Libertad, igualdad y cuidados: feminismo para hombres

La justicia de género también es asunto de ellos, dice el historiador francés Ivan Jablonka en Hombres justos, ensayo que recorre el patriarcado desde el Paleolítico hasta el presente. El autor propone lo que llama masculinidades justas: “Hemos llegado a un punto de no retorno en la exigencia de igualdad”, afirma en esta entrevista. “Para entender nuestro mundo y ser capaces de cambiarlo, hay que salir de un análisis binario, hombres contra mujeres, culpables contra víctimas”.

por Juan Rodríguez M. I 20 Mayo 2021

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El 8 de marzo de 2020, cuando la vida todavía no era una pandemia, más de dos millones de personas salieron a las calles de Chile a conmemorar el Día Internacional de la Mujer, según la Coordinadora Feminista 8M. “Nunca más sin nosotras”, fue el aserto. La mayoría de esas personas eran mujeres, claro, pero también había hombres, por más que el llamado a marchar había sido de ellas para ellas, y de que algunas cantaran “qué se vayan los pololos”. ¿Tenían algo que hacer ahí esos hombres? Probablemente no. ¿Tienen algo que hacer los hombres en el feminismo? Probablemente sí.

“¿Cuál es la autonomía de la que los hombres tienen tanto miedo que prefieren seguir callándose y no inventar nada nuevo, ningún discurso nuevo, crítico, creativo acerca de su propia condición?”, se pregunta Virginie Despentes en Teoría King Kong. “¿Para cuándo la emancipación masculina?”.

La escritora y directora francesa apunta a la emancipación masculina del patriarcado, de esa masculinidad de macho que, a la vez que entrona a los hombres como reyes del mundo y de los mundos, les impide llorar y dispone de sus cuerpos para la guerra.

Quien haga el ejercicio que propone Despentes, ser creativo acerca de su propia condición, quizás deba empezar por un autoanálisis, con el que tal vez se pille del lado de los dominantes, de los privilegiados, de los que se aprovechan; al menos en cuestión de género. En ese lugar se descubrió el historiador Ivan Jablonka (París, 1973) cuando escribía Hombres justos. Del patriarcado a las nuevas masculinidades, ensayo que, a sabiendas o no, parece haber recogido el desafío de Despentes.

“Defender la justicia de género como hombre es luchar contra sí mismo”, escribe el autor. “La contramasculinidad, cualidad de vigilancia democrática, es ante todo un contra-yó. Hay que ser capaz de deshacerse de la educación que hemos recibido, de los reflejos que hemos adquirido, de la ideología de género que nos hemos forjado, de la atmósfera de tolerancia que nos rodea, hasta renunciar a ser lo que siempre hemos sido”.

Soy una feminista

Jablonka es profesor de historia en la Universidad de París XIII y coeditor de la colección La République des Idées, de la editorial francesa Seuil; en 2012 ganó varios premios por Historia de los abuelos que no tuve, libro en el que parte en busca de sus abuelos, a quienes no conoció, a quienes, dice allí, se los llevaron “las tragedias del siglo XX: el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, la destrucción del judaísmo europeo, Auschwitz”.

Pensadores tan diferentes como Gerda Lerner, Janice Radway y Pierre Bourdieu nos recuerdan que la dominación masculina no podría funcionar sin el consentimiento de las mujeres.

También es autor de Laëtitia o el fin de los hombres, libro sobre la violación, asesinato y descuartizamiento de Laëtitia Perrais, una joven de 18 años; y de En camping-car, historia familiar y social sobre un viaje de vacaciones en una casa rodante.

Luego del mayo feminista en Chile, el 2018, se popularizó la idea de que los hombres debían deconstruirse. Tanto, que algunos —alineados con ese mandato— se han declarado ya deconstruidos. También, medio en serio y medio en broma, se comenzó a hablar de los “aliades” y “feministos”. En Hombres justos Jablonka se pregunta si podemos combatir el patriarcado como hombres, si su libro no será otro caso de un hombre apropiándose de la palabra, si no está hablando por las mujeres. Su respuesta es que Marx no era proletario ni Mill era mujer: “Césaire, poeta de Martinica, estaba agradecido de Rimbaud, poeta de Ardennes, por haber escrito: ‘Soy un negro’”, escribe. “Sean cuales fueren mis límites, me comprometo. […] Si hago el retrato del hombre justo, sé todo lo que me separa de él. Pero eso no impide tomar partido. Soy un hombre contra el poder masculino. Soy una feminista”.

