La nueva guerra y la república tecnológica

Peter Thiel y Alexander Karp se conocieron estudiando derecho en Stanford, pero siguieron caminos distintos: el primero formó Pay Pal y el segundo se doctoró en filosofía en Alemania. Uno es libertario y el otro socialdemócrata, pero más allá de sus diferencias, son socios en Palantir, la empresa de procesamiento de datos que ha prestado servicios principalmente en las áreas de seguridad y defensa del gobierno estadounidense. Ahora, guerra de Irán mediante, el potencial destructivo de la IA y los algoritmos, por ejemplo para detectar un blanco de ataque en menos de 60 segundos, se ha vuelto más concreto que nunca.

por Marcelo Somarriva I 23 Octubre 2026

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La compañía de análisis de datos e información Palantir ocupa hoy el centro de la atención por su papel decisivo en la estrategia militar de Estados Unidos en la guerra contra Irán. Esta empresa ha sido también una herramienta clave en materias de inmigración, impuestos y seguridad interior de este país, lo que aumenta las especulaciones y la controversia en torno a sus actividades. Palantir fue fundada en 2003 por Peter Thiel y Alexander Karp, junto a otros tres socios menos visibles. Thiel y Karp se conocieron mientras estudiaban derecho en Stanford, pero luego siguieron caminos distintos. Thiel formó la exitosa aplicación de pagos Pay Pal y Karp se doctoró en filosofía en Alemania. El proyecto de Palantir nació en respuesta al atentado a las Torres Gemelas, como una forma de desarrollar herramientas digitales de inteligencia que pudieran anticiparse a futuros ataques terroristas. La CIA apostó por esta iniciativa y contribuyó con su financiamiento inicial a través del fondo de capital de riesgo In-Q-Tel. Desde entonces, Palantir no ha dejado de crecer y hoy presta servicios a gobiernos y empresas de muchos países del mundo.

Palantir es una leyenda en el medio más o menos prosaico de las empresas tecnológicas, en parte por la fama de Peter Thiel, una figura polémica, admirada y detestada de manera pareja. Thiel y Karp forman una dupla que comparte una excentricidad más o menos inquietante. Los dos se inclinan por plantear ideas provocativas con una dicción atolondrada y cierta torpeza expresiva, pero sus perfiles públicos son distintos. Thiel se ha hecho famoso por su cercanía con la derecha y alguna vez apareció conectado con el mundo libertario. Karp, en cambio, siempre se ha inclinado hacia la socialdemocracia. En la última elección presidencial de Estados Unidos, cada uno respaldó de manera pública a un candidato distinto. Karp además parece cultivar su extravagancia. En una de sus primeras entrevistas, un perfil que le hizo hace algunos años Maureen Dodd para el New York Times, el billonario se jactó de su déficit atencional, su dislexia, su propensión por soñar despierto e hizo alarde de una ineptitud motriz que intenta corregir practicando esquí de fondo y taichi. Con igual candor exhibía sus variados intereses intelectuales, que van de Sun Tzu a Len Deighton. Todo esto se ajusta con su inclinación por presentar la empresa que dirige como un taller de artistas o genios creativos más o menos chiflados. Nada más alejado de la imagen corriente de una empresa de inteligencia a escala global.

Palantir construye plataformas de software para cribar grandes cantidades de información, buscando detectar patrones o esquemas de comportamiento humano que podrían ser potencialmente peligrosos o criminales mediante la inteligencia artificial, sin manejar bases de datos propias. Parece sensato que estas actividades y su cartera de clientes sean secretos. Lo que es más raro es el aura de fantasía pop que rodea sus actividades, que la opinión pública asocia al mundo de los superhéroes (o súper villanos) del cómic y el cine. Esto podría responder a una opción deliberada, considerando que su nombre se inspira en unas rocas videntes de El Señor de los Anillos, de Tolkien, y que sus plataformas tienen nombres como Gotham o Tron. Y bueno, el propio Karp a veces se cree Batman.

En los últimos años el misterio en torno a Palantir ha disminuido, en parte porque sus acciones se transan en la bolsa, lo que supone una apertura al escrutinio público. Un importante paso en este desvelamiento es la publicación de La república tecnológica, escrito por Alexander Karp y su colaborador Nicholas W. Zamiska, un libro político que expone sus posiciones ideológicas, que entrega un testimonio fragmentado u oblicuo sobre la historia de esta compañía en lo que podría ser la mancha de tinta que lanza el calamar al momento de escabullirse. En cualquier caso, este es uno de los pocos testimonios que tenemos de un actor relevante del mundo de las grandes empresas tecnológicas. Karp, al igual que Elon Musk, piensa en grande: habla de la civilización y el destino de Occidente, y su libro puede leerse también como una arenga hacia las empresas tecnológicas.

