Victoria Ramírez: “Siempre me han interesado otras formas de vida que no sean humanas”

En Teoría del polen, la poeta se refiere al mundo vegetal no solo desde una perspectiva de admiración de la belleza de las flores; también observa los problemas medioambientales en su esfera más política. “Leí harto sobre inteligencia vegetal —explica en esta entrevista—, sobre teorías de Stefano Mancuso y Michael Marder. Había visto la obra Estado vegetal, de Manuela Infante, y fue muy importante para mí. Me ayudó a entender el punto de vista desde donde quería escribir”.

por Pablo Retamal Navarro I 16 Junio 2022

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A veces ocurre que un poeta se encuentra escribiendo dos libros al mismo tiempo, como le ocurrió a Victoria Ramírez Mansilla (1991). Paralelamente a la escritura de su debut, Magnolios (Overol, 2019), otros poemas empezaron a tomar un cuerpo propio. A diferencia de ese texto, que tenían una mirada algo más personal y juvenil, estos mostraban otra cosa: “Había unos poemas que no me hacía sentido incluirlos en Magnolios, que tenían un narrador más distante, que miraba las plantas de una forma casi más objetiva, pero que tenía cierta lírica, cierta poética”, recuerda Victoria sentada en un café del barrio Lastarria.

Esos poemas forman parte de Teoría del polen, su segundo poemario, publicado a fines del 2021 por Provincianos Editores. En sus páginas, desarrolla unos poemas en que se refiere al mundo vegetal, no solo desde una perspectiva de admiración de la belleza de las flores; también observa los problemas medioambientales en su esfera más política.

Mientras degusta un té sin prisa, Ramírez cuenta que una instancia que la ayudó fue la residencia McDowell, en Estados Unidos, donde estuvo en 2019. Los recuerdos le fluyen rápido, tal vez por eso tiene un ritmo alto cuando habla, ese ritmo que tienen los apasionados por la escritura.

“Estuve un mes, fue en junio de ese año. Ahí el texto adquirió muchas capas que antes no tenía. Leí harto sobre inteligencia vegetal, sobre teorías de Stefano Mancuso y Michael Marder. Poco tiempo antes de viajar había visto la obra Estado vegetal, de Manuela Infante, y fue muy importante para mí. Me ayudó a entender el punto de vista desde donde quería escribir. En esa residencia, el proyecto sumó densidad casi a nivel de investigación, y además ayudó mucho traducirlo desde el inglés”.

Para mí, estar encerrada con todo ese tiempo para reflexionar era una oportunidad para que cuando se acabara la pandemia, no siguiéramos siendo las mismas personas. Ahí el libro empezó a adquirir capas que no había pensado en un inicio.

¿Traducirlo del inglés?
Sí, porque al final de la residencia tenía que mostrar los poemas que había escrito. Entonces, al pasarlos al inglés, hubo un ejercicio interesante de traducción, eso hizo que aparecieran otras cosas. Después vino el estallido social y la pandemia, y sentía que todo lo que estamos viviendo era un llamado de atención general como un cambio de vida, de relación humana. Para mí, estar encerrada con todo ese tiempo para reflexionar era una oportunidad para que cuando se acabara la pandemia, no siguiéramos siendo las mismas personas. Ahí el libro empezó a adquirir capas que no había pensado en un inicio.

Este poemario tiene diferencias con Magnolios, los poemas no tienen título y tiene un tono menos juvenil.
Magnolios fue una exploración más desde la familia, más de entender mi propia historia, estas ganas que tiene mi familia de volver al sur, en particular mi mamá, siento que son cosas que se heredan. Nací en Santiago, pero siempre me he sentido conectada a otros espacios. Magnolios era más tradicional, en el sentido que los poemas tenían títulos, tenía los temas más claros. En cambio, Teoría del polen es más arriesgado, porque juega con distintos tipos de versos. Hay prosa, tonos que son más objetivos, otros que son más líricos. Hay un poema que parece citado de un lugar y en verdad no es una cita real, y lo pude hacer porque había hecho ese primer libro. Con Teoría del polen estaba más segura de lo que estaba haciendo.

