Salto y vacío

La historia nos enseña que el presente nunca es tan nuevo ni sorprendente: en el Renacimiento, una forma de decadencia circulaba en los bordes del Imperio, y El lazarillo de Tormes y el poema “Soledades”, de Góngora, recogen la crisis. Así lo consigna la autora de este ensayo que reflexiona sobre diversos signos sociales que atestiguan la crisis global de hoy: cuerpos que transportan una enfermedad mortal, economías que se desmoronan, tecnologías de vigilancia cada vez más refinadas y, en medio de todo eso, la figura del que naufraga y se suicida, ya sea en el mar o en el mall.

por Diamela Eltit I 12 Julio 2022

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Atravesamos ahora mismo por un tiempo que será analizado desde múltiples saberes, una época auscultada, estudiada y consignada como uno de los hitos del siglo XXI que, todavía en pleno presente, puede ser leído ya como un tiempo extraordinariamente intenso del pasado, pero también como un hito predictor del futuro. Existe una multitud de signos que afectan a la totalidad de las zonas sociales. Signos amplificados por las tecnologías que se deslizan de maneras múltiples entre sitios que abarcan desde la comunicación hasta la vigilancia.

Son innegables los ecos medievales que remiten al contagio devastador de las pestes. Aunque hoy el centro lo conforma la pandemia covid-19, esta opera de manera medieval, como artífice del confinamiento, extremas crisis económicas, controles ante la fiesta y, desde luego, la poderosa, masiva, devastación de la muerte. Una enfermedad que atraviesa los territorios mediante viajes incesantes de cuerpos que la transportan y donde la explosión tecnológica que nos circunda (y quizás nos oprime) ha transformado el mundo en un gigantesco hospital, un recinto planetario que cita esos tenues ecos feudales mezclado con un capitalismo radical que clasifica y selecciona.

Esa oscilación permanente marcada por la pandemia, los tiempos relacionados, la sobreinformación, me recuerda al barroco, particularmente el poema “Soledades”, de Luis de Góngora y Argote. La obra fue publicada en 1613, durante el llamado Renacimiento (nombre híper significativo), mientras se establecía de manera ineludible el capitalismo impregnado por las formas feudales. Un tiempo en que los mercados competían de manera febril, porque los poderes territoriales de la antigua Europa pugnaban por hegemonizar el mundo, mientras la Iglesia católica se desmoronaba de manera visible como eje rector. Una Iglesia volcada a intensificar su creación más intensa y prolongada: la Inquisición. Una institución incesante, interesada y paranoica, que puso de manifiesto la codicia eclesiástica y la impresionante fobia religiosa en contra de la mujer. La bruja pobló las hogueras, mientras la ciencia y la política se transformaron en objetivos centrales durante el espectáculo de los juicios para producir pedagogías de sumisión en nombre de un Dios, como más adelante lo aseguró Nietzsche, que ya había muerto. Pero en medio de ese torbellino, se avecinaba la caída hegemónica de un tiempo y esa caída se recubría con una teatralidad que la ocultaba y que requería cada vez de mayores artificios. Una época que necesitaba de formas que velaran —o directamente cubrieran— los movimientos político-sociales que se establecían en un horizonte demasiado cercano.

El barroco, como forma estética y política, circulaba velozmente atravesando fronteras disciplinares: literatura, música, arquitectura y pintura se plegaban y construían, desde sus prácticas, complejos nudos de sentido para ocultar el vacío o el “horror vacui” como lo denominó Mario Praz. Un vacío que necesitaba decorarse, acudir a excesos para velar la caída o la nada, en suma, escapar del horror ante un tiempo que cesaba y despojaba a los poderes de sus rituales y de sus normas.

Ya en el siglo XVI, la obra de autor anónimo de la novela picaresca, El lazarillo de Tormes, había explorado las vidas desde “abajo”. Se trata de un texto fundamental que hoy podría ser considerado realista, situado en espacios ajenos al confort imperial. La novela muestra las peripecias de Lázaro, volcado al arte de la sobrevivencia mientras atraviesa un conjunto de realidades muy deterioradas. Frente a ese paisaje, el sujeto popular de su tiempo, encarnado en Lázaro, acude a la astucia como la única condición para circular. Una novela de anticipación ante la crisis y las distancias insalvables de vida entre aristocracia, burguesía y pueblo. Se escribe así, una forma de decadencia que en ese tiempo ya estaba circulando en los bordes del Imperio.