Lo que es más raro es el aura de fantasía pop que rodea sus actividades, que la opinión pública asocia al mundo de los superhéroes (o súper villanos) del cómic y el cine. Esto podría responder a una opción deliberada, considerando que su nombre se inspira en unas rocas videntes de El Señor de los Anillos, de Tolkien, y que sus plataformas tienen nombres como Gotham o Tron. Y bueno, el propio Karp a veces se cree Batman.

Karp y Zamiska presentan La república tecnológica como el resultado de una conversación de dos décadas sobre el proyecto nacional de Estados Unidos y el momento crucial que este país enfrenta ante peligrosos desafíos de carácter político y cultural. Estaríamos, según ellos, en pleno ajuste de cuentas. Su tesis principal es que Estados Unidos llega hasta aquí con un gobierno desligado de la innovación científica y tecnológica, y con un sector privado replegado sobre sí mismo e incapaz de asumir estos desafíos que solo pueden enfrentarse de manera colectiva. La primera parte del libro propone que Estados Unidos llegó a ser la Republica Tecnológica por excelencia, pero que en el último tiempo ha renunciado a liderar cambios relevantes en áreas como medicina, armamento y la carrera espacial. Las empresas tecnológicas privadas, en tanto, en lugar de llenar ese vacío han concentrado sus energías desarrollando productos de consumo.

El libro de Karp y Zamiska se sitúa en dos de los ejes que dominan el debate actual sobre el desarrollo de la tecnología: a) la llamada brecha de la innovación tecnológica y b) lo que Mustafa Suleyman, en su libro La ola que viene, denomina “tecnonacionalismo”.

Esta brecha de la innovación es un diagnóstico que se hace desde hace ya más de una década, proponiendo que el impulso del desarrollo tecnológico durante este siglo se ha detenido o bien, como lo plantea Suleyman, se ha concentrado solo en el mundo digital o en lo que llama el ingrávido mundo de la programación, sin percibirse en el mundo de los átomos. Dicho en términos menos cursis, el desarrollo tecnológico ya no ofrece las grandes transformaciones materiales de fines del siglo XIX y el siglo siguiente. Para Karp y Zamiska, “la actual era digital ha estado dominada por la publicidad en línea y las compras, así como por las plataformas de las redes sociales y de intercambio de videos”; según ellos, toda una generación de emprendedores se ha focalizado o casi obsesionado en la cultura del consumo, orientando el capital y el talento hacia lo trivial y efímero. Es un palo formidable a una industria acostumbrada a los halagos.

Este argumento pretende que las grandes empresas tecnológicas se involucren en labores de defensa, un gran motor para la innovación tecnológica desde sus inicios y un modelo de concentración del esfuerzo privado al alero del Estado. Los autores citan como ejemplos la carrera espacial y el proyecto Manhattan, lo que da a su argumento un aire de nueva Guerra Fría, donde Estados Unidos, como líder de Occidente, se enfrenta a China y Rusia, dos autocracias que compiten con ventaja porque carecen de sus parámetros ideológicos y morales. Es indudable que la inteligencia artificial dominará la nueva guerra, el dilema es determinar qué potencias liderarán el proceso. Sin embargo, parece legítimo preguntarse si Estados Unidos será el paladín de la democracia y la libertad, como aquí se da por sentado, y no terminará convertido en otra autocracia más.

Karp y Zamiska postulan que los billonarios de las tecnológicas han sido incapaces de asumir un compromiso nacional y que proyectan su tecnoutopía montados en una nube, y los llaman a reconstruir su relación con el gobierno y redirigir su esfuerzo a construir la tecnología y las potencialidades de la inteligencia artificial, pero encarando sus desafíos de manera colectiva. Los problemas para los autores empiezan cuando no distinguen entre el Estado y el gobierno, y prosiguen cuando sugieren que las empresas tecnológicas asuman una responsabilidad en la defensa y la guerra, asuntos que, como ellos mismos reconocen, resultan antipáticos para la mayoría de Silicon Valley, que no vacilaría en dedicar sus vidas a construir algoritmos que optimicen la colocación de avisos en plataformas de redes sociales.

Para Karp y Zamiska, ‘la actual era digital ha estado dominada por la publicidad en línea y las compras, así como por las plataformas de las redes sociales y de intercambio de videos’; según ellos, toda una generación de emprendedores se ha focalizado o casi obsesionado en la cultura del consumo, orientando el capital y el talento hacia lo trivial y efímero. Es un palo formidable a una industria acostumbrada a los halagos.

