano: como Dios, que lo que se imagina, lo materializa; si yo imagino algo, tengo el imperativo de llevarlo a la acción”. Entonces entra en acción: vuelve a México con intención de matar a Victoriano Huerta, que había asesinado al presidente revolucionario Francisco Madero, pero este “proyecto artístico” se ve frustrado al llegar y descubrir que su blanco ya había sido derrocado. Entonces se une al bando de Venustiano Carranza como jefe de propaganda y director de una escuela de arte, la que de inmediato cierra para enviar a los artistas al cuartel central de los carrancistas, donde “los va a introducir en el nuevo arte, no delante de un caballete, sino sobre un caballo, peleando y, por supuesto, produciendo material que avive la Revolución”.
Última parada: “Ya la idea de Rubén Darío, de Andrés Bello, de buscar inspiración en el mundo clásico, en Roma, en Grecia, ha quedado totalmente descartada. Ahora lo que se proponen es buscar fuentes netamente americanas”. Tal como las reivindicaciones de la Revolución mexicana se enfocaron en los campesinos y los pueblos precolombinos, la vanguardia indigenista de José Carlos Mariátegui y José Sabogal, en un país sin proletariado como Perú, moderniza la imagen del indígena para convertirlo en el nuevo actor revolucionario, lo que, mediante distintas figuras locales, “se replicará básicamente en toda América Latina. Hay un enorme interés, y esto es herencia del arielismo, de encontrar un símbolo americano que permita dar una identidad al continente, [pero] finalmente todos estos personajes, que intentan aglutinar América Latina, lo que hacen es fragmentarla”. La historia desemboca, entonces, en un turbio revés: estos potentes discursos nacionales acaban siendo apropiados por las dictaduras militares de los años 30: “Es la trágica paradoja de la vanguardia; no de toda, pero a grandes rasgos es lo que ocurre con la vanguardia latinoamericana: promueve revoluciones que finalmente son cooptadas por dictadores nacionalistas que las ponen a su servicio, porque también les interesa reivindicar discursos patrioteros”.

El rugido de nuestro tiempo, Carlos Granés, Taurus, 2026, 208 páginas, $20.000.