Hojas de ruta

Un llamado a releer la tradición y un ejercicio voraz de literatura comparada, eso es lo que hace Wilfrido H. Corral en Nueva cartografía occidental de la novela hispanoamericana, libro en que no analiza la obra de los novelistas de manera aislada, sino también desde la manera en que estos reflexionan sobre la literatura y la posición del escritor como intelectual y figura pública a lo largo del siglo XX.

por Sebastián Duarte Rojas I 31 Agosto 2026

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En línea con trabajos como Discípulos y maestros 2.0: novela hispanoamericana hoy (2019), el crítico ecuatoriano Wilfrido H. Corral (Guayaquil, 1950) cuestiona en Nueva cartografía occidental de la novela hispanoamericana las maneras en que se lee en la actualidad: denuncia “el creciente estado menopáusico de la crítica poscolonial” en la academia y se opone a las lógicas de la cancelación: “Si se va a cancelar, condenar, denostar, purgar, señalar o ver mal a novelistas de cualquier sexo por su conducta personal, confundiéndolos con sus narradores, es mejor no leer”.

Luego de un primer capítulo en que desmenuza el decálogo programático de Ángel Rama, “Diez problemas para el novelista latinoamericano” —sin obviar sus falencias, Corral concluye que “es una guía imprescindible para releer el género y la subjetividad crítica”—, Nueva cartografía se avoca a analizar la obra de dos escritores ecuatorianos con escasa recepción fuera de su país, Humberto Salvador y Pablo Palacio, cuyas obras “se adelantan a la visión del artista letraherido de los mejores novelistas con que termina su siglo”.

El tercer capítulo se adentra en la discusión sobre literatura y política, con la Revolución cubana de fondo, en Cortázar y Vargas Llosa, tomando en cuenta no solo su narrativa, sino también sus ensayos, lo que conecta con otro aspecto resaltado por Corral: “Hay algo aparente que no entra en las discusiones sobre los intelectuales en América Latina y que los une más de lo que quieren: Vargas Llosa, Benedetti, Cabrera Infante, Cortázar, Jorge Edwards () y luego Aira, Bolaño, Enrique Serna, Valencia y pocos más tienen un rasgo peculiar: escribir tentando irrespetuosamente a la solemnidad crítica”.

Carlos Fuentes, el autor estudiado en el cuarto capítulo, también es leído desde sus ensayos. Corral parte desde el contraste en su recepción, mejor en el extranjero que en su propio país, lo que atribuye a la manera en que moduló su discurso para acomodarse a la globalización. (Difícil aquí no pensar en la parodia de El congreso de literatura, en que el protagonista de Aira planea clonar al mexicano para conquistar el mundo). Como asevera el crítico, Fuentes habría escrito para el público y, sobre todo, para la academia estadounidense, ya que “apresuradamente quiso estar al día con los postulados de los teóricos del género de otros países ‘más modernos’”, con reflexiones que suelen disolverse en argumentos reciclados y una gran preocupación por ceñirse a lo políticamente correcto.

Aunque su foco es hispanoamericano, su mirada de rango occidental lo lleva a mostrar admiración por novelistas-críticos como Martin Amis, Milan Kundera o John Updike. Crítica y literatura no son ámbitos que considere independientes, en parte porque ‘desde su comienzo la novela ha sido una forma híbrida e impura, basada en otros géneros’. La de Corral es una cartografía de amplio alcance, pero trazada desde el miedo ante el fantasma de la inteligencia artificial y sus inminentes efectos.

Uno de los capítulos más reveladores de Nueva cartografía es el que analiza el concepto de “novela total”, en que, luego de pasar por ejemplos contemporáneos occidentales (Bolaño, Wallace, DeLillo, Pynchon) y por los esperables del Boom y sus alrededores, se retrotrae a “quizás la más total de todas”: la desmesurada, inconclusa y póstuma Umbral, esos cinco volúmenes y miles de páginas del singular escritor chileno Juan Emar, que Corral compara con las mucho más breves pero igualmente excesivas En la ciudad he perdido una novela…, del ya mencionado Humberto Salvador, y En Babia. El manuscrito de un braquicéfalo, del puertorriqueño José Isaac de Diego Padró.

La última parte, “Noticias (críticas) falsas de la teoría novelística”, es donde más se acerca a la situación contemporánea de la narrativa en español, y también el punto en que defiende su visión del lugar de la crítica, como cuando enuncia su deseo de que hubiera al menos un puñado de críticos jóvenes “que entendiera el oficio comparativamente, o escribieran tanto sobre la novela como Cândido, Rama, Beatriz Sarlo, Domínguez Michael en Ateos, snobs y otras ruinas, o Ignacio Echevarría en Desvíos (…) sopesando academicismos sin falacias biográficas, historia reivindicativa, vías transitadas, juicios globales o simple performance”. Corral, por otro lado, también apuesta por autores nuevos, como la argentina Ariana Harwicz, a quien elogia en varios pasajes.

Aunque su foco es hispanoamericano, su mirada de rango occidental lo lleva a mostrar admiración por novelistas-críticos como Martin Amis, Milan Kundera o John Updike. Crítica y literatura no son ámbitos que considere independientes, en parte porque “desde su comienzo la novela ha sido una forma híbrida e impura, basada en otros géneros”. La de Corral es una cartografía de amplio alcance, pero trazada desde el miedo ante el fantasma de la inteligencia artificial y sus inminentes efectos, a la vez predecibles e inimaginables, en el arte literario y la reflexión crítica, un mapa urgente que intenta esbozar antes de que esa catástrofe lo deje obsoleto.

 


Nueva cartografía occidental de la novela hispanoamericana, Wilfrido H. Corral, Ediciones UDP, 2025, 340 páginas, $40.000.

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