La segunda parte de este libro indaga las razones que explican este fenómeno que, a grandes rasgos, respondería a lo que llaman el vaciamiento de la mentalidad americana y a la renuncia de los valores occidentales. Aquí se expone una batería de agendas como el orientalismo, las batallas culturales, la pérdida del canon, la renuncia a las convicciones políticas, la aversión por el riesgo y la controversia, que habrían contribuido a formar una actitud pusilánime, descreída y reacia a emprender grandes proyectos que impulsen el avance de la civilización. Faltaría, no obstante, explicar con detalle cuáles serían estos desafíos. Es curioso también que hayan desaprovechado la ocasión de responder a los críticos de la utopía tecnológica, a la que caracterizan con un conjunto de ideas dudosas, como el transhumanismo, el extropianismo, el singulatarismo y el altruismo efectivo.

Un ejemplo de la actitud que describen estos autores fue el anuncio público de Google, a mediados del año 2018, de no renovar un contrato con el Pentágono para trabajar en el diseño del proyecto Maven, una herramienta para analizar imágenes tomadas por satélites y otros dispositivos de reconocimiento con fines militares. Este incidente ha tenido implicancias decisivas en la reciente guerra con Irán y en la interpretación de este libro. Como explica en un artículo Anthony Maio, un consultor de inteligencia artificial, la salida de Google de este proyecto militar permitió a la larga el desarrollo del llamado Maven Smart System, la plataforma de inteligencia artificial usada por Estados Unidos en los ataques contra Irán. Al salir Google entró Palantir, que le agregó al modelo desarrollado por esta empresa una arquitectura capaz de fundir información de distintas fuentes y presentar inteligencia militar. A fines del año 2024, Palantir formó una sociedad con Anthropic, una empresa líder en el desarrollo de la inteligencia artificial que ha implementado una serie de plataformas bajo el nombre de Claude, y que había trabajado para agencias del gobierno. El trabajo combinado de estas dos empresas tecnológicas convirtió a Maven en un programa mucho más elaborado y poderoso que el anterior, cuando en el corazón de este sistema se integró la plataforma Claude, convirtiéndose en una herramienta capaz de fusionar en una sola imagen o cuadro operativo inteligencia proveniente de diversas fuentes (imágenes satelitales, comunicaciones interceptadas del adversario, información de sistemas de vigilancia y reportes de agentes en terreno), para identificar y priorizar blancos de ataque casi en tiempo real.

Hacia mediados del año pasado aparecieron las primeras fisuras entre Palantir y Anthropic, y poco tiempo después se fueron rompiendo las relaciones entre Anthropic y el Pentágono, por las prevenciones que esta puso al uso de sus herramientas tecnológicas. Como es de público conocimiento, el 25 de febrero el Pentágono y Anthropic terminaron su relación, iniciando una controversia que todavía no se resuelve y que nos advierte sobre la complejidad de las relaciones entre las empresas tecnológicas y el Estado (que es lo que este libro propone como algo necesario). El Pentágono habría ordenado que el sistema Mave prescindiera de Claude, lo que resultaba inviable a corto plazo, porque todo el sistema está construido en torno a esta plataforma.

El problema fue que pocos días después, el ejército de Estados Unidos lanzó la operación Epic Fury contra Irán, utilizando en sus ataques, según el reporte de diversos medios de comunicación, el sistema de inteligencia artificial implementado por Palantir y Anthropic, la empresa con la que había roto sus relaciones. Se estima que en el primer día del ataque se generaron alrededor de mil blancos mediante inteligencia artificial, lo que según cálculos de Maio supone que se formaran blancos de ataque cada 86 segundos, en los cuales los operadores humanos tuvieron que procesar y confirmar cada blanco sugerido, hasta que se formara otro nuevo. Esto abrió la posibilidad de cometer errores que podrían traducirse en la muerte de civiles, tal como se presume que ha ocurrido en esta guerra.

El enorme potencial destructivo de esta nueva tecnología, sumado a los temores asociados a los usos de la inteligencia artificial en un futuro inmediatísimo, permiten colegir que el argumento de Karp y Zamiska apunta a que el desarrollo de estas tecnologías sea una variante de lo que alguna vez fue la carrera nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética en los momentos más álgidos de la Guerra Fría, cuando la escalada armamentista se propuso, de manera muy controvertida, como una estrategia de disuasión que pretendía dirimir los conflictos mediante la amenaza de una destrucción masiva.

 

Fotografía: Alexander Karp (a la derecha) guiando al primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, por las oficinas de Palantir en la capital de EE.UU., en febrero de 2025.

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