“Soledades” advierte que la nueva era ha sido consumada, que existe un vacío, un salto en los paradigmas y ante ese fragmento de nada, acude a una articulación fundada en la cifra y en la torsión de las normativas gramaticales. La escritura genera su propio tránsito, mientras se amplía la dimensión de una letra desatada e irreverente ante sus propias convenciones. El ingreso a los sentidos en “Soledades” y a una forma de relato, se convierte en una tarea compleja, en la medida que se hace necesario atravesar la cifra que porta. Su armazón es tan elaborada —o sobreelaborada—, que parece contener innumerables piezas narrativas difíciles de pesquisar. Sin embargo, desde otra mirada, debajo de esa armazón, lo que dirige el texto es la certeza del naufragio y las peripecias del náufrago sobreviviente.

Luis de Góngora ve en la navegación (la mundialización de los mercados) una forma de avaricia; lee la avidez en pos de un enriquecimiento que pone en juego la vida misma ante el imperativo o la mera ilusión de riqueza. Cambia la navegación por la pureza de la aldea que recibe al náufrago y alaba la sencillez que le da sentido a su vida. Quiere volver atrás, a un mundo en plena extinción.

Góngora pobló, mediante la letra, el ingreso al mar. Puso de manifiesto el peligro y acaso el naufragio como una forma de castigo, después de que la naturaleza esgrimiera su poder como una forma de venganza ante el desborde humano y su avaricia.

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‘La piedra feliz’ posibilitó la visión del naufragio en el interior de la vida misma, es la leyenda suicida de la cultura porteña. Pero hay que considerar también su desplazamiento. Porque la piedra mítica viajó simbólicamente desde su vacío hasta la ciudad, para reencarnarse en un espacio del jolgorio, citando oblicuamente una fina relación entre fiesta, depresión y muerte. Me refiero al legendario bar ‘La piedra feliz’, que se enfrentó simbólicamente al vacío, pues acaba de cerrar sus puertas el año 2020 ante la crisis económica detonada por la pandemia covid.

A partir del barroco, de la soledad, la codicia, el mar, el vacío y su “horror vacui”, me propuse un viaje por los tiempos y espacios asolados por el salto al vacío. Un salto al vacío que es posible leerlo como un vacío de sentido, para llegar a Valparaíso, ciudad costera, puerto, sitio mercantil, para recordar allí el naufragio y la decisión radical del suicida, su salto final al mar, la desolación, la soledad existencial o la muerte romántica ante el amor cruzado por la imposibilidad.

En la playa de Las Torpederas, en Valparaíso, existe (hoy de manera parcial) la llamada “Piedra feliz”. Su antigua altura rocosa hacia el mar, de unos 25 metros de altura, se transformó en un lugar de peregrinación suicida para saltar hacia las olas y la muerte. O como diría Sigmund Freud, se desencadenó la pulsión de muerte y la imperiosa necesidad de volver a un estado inorgánico. Así, ese roquerío se alzó como el sitio exacto, altamente romántico, dotado de un aura perfecta para generar el espacio escogido por los amantes y los desesperados, los enfermos y los solitarios, con la finalidad de terminar con sus vidas. El nombre “La piedra feliz” constituye una paradoja, o acaso pudiera pensarse como el exacto nombre ante una decisión radical, porque allí se consumó un acto de protesta ante la vida.

El tópico del amor imposible encontró en el salto al vacío una forma de consolidación probatoria y reparatoria. Esa piedra operó como sede y refugio, como sitio sagrado para la imaginación popular, como consolidación barroca del salto a un viaje sin retorno por parte de los castigados. Una decisión que unía muerte y signo vacío.

