La vida real, según Benjamin Markovits

Historias dentro de historias, intrigas eruditas e identidades equivocadas, conviven con relatos de minucioso realismo en la amplia obra del escritor británico-estadounidense que la semana pasada estuvo en nuestro país, invitado a la Catedra Abierta UDP en Homenaje a Roberto Bolaño y a la Furia del Libro. En esta entrevista conversa sobre la sensación de leer algo imaginado que, sin embargo, podría ser cierto, en ámbitos muy diversos: los poetas decimonónicos, el deporte como distracción de la vida o un proyecto de gentrificación en Detroit.

por Patricio Tapia I 4 Junio 2026

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En una carta de abril de 1817, Lord Byron, el célebre poeta inglés, le comenta a su editor: “Odio todo lo que es pura ficción; incluso la trama más etérea debería tener alguna base real, y la pura invención no es más que el talento de un mentiroso”.

Casi dos siglos más tarde, esta frase figura como epígrafe de la novela Días de juego (2010), de Benjamin Markovits. En ella, el protagonista, llamado Ben Markovits, relata su época como jugador de básquetbol profesional en Alemania. El hecho de que su autor haya vivido la misma experiencia y que parte importante del libro se ajuste a su trayectoria y vida, podría indicar hasta qué punto lo marcó esa frase. No es el único libro en el que aparece el poeta romántico, o un personaje que se llame Ben Markovits.

En El resto de nuestras vidas (2025, finalista del Premio Booker), su más reciente y duodécima novela, un profesor de derecho, que no se llama Ben Markovits sino Tom Layward, tiene que lidiar con un matrimonio fracturado por un engaño, la suspensión de enseñar y varios malestares físicos. Decide, tras dejar a su hija en la universidad, recorrer Estados Unidos de este a oeste, reuniéndose con diversas personas: amigos, contactos, desconocidos, un hermano, antiguas novias, su otro hijo. El básquetbol también es aquí importante: quiere escribir un libro sobre viajar y jugar con la gente con que se encuentra.

¿Son novelas realistas? Hay lectores (y autores) que desean que los libros que leen (o escriben) traten sobre la vida real. El propio Markovits en su ensayo “La verdadera historia”, recogido en el libro Alchemy (2016), habló de un “coeficiente de ficción”, un multiplicador que convierta la experiencia real en algo lo suficientemente dramático para una ficción. Y que, a decir verdad, distorsionaba todo.

Sin embargo, él mismo no pocas veces desafía esta idea. Sus tres novelas sobre Byron (publicadas entre 2007 y 2011) son también un retrato de un profesor que es el “autor” de dos de ellas y de un personaje llamado Ben Markovits, quien hereda y publica los manuscritos de aquel profesor. La primera de esas novelas (primer libro suyo traducido al castellano), Impostura, se centra en Polidori, el joven médico personal de Byron, contratado menos por sus habilidades médicas que por su parecido físico con él, quien será autor de un relato atribuido al poeta y objeto de un amor dirigido a él.

La primera novela de Markovits, The Syme Papers (2004), también muestra su interés por la obsesión académica y la investigación literaria. Cuenta los intentos de un académico por demostrar que un geólogo del siglo XIX inspiró la teoría de la deriva continental y además descubre un diario de un colaborador alemán de su héroe.

Historias dentro de historias, intrigas eruditas, identidades equivocadas, conviven con relatos de minucioso realismo en la amplia obra de Markovits. En realidad, sus libros se refieren a la sensación de leer algo imaginado, que, sin embargo, podría ser —¿parcial, totalmente?— cierto, en ámbitos muy diversos. Sus libros se refieren a cuestiones tan distintas como poetas decimonónicos, una especie de novela de campus, los deportes como distracción de la vida, las relaciones familiares (que es quizá el tema más presente y central de su obra) o un proyecto de gentrificación en Detroit.

