La comedia social según Roland Barthes

De Mitologías, un libro que fue calificado como “objeto crítico no identificado”, lo primero que sorprende son sus materiales: 53 textos breves sobre los objetos en apariencia más triviales de la nueva sociedad de consumo: jabones y detergentes, las revistas femeninas y sus notas sobre cocina y astrología, el plástico ofertado como la sustancia milagrosa del siglo XX, las fotografías de políticos en períodos eleccionarios o el nuevo Citroën.

por Marcela Rivera I 26 Enero 2026

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“En 1957, un autor apenas conocido publica un pequeño libro curioso y frío, insólito, insolente, corrosivo, Mitologías. Su fin es describir a distancia, para neutralizarla mejor, la comedia social”. Así rememora Philippe Sollers, 35 años después, la irrupción de este libro indisciplinado en el cielo nada despejado de la Francia de posguerra. Mitologías ingresa a la órbita intelectual francesa como un “objeto crítico no identificado”. Al revisar los comentarios tras su publicación, puede sentirse la conmoción que experimentaron sus lectores. Cuando Barthes apareció ese ano en el programa de televisión Lectures pour tous, el presentador Pierre Desgraupes se mostró visiblemente desconcertado ante este libro “difícil de explicar”. Jean Lacroix escribió en Le Monde que se trataba de “una obra extraordinaria”, subrayando inmediatamente el sentido fuerte que quería imprimirle al término: “Profunda y cruel, rigurosa —a veces en exceso—, de una escritura a la vez geométrica y plena de humor”. En ella, concluye Lacroix, sentimos que “el hombre moderno nos es implacablemente lanzado, como un títere demasiado bien articulado”. Hay algo en este libro, confeccionado a partir de breves “crónicas de época” que Barthes escribió entre 1954 y 1956, a pedido de su amigo Maurice Nadeau, para la revista Les Lettres nouvelles, que reclama adjetivarse intensificando su carácter inclasificable, fuera de regla.

De este libro crítico de extraña factura, lo primero que sorprende son sus materiales: algunas de estas “pequeñas mitologías”, 53 en total, tratan de los objetos en apariencia más triviales de la nueva sociedad de consumo: jabones y detergentes, las revistas femeninas y sus notas sobre cocina y astrología, el plástico ofertado como la sustancia milagrosa del siglo XX, las fotografías de políticos en períodos eleccionarios o el nuevo Citroën, “consumido a través de su imagen, aunque no de su uso, por un pueblo entero”.

Lo que fascina a Barthes de estos objetos en apariencia heteróclitos es su calidad común de signos: “Para nosotros, una fotografía será un habla de la misma manera que un artículo de periódico. Hasta los objetos podrán transformarse en habla, siempre que signifiquen algo”, señala en el ensayo que dispone al final del libro, y que bajo el título “El mito, hoy” articula lo que insiste una y otra vez en estos ejercicios de análisis de la vida cotidiana francesa: las cosas hablan, tanto de la colectividad en la que ellas circulan, como del modo en que se conciben a sí mismos los hombres y mujeres que se espejean en ellas para identificarse. El desafío es aprender a escucharlas, inventarse un modo de leer lo que dicen: “Cuando me desplazo en la calle —o en la vida— les aplico a todos [los objetos], a veces sin darme cuenta, una misma actividad, que es aquella de una cierta lectura”.

Las cosas hablan, tanto de la colectividad en la que ellas circulan, como del modo en que se conciben a sí mismos los hombres y mujeres que se espejean en ellas para identificarse. El desafío es aprender a escucharlas, inventarse un modo de leer lo que dicen: ‘Cuando me desplazo en la calle —o en la vida— les aplico a todos [los objetos], a veces sin darme cuenta, una misma actividad, que es aquella de una cierta lectura’.