Oreste Plath, investigador chileno de mitos y leyendas, señala que “por muchos años, los abandonados de la vida, los descontentos, los enamorados desencantados, se despedían de su vida para lanzarse desde lo alto al mar”. Y también afirma: “Al pie de la roca, ramazones de algas se extendían y distendían como tentáculos de pulpos gigantes y se contaba que los suicidas erguían las cabezas entre esas plantas como incitando a lanzarse a las almas torturadas”.

Esa piedra, ante la asombrosa recurrencia de los cuerpos que acudían incrementando la muerte, debió ser dinamitada parcialmente en el inicio de los años 80 para detener su trágico mito. Las autoridades de ese tiempo acudieron a explosivos para anular el desenlace que la espectacular geografía marítima ya había consolidado. Parte importante de las altas rocas fueron destruidas mediante cargas de dinamita para detener así la peregrinación fúnebre.

Sin embargo, su historia está consignada no solo como leyenda urbana o en la memoria oral, sino en los estudios acerca de culturas populares o las hablas sociales, y ha formado parte de la elaboración de obras visuales, como la instalación de Loreto Muñoz y Mario Navarro “La piedra feliz”.

“La piedra feliz” posibilitó la visión del naufragio en el interior de la vida misma, es la leyenda suicida de la cultura porteña. Pero hay que considerar también su desplazamiento. Porque la piedra mítica viajó simbólicamente desde su vacío hasta la ciudad, para reencarnarse en un espacio del jolgorio, citando oblicuamente una fina relación entre fiesta, depresión y muerte. Me refiero al legendario bar “La piedra feliz”, que se enfrentó simbólicamente al vacío, pues acaba de cerrar sus puertas el año 2020 ante la crisis económica detonada por la pandemia covid.

Sin embargo, considero que la decisión de destruir la piedra fue paradójica. Ocurrió en plena dictadura chilena, cuando el crimen político por parte de los ejércitos era una constante. Miles de chilenos desaparecieron y un número de ellos fueron lanzados al mar desde helicópteros. Fue una práctica consignada por cada una de las instituciones de derechos humanos. La violencia dictatorial iniciada en 1973 fue el signo que marcó el fin de tiempos habitados por la pluralidad política. La ruptura se fundó en la violencia militar y su acuerdo con los civiles que se plegaron, colaboraron y construyeron los nuevos signos sociales. El mar se constituyó como el espacio insondable, irrecuperable, para los cuerpos lanzados al vacío con fierros, para desaparecer, una vez más y posiblemente para siempre, consumidos y consumados entre las aguas.

El escenario público que demarcó “La piedra feliz” fue destruido por la dictadura. Una lectura posible es que la muerte por decisión propia no fue aceptada. Posiblemente pudo ser vista como un agravio o una cuenta pendiente o leída como crítica social al sistema. Una forma de subversión, el hilo candente de un pasado, la negación del fin de un tiempo, el vacío, el “horror vacui”. Es posible tejer una línea entre los cuerpos y el mar, una línea sutil, sugerente, incierta, entre los vuelos de la muerte y la dinamita en la piedra. Los haces de sentido y sinsentido se cruzan en medio del vacío de los movimientos históricos.

Los llamados vuelos de la muerte, que transportaban a prisioneros vivos o muertos, lanzados desde helicópteros, con fierros para impedir que flotaran sobre las aguas, han servido como decorados de camisetas (y vendidos por Amazon) en Estados Unidos. Sus imágenes fueron incorporadas por los supremacistas blancos y grupos neonazis en sus desfiles. Esas imágenes de cuerpos lanzados al vacío perduran como latencia, como enigma del final del siglo XX, como advertencia para el porvenir.

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En junio de 2021, el gobierno notificó que la totalidad de Santiago entraba en confinamiento, la ciudadanía se volcó al mall y, en el Costanera Center, se produjo el salto al vacío de un hombre.