¿Es Byron el autor que más ha leído?
Es probablemente el poeta que más he leído (en parte porque escribió muchísimo), y leerlo tal vez influyó en el hecho de que quisiera ser escritor. Para mi bar mitzvá, alguien me regaló la antología The Atlantic Book of British and American Poetry, editada por Edith Sitwell, que incluía una buena selección de poemas de Byron; esta fue la primera vez que lo leí. Me gustó que fuera divertido. Es fácil escribir poesía y olvidar que lo divertido existe; yo mismo he escrito mucha poesía carente de humor. Los escritores en prosa que más me han marcado son probablemente Austen, Henry James, Roth y Patrick O’Brian. Pero la lista va cambiando.

Sus libros son muy variados, desde una trilogía de ficciones históricas sobre la vida de Byron hasta novelas “deportivas”. ¿Considera que hay un hilo conductor que los une?
Sí, creo que hay líneas que los atraviesan como hilos conductores. Tiendo a escribir sobre personas con un éxito moderado que, de una u otra forma, aún se ven a sí mismas como fracasadas; en parte porque me permite escribir sobre cómo el mundo (o el éxito mundano) parece un instrumento muy impreciso para medir las cosas que importan de las personas… Las novelas de Byron no son tan diferentes de Días de juego, por ejemplo. Byron obligaba a quienes lo rodeaban a lidiar con comparaciones imposibles, debido a su fama, talento, atractivo, etc. Del mismo modo que practicar deporte te obliga a reconocer, a menudo de forma dolorosa, que otros son mejores que tú.

Me resulta sospechosa la manera en que tendemos a exagerar el nivel de espectaculartidad de los acontecimientos en la vida de las personas para escribir novelas… Es fácil crear personajes que mienten, engañan, traicionan, matan, se convierten en zombis, etc., porque no nos cuesta muy poco lograr que hagan estas cosas. Pero cuando uno usa su propio nombre, se siente diferente. La esperanza es que los lectores también lo sientan diferente.

Antes de publicar El resto de nuestras vidas mencionó en un prólogo a un libro sobre su obra que en ella había aspectos a abordar en el futuro: sus personajes llevan una vida bastante buena y deberían ser más felices. Pero en la novela todos tienen una vida cómoda, pero no parecen más felices…
Eso es cierto. Pero creo que mejoro un poco en ese aspecto en mi siguiente novela, que se publicará el próximo año (en inglés). Se titula Starting Out. Es básicamente una historia de amor, sobre una pareja que se conoce en la universidad e intenta construir una vida juntos.

El investigador de su primera novela es una especie de profesor desilusionado; el narrador de la última es uno suspendido temporalmente. ¿Ha tenido malas experiencias como profesor?
No, en su mayor parte, me gusta enseñar; me gusta hablar con los estudiantes sobre los libros que me apasionan. Pero crecí en una familia de académicos. Mis padres son profesores de derecho y muchos de mis hermanos también son profesores. La lucha por la tenure o titularidad que atraviesa Doug Pitt (¡hacía mucho que no pensaba en él!) tal vez no sea una trama muy sexy, pero es una lucha muy real para muchos académicos, que configura sus vidas y por eso me pareció que valía la pena escribir sobre eso. En el caso de Tom Layward, su suspensión fue necesaria por razones argumentales: necesita el tiempo y la libertad para recorrer Estados Unidos en coche cuando deja a su hija en la universidad. Pero también quería sugerir las diversas maneras en que siente que lo han desplazado del centro de su propio mundo: su matrimonio se está desmoronando, su salud se deteriora, sus hijos se van de casa y se siente desconectado, sin comprensión en el trabajo… Estos sentimientos son realmente el punto de partida de la novela.

