Anne-Marie Miéville: dos o tres cosas que sé de ella

“A pesar de haber dedicado su vida al cine, y tener una obra por sí misma, Anne-Marie Miéville (1945) sigue siendo un secreto a voces entre los cinéfilos. Nunca quiso ser la Agnès Varda de su generación —quien también estaba casada con un cineasta, Jacques Demy—, y tampoco buscó desligarse de la figura de Godard. ‘Eso de ser su sombra no fue jamás un motivo de sufrimiento’, se lee en una entrevista”.

por María José Viera-Gallo I 17 Mayo 2023

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Las personas que no aman las mismas películas no pueden estar juntas.
Jean-Luc Godard

1.

Para acercarse a Anne-Marie Miéville hay que alejarse un poco de Jean-Luc Godard. Alejarse, pero no tanto. Bordear la orilla norte del lago Lemán, entrar a un pueblito llamado Rolle y detenerse frente a una antigua casona de dos pisos y fachada color salmón.

Los fans de J. L. G. que, hasta su muerte en septiembre de 2022, tocaban la puerta del número 11 de la Rue des Petites-Buttes en búsqueda del fundador de todo lo que se entiende como cine moderno (Sin aliento, El desprecio o Historia(s) del cine), solían estrellarse con una mujer rubia y de cara ovalada cuya respuesta era invariable: “Je suis desolée, monsieur Godard no está disponible”.

Anne-Marie Miéville nunca estuvo disponible para ser madame Godard. Durante 50 años de matrimonio, fue —si es que hay un término para describirlo— la mayor colaboradora cinematográfica de su marido. Basta revisar algunos créditos. Su nombre se asoma una y otra vez en las películas que Godard filmó entre los años 70 y el 2000: directora de foto en Todo va bien (1972) y Sálvese quien pueda (1980); guionista de la misma, Prénom Carmen (1983) y Detective (1985); directora de arte de Nouvelle Vague (1990) y Nuestra música (2004), y productora de Film socialisme (2010). También aparece como coautora de varias series de TV y documentales hoy de culto que ambos dirigieron y produjeron para la TV francesa, como Six fois deux/Sur et sous la communication (1976) o France/tour/détour/deux/enfants (1977). Y brilla sola —al fin—, en letras blancas sobre un fondo blanco, como directora de sus propias películas, en tres célebres cortometrajes (a destacar El libro de Marie, 1985) y tres largometrajes, en dos de los cuales hace actuar a Godard: Estamos todavía todos aquí (1997) y Después de la reconciliación (2000).

A pesar de haber dedicado su vida al cine, y tener una obra por sí misma, Anne-Marie Miéville (1945) sigue siendo un secreto a voces entre los cinéfilos. Nunca quiso ser la Agnès Varda de su generación —quien también estaba casada con un cineasta, Jacques Demy—, y tampoco buscó desligarse de la figura de Godard. “Eso de ser su sombra no fue jamás un motivo de sufrimiento”, se lee en una entrevista a Libération. “Muchas veces se trataba de su obra, pero ¿cuál era el problema?; teníamos ganas de hacer cosas juntos. Al mismo tiempo, me decía a mí misma: si tienes ganas de hacer otra cosa, ¡hazla y ya está!”.

Quienes han estudiado la obra de J. L. G., coinciden en que la influencia de Anne-Marie Miéville es mayor a la que ella misma se atribuye. Como las mejores historias de colaboraciones, su impronta transcurre “fuera de campo”. Fue ella quien, por ejemplo, en los 70 empujó a Godard a superar la etapa maoísta que emprendía sin mucho éxito junto al colectivo Dziga-Vértov. A pesar de su elegancia suiza y su voz suave, era una fotógrafa y una artista multimedia radical, influenciada por las vanguardias del videoarte y las teorías estructuralistas de Roland Barthes. Tras conocerse en una librería parisina en 1971, donde ella trabajaba de librera, impulsó a Godard a recuperar su libertad autoral y experimentar nuevas formas cinematográficas que con el tiempo originarían los ensayos Adiós al lenguaje, El libro de las imágenes, Nuestra música o la monumental Historia(s) del cine (1988-1998). Anne-Marie tenía 27 años y una hija. Godard, 42 años, un pasado estelar en el cine de la Nueva ola francesa y dos matrimonios fallidos con dos mujeres con nombres casi idénticos: Anna Karina y Anne Wiazemsky Karenina.

Ambos eran suizos (o mitad suizo él), de origen burgués, bien educados y los rebeldes de familias conservadoras. Al poco tiempo de empezar a salir, en 1971, Godard fue arrollado por un bus parisino mientras manejaba su scooter. Durante los seis meses en que estuvo inmóvil en el hospital, fue la tercera Ana, la definitiva, quien estuvo a su lado. Una vez recuperado, A. M. M. le propuso irse a Suiza. Dejar Francia era una manera de liberarse del fantasma del joven Godard que le penaba a un Godard en plena adultez, inconformista y sumido en una búsqueda intelectual.