El salto al vacío, solitario, de cara al mar, se modifica, se vuelve paradójico o más bien pedagógico en el siglo XXI chileno. El sociólogo e intelectual chileno Tomás Moulian advirtió con una importante lucidez los hilos con que se tejía la transición chilena a la democracia. Analizó la dictadura para entender la posdictadura, se detuvo en cómo operaba la memoria y las tácticas y las estrategias en tanto pacto de silencio memorioso. Examinó en su libro Chile: Anatomía de un mito la trama de un tiempo que, no obstante su aparente modificación, conservaba estructuras lineales con su pasado dictatorial. Pensó la llamada transición como una intensificación del hipercapitalismo acogido en dictadura, quiso deconstruir el mito de la prosperidad y examinó la inoculación del crédito como la nueva certificación de ciudadanía chilena. La prosperidad y el crecimiento descansaban en el consumo. Se detuvo en lo que llamó “el ciudadano credit-card”, aislado de la vida comunitaria y fuera de la protección sindical, una vez que esa larga historia trabajadora fue desmantelada y afectada por la dictadura.

La velocidad del libre mercado se fue profundizando hasta transformarse en la instancia que encarnaba la democracia o, dicho de otra manera, la democracia “era” el libre mercado que le otorgaba toda la libertad contenida en el objeto para el ciudadano credit-card. Y como el gran signo de prosperidad que otorgaba el crédito, como monumento a la objetualización de la vida, se erigió en Santiago el mall más alto de Latinoamérica, el Costanera Center.

Su artífice fue el alemán-chileno Horst Paulmann, cuya familia migró desde Alemania a Argentina y desde Argentina al sur de Chile, donde iniciaron una vida dedicada a los negocios. Entre sus hermanos, Horst fue el más experto y se volcó a adquirir y operar grandes espacios para el consumo. Desde las multitiendas a los supermercados de lujo y, desde luego, el mall como la síntesis más lograda. El Costanera Center fue su proyecto estrella y el más emblemático homenaje a su propia grandeza. Inaugurado en junio del año 2012, constituye el hito más significativo y ostentoso de una ineludible escultura neoliberal. Ese espacio se erige como la prueba del éxito del proyecto económico de los Chicago Boys, aquel grupo de economistas formados bajo la teoría de Milton Friedman en la Universidad de Chicago.

El gigantesco mall irrumpió como espacio de consumo, pero también como sitio de paseo familiar, con espacios techados, calefaccionados, amables, preparados para compras cómodas que beneficiaran al ciudadano credit-card. La estación del metro permitía su acceso desde todos los puntos de la ciudad. El interior del mall, de una u otra manera, puede evocar a los portales pensados por Walter Benjamin.

Pero la explosión social de octubre del año 2019 marcó un punto de inflexión y puso de manifiesto que el modelo Friedman-chileno había iniciado una abierta crisis. No se trataba solo de entregar todo el salario para amortizar la deuda, sino de que el cuerpo mismo les pertenecía a las compañías como una forma no demasiado sutil de esclavismo. Quisiera explicitar aquí que el sistema se funda, a través del crédito, en vender intereses. Es la venta de esos intereses lo que sostiene al proyecto. El no pago, la acumulación, el burlar la usura de los intereses, prácticamente excluye al deudor de su ciudadanía. La deuda se transforma en un escollo, obliga a una forma de naufragio. Pero el 18 de octubre de 2019, los ciudadanos credit-card, como señalaba Moulian, y las protestas ante una inequidad en todos los órdenes vitales, originada por una impresionante acumulación de riqueza, hizo que las ciudades del país explotaran por los cuatro costados.

El 18 de octubre chileno ya es leyenda. Desde luego ese estallido venía incubándose y mostrando el malestar en signos dispersos, pero elocuentes, como las problemáticas de las regiones, la educación, el multitudinario reclamo feminista. Sin embargo, cada levantamiento popular era controlado mediante débiles operaciones políticas. Pero ese día se produjo la convergencia de los excesos neoliberales que detonaron una ira representada y sintetizada en la plaza pública, histórico signo irrebatible de la conquista y del colonialismo.