La frase nos lleva a imaginar a Barthes recorriendo distraídamente la ciudad, cuando inesperadamente un objeto le salta a los ojos en el lugar más imprevisto: “Estoy en la peluquería, me ofrecen un número de Paris-Match”. Imaginamos entonces su sonrisa ante el hallazgo, lo vemos apurar el paso hacia su mesa de trabajo: fichas esparcidas, hojas sueltas, permanente erosión de los contornos genéricos, el mundo mismo convertido en biblioteca. Además de su atención a lo mundano, la anomalía de este libro inasimilable para los estándares de la academia, de su tiempo y del nuestro, es la pasión que lo atraviesa: amor del pensamiento, de la lectura, de la vida. Mitologías incomoda porque la voz que habla en él, como dice Françoise Gaillard, “hace de la inteligencia un ejercicio feliz de radicalidad crítica”.

Deseo de conocimiento y deseo de escritura, saber y sabor del mundo, en Barthes no pueden separarse. El propio Barthes declara que Mitologías se escribe sobre el hilo tendido de una contradicción que reivindica: sin poder escindir en sí mismo al teórico y al escritor, al semiólogo y al ensayista —dos formas aparentemente irreconciliables de ejercitar la vocación por el lenguaje—, inventa una criatura híbrida, capaz de leer el mundo a dos manos. Con una, la “fría”, analiza con precisión geométrica el funcionamiento de los sistemas de significación. Con la otra, la “apasionada”, la que se impacienta “al calor de la actualidad”, lanza dardos irónicos a los lugares comunes, a los sentidos dados. Las mitologías requieren de la “conjunción de estos dos gestos”. De nada vale la denuncia sin un “instrumento fino de análisis”. Pero si no se introduce en el imaginario razonable de la semiología un grano de deseo, lo que queda es un saber impotente, un conocimiento triste. Más fecundas son la ira o la risa, que sacuden el cuerpo hasta lo impensado, ya lo sabía Nietzsche. De él Barthes aprende que “puede hacer del sarcasmo la condición de la verdad”.

Esta frase de Mitologías nos recuerda que sería vano hacer una lectura edulcorada del legado barthesiano, silenciando su malestar o su irritación. “No todas las mitologías son violentas, pero algunas lo son singularmente”, remarca Eric Marty, el editor de sus obras completas: “Crueldad hacia el Abate Pierre —a quien Bourdieu lanzaría miradas dulces en la televisión en 1993—, crueldad hacia los fotógrafos del Studio Harcourt, ante quienes los actores se postran una y otra vez, crueldad hacia Poujade, cuyo relevo tomó Marine Le Pen tras su padre. (…) La crudeza de Barthes es una intolerancia hacia una sociedad cuyos signos están enfermos, cuyo lento apocalipsis se consuma en el asesinato del lenguaje”.

En el prólogo a la edición de 1970 de Mitologías, Barthes escribe que el ‘enemigo capital’ es ‘la Norma burguesa’, su implacable tiranía del sentido: ‘El pequeñoburgués es un hombre impotente para imaginar lo otro. Si lo otro se presenta a su vista, el pequeñoburgués se enceguece, lo ignora y lo niega, o bien lo transforma en él mismo’.

Recordando el linaje heterogéneo del pensamiento barthesiano (por una parte, la lingüística de Saussure, de la que extrae su “inimitable idolecto semiológico”, por otra, la impronta marxista y su modulación en la teoría del extrañamiento del teatro brechtiano), Julia Kristeva dirá que las Mitologías son el “testimonio de un ‘desapegado’ que ve a Francia, por ejemplo, con sus ‘bistecs con patatas fritas’ y su ‘Abate Pierre’, desde un ‘alejamiento’: observándola con ternura, devaluando en el fondo lo cotidiano para mostrar los prejuicios”, esto es, “un mito que ignora que lo es”. En “El vino y la leche” y “El bistec y las papas fritas”, Barthes describe con lúdica ironía la pulsión identitaria que estos alimentos nutren: “La nación francesa siente al vino como algo propio, del mismo modo que sus 360 especies de quesos y su cultura”. Propia del francés es igualmente su relación con el bistec —idealmente jugoso, casi crudo— acompañado de papas fritas. Cuando estas viandas le faltan, dice Barthes, el francés sueña con ellas, las añora como se añora la patria en el extranjero, como si su hambre no encontrase fuera de ese territorio el alimento primordial, el “signo alimentario de la ‘francesidad’”. Lo que podría parecer inocuo, la simple descripción de aficiones culinarias particulares, pero inofensivas, asoma tras el relato de Barthes bajo la pátina del mito, ese que se asume como naturaleza, que se acepta como valor incuestionable, pasando por alto las jerarquías que en él se deslizan. Como cuando en la mesa de domingo se sirve junto al bistec y las papas fritas una dosis de xenofobia frente a aquel invitado que come —y que piensa— distinto.

