Temporada de caza

por Manuel Vicuña I 13 Mayo 2024

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Cosas de la realeza, exquisiteces del poder cuando puede disponer de la vida ajena y explorar todas las posibilidades del ejercicio de la soberanía —en el caso de las monarquías— que brinda la teoría del origen divino de la autoridad. En el siglo XVI, Luis XI se dispuso a pasar un buen momento, a celebrar un día distinto. Me imagino a un séquito de aristócratas, todavía no domados por los rituales cortesanos de Versalles, montados en caballos soberbios, rodeando al rey francés, mientras la jauría se apronta para una nueva incursión en el parque de Amboise. En esta ocasión, el panorama consiste en dar caza a un hombre, al cual se recubre con la “piel de un ciervo recién cazado”. Largan al terreno al pobre tipo, aterrado por lo que anticipa una muerte atroz, y los perros no tardan en alcanzarlo y despedazarlo con la furia antes reservada a los jabalíes. Encuentro la anécdota y todo un tratado sobre el tema en un libro del filósofo francés Grégoire Chamayou, un libro donde la sed de sangre abunda, abundan también las citas espeluznantes, y el clamor de las víctimas se eleva entre líneas.

La caza de hombres no fue una extravagancia renacentista. Tiene una larga historia. Platón y Aristóteles legitimaron la práctica, haciendo esfuerzos por pulir un criterio que distinguiera entre la humanidad de los cazadores y la animalidad de las presas. La guerra solía ser el escenario más idóneo para la captura de hombres y, de esta manera, reforzar la institución de la esclavitud, en la cual reposaba la vida material de la polis. Los esclavos por naturaleza carecían de razón y eran víctimas, supuestamente, del imperio de los caprichos del cuerpo. Tenían algo de bestias salvajes a las cuales había que domesticar, por su propio bien. Se les llamaba “bueyes bípedos”. Atraparlos con vida, decía Aristóteles, es un arte.

Se comenta que el mismo Platón padeció la esclavitud durante un periodo de su vida, y que Sócrates, ya caído en desgracia en Atenas, prefirió permanecer en la ciudad, con todos los riesgos que eso implicaba para su vida, antes que aceptar la propuesta de exiliarse en Tesalia, una región repleta de andrapodistes, que es como les llamaban a los cazadores de hombres.

Los espartanos practicaban este arte como medio de intimidación, rito de iniciación a la masculinidad guerrera, entrenamiento militar y goce sin reservas de la condición de amos. A diferencia de los atenienses, mataban a sus presas, sacadas de la población servil de los ilotas. Llegada la noche, los jóvenes espartanos se lanzaban a los caminos de Lacedemonia y degollaban a todos los ilotas que encontraban a su paso. Sentían preferencia por los hombres fuertes y con capacidad de liderazgo, cortando de raíz, por este medio tan expedito, la posibilidad de una revuelta de la población. Los ilotas se vestían con pieles de perro. Los espartanos, en el contexto de esta ceremonia sangrienta, se cubrían con pieles de lobo.

La expresión caza de brujas es un clásico del lenguaje popular y se utiliza en distintos contextos, no solo para designar la compulsión cristiana por localizar y eliminar a los herejes, tal como aconsejaba Tomás de Aquino. Durante la conquista de América, los indígenas eran cazados con dogos, que les seguían el rastro por las selvas donde se habían refugiado. Otro tanto podría decirse de los esclavos fugitivos de las economías de plantación de Brasil o de Estados Unidos, y de las operaciones de captura emprendidas originalmente en África. En todos estos casos aparece la sombra de la animalización (la del sexo con el macho cabrío, la de la fiera o la del sujeto sin alma) y a la vez se encuentra un resquicio de humanidad, que hace de la caza un placer por partida doble: la presa es animal y hombre, dualidad que le otorga al poder una euforia más intensa.

Añado: los deportados a Siberia por los zares a veces se fugaban, caminaban por la Taiga, hundiéndose en la nieve, temiendo lo más crudo del invierno y el ataque de los cazadores de hombres, que existían en cada pueblo de esas rutas señaladas por los huesos de los prófugos que no habían logrado salir con vida de la aventura.

En el siglo XVI, Luis XI se dispuso a pasar un buen momento, a celebrar un día distinto. (…) En esta ocasión, el panorama consiste en dar caza a un hombre, al cual se recubre con la ‘piel de un ciervo recién cazado’. Largan al terreno al pobre tipo, aterrado por lo que anticipa una muerte atroz, y los perros no tardan en alcanzarlo y despedazarlo con la furia antes reservada a los jabalíes.

