Galo Ghigliotto: “El amor es un asunto cada vez más extraño”

El escritor, editor y uno de los fundadores de la Furia del Libro, publica el volumen de relatos Su cadáver avanza hacia el mar, donde conviven personajes despreciables, enigmáticos y obsesivos, quienes protagonizan historias misteriosas, límites y macabras. El autor de la premiada novela El museo de la bruma cree que este año el Premio Nacional de Literatura debería recaer en la narradora Pía Barros.

por Javier García Bustos I 5 Agosto 2026

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Es uno de los textos más extensos del libro. Su título está tachado. Es un cuento enigmático, sugerente, donde el narrador parte explicando la negación: “Que el lector no piense que mi novia es un travestido que aparenta ser mujer. (…) Es raro afirmar que bajo algo se oculta otro algo que no existe”, leemos en “Mi novia no tiene vagina”, uno de los ocho relatos del nuevo libro de Galo Ghigliotto, Su cadáver avanza hacia el mar, publicado por el nuevo sello Puya Editora.

Poeta, escritor, coordinador editorial de la editorial Usach y fundador de la Furia del Libro, Galo Ghigliotto nació en Valdivia, en 1977. En 2006 llegó a vivir a Santiago. Ese mismo año publicó el ejemplar de poemas Valdivia, a los que se suman los títulos Bonnie&Clyde (2007), Aeropuerto (2009) y Monosúper (2016). Su primer libro de cuentos fue A cada rato el fin del mundo (2013). Además, es autor de las novelas Matar al Mandinga (2016) y El museo de la bruma (2019, Premio Mejores Obras Literarias 2020).

“El humor nunca surge como un recurso evidente, mas ahí está, palpitante, juguetón y en ocasiones negro como la noche misma”, escribió Juan Manuel Vial de las aventuras que conforman A cada rato el fin del mundo. Una definición que bien podría funcionar para las historias que construyen los relatos del nuevo título, Su cadáver avanza hacia el mar, donde las situaciones límites y, a veces, escabrosas, tensan la lectura y sostienen la voz de personajes obsesivos y también despreciables.

“No siempre hay luz. Y lo despreciable merodea. A veces pareciera que no hay chance de la luz. De que aparezca completamente la luz. Creo que ahora empiezo a entender algo que le oí una vez a Raúl Zurita cuando hablaba de la luz negra: esa cosa que ilumina oscureciendo”, dice el autor, creador de Editorial Cuneta, fundada en 2009, de donde surge el sello Puya Editora.

Tras un proyecto monumental

Tenía dos libros de cuentos inéditos. Sus títulos: La nueva mitología y La siniestrura. Pero no estaba convencido de publicarlos. Algo no cuajaba. “Hice leer estos libros a varias personas. Y, finalmente, estos cuentos de los dos libros los leyó Katherine Hoch, quien hizo sus comentarios y la selección de los relatos. Y así, ella armó este único libro”, cuenta Ghigliotto sobre la construcción de Su cadáver avanza hacia el mar, donde hay historias protagonizadas por amigos obsesionados con ovnis, un médium buscando cuerpos de desaparecidos y jóvenes ansiosos de un amor no correspondido. “Fue un libro que se fue armando por goteo. Hay relatos que son del 2010, otro del año pasado, otro de este año. Lo que ocurre es que siempre tengo material disperso, inédito, y el hecho de ser editor no siempre me anima a publicar”.

¿Eres un escritor prolífico?
Fui un escritor muy prolífico, pero sin método. Cuando trabajaba como freelance me costaba mucho menos escribir. Y también tendía a ser más obsesivo: me metía en un tema y escribía o investigaba durante una semana. Tenía tiempo y concentración para sentarme a escribir 40 páginas de un tirón.

Siempre busco explotar la posibilidad de las voces. Es algo que me interesa mucho como escritor, pero también como lector y como editor: la forma en que una historia cambia según quién la cuenta, desde dónde la cuenta y con qué lenguaje intenta organizarla. El lenguaje burocrático o técnico me interesa porque puede producir un efecto literario muy particular. (…) Ahí hay algo que me interesa mucho: cómo un lenguaje aparentemente frío, técnico o administrativo puede terminar cargado de poesía, de ironía o de extrañeza.

Uno de los temas que está presente en el libro son las formas torcidas del amor…
El amor es un asunto cada vez más extraño. Las formas de amar, de la intimidad, van variando. La intimidad va cambiando. Las elecciones van cambiando. Los adolescentes de ahora experimentan la vida de otra forma. Y me interesa que eso quede registrado en la literatura. Por ejemplo, el fenómeno de la autora Romina Pistolas, que está rodeado de prejuicios, porque escribe y fue una stripper. Nosotros, en editorial Cuneta, publicamos su libro Carmen, y hemos sido criticados por eso. Y es puro prejuicio.

