Feminicidio

por Aïcha Liviana Messina I 28 Junio 2023

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Femicidio, homicidio, feminicidio. ¿Por qué tenemos más de una palabra para decir el crimen?

Hace tiempo, escribí lo siguiente: “Lo que vienen a nombrar estas palabras (feminicidio, antisemitismo) es un silencio, un mecanismo, algo que se instala de una manera tan radical que no hay ley a la cual apelar. En el ámbito jurídico, cuando una palabra nueva emerge, es que algo se ha vivido en soledad. Por siglos. Por toda una vida. Sin terceros, sin mundo. Esto hacen a veces las palabras: rompen silencios profundos, de siglos, que han forjado los cuerpos y las palabras y el modo en el que estamos en el lenguaje, en la mecánica social. Una nueva palabra no es necesariamente una nueva norma, sino la posibilidad de la escucha; y entonces de un tercero, un testigo, un mundo”.

La relación de la violencia con la palabra se puede describir a través de las siguientes ideas:

a) Para que exista el crimen, debe haber una ley o un mandamiento que lo prohíba. “No matarás”: no existe el crimen si no existe una ley que determina un límite, un sistema de valores que da forma y contenido a una consciencia.

b) El crimen, por lo tanto, no es el hecho bruto de matar; es el hecho de traspasar un límite. Existen, por lo demás, formas legales de matar o de acabar con una vida. En un contexto religioso por ejemplo, un sacrificio significa acercarse a la divinidad. Un crimen, en cambio, es una forma de desobedecer al mandato divino. Cometer un crimen, es desafiar la ley. Todo crimen es un enfrentamiento, aunque sea con la invisibilidad de la ley y sus guardianes.

c) Por ello, quien comete un homicidio habita de otra forma el lenguaje. El criminal convive con un secreto. No solamente el secreto de su acto, sino el de la ley, del límite traspasado, de lo que hay detrás de la prohibición.

Existen formas de convertir un crimen en un acto insignificante. Esto pasa cuando se decreta que determinado tipo de personas, o de grupo de personas, no son solo enemigos sino enemigos de un Estado, o incluso que no formarían parte de la humanidad. En estos casos se busca legalizar la muerte, transformarla en simple eliminación de lo que amenazaría un sistema. Aquí, en vez de determinar un límite, el lenguaje invita a traspasarlo, o más bien a subvertirlo. Ya no se dice “no matarás” sino “mataremos”. La palabra nigger en Estados Unidos fue usada para consagrar el odio, darle legitimidad, incluso provocarlo y, por ende, provocar la muerte sin que esta muerte se percibiera como un crimen. Sirvió para que quienes mataran se sintieran justificados o incluso glorificados (alabados) en su acción.

d) El criminal pertenece al silencio de la ley. Traspasó un límite. Ahí, detrás del mandamiento, del “no matarás”, hay un silencio. Quizás es el mismo silencio del mandamiento. Como dice Levinas, no hay que hablar para que haya prohibición. Hay que ser mirado por otro, por otra mirada que suplica. El silencio que se abre cuando una persona encuentra a otra coincide con el momento de la prohibición, del pensamiento, del temblor ante de toda acción. Este silencio es lo que posibilita que un crimen sea reconocido como tal y que no todo termine en la insignificancia.

El crimen se trasforma en matanza insignificante (o gloriosa) cuando el lenguaje se vacía de su silencio, de la idea de límite, de algo desconocido implicado por todo limite. Decir nigger, llamar un grupo de personas “cerdos”, hablar de esclavos y de esclavas (personas sin libertad, sin eso que nos constituye como humanos), es justamente destruir el silencio que habita el lenguaje y que nos pone frente a límites. En estos casos, jugar demasiado con las palabras, es jugar con la muerte o, más precisamente, hacer que la muerte pueda ser un juego. Cuando denomino a alguien “cerdo”, abro espacio a que se pueda matar a esta persona, y que esta muerte no tenga importancia.

Puede ocurrir también, en otro contexto, que la muerte pase a ser completamente silenciosa. Esto ocurre cuando el lenguaje deja de ser un juego para ser un mero instrumento. En un campo de concentración, cuando en vez de personas con nombres y apellidos (es decir, personas que tienen historias, personas singulares), hay individuos reducidos a un número, ya no hay personas, sujetos de derecho, sujetos que deben ser protegidos, sujetos que podrían responder en su nombre y por ende constituirse como personas responsables. Con la subversión del lenguaje en número, algo que, en este contexto, no tiene otro significado que la constitución de una masa (de cadáveres), se destruye el lenguaje, su fluctuación semántica, y se destruye la persona humana, su misterio, su historia, su libertad. Ahí la muerte se silencia. Ni siquiera se da porque no hay más personas, hay números; no hay vida, hay un sufrimiento anónimo. Los seis millones de muertos de la Shoa no han muerto de muerte humana. Antes de morir, murió la humanidad, los lazos humanos dentro de los cuales la muerte significa, duele, se conmemora, se lamenta. Ha muerto ahí la muerte.

