
Desde Homero hasta Juan Rulfo, desde Sylvia Plath hasta Philip Larkin, desde Roberto Bolaño hasta María Moreno: una parcela importante de la literatura se construye a partir del padre, o contra el padre, quizás para que esa Ley se demore un poco más en apresarnos a la manera de un abrazo. En este ensayo, el primero de una serie titulada “El padre, el hijo y el Espíritu Santo”, su autor indaga en reproches, insultos y amores, y de paso sostiene que La interpretación de los sueños, de Freud, es una novela de ideas.
por Patricio Pron I 1 Septiembre 2026
Una adolescente —Helen Behmel, pero su nombre no tiene importancia— se provoca un día, afeitándose apresuradamente sus partes íntimas, una fisura anal que agrava su problema de hemorroides. Después de ser operada, decide posponer la salida del hospital reabriéndose una y otra vez la herida. Mientras esté internada, se dice, sus padres —y, sobre todo, su padre, por completo ausente hasta ese momento— seguirán visitándola y preocupándose por ella. Behmel pasa los días tomando calmantes, masturbándose, fantaseando sexualmente con los enfermeros: si aguanta lo suficiente, piensa, sus padres se reconciliarán.
Zonas húmedas, la novela de Charlotte Roche protagonizada por Behmel, tiene la impudicia de los relatos de Chuck Palahniuk y las novelas de Michel Houellebecq, pero su narradora, que es una especie de Holden Caufield pasada de revoluciones, está lejos de interesarse por los “grandes asuntos” que suelen ocupar a ambos autores. Helen deja tampones usados por todas partes con la esperanza de producir una contaminación hospitalaria. Desdeña la obsesión por la higiene. Desprecia a los hombres a los que no les gusta el sexo anal. Desestima el tabú del incesto. No está haciendo la revolución, sin embargo: lo que quiere, sobre todo, es recuperar a su padre.
De cómo hacerlo —y en torno a las ventajas y desventajas de lograrlo— se ha escrito mucho desde que Telémaco se dirigió a Pilos a preguntar por el suyo. Desde luego, Pedro Páramo de Juan Rulfo trata sobre este asunto y es una reescritura a lo Henry James (extremadamente realista, al parecer; pero, en última instancia, ambigua y repleta de fantasmas) de la historia de Telémaco como fue narrada por Homero. Sófocles nos advirtió acerca de esa búsqueda mucho antes de que Sigmund Freud la incorporase a su mitología personal: como terminó descubriendo Edipo, ajustar cuentas con el padre es hacerlo, siempre, con uno mismo; desenredar la cuerda que nos ata, no al origen, sino a la idea del origen. Querer esclarecer nuestro linaje puede terminar con nosotros arrancándonos los ojos tras haberlo perdido todo.
Freud publicó La interpretación de los sueños en 1899, pero lo hizo con fecha de 1900 para que sus lectores se dijeran que con su obra también comenzaba una nueva época; no importa que hasta ese momento el “padre” del psicoanálisis hubiese fracasado en todo lo que se había propuesto ni que el libro fuera, en rigor, una obra de ficción, o una novela de ideas: La interpretación de los sueños influyó más de lo que vendió, y esa influencia dura hasta nuestros días. Fue en ese libro en el que Freud afirmó que el “destino” de Edipo “nos conmueve únicamente porque podría haber sido el nuestro, porque antes de que naciéramos el oráculo fulminó sobre nosotros esa misma maldición. Quizás a todos nos estuvo deparado dirigir la primera moción sexual hacia la madre y el primer odio y deseo violento hacia el padre; nuestros sueños nos convencen de ello”.
Del amor patológico de Trace a su padre en Iodine de Haven Kimmel, hasta la comunión —siquiera provisoria, circunstancial— del narrador y su padre en “Últimos atardeceres en la tierra” de Roberto Bolaño; desde la última pelea de Charles Bukowski con el suyo —B. dejó de respetarlo cuando su padre no le devolvió los golpes: se fue y nunca más volvió a verlo— hasta el modo en que Art Spiegelman consigue comprender por fin a su progenitor cuando logra que este le cuente su historia; desde el padre que “hace plata” y solo se comunica con su hijo en el lenguaje nunca del todo comprensible de las fluctuaciones cambiarias de la moneda argentina en Historia del dinero de Alan Pauls hasta el de Lenny Bruce, quien lo mantenía aterrado con la amenaza de catástrofes económicas inminentes y nunca materializadas, al tiempo que su madre le prohibía leer en la mesa, vestir la ropa del colegio en la casa e incluso silbar; desde los “hijos sin padre” de Carlos Peña hasta el “padre sin hija” que escribe una carta a una de las suyas, que ya no podrá leerla, en “Carta a Vicki” y en Oración de María Moreno; desde la Sylvia Plath de “Papi” (“Yo tenía diez años cuando te enterraron. / A los veinte intenté suicidarme / para volver, volver a ti”) hasta el Philip Larkin de “Sea este el verso” y sus impactantes primeras líneas (“Bien que te joden tus papis. / Aunque no adrede, lo hacen”): como en esos restaurantes donde todo lleva carne, en la literatura, o al menos en una de sus numerosas provincias, la memoria de un lector individual, la de este lector que escribe estas líneas, todo está lleno de padres, y el tiempo en que las novelas sobre la maternidad, que son tan numerosas últimamente, desplacen a la “novela de progenitor” como uno de los modos principales de la literatura está lejos aún, si es que llega algún día.