Otro de los temas que atraviesa el libro es la muerte.
Sí, la muerte cruza los cuentos de distintas maneras. A veces está al inicio, a veces aparece al final, a veces se extiende por todo el relato sin necesidad de nombrarse demasiado. Pero no siempre clausura la historia. Al contrario, muchas veces la abre. Lo más difícil quizás no es solo aceptar que alguien muere, sino entender de qué manera sigue presente. Me interesa pensar la muerte no solo como acontecimiento, sino como efecto: qué hace en una familia, en una casa, en una voz que intenta explicar lo inexplicable. Los muertos no desaparecen del todo. Siguen ocupando espacio en los objetos, en las frases que repetimos, en los recuerdos que vuelven sin pedir permiso.

En los cuentos también hay diferentes registros: hay textos más poéticos y otros incluso con un lenguaje burocrático. ¿Fue deliberada esa decisión?
Sí, cuando escribo siempre busco explotar la posibilidad de las voces. Es algo que me interesa mucho como escritor, pero también como lector y como editor: la forma en que una historia cambia según quién la cuenta, desde dónde la cuenta y con qué lenguaje intenta organizarla. El lenguaje burocrático o técnico me interesa porque puede producir un efecto literario muy particular. No lo pienso solo como una parodia del trámite, sino como una forma de tensión. Hay algo de eso en cierta poesía de Sergio Raimondi, en particular en un poema como “Qué es el mar”, o en el comienzo de El hombre sin atributos, de Robert Musil, donde se describen una serie de características climatológicas para terminar llegando a una frase muy cotidiana: “Era un hermoso día de agosto”. Ahí hay algo que me interesa mucho: cómo un lenguaje aparentemente frío, técnico o administrativo puede terminar cargado de poesía, de ironía o de extrañeza.

¿Qué proyecto de escritura trabajas hoy?
La biografía de un amigo con el que compartí mucho y con el que hablaba todas las semanas. El poeta mexicano José Luis Bobadilla, quien además era gestor cultural, narrador, académico y editor de la editorial Mangos de Hacha. Murió de manera trágica, a los 44 años, en 2019.

¿Es una biografía novelada?
Algo así. Aún no sé. He estado pegado siete años en esta historia. Viajé a México y entrevisté a amigas y amigos y personas cercanas a él, y se me apareció otro personaje. Algunos me hablaron pestes de él. Yo me había propuesto escribir algo luminoso después de El museo de la bruma, pero me di cuenta al armar este retrato que el protagonista (Bobadilla) también tenía unos lados bien oscuros. Debo llevar unas 900 páginas escritas. Con unos cuatro o cinco comienzos diferentes. Un ejemplo: cuando mi amigo se emborrachaba siempre hablaba de Raquel, una mujer que era el amor de su vida, una chica judía a la que le impedían estar con él. Bueno, yo logré entrevistar a Raquel.

En tus lecturas o relecturas ¿A qué libros vuelves?
A los de William Faulkner. Es un misterio. Siempre cuando lo leo me lo imagino escribiendo. Mientras agonizo es un libro que he leído cuatro veces y que recomiendo. Me pasa también con su libro Luz de agosto. Vuelvo siempre a la poesía: Cavafis es mi copiloto. Soy muy fanático de su obra. Hay un libro de la Andrea Palet que se llama Leo y olvido. Creo que yo también leo y olvido. A veces miro mi biblioteca y digo este libro lo voy a leer ahora, llegó el momento de leerlo, y lo tomo y veo que lo tengo entero subrayado. Pero, también hay libros que no se me olvidan por ningún motivo: a veces vuelvo leyendo y a veces solo vuelvo a leer en la memoria. Me pasa con libros como El entenado de Juan José Saer, Zama de Antonio Di Benedetto y El hombre sin atributos de Robert Musil.

En la última edición de la Furia del Libro, en mayo pasado, en la Estación Mapocho, muchas personas criticaron la incorporación como auspiciador de McDonald’s. ¿Qué te ocurre con eso?
Ellos, McDonald’s, se acercaron a nosotros. Tuvimos hartas conversaciones con el grupo organizador. Descartamos internamente varios temas políticos. De hecho, pensé que muchas editoriales no iban a participar, que se iban a abstener. Pero fue peor: fueron, participaron de la Furia del Libro y se quejaron. La participación de la Furia es voluntaria. Recuerdo, en 2010, cuando hicimos la Furia del Libro en el GAM, las críticas eran porque la Furia se había institucionalizado. Este año tuvimos a McDonald’s, quien pone las lucas para no cobrar entrada, por ejemplo, y también tuvimos mesas sobre el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Y nadie nos prohibió ni puso condiciones de nada.

Este año se otorga el Premio Nacional de Literatura a una narradora o un narrador. ¿Tienes alguna preferencia?
Me hubiese gustado que se lo diesen a Jorge Guzmán, pero ya murió. En su libro Ay mama Inés hay todo un retrato de este país. Ahora, de los narradores vivos, creo que lo debiera obtener la Pía Barros. Más allá de la edad, luego deberían premiar a Alejandro Zambra. En fin, ahora que es un reconocimiento anual, espero que muchos autores puedan tenerlo, y que no sea sinónimo de una buena jubilación y nada más.

 


Su cadáver avanza hacia el mar, Galo Ghigliotto, Puya Editora, 92 páginas, $13.900.

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