 

Usted dice que el patriarcado es un sistema, no un complot. ¿Qué o quiénes tienen la culpa o son los responsables de ese sistema?
Para entender nuestro mundo y ser capaces de cambiarlo, hay que salir de un análisis binario, hombres contra mujeres, culpables contra víctimas. ¿Qué es el patriarcado? Es, ante todo, un sistema de pensamiento, que considera a las mujeres bajo una relación utilitaria. Su cuerpo es multitarea: dar placer, hacer hijos, criarlos en un hogar. Esta polivalencia está asegurada por tres órganos: la vagina, el útero y las mamas. Entonces, el patriarcado es un sistema social, fundado en leyes, tradiciones, prácticas, creencias. Al involucrar instituciones tan complejas como el Estado o la religión, moviliza argumentos que convergen para justificar la subordinación de las mujeres. De tal manera que el patriarcado aparece como una cosa normal, fijado por el orden de las cosas. La mayoría de los hombres se benefician de ese sistema, conscientemente o sin saberlo. Además, un cierto número de mujeres adhieren a él. Pensadores tan diferentes como Gerda Lerner, Janice Radway y Pierre Bourdieu nos recuerdan que la dominación masculina no podría funcionar sin el consentimiento de las mujeres.

 

¿Cómo afectan a las mujeres, pero también a los hombres, lo que usted llama patologías de lo masculino o masculinidades descarriadas?
Hay tres formas de masculinidad patológica: la masculinidad criminal, por las violencias física y sexual; la masculinidad de privilegio, por las discriminaciones; y la masculinidad tóxica, por los estereotipos. Algunos ejemplos de estereotipos son: “las mujeres no están hechas para el poder”; “las feministas son histéricas”, etcétera. Es evidente que las mujeres son las principales víctimas de estas masculinidades. Vemos ese triste espectáculo todos los días, en todo el mundo. Pero muchos hombres también menosprecian las masculinidades disidentes, que son juzgadas tan ilegítimas como lo femenino: gays, trans, judíos, negros, “mariquitas”, etc. Siempre me sorprende el hecho de que los misóginos a menudo también son homofóbicos. Por tanto, es necesario inventar masculinidades que reconozcan los derechos de las mujeres, pero también los de todos los hombres.

 

¿Hay o hubo alguna vez sociedades matriarcales o al menos no patriarcales?
Algunas sociedades exhiben rasgos matriarcales, por ejemplo, los iroqueses en América del Norte, los mosuo en el sur de China, los khasi en la India. La propiedad puede transmitirse de madre a hija (matrilinealidad). A veces, el esposo va a vivir con la familia de su mujer (matrilocalidad). Pero deben hacerse dos matices de inmediato: estos casos aislados de poder femenino no solo están insertos dentro de Estados patriarcales, sino que además las sociedades matrilineales están en declive en todas partes. En términos más generales, si definimos el matriarcado como un sistema donde las mujeres toman decisiones para ambos sexos (así como el patriarcado gestiona la sexualidad de las mujeres, su manera de vestir, etc.), no queda sino constatar que no hay ninguna sociedad que corresponda a esa definición. A diferencia de los hombres, las mujeres jamás han monopolizado el poder. Hoy vivimos en una sociedad globalmente patriarcal: los hombres ocupan la mayoría de los puestos de responsabilidad políticos, económicos y militares. El G20 está formado casi exclusivamente por hombres. Democracias como Estados Unidos o Francia jamás han conocido a una presidenta. Afortunadamente, las mujeres desempeñan un rol cada vez más importante en todos los ámbitos.

La persistencia del patriarcado

En Mujeres negras: dar forma a la teoría feminista (1984), bell hooks dice que muchas mujeres no se unen a la lucha feminista porque el sexismo no ha significado una falta absoluta de elecciones: “Las mujeres privilegiadas querían igualdad social con los hombres de su clase, algunas mujeres querían un salario igual por el mismo trabajo, otras querían un estilo de vida alternativo. Muchas de estas preocupaciones legítimas eran fácilmente cooptadas por el patriarcado capitalista”, escribe la intelectual y activista estadounidense.