Desde su posición de semioclasta, Barthes, que detesta los estereotipos más que nada, sale de sí mismo, mira a distancia, atento a los peligros de la fascinación amorosa por la “tierra natal”, esa melaza de lo propio donde caemos como moscas. Y para no quedarnos atrapados para siempre allí, Barthes nos saca una sonrisa. Analizando la retórica de los horóscopos de la revista Elle, dice entre paréntesis: “(Los astros jamás postulan subversión del orden, sino que influyen en la semana respetuosos de la situación social y de los horarios patronales)”.

En otras ocasiones asesta severas estocadas. Como las que profiere en medio de la nota dedicada a una exposición fotográfica proveniente de Estados Unidos que exhibe la “universalidad de los gestos humanos”. Su título, The Family of Man, fue traducido al francés como La gran familia de los hombres: “(¿pero por qué no preguntar a los padres de Emmet Till, el joven negro asesinado por blancos, qué piensan ellos de la gran familia de los hombres?)”, “(preguntemos también a los trabajadores norafricanos de la Goutte d’Or qué piensan de la gran familia de los hombres)”. Lo que busca desactivar el mitólogo es la imposición de una norma de clase elevada a categoría universal. En el prólogo a la edición de 1970 de Mitologías, Barthes escribe que el “enemigo capital” es “la Norma burguesa”, su implacable tiranía del sentido: “El pequeñoburgués es un hombre impotente para imaginar lo otro. Si lo otro se presenta a su vista, el pequeñoburgués se enceguece, lo ignora y lo niega, o bien lo transforma en él mismo”.

Barthes nos enseña una cierta manera de mirar la vida cotidiana, de observar las cosas con un poco de sesgo, de manera oblicua. Como si solo entornando los ojos pudiésemos ver las injusticias de una sociedad que se celebra a sí misma escondiendo sus miserias. En una cultura donde se impone el mandato de la mirada optimista y vertical, el ojo torcido, desobediente de Barthes, su modo de mirar de sesgo, de atravesar las apariencias para inventarse la libertad, sigue siendo una rareza.

A propósito de la publicación de Las cosas, de Georges Perec, en 1965, Barthes formula la definición más exacta de este ejercicio de mitólogo. Perec, que declara a Barthes como su maestro en el arte de escribir, afirma en una entrevista: “La mejor descripción que tengo de Las cosas es una frase que Roland Barthes me ha escrito en una carta: ‘Las cosas es la descripción de la pobreza en una sociedad rica’”. Perec declara que, en su origen, este libro es “un ejercicio sobre las Mitologías de Barthes, es decir, sobre el reflejo en nosotros del lenguaje publicitario”. Y luego expresa una pista que nos aproxima al carácter literario de las Mitologías: “La vocación del escritor no es dar respuestas, sino plantear preguntas. Es algo que permanece en mí con gran nitidez. Si hay una vocación moral en esto, en fin, una práctica, es la de dar a ver, la de invitar a la gente a mirar, quizás de manera diferente a la que están habituadas a hacerlo”.

Barthes nos enseña una cierta manera de mirar la vida cotidiana, de observar las cosas con un poco de sesgo, de manera oblicua. Como si solo entornando los ojos pudiésemos ver las injusticias de una sociedad que se celebra a sí misma escondiendo sus miserias. En una cultura donde se impone el mandato de la mirada optimista y vertical, el ojo torcido, desobediente de Barthes, su modo de mirar de sesgo, de atravesar las apariencias para inventarse la libertad, sigue siendo una rareza.


Mitologías, Roland Barthes, traducción de Héctor Schmucler, Siglo XXI, 2010, 256 páginas, $21.280.

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