En la tranquilidad de la casa con vistas al lago, encontraron la manera de trabajar fuera de la industria convencional del cine, a su ritmo y sin tantas expectativas. Juntos y por separado, además de películas, hicieron series de TV, docuficciones, ensayos y poemas audiovisuales, en distintos formatos y con diversos fines; con mayor o menor aceptación de la crítica, atravesaron la era del Super-8, del VHS y del Betamax, del 3D, formando un laboratorio de archivos del cual conocemos solo un ápice.

A este refugio, mitad casa, mitad productora de cine con alfombras persas en el piso, monitores de TV en las murallas y un gran retrato de Hannah Arendt en la planta baja, lo bautizaron Sonimage. Godard devela su significado en el guion de Historia(s) del cine, probablemente su obra definitiva: “Imágenes y sonidos / como personas / que se conocen / en el camino / y ya no pueden / separarse”.

Anne-Marie Miéville nunca estuvo disponible para ser madame Godard. Durante 50 años de matrimonio, fue —si es que hay un término para describirlo— la mayor colaboradora cinematográfica de su marido. Basta revisar algunos créditos. Su nombre se asoma una y otra vez en las películas que Godard filmó entre los años 70 y el 2000.

2.

¿Dónde empieza Godard y dónde termina Miéville?

Se dice que entre ellos nunca hubo un sistema de repartición mecánica de las funciones. A veces editaba ella, otras él. Escribían textos a dos manos, los sacaban, los volvían a montar. No importaba quién hacía qué. En las piezas que ambos filmaron para el cine, la TV o los museos —Film socialisme, The Old Place, Libertad y patria, por nombrar algunas— borraron la noción de autoría, entendiendo las colaboraciones como un ensayo-error de flujos contaminantes, de impurezas convenidas y consentidas. Este juego de intertextualidad entre ambos lo veremos en otros momentos. El spin-off de Prénom Carmen está en el primer cortometraje de Miéville, How Can I Love. Su segundo cortometraje, El libro de Marie, es un preludio de Yo te saludo María, de Godard. La pregunta sobre el sentido del amor de Después de la reconciliación, de Miéville, encuentra un año después una probable respuesta en Elogio del amor de J. L. G.

Tal vez lo más divertido de la dupla fue su dialéctica cómica, que quedó registrada en otra serie de TV que hoy sería abiertamente declarada como una autoficción: Soft and Hard (1985). En ella Godard aparece con bermudas y un puro en la boca, ensayando con una raqueta de tenis en el pasillo de su casa, mientras Anne-Marie plancha una camisa. Conversan —con la pausa y el ritmo espeso de un mundo que ya no existe— sobre el devenir de la imagen y de la tele, de la comunicación en la pareja, del deseo y de la felicidad “como un pensamiento”. Godard aparece irascible y vulnerable. Miéville, fría y cuestionadora. La serie termina con la proyección de El desprecio —y su desgarradora música— en una pared blanca.

Anne-Marie Miéville solía sacarle en cara a su marido su incapacidad para filmar historias de amor. No es raro que, de los dos, sea ella quien deconstruyó su pareja e hizo de esta el tema de su obra.

Para acercarse a A. M. M. hay que dejar caer la mirada al fondo de un lago. Detrás de la quietud, de la opacidad del reflejo, surge algo singular de una belleza pulcra, entre poética y abstracta. Un cine que es un delicado estudio de las relaciones humanas y los desafíos de la comunicación. Un cine, tal como escribió Jacques Rancière, sobre el disenso.

3.

Para acercarse a A. M. M. hay que dejar caer la mirada al fondo de un lago. Detrás de la quietud, de la opacidad del reflejo, surge algo singular de una belleza pulcra, entre poética y abstracta. Un cine que es un delicado estudio de las relaciones humanas y los desafíos de la comunicación. Un cine, tal como escribió Jacques Rancière, sobre el disenso.

El lago es el mismo de la bellísima El libro de Marie, película en la que una niña experimenta el divorcio de sus padres elípticamente, con extrañeza, reteniendo algunos momentos de los que se escapa porque duelen, mientras cena a solas, sin sus padres, un huevo a la copa. Es también el lago de Estamos todavía acá, en el que una pareja, tras pasar el día separados —ella ayuda a una amiga a lavar ropa mientras no cesa de filosofar; él, Godard, recita en un teatro vacío Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt— finalmente se reúne a hablar de sus neurosis (“nadie nos encuentra simpáticos”, se dicen o “me detestas / no, tú te detestas”) y decide al término de una conversación que parece filmada en tiempo real, salirse de sí misma —o sea, cada uno se sale de sí mismo— para intercambiar los gorros de lana y al fin dar un paseo nocturno.

Los filmes que hago son los que sé que puedo hacer”, dijo Anne-Marie Miéville. “Nunca tuve ganas de imitarlo (a J. L. G.), quizás porque soy mujer”.

En su última película, Después de la reconciliación, nos encontramos con ella y Godard atrapados en un departamento parisino, librando su última batalla de amor. Ella prepara un florero, lo reta por comerse una galleta. Ella habla, no para de hablar, él hace muecas, cita a Arendt, a Rilke, y luego ella le ruega que por favor diga “esa frase”. Godard es incapaz de decir “esa frase” y se derrumba en el llanto. Y viene, al fin, el abrazo.

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