e) Cuando se crean palabras para nombrar casos específicos de violencia o de crimen, no se busca solo prestar atención al grupo de personas concernidas por la violencia sino a la comprensión del mundo, al sistema de sentido implicado en cada acto violento y a la ley que es inherente a la formación del sentido. Antisemitismo, homofobia, femicidio, feminicidio, racismo: apuntan a formas de odiar, de subordinar o excluir, a formas de matar —y sobre todo a formas de convertir un crimen en nada o en algo necesario. La violencia homofóbica, por ejemplo, implica muchas veces la tortura y suele ser un acto colectivo. El feminicidio, en cambio, suele ocurrir en el ámbito “doméstico”. En el primer caso, se trata de condenar la subversión que habría en una sexualidad “disidente”. La tortura es un castigo a quien contraviene a la (supuesta) ley de la “naturaleza”. Es una forma de hacer la ley, aunque la tortura no sea legal. Más precisamente, quien tortura y mata en este contexto asume un rol de corrector de la ley. En el segundo caso, cuando el crimen ocurre en un lugar doméstico, es la muerte de quien no ha de asumir una existencia pública y libre. El feminicidio es también una forma de recordar la ley, una ley que es ancestral o inconsciente, una ley que ha estructurado nuestras formas de pensar y nuestras estructuras sociales : “No saldrás de la casa. No tendrás una existencia pública. Perteneces a la humanidad solo en cuanto eres, antes que todo, una propiedad, mí propiedad, dentro de esta otra propiedad que es mi casa. De otra forma, si sales de la casa, eres una puta: la propiedad de todos. Por ende, te mato”. El feminicidio, su frecuencia, no tiene que ver con tipologías de seres humanos (cuán “malos” o “brutos” serían algunos varones) sino con el modo en el cual somos autómatas de la ley (una ancestral), con el modo en el cual esta ley que nos estructura, aunque no esté necesariamente vigente, habla en las personas; tiene que ver con su incorporación silenciosa —mientras, esta incorporación estalla en gritos y en actos violentos. No me parece suficiente decir que el feminicidio consiste en matar a una mujer porque es mujer. El feminicidio despliega la lógica de lo que ha sido escrito en un código legal que nos antecede y que, aunque ha sido corregido parcialmente, es parte de lo que estructura nuestras sociedades. Antisemitismo, homofobia, femicidio, racismo: son los nombres de la violencia de la ley, o de la violencia vuelta ley —de un deseo de corregir la ley (violencia homofóbica) o de una ley (una antigua, pero duradera y estructural) incorporada a un cuerpo, a su gestualidad, su ira. Ahí el silencio de la ley está en la corporalidad de uno, en sus gritos.

f) En sus usos cotidianos, las palabras femicidios y feminicidios son difíciles de distinguir. Estas palabras hacen irrupción en un sistema jurídico cuya historia ha sido fundada sobre la idea de mujer como propiedad. La pluralidad de palabras tiene que ver con la tipificación de la violencia y con los momentos en los cuales estas palabras irrumpen en los propios sistemas jurídicos que hacían posible (y entonces inaudible) la violencia. Estas palabras surgen, ante todo, para romper lo que la propia ley silenciaba —porque de cierta forma lo avalaba. Estas palabras no son solamente nuevas categorías jurídicas, aunque sí enfrentan a la ley con ella misma, con su violencia. Remiten a un silencio profundo, el de la muerte de las mujeres enmarcada en una ley. Buscan, así, un punto de inflexión en este silencio y en lo que hizo posible su instalación milenaria.

g) La pluralidad de palabras también tiene relación con su amplitud política y con sus distintas formas de ejecución. Existen distintas tipificaciones de feminicidios: la muerte otorgada por un cónyuge (femicidio); la muerte decretada por ley (lapidaciones públicas; caza de brujas); los fenómenos de muertes invisibles en masas, como ocurrió en la ciudad de San Juan, en México. Los matices implicados por las palabras pueden, a su vez, hablar de distintas formas de morir (con violación, actos de tortura, desmembramiento o golpes de piedras, de tal suerte que a la mujer no le pertenezca más ni la intimidad de su muerte y que cualquiera pueda matarla).

h) El hecho de forjar una palabra nos ha permitido “ver” un crimen, y entenderlo en cuanto fenómeno político (entonces no contingente), estructural, del cual todos y todas de alguna forma participamos. Aunque no matamos de forma efectiva, participamos inevitablemente de lo que se instala, silenciosamente, con los sistemas de sentido. Todos y todas incorporamos, de una forma u otra, la ley ancestral que ha hecho de la mujer una propiedad. Hay entonces algo potente, eminentemente prometedor y también exigente, en la invención de las palabras. Las palabras nos trasforman. Rompen silencios profundos, aunque son solo palabras. Es cierto, no tienen poder sobre la violencia, pero permiten y exigen actuar sobre las causas que hacen posible el crimen, su repetición, incluso su aceptación en cuanto ley. Las palabras pueden llegar a prohibir una violencia que se instaló de forma legal, ancestral. Son una ley dentro de la ley.

i) A modo de conclusión: no se trata de recorrer la historia de la violencia —la F de femicidio es larga—, sino de colocarnos en varias de sus estructuras. Y de colocarnos en el lenguaje también. Uno que a veces hablamos, que habla en nosotros. Feminicidio ocurre porque la historia de la mujer como propiedad es larga, es silenciosa, como lo son las propiedades. Te mato. La estructura lingüística del feminicidio es el tuteo. que eres una cosa mía, alguien a mi alcance. La violencia implicada en un acto racista tiene otra estructura. Tal vez no se trate de decir “tú”, sino “nosotros”. Matemos. No soy yo el que se glorifica en la muerte de ellos, somos nosotros. Tú, nosotros, ellos. Te mato dentro de otra estructura de la violencia. Te mato donde también matamos. Tú, nosotros, ellos o nadie. La violencia culmina cuando matar termina siendo un acto mecánico, sin otro, sin yo. Sin ellos. Sin nadie. La violencia del Holocausto ha borrado cualquier pronombre personal. Se trató de reducir a nada la muerte, esta muerte que tal vez nos da la palabra, esta que hace que la experiencia del encuentro abra a un silencio. “No matarás”: no existe un lenguaje especifico, un oído específico, para detenernos antes del acto violento. Solo podemos recorrer la violencia en la estructura que la hace posible, en su estructura lingüística, esta que hace que la violencia ocurra en silencio, que forme parte de nuestro silencio.

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