Star Wars puede haberse convertido en un universo inabarcable en el que las líneas argumentales se solapan y tienden a excluirse mutuamente y los ewoks, esos “primitivos seres bípedos, peludos y de baja estatura”, de acuerdo con Wikipedia, no son ya los personajes de una entrega de la serie sino sus consumidores, adultos infantilizados con muy escasas habilidades retóricas, pero su centro, el conflicto principal de Star Wars, la razón última de su existencia, sigue siendo el enfrentamiento entre padre e hijo y lo que ambos ganan y pierden en él: el hijo pierde una mano, el padre pierde la vida. Y ambos ganan, en la Estrella de la Muerte, of all places, la clausura, el “sentido de un final” del que habló Frank Kermode y sin el cual no hay relato.
Un hecho inquietante, y no del todo ajeno a todo esto, es que el hermano de mi esposa (él mismo un gran fanático de Star Wars) llamó a su primer hijo Anakin. ¿Por qué? Sigo sin saberlo. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas de España, que es el país donde todos —el padre, el hijo, mi esposa y yo— vivimos, hay otros 36 jóvenes llamados Anakin, todos ellos en la provincia de Barcelona. De acuerdo con el Registro Civil de Chile, el número de nacimientos consignados bajo ese nombre durante 2025 es tan reducido, si los hubo, que no entra en la estadística, afortunadamente; en su lugar aparecen cosas como Gael, Liam, Thiago, Benjamín y Máximo, nombres feos que seguramente conducirán a que sus portadores adopten otros en cuanto les sea posible, pero al menos no suponen una invitación al filicidio. De momento, “mi” Anakin es un adolescente tímido y poco problemático que no tiene hijos, estudia mucho y conserva las dos manos.
Puede que Carl Gustav Jung, y también Joseph Campbell, su doble algo menos reputado, tuviese bastante para decir sobre Star Wars, pero fue Jacques Lacan quien se refirió al padre, y a su nombre, o más bien “nombres”, como aquello que permite al sujeto incorporarse a la cultura al precio de aceptar La Ley: con el “nombre del padre” se adquiere el lenguaje, y con él, supongo, la posibilidad de insultar, alabar, añorar, odiar, reprochar, escribir al padre y con él, el mundo. De esto también trata Star Wars, aunque de manera confusa y con una genealogía enrevesada.
Un tiempo atrás, el escritor mexicano Daniel Saldaña París postuló en una de sus novelas una idea de enormes posibilidades, la de un origen compartido: todos son nuestros padres, y nosotros somos los padres de muchos otros, así como sus hermanos y sus hermanas. Una sociedad nueva podría surgir de ella, del reemplazo de la búsqueda del padre por el ejercicio de nuestra responsabilidad con los demás, independientemente de su ascendencia. Sin embargo, nada hace pensar que una sociedad así vaya a surgir pronto; mientras tanto, mi padre favorito de la literatura es el de una novela breve de la escritora alemana Birgit Vanderbeke. En Mejillones para cenar, una mujer y sus hijos hablan de un padre al que están esperando con la cena en la mesa; el hombre no llega, surgen los primeros disensos y su imagen, que se desdibuja poco a poco, pasa de la del progenitor afectuoso y conciliador, que todos quieren ver en él, al imbécil despótico y arrogante, manipulador y violento, que en realidad es. Durante su espera, dice el narrador, los hijos “empezamos a pensar qué haríamos si él no viniera, y enseguida descubrimos que para mi hermano y para mí sería mejor que no volviera, que no volviera nunca, porque ya no nos gustaba ser una verdadera familia, como él la llamaba”. La esposa y los hijos se beben el mejor vino de la bodega del progenitor; arrojan a la basura los mejillones, que solo le gustan al padre; abjuran de su amor por la obra de Giuseppe Verdi; hacen planes para disponer de su recién recobrada libertad. No importa si llega o no al final del libro: leer sigue siendo lo que hacemos para que el padre, y con él La Ley, se demoren un poco más, dejen de apresarnos con su abrazo.