¿Por qué ese interés por las plantas?
Siempre me han gustado mucho. No es que sea especialista en plantas o algo así, siempre me han interesado otras formas de vida que no sean humanas. De hecho, ahora estoy pegada con poemas sobre animales. Hay un libro de (José) Watanabe que son solo poemas de animales que me gusta mucho. Podría haber sido plantas u otra cosa. De hecho, pensé en una cosa más geológica, con los glaciares, pero sentía que las plantas tienen algo muy interesante, como el potencial de la inteligencia, son solidarias y egoístas, tienen características súper humanas y, al mismo tiempo, sobreviven más que los humanos, es algo que se ha dicho mucho. Pareciera que no somos tan inteligentes, porque estamos destinados a extinguirnos próximamente. Se está acabando el agua, es algo que está pasando ahora. Sentía que las plantas era una buena forma de hablar de seres subordinados y que, a su vez, son más inteligentes que los humanos. Ahí me parece que responde a una lógica de cambio de paradigma. Creo que la pandemia y todo lo que ha pasado en los últimos años también enseña que estamos haciendo las cosas mal, sobre todo en el tema de la explotación indiscriminada de los recursos naturales, pero también la explotación al ser humano. La falta de ocio, por ejemplo, que me parece fundamental, o el gusto por el placer, que es algo que aparece en el libro, el placer de las plantas.

¿El interés medioambiental lo tuviste siempre?
Sí, es algo que tengo desde niña, en el colegio participaba en colectivos medioambientales, siempre fueron temas que me interesaron, podría haber estudiado algo científico, pero al final me fui por un lado más humanista. En el libro esos temas iban a aparecer sí o sí, solo que fueron apareciendo de a poco. Fui aprendiendo más, el mismo hecho de visitar parques nacionales o entender ciertas problemáticas como la explotación de pino eucaliptus, son cosas que aprendí viéndolas, me demoré varios años en ponerlo en papel.

Sentía que las plantas tienen algo muy interesante, como el potencial de la inteligencia, son solidarias y egoístas, tienen características súper humanas y, al mismo tiempo, sobreviven más que los humanos, es algo que se ha dicho mucho.

¿Te parece que en Chile se ha hecho suficiente por el tema?
Vengo de la literatura, de la poesía, entonces no me atrevería a decir si se ha hecho lo suficiente o no, pero tengo la impresión de que no. Durante el gobierno de Piñera hubo problemas con la aprobación de termoeléctricas o lo que pasó en Quintero, que fue terrible; tenemos demasiados ejemplos de desastres medioambientales, esta opinión es de ciudadana. Tengo esperanza en la actual ministra del Medio Ambiente (Maisa Rojas), que es una climatóloga experta, y espero que haga una diferencia. Estábamos acostumbrados a tener ministros que no sabían del tema. Y tengo la impresión de que como este es un país con demasiados recursos naturales, hay cosas que no se están haciendo. Me parece que hay zonas que debieran protegerse, como el loteo de áreas protegidas en Aysén, que ha sido medio escandaloso, porque las venden a precio de huevo.

Victoria, la tallerista

Victoria Ramírez no solo es periodista de formación y poeta, también dirige un taller de poesía, donde tiene un programa de lecturas sobre la base de autoras y dirige los proyectos escriturales de los alumnos. Empezó en 2019 de manera online, y esa modalidad la continuó en 2020. No pudo hacerlo en 2021 (“Tenía mucho trabajo”, pero retomó este 2022. “Ha sido una experiencia súper rica, súper entretenida”, cuenta. “He aprendido un montón. Yo misma he tenido que revisar mi propia escritura a partir de cosas que veo en el taller y me sirven mucho. Como doy lecturas todas las sesiones, siempre estoy volviendo, y eso me obliga a estar al día con lo que se está publicando, estoy yendo a lanzamientos y conozco gente que también está escribiendo. Es interesante que no necesariamente es gente que viene de la misma disciplina que una, de repente artistas visuales o gente del teatro que pueden entender la poesía de una forma mucho más multidisciplinaria y eso me parece interesante para salir del espacio de confort”.

¿Qué has descubierto de ti misma gracias al taller?
Al principio no estaba tan segura de hacer taller, porque es un ejercicio de exponerse, y quería que saliera bien. Después me di cuenta de que me gusta mucho compartir con la gente, en pandemia me sirvió hablar con la gente todas las semanas, porque estábamos encerrados y nos acompañábamos y siento que se armaron espacios súper ricos de conversación. A nivel humano me sirvió, y la poesía era una vía de escape, de todas formas. Diría que a nivel de formación, para poder explicar ciertas cosas —si es que se pueden enseñar, porque la poesía es difícil de enseñar— hay que tener claridad. He ido armando mi propia bibliografía: Alicia Genovese, por ejemplo, es una autora que me gusta mucho; Sylvia Molloy también. Cuando una vuelve sobre ciertos textos aparecen nuevas iluminaciones, configuras una idea de lo que eres, como cuál es tu poética, qué es lo que te interesa. Si te interesa trabajar la imagen o el sonido, el tipo de voz que va a ser, si tiene que haber más de una voz, y en un taller te obligas a pensar en eso.

 


Teoría del polen, Victoria Ramírez, Provincianos Editores, 60 páginas, $9.520.

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