El acuerdo de una nueva Constitución, junto con desalojar la letra Pinochet, fue pensado para detener, salvar el gobierno, atenuar la revuelta y su estela de atropellos a los derechos humanos. Pero en marzo del 2020, la enfermedad ingresó en ese escenario y la politizó. El neoliberalismo sanitario, triunfante (“jamás seremos como Italia”) como certeza-Mañalich, se desmoronó y en un corto tiempo el mundo-hospital censó a Chile como el cuarto país con más personas muertas en el mundo. Hubo que confinar.

Desde hace unos años, el mall Costanera fue escogido como sitio para cursar suicidios. De manera recurrente, las personas se lanzan al vacío y caen en su amplio espacio de entrada. Se trata de una forma de ritualidad siglo XXI que recuerda a ‘La piedra feliz’ en otra dimensión, esta vez de lleno en el interior del sistema, muertes rotundas que lanzan al vacío múltiples significaciones.

El mall más alto de Latinoamérica tuvo que cesar o abrir de manera intermitente. Simultáneamente, el 2021 se inició un inédito proceso que reunía a 155 constituyentes (de diversas procedencias político-sociales) para redactar una nueva Constitución. Allí se incuba un probable o más que probable fin del ultra radicalizado neoliberalismo chileno. Los cultores del modelo están en una encrucijada ante el cambio de paradigma. Y es precisamente el mall de Paulmann donde, entre otros espacios, se pueden pensar los hilos de la crisis, la materialización de una simbólica del vacío.

Desde hace unos años, el mall Costanera fue escogido como sitio para cursar suicidios. De manera recurrente, las personas se lanzan al vacío y caen en su amplio espacio de entrada. Se trata de una forma de ritualidad siglo XXI que recuerda a “La piedra feliz” en otra dimensión, esta vez de lleno en el interior del sistema, muertes rotundas que lanzan al vacío múltiples significaciones. Los suicidios en el mall feliz merecen ser pensados como una paradoja: los cuerpos se lanzan al vacío como objetos que desechan la vida, como materia discontinuada, pero también como un tejido humano y conceptual que une consumo y muerte.

El 11 de junio de 2021, en el Costanera Center se experimentó un momento muy significativo. Debido al avance del covid-19, el gobierno notificó que el día 12 prácticamente la totalidad de Santiago entraba en confinamiento. Con una intensidad extrema e inédita, la ciudadanía se volcó al mall o quizás volcó en el mall su angustia. Miles de personas ocuparon las dependencias ejerciendo el frenesí de las compras.

Pero en ese caos, en medio de una enfermedad tóxica e invasiva cursada, entre otros motivos, por la aglomeración humana y su multitud de tarjetas de crédito, se produjo el salto al vacío de un hombre y, en ese salto, su muerte instantánea. El mall no detuvo su ímpetu, al revés, las tiendas repletas de público multiplicaron sus ventas. Los personeros del mall pusieron una carpa azul para cubrir el cuerpo, una construcción frágil pero perfecta, que permitía a los compradores moverse con tranquilidad alrededor de ese visible espacio funerario.

De una u otra manera, esa carpa, ineludible para los compradores que transitaban por dicho espacio, semejaba un pequeño mall de la muerte o en ese pequeño mall estaba contenida la enfermedad, el fin de una deuda vital, el hastío, pero, desde otra perspectiva, el escenario y la escena mall experimentaban una convulsión, porque detrás de la enfermedad, del confinamiento y del contagio, los signos auguraban y auguran un movimiento del modelo económico, un hiato, un pequeño vacío que ese día, el 11 de junio, mostraba la histeria, la historia, la muerte, el salto al vacío y el advenimiento diferido de un cambio de paradigma que podría implicar aminorar la compra insaciable de intereses para lo que será una deuda perpetua.

El 11 de junio del año 2021 se produjo en el mall un alucinante caos que ocultó el vacío, se desencadenó una poderosa y compleja armazón barroca que convocó política, cuerpo, enfermedad, muerte y nuevas formas políticas que se preparan a irrumpir.

¿Cuándo?

Cuando irrumpan.

 

Imagen de portada: La piedra feliz (2014), de Loreto Muñoz y Mario Navarro.

 

Texto leído en el Museo Reina Sofía, en la cátedra de Nelly Richard “Políticas y poéticas de la memoria”, 2021.