
Al morir, a los 94 años, Mumford dejó como legado unos 30 libros y más de mil artículos. Su obra recorre el siglo XX —nació en 1895 y falleció en 1990—, abordando la historia de la tecnología, la naturaleza de la civilización, la literatura y la moral. Conocido fundamentalmente como escritor sobre la ciudad, fue uno de los más importantes críticos de arquitectura y autor de dos obras esenciales, La cultura de las ciudades (1938) y La ciudad en la historia (1961).
por Patricio Tapia I 18 Mayo 2026
Cada utopía que se ha soñado ha tomado forma de ciudad. No es de extrañar que Lewis Mumford, cuyo trabajo pionero sobre el origen y evolución de la cultura urbana contribuyó a establecerla como tema de interés académico, haya escrito antes sobre el pensamiento utópico. En Historia de las utopías (1922), su primer libro, trataba el ideal utópico con respeto y suspicacia. No defendía una utopía concreta y señalaba las debilidades de todas. En ellas, las artes y ciencias son cuestión de especialistas, a los que Mumford despreciaba, prefiriendo la perspectiva “generalista”. Las utopías que describe son esfuerzos por rehacer la realidad: le interesaba la búsqueda de la perfección, no como felicidad individual, sino como solución social.
Debido a su nacimiento ilegítimo y por ser huérfano de padre, Mumford se consideraba un “hijo de la ciudad”. De niño exploraba calles, edificios y parques de Nueva York. En la universidad, una tuberculosis incipiente lo forzó a suspender sus estudios. Nunca completó su licenciatura. Su educación formal fue menos importante que sus lecturas independientes, en las que descubrió a Patrick Geddes, botánico y urbanista escocés para quien ningún ser vivo podía comprenderse aislado de su entorno. De él aprendió la importancia de la observación directa de las ciudades y a considerarlas como organismos vivos. La ciudad fue su universidad.
Alcanzó un lugar destacado como crítico en revistas de la década de 1920. Tras su Historia de las utopías publicó, en rápida sucesión, una serie de libros que exploran lo que su amigo Van Wyck Brooks llamó el “pasado utilizable” de la cultura estadounidense. Con Sticks and Stones (1924), The Golden Day (1926), Herman Melville (1929) y The Brown Decades (1931), Mumford contribuyó al redescubrimiento de una época y un panteón de escritores, pintores y arquitectos del siglo XIX: Emerson, Thoreau, Hawthorne, Eakins, Homer, Richardson, Sullivan, Olmsted, los Roebling.
En paralelo a estos libros, Mumford trabajó por la reforma urbana. En 1923, fue uno de los fundadores de la Asociación de Planificación Regional de América, interesada en la vivienda y la planificación, defendiendo un regionalismo de ciudades-jardín. Su interés por las ciudades del futuro inspiró su estudio de las del pasado. También mantuvo su atención en la ciudad actual, mediante la crítica arquitectónica.
Sin formación en arquitectura, aprendió de primera mano (u ojo). Intentaba comprender las ciudades observándolas, recorriéndolas para saber qué esperar y exigir de ellas, como hizo en diversas revistas. La más importante fue su columna “Skyline” (perfil urbano) para The New Yorker, entre 1931 y 1963. Su perspectiva sociológica, su lejanía de círculos académicos y profesionales, establecía un vínculo con el ciudadano común, utilizando un estilo directo para comentar desde el mostrador de comida más modesto hasta el rascacielos más imponente.
Nunca consideró la arquitectura solamente un arte, pues debía elevar la calidad de vida. Su atención a las necesidades humanas lo llevó a criticar el rascacielos, arquitectura no para seres humanos, sino “para ángeles y aviadores”.
En la década de 1930, Mumford amplió su campo de visión para sondear el “pasado utilizable” de toda la civilización occidental, proyecto que le llevaría dos décadas y cuatro volúmenes: Técnica y civilización (1934), La cultura de las ciudades (1938), La condición del hombre (1944) y La conducta de la vida (1951).
Técnica y civilización investiga los orígenes, triunfos y errores de la técnica moderna, desde el cine o la fabricación de vidrio hasta la concepción de la ciudad planificada y otras mil cuestiones relacionadas con grandes inventos occidentales que crearon tanto posibilidades emancipatorias como nuevas formas de esclavitud.
La cultura de las ciudades es una obra de historia, pero a favor de un tipo de ciudad. Crónica del nacimiento, vida y decadencia de las ciudades occidentales, desde la Edad Media hasta la desintegración posindustrial del siglo XX, en estas páginas la ciudad medieval es presentada como una versión temprana de la ciudad-jardín. Entrega un panorama idílico, quizá demasiado: no era tan insalubre ni tan hacinada como nos han hecho creer; la gente vivía cerca de su trabajo; abundaban actividades recreativas, ceremonias y espacios abiertos. Le gustaba la ciudad medieval que produjo riqueza cultural y nuevas tecnologías (como el reloj mecánico).
Según Mumford, los desarrollos posteriores son una caída en el caos y la confusión. La gran avenida lineal o el agrupamiento de monumentos públicos son características de las ciudades barroca e imperial (la Versalles de Luis XIV; o el París de Napoleón III, por ejemplo), construidas para el espectáculo, el movimiento sobre ruedas y las tropas militares.