Los antiguos agentes de policía que se infiltraban entre las multitudes, operaban sobre la base de este mismo imaginario: la caza de criminales emboscados en las grandes ciudades de la modernidad temprana. La introducción de los perros policiales, de los sabuesos, como se dice, inserta este tipo de caza en una larga tradición de complicidad entre humanos y animales domesticados, en procura de presas cuyos rastros se pierden en terrenos accidentados.

Disgrego un poco, solo para volver a lo mismo, en circunstancias insospechadas: justo por estos días de primavera inestable pienso en los magnates rusos, fascinado por los testimonios que Svetlana Aleksiévich, en una orquestación coral de testimonios fuera de serie, reúne en su mejor obra: El fin del “Homo sovieticus”. Es sabido: esos potentados se enriquecieron hasta decir basta, apropiándose del gas, del petróleo, y haciendo negocios al amparo de la polvareda que levantó el colapso de la Unión Soviética, con su seguidilla de nostalgia por la grandeza del imperio rumiada en las cocinas, de esperanzas frustradas en la democracia, de proliferación de mafias, de tránsfugas, de intentos comunistas de golpe de Estado, de líderes grandilocuentes con debilidad por el vodka y de delirios nacionalistas y étnicos, de pogromos entre antiguos vecinos y de degüellos convertidos en rituales comunitarios para celebrar en familia.

Aleksiévich entrevista a mucha gente que, pese a haber sufrido persecución en tiempos de Stalin, esposas e hijos de hombres enviados al Gulag, sienten orgullo por la Unión Soviética y, en particular, por la guerra victoriosa contra los nazis. Otras personas repudian el pasado comunista, totalitario, y abrazan el ideal de la libertad, sin percatarse de que sus promesas carecen de sustento hasta que ya es demasiado tarde, y todo se desmorona sobre sus cabezas llenas de desconcierto.

Pero de pronto emerge un testimonio distinto. Lo da una joven que celebra la efervescencia de los 90, cuando los fuertes aprovecharon la oportunidad de comerse el mundo con una voracidad sin escrúpulos. Admiradora de esos mercaderes, de la seguridad que transmiten, ella quiere triunfar, ser rica, gozar de su independencia y usar a los hombres sin incurrir en los costos del amor ni en cualquier desliz de sentimentalismo. Trabaja en publicidad y se desplaza por las autopistas del capitalismo con el pelo al viento. Es ambiciosa en extremo y lo confiesa con orgullo. Aunque no solo habla de sí misma en párrafos torrenciales; también cuenta cosas sobre los nuevos ricos que, agotados de los placeres convencionales, hartos de hundir la cara en fuentes de caviar negro y de navegar en yates con grifería italiana de oro, de repente buscan nuevas experiencias en una industria de la entretención bastante imaginativa: los pobres ricos se aburren, nada los consuela, el tedio vital aplana sus días. La grisura de la vida se cuela en sus mansiones vigiladas por matones, y hasta enrarece el aire de sus jets privados rumbo a Londres.

Qué hacer, se preguntaba Lenin pensando en la revolución. Qué hacer, se preguntan los magnates, y el mercado, con su plasticidad infinita, responde con ofertas insólitas.

Las agencias de viajes diversifican sus servicios. Organizan estadías de dos días en cárceles siniestras, para sentir en carne propia las tribulaciones de los presos. Los guardias golpean a los clientes, les tiran a los perros, los tratan como reos comunes, sin miramientos, los encierran en celdas mugrientas, con raciones de porquería. Otros pagan hasta cinco mil dólares por llevar la vida de un indigente, por vestir ropas roñosas y pedir dinero en tono lastimero, si bien se hacen acompañar de guardaespaldas. Tampoco se excluye la posibilidad de jugar al Marqués de Sade, satisfaciendo cualquier fantasía perversa. Las propuestas no se quedan ahí, sin embargo. Para los matrimonios cansados de la rutina, se promueve esta experiencia en los folletos turísticos: la mujer se prostituye a destajo y el marido, para no perderse detalle, se transforma en su cafiche.

Pero todo no queda ahí. Se dispone de ritos más atrevidos aún. Son clandestinos, eso es parte de su atractivo, y también explica lo elevado de los precios: los iniciados participan en la caza de un hombre, de un indigente desprevenido al cual se recluta para que actúe como un animal salvaje. Solo por unas horas, a cambio de un fajo de dólares… si sobrevive, claro. Porque la idea es matarlo, jugar a ser un semidiós cuando el poder del dinero ya no basta.

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