Las formas de la pesadilla

por Marcela Aguilar I 25 Junio 2024

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Islas de calor es el primer libro de Malu Furche, directora audiovisual y guionista. Se trata de cuatro cuentos enmarcados en un momento distópico: cuando la temperatura de la ciudad capital se mantiene sobre los 40 grados, escasean el agua y la comida, hay cortes de energía eléctrica, la gente muere en las calles por deshidratación o insolación, y los sobrevivientes hacen poco más que resistir.

Este es el escenario, transitado ya por numerosos autores, como lo comentó Sergio Missana en un reciente ensayo publicado en esta misma revista. Lo que hace singular a Islas de calor es que no se limita a las circunstancias de la distopía climática, sino que plantea historias situadas en ese entorno, pero que se emparentan con otras tradiciones, incluso con resonancias donosianas —el horror de los corredores de la casona patronal, como lo definió Rafael Gumucio— que proponen la casa, lo doméstico, como un espacio ominoso y de secreta violencia. En esto dialoga también con novelas como Carcoma, de Layla Martínez (Laurel, 2021), o Te di ojos y miraste las tinieblas, de Irene Solà (Anagrama, 2023); en ambas la casa no es simplemente el escenario de los acontecimientos, sino que se constituye en un personaje relevante, con sus propios rituales y apetitos.

El primer cuento, “Vivir así”, alude a una canción de Camilo Sesto, el cantante favorito de una de las protagonistas. “Vivir así es morir de amor”, dice el verso completo: es una manera de entender la relación —tan sofocante como el ambiente— entre una patrona y su empleada, dos mujeres que se conocen desde niñas y que han transitado por diversas formas de dependencia y humillación mutua. Esquelética y mezquina una, gorda y generosa la otra, ambas se han degradado al mismo ritmo que la casona que habitan. El espacio doméstico está plagado de secretos, que son formas diversas de violencia. El engaño, el maltrato y su negación se incuban incluso en las nuevas generaciones de una familia cuya infelicidad adquiere ribetes siniestros.

Lo que hace singular a Islas de calor es que no se limita a las circunstancias de la distopía climática, sino que plantea historias situadas en ese entorno, pero que se emparentan con otras tradiciones, incluso con resonancias donosianas —el horror de los corredores de la casona patronal, como lo definió Rafael Gumucio— que proponen la casa, lo doméstico, como un espacio ominoso y de secreta violencia.

La violencia latente en las relaciones domésticas es el hilo que cruza estas historias. “La Atacama (o los que no vuelven)” es el relato en que esta tensión desborda hacia el territorio de lo paranormal. Ese giro desconcierta en una primera lectura, pero al mirar el libro completo se entiende como una extensión posible de ese protagonismo de la casa que se anunciaba ya en el primer cuento. Es interesante, además, cómo ese horror se vincula con la violencia política y se hace eco de episodios de la historia reciente de Chile, como la de las tertulias literarias de Mariana Callejas, realizado en las dependencias superiores de una casa en cuyo sótano se torturaba. La superficie y lo oculto estructuran esta narración entre gótica y punk.

Animales de calor” tiene también un elemento sobrenatural que no alcanza las resonancias de los anteriores, aunque su protagonista es tan relevante en la propuesta del libro que vuelve a aparecer en el relato siguiente, el último del volumen. “La viuda y la virgen” ofrece una imagen poderosa: la de la Virgen del cerro San Cristóbal incendiada, que irrumpe nuevamente como una proyección distorsionada de la realidad, como ocurre en las pesadillas. El anclaje de este libro con escenarios que existen en la ciudad provoca la inquietud de lo que parece conocido y, al mismo tiempo, tiene algo distinto. La viuda del relato ha sido bendecida con un milagro sin sentido, protegida por alguna fuerza sobrenatural que, en cambio, no es capaz de detener el desastre climático global. Un dios, digamos, con extrañas prioridades. Los fieles agradecen a la viuda a la usanza tradicional: “gracias por favor concedido”, reza uno de los cartelitos clavados afuera de la casa.

La distopía de este relato está en el entorno, pero los conflictos remiten, como en el resto del libro, a miedos y amenazas, a defectos y virtudes atemporales. Anclados a este fin de mundo, los personajes se aferran a sus miserables ganancias. Nada muy distinto de lo que ocurre hoy con la discusión sobre la crisis climática, la destrucción del Amazonas, el uso de combustibles fósiles o la contaminación de los océanos. Como en los espejos retrovisores, todo en este libro está más cerca de lo que aparenta.

 


Islas de calor, Malu Furche, La Pollera, 2022, 137 páginas, $11.900.

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