Luego viene la ciudad industrial, con fábricas y grandes barrios marginales. Sube el valor del suelo y las ciudades siguen creciendo indefinida y desordenadamente hasta la asfixia, como metrópolis o megalópolis. La historia, más bien triste, termina con una nota esperanzada por la reconstrucción regional.
Aunque estuvo a favor de la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra, ella significó la muerte de su hijo, en 1944. Desde entonces y hasta finales de la década siguiente, sufrió lo que su biógrafo, Donald Miller, denomina una “era de la frustración”. Pero a la frustración siguió un período muy productivo, con La ciudad en la historia (1961) y los dos tomos de El mito de la máquina (1967-1970), libros en los que adoptó un tono cada vez más desilusionado y de urgencia, cuando consideró que los riesgos de la bomba atómica y la creciente congestión urbana comenzaban a amenazar los cimientos de la civilización. Trabajó contra la proliferación nuclear y la participación estadounidense en Vietnam. Denunció proyectos de inmensos edificios y grandes carreteras que desfiguraban las ciudades.
Si en La cultura de las ciudades la esperanza estaba en planes de diseño, en La ciudad en la historia lo estaba en el control y el orden, temas centrales en su última y más amplia obra de tema urbano, La ciudad en la historia, que absorbe las secciones históricas de La cultura de las ciudades y se extiende al pasado anterior a la Edad Media. Con nuevos datos arqueológicos, abre con una visión romantizada de la aldea neolítica que, hace cinco mil años, con el arado y grandes proyectos de irrigación, fue precursora de la ciudad. Esta habría nacido de una unión entre grupos neolíticos asentados y la cultura paleolítica de cazadores. La implosión de esta unión se logró mediante un repentino aumento del poder de la realeza, que fusionó autoridad sagrada y secular. Aquí Mumford ve los orígenes de la guerra, el poder estatal y la primera forma de trabajo organizado, la “megamáquina” de partes humanas, con que reyes y faraones construyeron pirámides y palacios.
Tras las características de la forma urbana temprana, Mumford identifica ciclos culturales (o idola) que caracterizan la civilización: ciclos grecorromano, cristiano, mecanicista y orgánico, que perduran siglos, con fases en secuencia: aldea, polis, metrópolis, megalópolis y necrópolis. Por ejemplo, en su análisis del mundo grecorromano, señala que el pensamiento griego se origina en las aldeas; siguió el florecimiento en las polis y evolucionó a la fase metropolitana helenística; en cambio el Imperio romano desarrolló la megalópolis y se encaminó a la necrópolis. Para Mumford, esta Roma fue “una nación de saqueadores y haraganes”, “una boca y un estómago gigantescos”; convirtió “todos los refinamientos de la cultura, todo decoro de la vida diaria, en algo que era a la vez fantástico y brutal, sensacional y repugnante, presuntuoso e insensato”.
Luego el libro retoma la Edad Media, abordada en La cultura de las ciudades. A Mumford le gusta la escala íntima de la ciudad medieval, su trazado informal, sus espacios abiertos y su relación con las granjas circundantes. Siena le sirve como ejemplo de urbanismo orgánico (“No parte de un objetivo preconcebido: va de una necesidad a otra, de una oportunidad a otra”). El ciclo cristiano nunca se completó, interrumpido por un idealismo mecanicista que convirtió las ciudades en “barrocas”. A estos desarrollos le siguió la gran contribución del ciclo mecanicista: la metrópolis industrial y la megalópolis. Hacia el final del libro se muestra cuánto ha cambiado su perspectiva desde La cultura de las ciudades, en cuanto al énfasis por el orden y la regularidad.
A medida que envejecía, Mumford expresó su ambivalencia ante la tecnología y su miedo al futuro. Lamentó el estado de la ciudad moderna y de gran parte de la vida moderna. En El mito de la máquina, afirma que el Estado moderno es una versión actualizada de la antigua “megamáquina”.
También se decantó por obras autobiográficas. Aceptó su propio lugar y sus escritos como “pasado utilizable” para otros. Se esforzó por terminar su último libro, Apuntes de vida (1982), en que vuelve a su Nueva York de la infancia. Recuerda cuando, desde el Puente de Brooklyn, la vio imponente: “La maravilla que me produjo fue como la maravilla de un orgasmo en el cuerpo de la persona amada, como si toda mi vida me hubiera conducido a ese momento”.
Mumford, afirmó su amigo Brooks en sus memorias, “fue uno de los pocos hombres que no tenían ideas, sino una idea”. Con prudencia, se abstuvo de señalar cuál. Según el biógrafo de Mumford, era el auge de la máquina y la perspectiva mecanicista. Pero bien podría decirse que fue la ciudad, su gran pasión, el tema en el que convergían todos sus intereses. Las grandes ciudades, pensaba, eran productos históricos, acumulaciones de muchas generaciones, una obra de arte colectiva, enriquecida por una sucesión de pequeños cambios. Según La cultura de las ciudades, “es el punto de máxima concentración del poder y la cultura de una comunidad. Es el lugar donde los rayos difusos de muchas y diferentes luces de la vida se unen en un solo haz”.