Frontera fantasma

En Autobiografía del algodón, al igual que en el conmovedor libro El invencible verano de Liliana, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza se mueve entre historia política, familiar y personal, entre su propia voz y las de aquellos a quienes invoca: los muertos. Pero la similitud entre ambas novelas va más allá de la reconstrucción documental de la vida de sus familiares; también comparten los saltos en el tiempo, el cuidado de la visualidad y la narración misma del proceso de investigación.

por Sebastián Duarte Rojas I 23 Mayo 2023

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Le han dicho que allá, a un día de camino si consigue cambiar los caballos, las cosas están que arden. Le han dicho que si quiere ver acción directa, si quiere cambiar el mundo de verdad, debe arrancarse más para el norte. Allá, a un paso de la frontera, encontrará Estación Camarón”. A quien se lo han dicho es a un joven José Revueltas, quien en 1934 fue enviado por el Partido Comunista mexicano a incitar una huelga que, como entendió de inmediato al llegar, no necesitaba las arengas de nadie: “Lo que sí podía hacer, era oír. Lo que tenía que hacer, era escribir”.

Con esta historia comienza Autobiografía del algodón, novela de Cristina Rivera Garza publicada originalmente en 2020, pero traída a nuestro país tras el éxito de su conmovedor libro El invencible verano de Liliana. La escritora mexicana también ha publicado muchas otras novelas, libros de cuentos, ensayos y poemarios, pero son aquellas dos publicaciones más recientes y profundamente interconectadas las que se han convertido en una cima de su obra, por la que a su vez ha recibido dos galardones desde Chile: el Premio José Donoso (2021), de la Universidad de Talca, y el Premio Cátedra Mujeres y Medios (2022), de la Universidad Diego Portales.

Autobiografía del algodón es una narración documental, mezcla de investigación y ficción, en torno a los campos de cultivo de esta planta que se instalaron en la primera mitad del siglo XX al norte de México, esto gracias a la creación de un ingenioso sistema de riego desde el Río Bravo, y la huelga presenciada por Revueltas —quien la registró en su novela El luto humano (1943)—, que antecedió la posterior sequía y el cierre de las plantaciones. Pero la autora también la llama: “La historia de cómo, aun antes de nacer, el algodón me formó”, ya que sus abuelos fueron parte de los colonos que llegaron a la zona fronteriza tras la creación del sistema de riego.

El abuelo paterno de la escritora, José María o Chema, que participó activamente de la huelga, tuvo tres esposas. Aunque Rivera Garza también considera como sus abuelas a las dos primeras —Asunción, que lo acompañó cuando joven en la vida brutal de las minas y en la muerte de sus primeros hijos, y Regina, su valerosa compañera durante la Revolución mexicana—, es Petra Peña, su abuela biológica de nombre tan rocoso, con quien la conexión es más intensa, no solo porque fue con quien Chema llegó a Estación Camarón en busca de un futuro mejor para sus hijos, sino también por su relación con la escritura: ella fue la primera persona de su familia en aprender a leer y escribir, llevaba un diario y “se comunicaba con lo que no estaba ahí, frente a ella, que casi era lo mismo a decir que Petra mandaba y recibía mensajes de fantasmas y muertos”.

En su relación con la escritura, Petra no es solo la antepasada de la autora, sino también de la protagonista de su última novela. “Mi hermana, Liliana Rivera Garza, construyó un archivo meticuloso de sí misma a lo largo de su vida”, cuenta en El invencible verano, que trabaja con las cartas de Liliana recuperadas por la familia años tras el femicidio que le quitó la vida en 1990, mucho antes de que existiera esta nomenclatura. Junto con Autobiografía del algodón, son dos caras de un mismo proyecto escritural, ubicado en el cruce entre historia política, familiar y personal, entre la voz de la autora y las de aquellos a quienes invoca: los muertos. Pero la similitud entre ambas novelas va más allá de la reconstrucción documental de la vida de sus familiares, también comparten una misma estructura formal —partes numeradas, compuestas por capítulos con títulos en minúsculas entre corchetes—, la ordenación no cronológica —y con fragmentos que no son siempre narrativos, más cercanos al ensayo o la poesía—, el cuidado de la visualidad —una contiene una sección de fotografías y la otra incorpora una tipografía basada en la letra de su hermana— y la narración del proceso de investigación —desde la primera persona de la autora, pero reconociendo a todas las personas que la ayudaron—, al tiempo que tienden sutiles puentes entre sí —cada novela cuenta muy brevemente, como de pasada, el argumento central de la otra— y también dialogan con protestas sociales y con un libro al que vuelven de manera recurrente: en El invencible verano, esas protestas son las manifestaciones por el aborto, el movimiento #MeToo y las performances de Lastesis, y el libro es Sin marcas visibles, un estudio de Rachel Louise Snyder sobre la violencia de género.

