
por María José Viera-Gallo I 13 Abril 2026
Marta Jara Hantke hizo del juego de identidades un arte personal y una forma de resistencia. Nacida en la ilustre Talca de 1919, esta cuentista de la generación neocriollista de los años 40 tuvo tantas vidas como Orlando: fue una rica latifundista sureña, una viuda camuflada de huaso, una madre soltera taxista, una empleada pública empobrecida y una francotiradora. Entre una encarnación y otra, escribió dos libros de cuentos, El vaquero de Dios (1949) y Surazo (1962, Premio Municipal de Literatura), y un relato de culto, “La camarera” (1955), publicado originalmente en la Antología del cuento hispanoamericano, del crítico Ricardo Latcham.
Cuando Manuel Rojas leyó “La camarera” lo consideró “una obra maestra” y “un modelo”. El cuento, de tonos grises, chejoviano, narra la rutina de una mesera santiaguina que sueña despierta con un cliente al que no vuelve a ver. El autor de Hijo de ladrón quedó tan fascinado con su prosa hiperrealista que al final de su reseña en la revista Ercilla se permitió comentar con un dejo de mansplaining: “Es una lástima que su autora haya producido menos de lo que ha vivido”.
Para decepción de muchos, Marta Jara publicó lo justo y necesario para ser valorada en su tiempo y olvidada, después. Su vida novelesca, de giros tragicómicos y finales amargos, terminó por sepultarla en el predecible limbo de las escritoras “caídas en desgracia” de su generación.
“Uno puede venirse abajo de muchas maneras”, escribió hacia el final de su vida Fitzgerald en El Crak-Up. El derrumbe de Marta Jara sucedió por una suma de desgracias económicas, sentimentales y anímicas. Poco antes de morir, en 1972, y en pleno frenesí cultural de la Unidad Popular, la escritora parecía una funcionaria pública de semblante parco, que pululaba por Plaza Italia sosteniendo una cajetilla de cigarros en la mano. Tenía 53 años y ese aire amargo de quienes, alcanzada la edad madura, conocen el valor de lo que han perdido: una herencia familiar, un futuro literario y ganas de vivir. Abajo de su departamento, ubicado en los edificios Turri de Vicuña Mackenna, seguía estacionada la citroneta que había manejado como taxi a principios de los 60. Marta Jara nunca obtuvo el Premio Nacional (se lo adjudicó su tocaya Marta Brunet en 1962), pero podía vanagloriarse de ser la primera mujer taxista de Chile y de Latinoamérica. La historia del taxi fue un pensamiento mágico hecho realidad. Un día, caminando por el centro, aceptó un billete de lotería que le ofreció un ciego a cambio de una limosna y resultó ganadora. Con el dinero se compró el departamento de Plaza Italia, donde vivió hasta el final de sus días, y una citroneta. Sus carreras como taxista suscitaron escándalo y la atención de la prensa. En plena era Frei Montalva todos se preguntaban cómo era posible que una mujer terminara manejando un taxi.
Los estereotipos de género eran piedrecitas en el zapato de las que Marta Jara siempre se liberó de una sacudida. Única mujer entre tres hermanos hombres, se crió en el campo, bajo la mirada liberal de su padre, José del Carmen Jara, un hombre de negocios, dueño de plantaciones de trigo, y de su madre, una pianista danesa llamada Erna Ingeborg Hantke. A Marta nunca le gustó tocar el piano ni sentirse la princesa nórdica de la casa. Prefería leer a los autores rusos, vestir pantalones, camuflar su pelo rubio y ondulado debajo de una boina, perderse en la naturaleza. Cuando a fines de los años 30 la familia se mudó a un palacio del barrio Concha y Toro, en Santiago, y fue presentada en sociedad, se enamoró perdidamente de un excéntrico cadete de la Escuela de Aviación. Una tarde, el joven y loco aviador intentó lucirse frente a ella piloteando una avioneta Stuka de la Segunda Guerra Mundial y se estrelló. Fue su primera desgracia. Traumada, Marta decidió atravesar su duelo travistiéndose. Se cortó el pelo al ras, se vistió de huaso y se fue a trabajar de arriero al fundo de una amiga en Melipilla. Irreconocible, lo único que conservó de su antigua identidad fue la pistola Colt 45 de su enamorado, que llevaba consigo como si fuera un talismán. Los fines de semana, en lugar de asistir a los bailes de la alta sociedad, hacía montañismo en la precordillera y acampaba junto a su hermano mayor, el historiador Álvaro Jara. El deseo de escribir sobre la vida de campo le trazó un posible camino de salvación. Apenas le mostró los cuentos de El vaquero de Dios a su tío Aníbal Jara (fundador del diario La Hora y excónsul en Nueva York), este la invitó a unas tertulias donde conoció a Salvador Allende, Volodia Teitelboim y Pablo Neruda. Con Neruda forjó una amistad que duró décadas. Fue él quien le presentó a su marido, Víctor Pey, republicano español recién desembarcado a Chile en el Winnipeg. Y fue ella quien escondió al poeta cuando fue perseguido por “la ley maldita” de González Videla. Marta se encargó de esconder a Neruda durante 13 meses en distintos refugios en Santiago y Punta de Tralca, hasta que junto a Delia del Carril cruzaron la cordillera a Argentina.