¿Es el básquetbol el menos literario de los deportes? No hay muchas novelas sobre él y menos escritores que lo practiquen…
El béisbol era tradicionalmente el deporte sobre el que escribían los autores estadounidenses. Pero Conejo, en las novelas de Updike, era jugador de básquetbol… Y supongo que ahora se está volviendo más popular entre los escritores. El básquetbol permite hablar de raza y clase, y además tiene esa maravillosa tradición de partidos informales… Puedes ir a cualquier cancha de Estados Unidos, en cualquier ciudad, grande o pequeña, y encontrar un partido. También es más íntimo que el béisbol, a nivel físico. Sientes el sudor del otro.

¿Cómo ve la relación entre la vida de un autor y su obra?
Me resulta sospechosa la manera en que tendemos a exagerar el nivel de espectaculartidad de los acontecimientos en la vida de las personas para escribir novelas… Es fácil crear personajes que mienten, engañan, traicionan, matan, se convierten en zombis, etc., porque no nos cuesta muy poco lograr que hagan estas cosas. Pero cuando uno usa su propio nombre, se siente diferente. La esperanza es que los lectores también lo sientan diferente; que, si creen que una historia es real o incluso si simplemente les resulta muy real, se interesen hasta en los pequeños acontecimientos que conforman la vida cotidiana, que es principalmente sobre lo que quiero escribir.

En su ensayo “La verdadera historia” habló de un “coeficiente de ficción”. ¿Cree que un coeficiente bajo produce mejores libros o al menos más sinceros?
Considero que leer muchas historias (o ver muchas películas o series de televisión) en las que suceden cosas exageradas tal vez distorsiona nuestra percepción de la vida y nos hace esperar cosas que probablemente no obtengamos. Pero esta es solamente una idea mía; no estoy seguro de cómo se podría comprobar. Y algunas de mis novelas favoritas no son particularmente realistas: La letra escarlata, por ejemplo.

En El resto de nuestras vidas, el narrador: 1) ha sido engañado por su esposa, 2) ha sido suspendido de sus clases, 3) está haciendo un largo viaje por carretera a través de Estados Unidos y 4) experimenta síntomas de una misteriosa enfermedad. ¿Ha vivido alguna de estas experiencias, todas ellas o ninguna?
La única parte de la novela que es autobiográfica es la que corresponde al número 4. Cuando empecé a escribir el libro, tenía los síntomas que le atribuí a Tom, sin saber qué eran. Para cuando terminé el primer borrador, estaba en quimioterapia, y por supuesto, al final de la novela Tom también sabe lo que tiene. También he hecho varios viajes por carretera a través de Estados Unidos, incluso mientras trabajaba en El resto de nuestras vidas, pero a diferencia de Tom, viajaba con mi familia, ¡no estaba huyendo de ella! Escribí sobre esto en The New York Times, en un ensayo: “Writing Novels, Being Sick” (“Escribir novelas, estar enfermo”).

En “La verdadera historia” menciona que, antes de usted partir al básquetbol alemán, una de las jóvenes con las que inició una especie de romance viajaría a Chile e incluso le escribió desde aquí. ¿Las cartas lo animaron o desanimaron a un viaje tan largo?
De hecho, otra de mis amistades cercanas pasó un año en Santiago después de la universidad, dando clases de inglés en un colegio. Pero eso fue hace mucho tiempo, y no puedo decir que sus cartas me animaran o me desanimaran. No, lo que me hizo querer venir fue el hecho de que me invitaran, y también que, después de mi cáncer, decidí decir que sí a las experiencias que se me ofrecieran: arriesgarme y ver qué es lo que podría descubrir. Y me alegro de haberlo hecho.

 

Fotografía: Benjamin Markovits en la Cátedra Abierta UDP en homenaje a Roberto Bolaño, el 28 de mayo de 2026.

 


Días de juego, Benjamin Markovits, traducción de Juan Nadalini, Chai, 2026, 294 páginas, $21.900.


El resto de nuestras vidas, Benjamin Markovits, traducción de Juan Nadalini, Chai, 2025, 228 páginas, $24.900.


Impostura, Benjamin Markovits, traducción de Miguel Martínez-Lage, Papel de Liar, 2011, 246 páginas, $16.100.

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