La justicia de género apunta a la redistribución del género, así como la justicia social exige la redistribución de la riqueza. Esto implica repartir la autoridad, la palabra, lo sagrado, las responsabilidades, el tiempo libre. Se trata, por tanto, de un ‘new deal’ entre mujeres y hombres.

Si ese es el caso con algunas mujeres, qué se puede esperar de los hombres. Jablonka, que reivindica el universalismo de la Ilustración, aboga por un “feminismo popular y de interseccionalidad” que también luche por las mujeres y hombres de clases bajas, las minorías étnicas y otros grupos marginados; es decir, que vaya más allá de la igualdad de oportunidades del “feminismo burgués”. Su llamado es a dejar atrás las masculinidades patológicas en favor de masculinidades justas. “¿Qué tienen en común la Iglesia Católica, la Bolsa de Nueva York y un ritual baruya en Nueva Guinea?”, se pregunta apenas comenzado su libro. “Que en los tres casos reinan los hombres. La dominación masculina es uno de los rasgos más universales del planeta”.

 

¿Cómo confluyen o se relacionan patriarcado y capitalismo?
En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Engels afirma que la servidumbre de la mujer es consecuencia de la propiedad privada. La toma del poder por parte de los hombres es la “derrota histórica del sexo femenino”. Dentro de la familia, explica Engels, la mujer desempeña el rol de proletariado: su patrón es su marido. Aunque explota tanto a hombres como a mujeres, el capitalismo ha sido implementado por hombres que transmiten una cultura altamente masculina. Mire los grandes jefes, los multimillonarios, los organigramas de las multinacionales. Como apunta Arlie Hochschild, el universo empresarial es patriarcal, porque fue imaginado por y para hombres que tenían una mujer en su hogar. Por supuesto, son numerosas las mujeres que hoy trabajan, pero la cultura empresarial sigue penalizándolas.

La ética del cuidado

La pandemia de covid-19 y los encierros volvieron a recordarnos el trabajo no remunerado con el que todavía cargan las mujeres en sus casas; labores de cuidado que van desde ordenar hasta hacer las tareas con los hijos. Pero también se hizo evidente lo indispensables que son en general las labores de cuidado. Quizás, entonces, esto de las nuevas masculinidades, de lo que podríamos llamar fluidez de los roles y las identidades, la justicia de género, vaya de la mano con la ética del cuidado (care, en inglés); es decir, con considerar que, dentro o fuera de la casa, los cuidados son un asunto público, una cuestión de justicia social, según proponen Joan Tronto, Martha Nussbaum, Seyla Benhabib y Gina Schouten.

En Hombres justos, Jablonka se pregunta qué es un buen padre en atención a la justicia de género y cómo arrebatarle al patriarcado la paternidad. Al repetirle la pregunta, contesta: “A nivel privado, evocaría el espíritu de la igualdad, el reparto de las tareas domésticas, el mensaje de que las niñas no están destinadas a agradar y a ser madres, sino a ser libres, realizando sus ambiciones intelectuales y profesionales. Pero la intimidad está muy imbricada con lo colectivo, como se puede ver con el permiso de paternidad, donde es necesaria la intervención del legislador”.

 

Usted señala que para poner en movimiento lo masculino, para avanzar hacia masculinidades de no dominación, de respeto y de igualdad no bastan la buena voluntad ni los esfuerzos personales, sino que se necesitan también lógicas políticas. ¿Es tiempo de avanzar hacia una sociedad o Estado de cuidados?
Lo importante es compartir el “care”, es decir, el cuidado que le damos a los otros, niños, ancianos o enfermos. La justicia de género apunta a la redistribución del género, así como la justicia social exige la redistribución de la riqueza. Esto implica repartir la autoridad, la palabra, lo sagrado, las responsabilidades, el tiempo libre. Se trata, por tanto, de un “new deal” entre mujeres y hombres. La noción de justicia de género explica el título de mi libro. Que los hombres sean gentiles y considerados está muy bien, pero lo más importante es que sean justos. De ahí las tres nuevas masculinidades que propongo: una masculinidad de no dominación, que disocia lo masculino y el poder; una masculinidad de respeto, que rige la seducción y la sexualidad; una masculinidad de igualdad, que consiste en vivir la igualdad cotidianamente en la pareja, en el trabajo o en el espacio público.

 

Hombres justos. Del patriarcado a las nuevas masculinidades, Ivan Jablonka, Libros del Zorzal y Anagrama, 2020, 458 paginas, $20.000.