En sus viajes en taxi Marta Jara podía contar que fue la guardiana de uno de los más grandes poetas chilenos, un rol del que quedaban rastros en el canto “El fugitivo”, del Canto general, libro fundamental cuyo último borrador ella misma pasó en limpio.
Su historia con Neruda y el Partido Comunista no terminó ahí. Arrollada por la ola anticomunista de esos años y segura de que era perseguida como encubridora, Marta Jara decidió autoexiliarse, dejar a su marido y tomar un barco a Italia. Viajó sola y a la aventura. En Nápoles conoció a su nueva pareja, un periodista antifascista llamado Riccardo Longone, con quien tuvo un hijo. En 1951 ya estaba de regreso a Chile, sin el napoletano y convertida en madre soltera. Desheredada por uno de sus hermanos, no tuvo más remedio que trabajar en la antigua Caja de Empleados Particulares, EMPART. Por las tardes, cansada de mecanografiar cifras o, como decía en broma, “de contar cucharitas”, se reunía en el café Jamaica de la calle Huérfanos con los escritores de la generación del 50: Jaime Laso, Claudio Giaconi, Ester Matte, Cecilia Casanova y Enrique Lihn. El ensayista Ángel Rama la recuerda así: “Llama la atención su figura inquieta, donde la simpatía está replegada bajo el nerviosismo, sus grandes ojos temerosos, su belleza enturbiada, su agitación que contiene con esfuerzo y descarga en una serie larga de cigarrillos”.
Un verano, la editorial Zig-Zag, comandada por Enrique Lafourcade, la envió junto a Manuel Rojas, Francisco Coloane y Margarita Aguirre a pensar una literatura del sur. De su estadía en Chiloé surgieron los cuentos fantasmagóricos de Surazo. En 1968 el libro ya iba por la tercera edición y Marta Jara gozaba del respeto de la crítica literaria y de escritores nuevos y quisquillosos como José Donoso. Los fines de semana viajaba en su taxi, acompañada de su hijo, a la casa de Neruda en Isla Negra. Hasta que algo se rompió en ella. Los detalles de la historia fueron narrados en una crónica que le dedicó su hijo, Pablo Longone: “Una noche debía escribir a máquina un relato que quería enviar a un concurso literario. En la calle Vicuña Mackenna un grupo de estudiantes achispados cantaba, reían y alborotaban demasiado como para que Marta pudiera concentrarse. Sin decir una palabra, se puso de pie, tomó del fondo de un cajón donde estaba celosamente custodiada la vieja Colt 45 recuerdo de su primer amor, se dirigió a la ventaba e hizo cinco disparos; como aún tenía una vista excelente, cinco alborotadores quedaron heridos en el suelo. El episodio de la Colt fue el último y más grave signo de una mente que estaba perdiendo progresivamente su equilibrio”.
Pasó seis meses en el Hospital Psiquiátrico de la avenida La Paz. El número de camas en esos años superaba los dos mil. Las terapias tenían un nombre que erizaba los pelos: “electroshock”. Es probable que sentada al sol en una de esas bancas del patio común que perduran hasta nuestros días, llamara la atención de las otras internas. ¿Por qué tenía el pelo claro? ¿Y blusas de seda? ¿Quiénes eran esos caballeros de terno y corbata que la visitaban?
Marta Jara volvió a su casa en Plaza Italia transformada. Sentada bajo la misma ventana donde había jugado a ser francotiradora, escribió unas memorias, de las que solo sobrevive su título, Un sueño en otro sueño. Un día tuvo una dolencia estomacal. Decidió, aunque esas cosas no se deciden, abandonarse al dolor y no molestar a nadie. Murió de peritonitis en la Posta Central, pensando, al igual que la camarera de su cuento, “que ella a nadie le importaba un bledo”.