Su noción arqueológica de la escritura se encuentra con un problema fundamental en esta historia: ‘La gente de campo deja pocas huellas’. Un problema agobiante para la investigación, sí, pero al que la autora sabe sacarle provecho en términos literarios, como en los momentos en que recrea la vida íntima de los personajes por medio de la ficción.

El diálogo explícito de Autobiografía del algodón es con la ya mencionada El luto humano, especialmente en la segunda parte de la obra, un ensayo que gira en torno a Revueltas y las ideas de permanecer y pertenecer a la tierra. Aquí Rivera Garza sostiene que “la tarea más básica, la más honesta, la más difícil, consiste en identificar las huellas que nos acogen. Este es el momento ético de toda escritura y, aún más, de toda experiencia”. Pero su noción arqueológica de la escritura se encuentra con un problema fundamental en esta historia: “La gente de campo deja pocas huellas”. Un problema agobiante para la investigación, sí, pero al que la autora sabe sacarle provecho en términos literarios, como en los momentos en que recrea la vida íntima de los personajes por medio de la ficción o en los pasajes destinados a su descubrimiento del rostro de Petra en un acta fronteriza cuyos datos contradicen lo que afirman otros registros, que dejan preguntas sobre la veracidad de los documentos y acerca de lo que uno entrega u oculta a las autoridades.

Usurpar —concluye Rivera Garza en ese capítulo ensayístico— es lo contrario a escribir”, una afirmación con la que vuelve a lo planteado en Los muertos indóciles (2013), libro de ensayos que, desde el concepto de desapropiación, hacía un llamado a la reescritura y otras formas de trabajo textual en que la autoría se colectivice y el resultado esté impregnado de una suma de voces ajenas, las que se reconozcan como tales “con el fin de regresar al origen plural de toda escritura y construir, así, horizontes de futuro donde las escrituras se encuentren con la asamblea y puedan participar y contribuir al bien común”. Es difícil creer que la literatura pueda alcanzar realmente aquel fin utópico, pero es claro que Autobiografía del algodón —al igual que El invencible verano— hace todo lo posible por lograr esa escritura plural por medio de un trabajo de archivo que, sin dejar de ser riguroso, permite que se asomen tanto el cariño como la rabia más intensas.

Porque el yo no se borra. Pese a buscar el protagonismo de los otros, la autora se deja ver a sí misma no solo en el proceso de investigación, sino también al dar cuenta del efecto que los descubrimientos tienen en ella misma y su identidad. Esto es evidente en los capítulos de la segunda mitad del libro, cuando se enfoca en la historia de la familia de su madre, cuyos actuales problemas de memoria menciona en más de una ocasión. Sus abuelos maternos se conocieron siendo migrantes mexicanos en EE.UU., pero al enterarse de la oferta de tierras para los colonos de la zona del algodón, regresaron a México y tuvieron a su primer hijo en Estación Rodríguez, cerca de Estación Camarón. Con los años, sin embargo, algunas de sus hijas volvieron a migrar en un movimiento rotatorio que perdura en la vida de la autora: “Pensaba que había llegado a Houston, pero estaba equivocada. En realidad, en 1990, cuando me bajé de un avión de Aeroméxico para iniciar un viaje que ha durado casi 30 años ya, estaba regresando a Houston. En los cinco años que pasé leyendo en los cubículos helados de la biblioteca universitaria, (…) aprendí mucho de la economía de América Latina y de la historia de México. No aprendí —porque no pregunté, porque pensé que la sabía— nada sobre la historia de migración de mi familia”.

La retroexcavadora rompía el cemento de la vieja plaza justo en el momento en que llegamos a Estación Camarón. (…) Era una tarde luminosa y caliente de fines de marzo del 2017. Para entonces, Estación Camarón ya tenía décadas siendo un pueblo fantasma”, escribe Rivera Garza sobre su llegada —o regreso— a esas ruinas, esas huellas siendo borradas mientras ella intenta reconstruirlas en Autobiografía del algodón. Sus viajes al territorio de la novela ocurren cuando en este se abren nuevas heridas por la violencia de los carteles y la “guerra contra el narco”, parte importante de lo que la empujó hacia lo que ha denominado necroescritura, que en la literatura mexicana tiene ecos ineludibles —como menciona en el ensayo Los muertos indóciles— de “Juan Rulfo. Todos sus murmullos. Esos que suben o bajan por la colina detrás de la cual se asoman, ateridas, las luces de Comala, la gran necrópolis poblada de exmuertos”.

 


Autobiografía del algodón, Cristina Rivera Garza, Literatura Random House, 2022, 320 páginas, $18.000.

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